| PERASHA
VAETJANAN: "El
amor a Di-s" "Y amarás al Eterno, tu Di-s, con todo tu corazón, con
toda tu alma y con toda tu fuerza" (Debarim 6). Rashi comenta sobre
este versículo de esta Perasha y que decimos todos los días
en la lectura de la Keriat Shemá que "debes cumplir sus
órdenes por amor, ya que no se compara quien lo hace por amor a
quien lo hace por temor". ¿Cuál es el sentido de esta
explicación de Rashi? Si la Torá mencionó "y
amarás", ¿por qué es necesario relacionarlo con el
temor? Para poder comprender la respuesta, podemos observar la explicación
del Or Hajaim Hakadosh quien pone el acento en la letra "Vav" de
"Veahabta" (y amarás), para resaltar que para alcanzar el
amor a Hashem previamente se deberá temerlo. O
sea que dentro de la orden de amar a Di-s, está implícito el
temor como un paso previo para llegar a la categoría superior: amar
a Di-s. El concepto de amor y cariño
es básico tanto en el ámbito familiar como societario, pero donde
adquiere una relevancia fundamental es en el servicio a Di-s. A
pesar de tratarse de una de las categorías más elevadas a la
que puede llegar un Iehudi, es obligación de todos -incluso de la
persona más sencilla- trabajar sobre sí mismo para poder
alcanzar ese nivel. La prueba más clara al respecto es que en cada
hogar judío la educación de los hijos comienza con este
punto. Cuando un niño comienza a hablar, escucha cómo su
madre antes de dormir le repite en sus oídos todas las noches:
"Shemá Israel, Hashem Elokenu Hashem Ejad...Vehahabta et
Hashem Elokeja Bejol Lebabeja Ubjol Nafsheja Ubjol Meodeja". Esa
madre -aunque quizás ni ella misma tome conciencia- le transmite a
su hijo el principal objetivo que debe tener en su vida: entender que
Hashem es único, temerlo y -por sobre todo- amarlo. El rey Shelomo nos enseña en Shir Hashirim 7: "Que bello y
que dulce el amor y las delicias", refiriéndose a esa relación
mutua entre el pueblo de Israel y su Creador. En verdad, el amor es la
fuerza que motiva e incentiva a toda persona en la vida, ya que
normalmente nadie concurre o participa de una actividad en la que no se
siente cómodo. El hombre aguarda terminar su jornada de trabajo
para poder regresar a su hogar porque tiene provecho y deleite del mismo.
Si -lamentablemente- esto no ocurre por cualquier motivo, la base de ese
hogar comienza a destruirse. ¿Por qué un padre o una madre no
se cansa de ocuparse de sus hijos? La respuesta es muy sencilla, como
los quieren en forma sincera, el mayor provecho que tienen es poder
servirlos y atenderlos. No se reclama ningún pago por esa atención,
sólo tener la oportunidad de quererlos cada vez más y es el
mayor deleite que la persona puede recibir. Cuando trasladamos estos conceptos al servicio de Hashem, podemos
entender que el mayor placer de la vida es alcanzar esa unión
con nuestro Creador: "Y vosotros los ligados al Eterno, vuestro
Di-s, están hoy todos vivos" (Debarim 4). Quien alcanza este
nivel, está unido a Hashem y a la eternidad. Nada ni nadie podrá
dañarlo, ni siquiera el ángel de la muerte. El Talmud
comenta en Shabat 30 que el rey David le pidió a Hashem:
"Hazme saber Hashem mi fin y la medida de mis días"
(Tehilim 39). La respuesta de Di-s fue que ningún ser humano puede
saber cuánto vivirá ni en que día se irá del
mundo. Ante la insistencia de David, Hashem le adelantó que moriría
en Shabat. David pidió postergar su muerte por un día para
que se ocuparan de él como corresponde, ya que en Shabat está
prohibido realizar entierros. Si no era posible, David pidió
fallecer un día antes. Hashem le respondió que era imposible
que falleciera un día antes de lo que correspondía, ya que
prefería un día de los cantos de David antes que los miles
de sacrificios que ofrecería su hijo Shelomo. Tampoco podía
fallecer un día posterior al estipulado porque "un reinado no
toca a otro reinado ni siquiera un sólo pelo" y si ya había
llegado el momento en que debía reinar Shelomo, no podía
postergarse ni siquiera por un instante. ¿Qué
hizo el rey David? Todos los Shabat de su vida los dedicaba a estudiar
profundamente Torá y de esta manera estaba protegido del ángel
de la muerte. Por medio de ese estudio, el rey David se unía a
Hashem en forma total, estaba junto a la eternidad y ni siquiera el
ángel de la muerte podía con él. Cuando llegó
el Shabat en que debía fallecer, el ángel de la muerte debió
buscar una artimaña para que David interumpiera su estudio y poder
quitar su alma. Movió las hojas de los árboles del jardín
de la casa produciendo un ruido. David bajó las escaleras de su
casa para ver lo que sucedía y uno de los escalones se rompió.
En ese instante, el rey David interumpió su estudio y el ángel
de la muerte pudo retirar su alma. Mientras el rey David estuvo unido a
Hashem con su estudio, el ángel de la muerte no podía dañarlo. Es el mismo concepto que el Seforno comenta sobre el suceso que la Torá
narra en Bereshit 32 cuando un ángel celestial peleó con
Iaacob Abinu. Sobre el versículo "y vio que no podía
con él" (Bereshit 32), el Seforno explica "porque
(Iaacob) estaba unido continuamente a Hashem con el pensamiento y con la
palabra". Por eso el ángel no podía vencerlo. Finalmente:
"y golpeó en el encaje de su muslo y se corrió el
encaje del muslo de Iaacob al pelear con él". ¿Cómo
hizo el ángel para dañarlo? El Seforno continúa su
explicación: "le hizo saber el ángel a Iaacob los
pecados que su descendencia cometería y por esa preocupación,
Iaacob interrumpió su unión con Hashem. En ese instante el
ángel lo golpeó". Luego de este prólogo que intenta explicar, aunque sea sólo
en parte, la importancia de unirse a Hashem, debemos analizar cuál
es el camino para conseguirlo. Para ello debemos tener presente que existen
tres grandes grupos de Mizvot. El primero está constituido por
todos aquellos preceptos que se cumplen con actos determinados,
como por ejemplo tocar el Shofar en Rosh Hashaná, colocar el
Tefilin, dar Sedaká, etc. En todos los ejemplos de este grupo, se
requiere un esfuerzo físico y económico para poder cumplir
con el precepto que está -por otra parte- sujeto a momentos y
situaciones específicas. El segundo grupo se refiere a preceptos
que se cumplen por intermedio del habla: Tefilá, estudió de
Torá, privarse de hablar cosas vanales, Lashón Hará,
etc. El último grupo de Mizvot corresponde a aquellas que se
realizan sólo con el pensamiento. Son preceptos que no dependen de
un tiempo determinado, no requieren ningún esfuerzo físico
ni económico y al cumplirlas se llega al objetivo que planteamos:
unión y amor a Di-s. Pensar en la existencia de Di-s, que es
único, que debemos temerlo y amarlo, pensar cuáles son los
caminos para cumplir mejor con Su voluntad, santificar Su nombre,
preocuparse de encontrar medios para acercar a quienes se encuentran
alejados de la Torá y Mizvot, etc. Todo este tipo de pensamientos
nos lleva a unirnos cada vez más con Hashem. Para alcanzar este objetivo, el ser humano cuenta con una gran ventaja:
el cerebro no puede permanecer un instante sin pensar. Bienaventurado
quien llena ese espacio con pensamientos positivos que lo unen al Creador.
El Ialkut Shimhoni pregunta: ¿Cómo se puede llegar a cumplir
con el versículo: "Y amarás a Hashem tu Di-s?".
Responde con la continuación del versículo: "Y pondrás
estas palabras que te ordeno hoy sobre tu corazón". El Maguid
Midubna nos aclara aún más el concepto diciendo que para
ocupar el cerebro y el corazón con esos pensamientos positivos, es
necesario quitar previamente todos los pensamientos extraños que
circulan por la mente humana. De la misma forma que para liberar a un
pájaro de su jaula, basta con abrir su puerta sin que sea necesario
sacar al ave de la misma, lo mismo sucede con el corazón de la
persona. El alma pura de todo Iehudi desea unirse a su Creador. Los
deseos materiales en muchos casos lo impiden, como lo hace la puerta con
el ave. Pero luego que esas ambiciones quedan de lado, el camino que lleva
al éxito queda abierto. El Maguid Midubna lo compara con aquella
persona que ingresó a un negocio a comprar una ropa de seda muy
fina. El vendedor profesional calculó rápidamente cuál
era la medida adecuada y le extendió la prenda justa que
necesitaba. El comprador intentó probarla, pero regresó quejándose
al vendedor: "¡ni siquiera pude ingresar mi brazo!". El
vendedor sorprendido se dio cuenta de que el cliente no había
quitado sus propias ropas y había vestido la prenda sobre ellas.
"Primero debes quitarte tus ropas y luego comprobarás que te
calza perfectamente". Hashem nos entregó la Torá
para "vestir" nuestro cuerpo material. El ser humano intenta
"vestirse" con la Torá, pero para su sorpresa no es a su
medida. Por eso Jazal nos dicen: "sobre tu corazón puro debes
colocarla", sin nada que lo interrumpa. Las inclinaciones materiales
alejan a la persona de la Torá y no le permiten reconocer a su
Creador y amarlo. Es normal que una persona aprecie a alguien que lo benefició
aunque sea en lo más mínimo. En caso de tratarse de alguien que le
otorga todo su sustento, el cariño será mayor aún. Si
se trata de alguien que salvó su vida, no existirá nada que
sea demasiado para brindarle a esa persona a la que tanto se le debe. Traslademos
estos conceptos al cariño que debemos brindarle a Hashem, de
quien recibimos todo Su bienestar en forma directa o por medio de otras
personas, que no son más que intermediarios suyos. Los Sabios
nos enseñan: "la persona no reconoce los milagros que le
suceden", ya que muchas veces ni siquiera se entera de males que debían
sucederle y que Di-s se los evitó. Por otra parte, el ser humano
cree que es normal caminar, respirar y desarrollarse. No se da cuenta
de que todo es milagroso. Cuando se inventó la primera lámpara
de luz, seguramente que todos se habrán asombrado al ver cómo
alumbraba. Hoy nos sorprendemos si movemos la perilla de la luz y la lámpara
no enciende. ¿Por qué? Nos acostumbramos a que la lámpara
de luz alumbre. Lo mismo sucede con el cuerpo: creemos que es lógico
que funcione normalmente y nos sorprendemos si hay algo que falla. No
tomamos conciencia de que todo es milagroso. Si meditáramos al respecto, sería más
fácil amar a Di-s con todo nuestro corazón. Más aún, todo el bienestar
que tenemos es mínimo en comparación con el mérito de
habernos elegido entre las naciones para servirlo y recibir la Torá.
Tendremos así la dicha de heredar el mundo venidero. Sin lugar a dudas que la receta de la vida es alcanzar el amor a Di-s.
¿Por qué a veces resulta difícil cumplir algún
precepto? La respuesta es sencilla: no existe esa unión con Hashem
a la que nos referimos. Si entendiéramos que los preceptos no
son problemas, sino que son el elixir de la vida, nuestra visión
sería distinta. Una persona puede olvidar -por ejemplo- decir
una de las Tefilot del día. Sin embargo, es imposible que se olvide
de comer. ¿Por qué? Sencillamente, porque quiere comer y así
lo siente. Si el sentimiento hacia Hashem fuera similar, tampoco se
olvidaría de decir esa Tefilá. Si entendiéramos que
el mayor deleite es poder amar a Di-s, no sentiríamos dificultades
al cumplir algún precepto. Si Hashem nos ordenó que
debemos amarlo, debemos estar llenos de felicidad de poder hacerlo.
Quizás la prueba verdadera será en los momentos de angustia
o penuria; ahí se comprobará si el amor a Hashem que la
persona pregonaba era sincero o no. Pero también en los actos
diarios y en la vida cotidiana, la vida cambiará si partimos de
esta premisa. No
será difícil vestir en forma recatada como Hashem ordenó.
A
nadie se le ocurrirá participar de reuniones con quienes se alejan
del camino de Hashem. ¿Acaso una persona que ama a Hashem podrá
ingerir algún alimento que no sea estrictamente Kasher? Quien está
unido a Hashem ¿ podrá dejar de bendecirlo antes de probar un
alimento? Quien siente el amor verdadero a Hashem quiere engrandecer
Su nombre con actitudes acordes a Su voluntad, cumpliendo las Mizvot con
alegría y devoción. Concluyamos con lo que comenta el Jafez Jaim sobre lo que decimos en la
Tefilá: "Y une nuestro corazón para amarte y temer Tu
nombre y que no nos avergoncemos eternamente". El Rab deduce que
pedimos en la Tefilá -al margen de nuestra fe en El y del
cumplimiento de las Mizvot- que en nuestro corazón sólo
se encuentre el amor hacia El, ya que si también nuestro deseo
apunta hacia las vanidades del mundo, la vergüenza en el mundo de la
verdad será eterna. El Jafez Jaim lo compara con una persona
rica que antes de hacer un viaje por mucho tiempo encomendó a uno
de sus sirvientes: "cuida toda mi riqueza como corresponde. Por sobre
todo quiero que cuides esta habitación porque en ella se encuentra
lo más preciado que poseo". El sirviente cumplió su
función, pero un día decidió investigar qué
había en esa habitación realmente. Al ingresar, encontró
cajas cerradas que contenían oro y piedras preciosas de un valor
incalculable y entendió la preocupación de su amo. Sin
embargo, esas joyas estaban llenas de barro y polvo y era difícil
distinguir el valor que tenían. El sirviente pensó: "¡Qué
contradictorio que es mi amo. A mí me exige cuidar su tesoro y
él propiamente deja que se llene de polvo y barro!" El Jafez
Jaim comenta que si bien la persona será juzgada en el juicio
celestial por las actitudes de su vida, por sobre todo se analizará
cuál fue el sentimiento de su corazón. Dichosos serán
aquellos que en la vida amaron en forma sincera a Hashem. Es el tesoro más
limpio y puro que pueda existir. Pero lamentablemente a veces el tribunal
Celestial encontrará polvo, barro y otros elementos incompatibles
con el amor a Hashem. ¡La vergüenza cubrirá a la persona en
ese instante! Por eso le pedimos: "¡Señor del mundo! haz
que nuestro corazón posea sólo amor hacia Ti sin ningún
otro tipo de mezcla de las vanidades del mundo!". Que todas
nuestras actitudes sean Leshem Shamaim y que tengamos el mérito de
estar entre los que aman a Di-s. Amén.
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