Bezot Haberaja

No dejar espacios vacíos...

"De manera que vino Moshé, y recitó todas las palabras de este cántico a

oídos del pueblo, él y Hoshéa, hijo de Nun. Y cuando Moshé hubo acabado de

recitar todas estas palabras a todo Israel, les dijo: 'Fijad vuestro

corazón en todas estas palabras que testifico entre vosotros hoy; para que

las ordenéis a vuestros hijos, a fin de que cuiden de cumplir todas las

palabras de esta Ley.

"Pues ésta no es algo vacío de entre vosotros, sino que es vuestra misma

vida; y por medio de esto prolongaréis vuestros días sobre la tierra adonde

vais, pasando el Iardén, para tomar posesión de ella". (Nuestra perashá,

versículos: 44 - 47).

 

Moshé Rabénu se encuentra "transitando sus últimas horas de vida" en el

seno de su amado pueblo. Su rostro al cabo de 120 años, no ha recibido el

impacto del paso del tiempo. Su vigor, tampoco. En su última jornada dirige

mensajes, canta una hermosa canción, bendice a cada tribu y tribu según su

futuro inmediato... Moshé Rabenu intenta -y con éxito- lograr que la nueva

generación, aquellas frágiles vidas nacidas en la oscuridad de la

esclavitud egipcia o bien en las calcinantes arenas del desierto, preste

atención -una sabia y sensible atención- a cuanta recomendación, mandato y

disposición emerja de boca del indiscutible conductor del pueblo hebreo.

Así principia nuestra "shirá", nuestro cántico de "haazinu": ..."¡Escuchad

cielos y hablaré, y oiga la tierra los dichos de mi boca!" Aquellos cielos

y toda la tierra, testigos eternos de la Obra de D-s; silenciosos

observadores del paso del hombre a través de la historia; Cielos y tierra

unidos en esta ocasión por medio de la palabra de Moshé, nuestro maestro,

quien tuvo a lo largo de sus días, la dimensión terrenal que le cabe a todo

ser humano, pero, por sobre todo, la elevación Celestial que le cupo tan

sólo a grandes como él... Un hombre que supo unir los "cielos con la

tierra", al D-s recóndito, elevado y Supremo, con el ser humano, a veces

saliendo a Su encuentro y otras escapando del mismo... Moshé, quien estaba

por ascender por última vez a otra montaña (Har Nevó, en este caso), quien

vería todo otra vez desde las "alturas celestiales", debe despedirse, pero

buscando unir aún, lo que él consideraba que hay que seguir ligando,

atando, día a día... ¿Y qué es, nos preguntamos? Así lo plantea la

continuación de la shirá:

"Recuerda los días de la antigedad; considerad los años de muchas

generaciones: pregunta a tu padre, que él te lo transmitirá, a tus

ancianos, y ellos te lo dirán..."

Existe una ímproba tarea, la cual debe realizarse a diario: recordar,

prestar atención a cada instante, a cada paso por nuestra vida, los hechos

que nos rodean, nos conmocionan o golpean. Pero la tarea va mucho más allá

de la simple cuestión informativa. La tarea es formativa... Mi referente

debe ser mi padre, mi con-ferente debe ser mi anciano, mi abuelo... Lograr

reconstruir ese espacio íntimo, donde las palabras a veces faltan, o donde

tal vez, ya no existan las palabras pero debe existir al menos el recuerdo,

allí comienza todo para nosotros. Como seres humanos y como judíos. Por eso

insiste tanto la Torá con educar. Con prestar atención. Oír. Escuchar.

Hablar. Preguntar. Cuestionar... Estar vivo no es estar informado tan sólo.

Estar vivo para el pensamiento bíblico es tener con quién hablar, de quién

aprender, para quién tener una adecuada respuesta, a quién formularle una

pregunta...

Moshé lo sabía muy bien. Si se puede unir en diálogo a tres generaciones,

si se puede confrontar -sabiamente- las experiencias y vivencias de cada

generación, entonces habremos de lograr el propósito: que nuestra Torá sea

patrimonio del pueblo judío todo. Así como lo cantamos o recitamos cada vez

que ella sale públicamente: "Torá tziva lanu Moshé" - "la Torá que nos fue

ordenada por Moshé", "morashá kehilat Iaacob" - "es la heredad de la

congregación de Iaacob (Israel)". Entre la "orden" (tzivá) y la "posesión -

heredad" (morashá) existe un espacio imaginario, que nosotros debemos,

indefectiblemente, cubrir... El espacio para el estudio, la reflexión, el

aprendizaje, la puesta en marcha de cuanto precepto hay en ella, pues

"árbol de vida es para quienes la sostienen..." - "Talmud Torá shakul

ke-negued col ha mitzvot", el estudio mismo de la Torá está equiparado al

cumplimiento liso y llano de los 613 preceptos judaicos de acuerdo a la

concepción rabínica.

Pero el estudio no debe ser sólo de nuestros hijos. Ni tampoco debe quedar

solamente en los padres, que alguna vez tuvieron educación judía. Ni qué

decir, de la sabiduría de nuestros abuelos... como solemos escuchar a

diario. Hay crisis, es cierto. Pero la crisis, ¿no estará precisamente en

este punto: cuando la Torá deja ser "morashá kehilat Iaacob", es decir,

parte integral de todo un cuerpo social -generacional-, integrado en el

símbolo por la cadena abuelo-padre-hijo, para pasar a ser patrimonio de

unos pocos, agraciados por cierto con el don de la sabiduría, para quienes

sacrificamos todo en aras de que puedan alcanzar algo que nostros no

alcanzamos? Y cuidado, por favor, pues la crítica no es para que nuestros

hijos dejen  de asistir a sus estudios judaicos regulares, ¡Jas ve-shalom!

No. Desde ningún punto de vista. Sino por el contrario, ¿no se estará

generando un abismo intergeneracional? Pues que exista abismo

intergeneracional, es decir, entre un abuelo y un nieto, sería algo

medianamente comprensible. ¿Pero abismos entre padres e hijos, entre

generaciones tan próximas y sobre temas tan puntuales, como ser nuestras

festividades, nuestra historia, nuestro proyecto de vida, nuestras leyes

tan específicas para los primeros instantes de la vida? ¿Acaso las jóvenes

parejas de hoy, no recibieron educación judía? Y si no la recibieron, ¿no

la empiezan a "degustar" cuando sus pequeños asisten al jardín de infantes

judío? "Pregunta a tu padre", sugiere Moshé en nuestra Torá, "recurre a tus

ancianos", vuelve la recomendación, por si la primera consulta no fue del

todo satisfactoria. ¡No se pueden albergar dudas! No podemos crear espacios

vacíos, porque empezaremos a sentirnos cada vez más vulnerables, con menos

capacidad de escucha, mucho más des-ligados, des-atados, des-unidos...

Pero dijimos que Moshé, aún en su último día vino a unir. El rompecabezas

que supone ser el mosaico comunitario judío, no es nada nuevo."Pregunta a

tu padre y a tus ancianos...", y ya lo verás.

Por eso citamos al principio el "leit motiv" para nuestra entrega semanal.

Y dentro de la cita, algo que merece subrayarse: en el versículo último, el

47 del capítulo 32, Moshé dice algo muy sugestivo, refiriéndose a la Torá:

...."Ki lo davar rek hu mikem, ki hú jaiejém, ubadavar hazé taaríju

iamím..." Es sumamente curiosa la referencia que se hace aquí a nuestra

esencia educativa y formativa -la Torá- cuando se menciona que: "...lo

davar rek hú" - "no es algo vacío"; como si quisiera insinuarme que no me

es ajeno... Los Sabios del Talmud dijeron: "Im rek hu, mikem!" - "Si llega

a ser vacío, ¡es por vuestra causa!" Ella es nuestra capacidad de

sobrevivir, nuestra calidad de supervivencia, nuestra posibilidad de

trascender. No debemos dejar lugar al vacío, al espacio que la nada viene a

ocupar, para generar más vacío aún... Porque ya bastante tenemos con los

"vacíos" físicos que generan la ausencia de seres queridos en la vida...

¡Felices de aquellos quienes pueden conjugar hoy el verbo "ser" en los tres

tiempos! ashré -felices-,  quienes logran hacer de la Torá -de su estudio

con amor, de su cumplimiento con dedicación- el espacio imaginario para su

encuentro mensual, semanal y diario. Sólo allí cabe el recuerdo. Sólo

entonces la "orden" ("Torá tziva lanu Moshé"), se transforma mágicamente en

patrimonio, en mi posesión, en algo profunda y exclusivamente mío, para

entonces, re-comenzar el ciclo: recibir de mi padre, entregar a mi hijo. Un

ciclo sin intermediarios ni actores de reparto. Un ciclo que en hebreo se

dice "jug", porque cuando existe en calidad de tal es lo mismo que "jag",

es decir, una verdadera fiesta. ¡Ojalá D-s nos permita vivir durante el

nuevo año nuestro judaísmo, el de nuestros abuelos, el de nuestros padres,

el que soñamos para nuestros hijos, ¡como una verdadera fiesta, con

alegría, con el regocijo que supone tener toda fiesta!

Y por supuesto: que nadie falte a ella. Estamos todos invitados...