PERASHA VAIERA:
"El sacrificio de Izjak"
Agradecemos a Alberto Sueke por darnos autorización
de publicar esta sección
La prueba que debió afrontar Abraham Abinu a los 137 años
fue superior a todas las que había afrontado anteriormente, como lo
explican nuestros Jajamim sobre el versículo: "Toma por favor a tu
hijo, a tu único, que amas, a Izjak y ve a la tierra de Moriá y
ofrécelo allí para holocausto, sobre una de las montañas
que te diré" (Bereshit 22). Ribi Shimhon ben Abá lo
ejemplificó con un rey que tenía un soldado muy poderoso que vencía
en todas las guerras y cuando se presentó una contienda más difícil
le dijo: "por favor, debes vencer en esta ocasión para que nadie
diga que las anteriores no fueron importantes". En forma similar, Hashem le
dijo a Abraham Abinu: "Te probé con muchas pruebas y las superaste,
ahora debes mantenerte en ésta para que nadie diga que las anteriores no
eran válidas" (Sanhedrín 89).
A pesar de vivir en un mundo lleno de idolatrías, Abraham Abinu
desde los tres años había descubierto a su Creador. A los
cuarenta, su nombre ya era conocido por todos, por ser quien expresaba la
creencia en un Ser Supremo bondadoso que exigía del ser humano imitar las
cualidades del Todopoderoso. El propio Abraham lo demostraba en la práctica
al recibir huéspedes en su hogar, ayudando materialmente a los
necesitados y por sobre todo acercándolos a la fe en Hashem, ya que el
favor espiritual es lo más importante que pueda existir. Mientras que en
el mundo cruel en el que se vivía entonces, algunos padres sacrificaban a
sus hijos en nombre de distintas idolatrías, Abraham pregonaba que el
verdadero Di-s valoraba la vida humana y no aceptaba ese tipo de sacrificios. Muchas
pruebas debió superar Abraham Abinu. Entre
ellas, haber sido arrojado por el rey Nimrod al fuego de Ur Kazdim (Hashem lo
salvó en forma milagrosa); abandonar su hogar y tierra natal para ir a
una tierra desconocida; soportar el hambre que existía en Erez Kenaan que
lo obligó a ir a Egipto; la prueba de circuncidarse a los noventa y nueve
años de edad, etc. Cada prueba lo elevó espiritualmente para ser
el Patriarca del pueblo judío.
En la prueba de la Akedá, nuevamente se le presentó Hashem
y le dijo: "¡Abraham!". La respuesta fue con absoluta entrega, tal
como lo hace un sirviente con su amo: "Heme aquí", es decir,
estoy dispuesto y preparado para hacer lo que me ordenes. Pero en este caso, la
prueba que se le presentó a Abraham fue totalmente distinta a las
anteriores. Hashem en ese momento no le pidió renunciar a algo material,
como por ejemplo, vivir en su tierra natal, ni tampoco soportar un sufrimiento
en su cuerpo como el precepto de la circuncisión, sino que el pedido era
aún más difícil: debía ofrecer en un instante todo
lo que había conseguido en su vida. Ciertamente, al ofrecer como
holocausto a su hijo no sólo perdía físicamente al hijo que
había tenido en su ancianidad, sino que junto a ello contradecía
su trabajo de toda la vida de enseñar al mundo a amar el favor y evitar
la crueldad. ¿Qué dirían todos los conversos que él había
educado con el concepto de que Hashem es bondadoso? ¿Qué dirían
quienes ofrecían sacrificios humanos y que siempre habían sido
reprochados por Abraham? ¿Quién guiaría a todos los conversos
después de la muerte de Abraham sin dejar un hijo que continuara con su
misión? ¿Cómo se formaría esa gran nación que
Hashem le había prometido que saldría de su hijo Izjak? Muchos
eran entonces los sacrificios que debía ofrecer Abraham junto al
sacrificio corpóreo de su hijo Izjak: su pasado con todo el esfuerzo
realizado, su presente en el que comenzaba a ver los frutos de su obra y el
futuro promisorio del pueblo judío.
¿Cuál fue la respuesta de Abraham Abinu? No tuvo dudas, su
actitud fue clara y contundente. Otra persona hubiese pensado que había
habido un error o que quizás había entendido mal la orden de
Hashem. Sin embargo, Abraham no dudó: "Y madrugó Abraham por
la mañana y cinchó su asno" (Bereshit 22). A pesar de todos
los sirvientes que tenía Abraham, él personalmente se ocupó
de preparar su burro y demostró su iniciativa para cumplir el pedido de
Hashem. "Al tercer día alzó Abraham sus ojos y vio el lugar
de lejos" (Bereshit 22). Para cualquier otra persona tres días de
camino hubiesen estado llenos de pensamientos y dudas, pero para Abraham sólo
fueron de preparación espiritual para cumplir con exactitud la orden de
Hashem. Nuestros Jajamim nos dicen que el Satán se le presentó en
forma de un río para impedirle el paso. Abraham no se detuvo, se
introdujo en él hasta que las aguas llegaron a su cuello. Entonces clamó:
"Señor del Mundo, han llegado las aguas hasta mi alma. ¿Quién
cumplirá Tu orden y quién hará único Tu nombre en el
mundo?". Instantáneamente, las aguas se secaron (Midrash Tanjumá).
Analicemos también el comportamiento de su hijo Izjak. ¿Qué
opinaba Izjak Abinu de lo que sucedía? No olvidemos que tenía 37 años
y no se trataba de un pequeño que no comprendía lo que ocurría.
Veamos la explicación que Rashi nos comenta sobre el versículo 6:
"Y tomó Abraham leñas para el holocausto y las puso sobre
Izjak su hijo, tomó en su mano el fuego y el cuchillo y marcharon ambos
juntos" (Bereshit 22). Rashi explica que Izjak en principio no sabía
el sentido verdadero del viaje. La expresión "marcharon ambos
juntos" se refería a que Abraham -a pesar que sabía que iba a
sacrificar a su hijo- iba con la misma alegría que Izjak quien hasta ese
instante no sabía lo que le sucedería. Cuando Izjak le preguntó
a su padre: "He aquí el fuego y las leñas, ¿y dónde
está el carnero para el holocausto?", la respuesta de Abraham se
encuentra en el versículo 8: "Di-s proveerá como carnero para
el holocausto a mi hijo. Y marcharon ambos juntos". Rashi comenta que, a
pesar de que en ese momento Izjak se enteró de que sería
sacrificado, fue al lado de su padre con alegría y tranquilidad. A pesar
de encontrarse en la plenitud de su vida, lo hizo sin temor ni tristeza porque
había sido educado sabiendo que el objetivo de la vida es cumplir con la
voluntad de Hashem. Si para ello debía entregar su propia vida, estaba
dispuesto a hacerlo con la misma alegría con la que su padre estaba
preparado para sacrificarlo.
Ambos construyeron el altar y prepararon las maderas. A pedido de Izjak,
su padre lo ató para asegurarse de que el sacrificio sería
perfecto sin provocar ningún defecto. Llegado el momento, Abraham extendió
su mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo. Entonces, nuevamente
se escuchó la voz de Hashem: "¡Abraham, Abraham!" y otra vez
la misma respuesta: "¡Heme aquí!". En este caso, la orden fue
terminante: "No extiendas tu mano al joven y no le hagas nada, pues ahora sé
que temeroso de Di-s eres tú y no escatimaste de mí a tu hijo, a
tu único". La misión estaba cumplida, porque hay algo más
importante aún que ofrecer un sacrificio físico a Hashem:
entregarle el alma demostrándole con cariño que estamos dispuestos
a todo con tal de cumplir con su voluntad. Abraham había pasado la prueba
junto a su hijo Izjak. Ambos regresaron felices no sólo porque Izjak se
había salvado de la muerte, sino con la alegría verdadera que
otorga la aclaración de las dudas: el camino de Abraham durante toda su
vida había sido el correcto; Hashem no acepta la crueldad de sacrificios
humanos; Izjak guiará a los conversos después de la muerte de
Abraham, de él saldrá el pueblo judío que seguirá
sus enseñanzas y el mérito de la Akedá de Izjak perdurará
por siempre para proteger al pueblo de Israel. El Ierushalmi en Taanit cap. 2
comenta que dijo Abraham a Hashem: "Señor del mundo, tú sabes
que en el momento en que me dijiste que debía ofrecer como holocausto a
mi hijo, podría haberte preguntado cómo se cumpliría lo que
anteriormente me habías dicho: que de Izjak saldría mi
decendencia. Controlé mi instinto e hice Tu Voluntad. Que Tu Voluntad sea
que en el momento en que los hijos de Izjak tengan algún sufrimiento sin
que nadie pueda argumentar por ellos una defensa, Tú serás el
defensor de ellos".
¿Por qué fue tan importante la prueba de la Akedá? A lo
largo de la historia del Pueblo de Israel muchos Iehudim entregaron sus vidas
santificando el nombre de Hashem a pesar de tratarse de gente común y de
no haber recibido una orden concreta de Di-s. Podemos recordar como ejemplo lo
que el Talmud en Guitin 57 comenta sobre una mujer llamada Janá y sus
siete hijos que fueron llevados delante del César que intentó
obligarlos a arrodillarse frente a un ídolo. El primero de los hijos le
respondió: "Está escrito en la Torá: Yo soy tu Di-s
(Shemot 20)"; rápidamente lo asesinaron. El segundo le dijo al César:
"Está escrito en la Torá: No habrá para ti otros
dioses", siguiendo así el camino de su hermano. Así
sucesivamente los siete hijos de Janá fueron asesinados sin que ninguno
de ellos renegara su fe. El más pequeño le dijo al César
antes de morir: "Juramos a nuestro Di-s que nunca lo cambiaríamos
por otro y El nos juró que no nos cambiaría por otro pueblo".
"Por lo menos sólo muestra que te posternas delante de este anillo
que tiene grabada mi figura sin que lo hagas realmente", le sugirió
el César. Pero el niño prefirió morir antes que vivir
renegando su creencia en el único Di-s y le contestó: "Pobre
de ti César, si por tu honra estás preocupado (para no
avergonzarte ante el pueblo), por la honra de Di-s mucho más (que debo
entregar mi vida por Él)". Janá -la madre- se despidió
de su hijo y al besarlo le dijo: "Ve ante Abraham Abinu y dile que él
ofreció un sacrificio y yo preparé siete altares". También
murió Janá -la madre- y un eco celestial proclamó: "La
madre de los hijos está contenta" (Tehilim 113). Se trata de un solo
episodio de los -lamentablemente- tan numerosos donde judíos entregaron
sus vidas por su fe, como también sucedió en la Inquisición
y en la segunda guerra mundial. ¿Qué tuvo entonces la Akedá para
convertirse en el gran mérito del pueblo de Israel? Debemos comprender
que la grandeza de Abraham Abinu -además de todo lo que implicaba el
sacrificio de Izjak como explicamos anteriormente- fue la de haber sido el
primero. Toda la fuerza que el pueblo judío heredó a lo largo de
todas las generaciones nació en esa entrega de Abraham Abinu. Por eso, el
Har Hamoriá fue elegido como lugar donde posteriormente se construyó
el Bet Hamikdash, ya que en él surgió el primer Iehudi dispuesto a
sacrificar su vida por el nombre de Hashem. Abraham Abinu engendró en el
corazón del Iehudi más simple la semilla de la fe, que puede
florecer en cualquier instante y que no será destruida por ningún
opresor o tirano.
Muchos sacrificios entregó el pueblo judío a lo largo de la
historia, pero ellos han creado la base de la Gueulá que tanto ansiamos.
El Ialkut Shimoni en Tehilim 20 comenta el siguiente ejemplo: "Un padre y
un hijo iban en el camino y el hijo cansado le preguntó a su padre: ¿Cuándo
llegamos a la ciudad?". El padre le respondió: "Cuando veas el
cementerio, que normalmente está fuera de la ciudad, significará
que estamos cerca de ella". Así dijo Hashem a Israel: si observan
tantas dificultades y problemas, uno detrás de otro, es la señal
que la salvación está cercana y a esto se refiere el versículo:
"Hashem te contestará en el día de tu sufrimiento".
Quiera el Creador permitirnos ver la llegada del Mashiaj. Amén.