PERASHA VAIESHEB:
Agradecemos a Alberto Sueke por darnos autorización
de publicar esta sección
"Cómo convertir sueños en
realidad"
Nos encontramos en la semana de Januca, en donde recordamos el milagro
que sucedió hace 2.129 años, luego que los Iehudim bajo el liderazgo de una
familia llena de fe -los Jashmonaim- derrotaran y expulsaran de Ierushalaim al
ejército griego, que se había propuesto asimilar a los judíos prohibiendo la
observancia de la Torá y forzándolos a cometer prácticas idólatras de la
Grecia pagana. La Menorá, el candelabro que representa la Presencia Divina, fue
nuevamente encendida con una vasija de aceite que se encontró en el Bet
Hamikdash y que no había sido impurificada. El aceite que normalmente hubiera
alcanzado para una sola noche, en forma milagrosa ardió durante ocho días
hasta que se pudo elaborar un nuevo aceite puro.
Intentemos encontrar una relación entre el milagro de Januca y la
Perasha de esta semana que siempre acontece en esta festividad. Cuando los
hermanos de Iosef habían ido a pastorear las ovejas en Shejem, Iaacob Abinu le
ordenó a Iosef: "Ve ahora, observa la paz de tus hermanos y de las ovejas
y tráeme la noticia" (Bereshit 57). Iosef sabía que sus hermanos lo
odiaban por los sueños proféticos que él había tenido y que significaban que
en el futuro sería Iosef el que gobernara sobre los hermanos: todas las parvas
se posternaban frente a la parva de Iosef; el sol, la luna y once estrellas se
arrodillaban frente a él simbolizando lo que sus hermanos le reclamaron: "¿acaso
reinarás sobre nosotros?". Iosef no hizo cálculos, aceptó la orden de su
padre Iaacob y pese al peligro que implicaba esa obediencia, se dirigió al
encuentro de sus hermanos. No los encontró en Shejem y podía haber dado por
cumplida su obligación, sin embargo se preocupó por investigar a dónde se habían
dirigido y finalmente los encontró en Dotan. ¿Cúal fue su pago por cumplir
con tanto esmero el precepto de respetar a su padre? Sus hermanos decidieron en
principio aprovechar la oportunidad para matarlo, pero luego escucharon la
sugerencia de Reuben, el mayor de ellos: "no derraméis sangre, arrójenlo
en ese pozo que está en el desierto y la mano no tendáis a él".
Finalmente lo arrojaron en un pozo lleno de serpientes y escorpiones, pero
cuando una caravana de ismaelitas pasó por el lugar con su cargamento de
perfumes e inciensos, decidieron sacarlo del pozo y venderlo como esclavo. Después
que los ismaelitas lo revendieron a otras caravanas de comerciantes de Midian,
el último destino de Iosef fue Egipto, y fue esclavo de Potifar, jefe de los
matarifes del Faraón.
Cualquier ser humano hubiera pensado: "¿Para qué le hice caso a mi
padre? ¡Por actuar con
rectitud recibí estos sufrimientos!". Iosef Hasadik no pensó así. Sabía
que no existe la casualidad sino que todo lo que sucede está manejado por las
"manos" de Di-s y la persona debe cumplir su misión sin esperar el
pago inmediato de su actitud.
Pero las pruebas continuaron. La casa de Potifar fue bendecida por Hashem
en mérito a la presencia de Iosef, quien fue nombrado por su amo como
administrador de todos los bienes de Potifar. Iosef -un joven de diecisiete años
y de una belleza especial- fue provocado por la mujer de Potifar día tras día,
pero Iosef se mantuvo en su comportamiento puro y honesto. En una oportunidad en
donde nadie se encontraba en la casa de Potifar y al negarse nuevamente a pecar
con la dueña de casa, Iosef fue acusado por ésta de haber intentado seducirla
y Potifar envió a Iosef a la cárcel junto al resto de los presos del Faraón.
Iosef tampoco se arrepintió en ese instante de su comportamiento, sabía que
era preferible sufrir durante años en la cárcel antes que ser perverso frente
a los ojos de Hashem aunque sólo fuera por un momento.
Luego de doce años de sufrimientos llegó la oportunidad de la salvación.
El Faraón tuvo un sueño que nadie sabía interpretar. Escuchó que en sus cárceles
había un joven hebreo que explicaba los sueños con una seguridad absoluta.
Iosef a los treinta años escuchó cómo el Faraón le decía: "Yo supe
sobre ti diciendo que escuchas un sueño para interpretarlo" (Bereshit 41).
Cualquier ser humano no hubiera desperdiciado la oportunidad de salir de la cárcel
y le hubiera respondido: "¡Sí! Tengo esa cualidad". Iosef, por el
contrario, continuó con su actitud honesta y humilde y aprovechó la ocasión
para educar al Faraón: "No está en mis manos, es Hashem el que responderá
al Faraón". Iosef mantuvo su integridad pese a que hasta ese instante sólo
le había traído problemas y sufrimientos. No le importó, confiaba en que la
verdad triunfaría tarde o temprano. Precisamente, el Faraón lo designó como
virrey de Egipto -que se transformó en la potencia mundial de entonces- y
gobernó durante ochenta años a Egipto. En un instante todo se aclaró: era
Hashem quien manejaba los hilos para que luego Iaacob Abinu descendiera a Egipto
con toda su familia con honor y respeto, al tener a su hijo como gobernador. Se
cumpliría así la palabra que Hashem le había dicho a Abraham: "porque
peregrina será tu descendencia en una tierra extraña" (Bereshit 15).
La actitud de Iosef es similar a la de los Jashmonaim, quienes fueron a
pelear contra un ejército superior tanto numéricamente como desde el punto de
vista de la preparación militar para una guerra. Pero ellos sabían que los
decretos que los griegos habían impuesto: no respetar las festividades ni el
Shabat, no realizar la circunsición a los niños y no permitir la purificación
de las mujeres en el Mikve, hubieran exterminado al pueblo de Israel primero
espiritual y luego físicamente. No había más solución que pelear, aunque el
triunfo sólo sucedería si ocurriera un milagro. No importaba, se debía hacer
lo que estaba a mano sin hacer cálculos ni cuentas. El resto le correspondía a
Hashem y finalmente el Todopoderoso hizo el milagro: "los poderosos cayeron
en manos de los débiles, los numerosos en manos de la minoría" (Al
Hanisim).
Los Jashmonaim tenían la posibilidad de convertirse al helenismo. Los
griegos no atacaron, en principio, físicamente a los judíos, sino que buscaron
la asimilación del pueblo. Nosotros normalmente asociamos el milagro de Januca
recordando el aceite que duró ocho días. Pero hubo un milagro mucho mayor aún
y fue la guerra misma, ya que los Jashmonaim no tenían chance alguna frente al
ejército griego. Sólo que la verdad no se tapa con la fuerza bruta. ¿Para qué
encendieron la Menorá en la primera noche si de todas formas tenían que
transcurrir siete días en los que no podrían encender? Podemos explicarlo de
dos formas. En principio que hicieron lo que podían hacer; el primer día podían
encender y lo hicieron sin importarles que durante siete días no lo harían.
Otra vez el mismo concepto: no hacer cuentas ni cálculos, sólo cumplir la
voluntad de Hashem. Pero también podemos decir que ellos esperaban el milagro
del aceite, sabían que la historia es tergiversada con el correr de los años y
si no hubiese durado el aceite los ocho días, quizás hoy explicaríamos que
eran valientes o que sabían tácticas de guerra especiales con las que
triunfaron. Por eso sucedió el milagro del aceite, para que no se cambie al
otro milagro que existió: el de la guerra misma.
El Talmud Sucá concluye con un suceso que aconteció en la época en que
los griegos profanaron el Bet Hamikdash. Una mujer llamada Miriam bat Bilga
renegó su fe y se casó con un oficial del ejército griego y despreció el
altar dándole puntapies y diciendo: "¡Lobo, lobo!, hasta cuando consumes
el dinero de Israel (por los sacrificios que se hacían en él) y no los ayudas
en el momento de apremio". Cuando los Jashmonaim recuperaron el Bet
Hamikdash, los Jajamim de la generación multaron con tres penas a la familia
Bilga por el comportamiento que había tenido esa mujer. Podríamos pensar que
-finalmente- lo que Miriam bat Bilga había dicho en su momento era verdad. ¿Por
qué la castigaron? Y aún más, ¿qué culpa tuvo su familia? Para comprender
la respuesta debemos tener la claridad de diferenciar cómo analiza los sucesos
de la vida alguien con fe y quien no la posee. Quien cree que el mundo responde
en forma automática y que todos los problemas se solucionan cuando se cumple la
voluntad de Hashem se equivoca. Puede ser que así suceda, pero en muchos casos
la claridad aparece después de un tiempo y en otros sólo la veremos en el
mundo venidero. Miriam Bat Bilga no tuvo fe, quiso una respuesta automática y
no la encontró. Por eso renegó su fe. Si hubiera esperado unos años, hubiera
observado cómo en forma milagrosa un puñado de hombres destruía el poderoso
ejército griego. Ese "lobo" al que ella había criticado, finalmente
trajo la salvación. Sólo que ella no tuvo la paciencia de saber esperar. El
Talmud mismo responde a la otra pregunta que formulamos: "lo que un niño
habla en la calle, es porque lo escuchó de su padre o de su madre". O sea
que si ella llegó a despreciar de ese modo el altar sagrado, es porque sus
padres no lo habían respetado tampoco.
Quizás por eso la fiesta de Januca acontece en esta Perasha llena de sueños.
El milagro de Januca era un sueño, pero los sueños se transforman en realidad.
¿Cómo? Haciendo lo que cada uno debe hacer sin esperar resultados inmediatos.
Es lo mismo que sucedió con Iosef como explicamos anteriormente. Hay muchas
cosas que suceden y que no podemos comprender. No nos preocupemos, tampoco los
Jashmonaim entendían lo que sucedía. Sólo hicieron lo suyo y el milagro llegó,
dejándonos el ejemplo para nuestra vida diaria. La Mizva del encendido de las
velas de Januca es al anochecer, o sea, cuando está oscuro y no se observa una
salida lógica, debemos en principio encender. Luego se cumplirá la segunda
bendición: "que hizo milagros con nuestros antepasados en aquella época y
en estos días".
Los Jashmonaim eran pocos y pelearon contra todo lo que se oponía a las
bases de la Torá. Quizás en proporción -a pesar del cambio vivenciado en el
mundo en los últimos años- los que nos acercamos al cumplimiento de la Torá
somos pocos en comparación con nuestros hermanos que están alejados de ella.
No importa, ya Hashem nos dice en la Torá: "No porque son mayoría entre
las naciones los eligió Hashem, ya que ustedes son la minoría entre las
naciones" (Debarim 7). Precisamente todo lo valioso no es numeroso. El
oro tiene valor porque se lo encuentra en poca cantidad. Si bien las aguas
ocupan las 2/3 partes de mundo, sólo una pequeña parte de ella es apta para la
vida. Los que hoy cumplimos con la Torá somos los Jashmonaim de la actualidad.
¿Dónde están aquellos que hace dos o tres generaciones intentaron buscar
caminos extraños a nuestras raíces? En la mayoría de los casos no dejaron
descendencia dentro del judaísmo ya que se asimilaron ellos o sus hijos. El
futuro será similar. Los
que hoy nos aferremos a la Torá y Mizvot tendremos la esperanza de seguir
perteneciendo al pueblo de Israel junto a nuestra descendencia.