Wiener y la cibernética

 

 

 

El hombre moderno puede ser considerado como el resultado de seis  revoluciones: una cultural en el siglo XV, una religiosa en el siglo XVI, una científica en el siglo XVII, una política en el siglo XVIII, una económica en el siglo XIX, y una cibernética en el siglo XX. En todas ellas, el rol de judíos ha sido notable y, por ende, cabe asignarles un papel crucial como promotores de la modernidad.

Según el tratado talmúdico de Kidushín, el padre debe educar a su hijo en tres áreas: la Torá, un oficio y la natación. También los filósofos griegos valoraron saber nadar. Sócrates enfatizó su importancia en el diálogo que mantuvo con su contrapartida moral, Calicles. En aquel discurso se filtra un término que, veintitrés siglos después, revolucionó las ciencias de la conducta; el texto reza: “Más importante que la natación es el arte del timonel (kybernetes) ya que salva de los mayores peligros, no sólo a las almas, sino también a los cuerpos y las fortunas”. Como el párrafo está incluido en el diálogo dramático sobre la retórica, Sócrates equipara la cibernética con el el arte de persuadir y conmover.

En 1834, un físico francés utilizó el término en su aspecto de control político. Un siglo después, un matemático lo recogió para denominar con él una nueva ciencia, que estudia acerca de los sistemas de control y comunicación. Cuando Norbert Wiener publicó Cibernética en 1948, nacía una disciplina que empezó siendo una rama de la matemática binaria, continuó por identificarse con la informática... y terminó por invadirlo todo. Wiener (1894-1964) pasará a la historia como uno de los célebres pensadores sobre un tema central del día de hoy: la automatización y las comunicaciones.

No sorprende la abundante presencia de judíos entre los grandes matemáticos. Sin embargo, a diferencia de la moral o de la ley, las matemáticas como disciplina no podrían rastrearse a la fuente bíblica: no hay en el Libro de los Libros párrafos significativos desde el punto de vista aritmético.

En contraste, el Talmud frecuentemente razona en términos matemáticos, en el contexto de discusiones halájicas (de la ley judía). Pero el asunto tampoco es abordado independientemente. Las matemáticas carecen en el Talmud de la sofisticación que tuvieron entre los griegos, y constituyen, más que nada, recomendaciones prácticas para resolver cuestiones legales.

Por ejemplo, el valor pi (π, la relación de una circunsferencia con respecto a su diámetro) fue valuado por los rabinos en 3, cuando Arquímedes había llegado en el siglo III aec a un valor más preciso. Cabe recordar que el Talmud no basa su cálculo en la aritmética sino en la Biblia (I Reyes 7:23): el palacio que construye Salomón requirió un “mar de fundición” de diez codos de un borde al otro “redondo de diez codos de alto, y rodeado de un cordón de treinta codos”. Al respecto comenta la Mishná (Eruvín 1:5) que “Todo entablamento que tenga tres palmos de circunferencia tiene un palmo de anchura”. En su comentario al texto, Maimónides corrige levemente la definición.

Una categoría matemática más moderna que vale mencionar es el Número de Motzkin (la cantidad de maneras de dibujar cuerdas que no se intersectan en un círculo), de variadas aplicaciones en geometría. Es poco conocido que Leo Motzkin (1867-1933) abandonó las matemáticas para dedicar su vida al movimiento sionista, y que su hijo Theodor continuó su obra académica y descubrió los números homónimos.

En cuanto a la no menos interesante biografía de Wiener, sus memorias se titulan Ex-prodigio: a los tres años leía de corrido, a los  cuatro años se adentraba en la literatura científica, a los siete desgranaba las teorías de Darwin y de Charcot, a los once ingresó en la universidad, a los dieciocho recibió su doctorado de Harvard.

Después de sus estudios filosóficos y matemáticos en EEUU, siguió el consejo de su padre y viajó a Europa para continuar su formación. Bertrand Russell fue su maestro en Cambridge, y David Hilbert en Gotinga, donde se conoció con John Von Neumann (1903-1957), otro matemático judío que en cierto modo fue la némesis de Wiener en temas ideológicos.

Von Neumann  desarrolló la teoría de los juegos, de la que cabe mencionar que uno de sus exponentes hoy en día es un israelí, religioso ortodoxo y Premio Nobel de Economía (2005): Robert Aumann, quien aplicó la teoría también para dilucidar problemas talmúdicos, por ejemplo el que deriva de la distribución de la herencia en tres partes (tratado talmúdico Ketubot 93a). 

Steve Heims publicó en 1980 una biografía en dos volúmenes que  entremezcla las vidas de Von Newmann y de Wiener, a pesar de que éstos nunca trabajaron juntos. El propósito de la amalgama es contrastar las actitudes de ambos con respecto a la Guerra Fría –asertivo el primero, pacifista el segundo.

Von Neumann analizó las analogías y diferencias entre el cerebro y la computadora, y fue uno de los creadores de las computadoras digitales con memoria interna, capaces de almacenar programas. Durante sus últimos días en el hospital, a la espera de la muerte por un cáncer incurable, escribió reflexiones tituladas El cerebro y la computadora.

John von Neumann fue el diseñador de lógica arquitectónica de la computadora moderna. Su ensayo Debate Preliminar del Diseño Lógico de una Computadora Electrónica (1946) es considerado el más influyente en la historia de la computación. Las ideas allí expresadas, comúnmente llamadas “la máquina de Von Neumann”, constituyen el fundamento de todo sistema de computación.

Digamos que la computación científica, nacida a mediados del siglo XX, fue obra de matemáticos e ingenieros electrónicos.

Entre los primeros cabe remontar el aporte judío a Georg Cantor (1845-1918) quien, además de la Teoría de Conjuntos, columna vertebral de las matemáticas, creó la diagonalización de Cantor, una demostración matemática de que los números reales no son contables. Ésta fue recogida por Gödel, Turing y los que fundamentaron la computación científica.

Entre los segundos, recordemos a Max Newman, matemático de Bletchley Park, a 80 kilómetros al norte de Londres, que era la instalación militar en la que se logró descifrar los códigos alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, y con ello se aseguró el triunfo aliado.

En la sección “Newmanry”, liderada por Max Newman. Se desarrollaron los Colossus, dispositivos pioneros en calculadores y computadores digitales. Su gran novedad era que eran programables. Se llegó a construir unos diez hasta el final de la guerra, y fueron destruidos apenas ésta concluyó, junto con sus  planos. No quedó rastro de la primera computadora.

 

 

Complejos y sensibilidad

 

Wiener se encontraba entre los matemáticos. Concluyó siendo profesor de Lógica Matemática en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), en donde ejerció por más de cuatro décadas, y murió en Estocolmo. 

Su padre, al igual que el de Mozart, le impuso a su hijo desafíos intelectuales desde tierna edad. De uno solo de ellos lo privó deliberadamente: su identidad judía, que Norbert descubrió sólo cuando era adolescente.

Aparentemente, los problemas de identidad que Norbert Wiener tuvo con su judeidad habían sido creados por su madre, Berta Kahn, quien compartía los prejuicios judeofóbicos del medio, sentía rechazo por sus raíces y había insistido en ocultarlas. La autobiografía de Norbert está superpoblada de referencias a su padre, y una ausencia elocuente de su madre. Escribe: “Si el mantenimiento de  mi identidad como judío no me hubiese sido impuesta a la fuerza como acto de integridad, y si mi origen judío me hubiese sido dado a conocer sin estar rodeado de una atmósfera de conflicto emocional debido a la familia, yo podría haberlo aceptado y asumido como hecho normal de mi existencia, sin ninguna importancia excesiva ni para mí ni para nadie más”.

En alguna medida, Norbert sintió que el odio hacia lo judío, lo era contra la familia, contra él mismo. Cuando descubrió tardíamente su ser judío, se acentuó su sensación de extraño, inevitable en un niño genial que cumplía once años en la ceremonia de graduación secundaria en la que sus pares ya tenían dieciocho.

Para colmo, el mismo año en que Wiener ingresó a Harvard, asumía como rector Lawrence Lowell, quien tenía un plan explícito de limitar a los judíos en su universidad. Después de haber pasado un trimestre en Harvard, Norbert descubre con azoramiento sus raíces, y decide ir a Cornell a estudiar filosofía.

Aunque siempre se mantuvo alejado de la comunidad judía, Wiener confesaba que no podía contener sus lágrimas al recitar versos de las Melodías Hebreas de Heinrich Heine, La princesa Shabat, en donde se expresa la exaltación religiosa del judío. En su poemario, Heine satiriza a los judíos asimilados, y en el mentado poema habla de un judío llamado Israel que asumía la forma de un perro excepto cuando se acercaba el Shabat:

 

Mi canto es para un príncipe  / por el destino maltratado /

Su nombre es Israel / y lo transformó un hado / en un perro.

Pero el viernes por la noche / repentinamente / llega la oscuridad

y cede el encantamiento, / y el perro vuelve a ser hombre.

 

El padre de Norbert, Leo Wiener, había sido profesor de lenguas germánicas, escribió una historia de la literatura ídish, y concluyó su carrera en el departamento de lenguas eslavas de Harvard, desde donde tradujo a Tolstoi al inglés en veinticuatro volúmenes (1904). Leo Wiener tuvo desde su niñez una habilidad excepcional para las lenguas. Difundió la poesía ídish, y es de notar que uno de los poemas que tradujo, En el taller de la explotación (1897) de Morris Rosenfeld, anticipa un tema que interesaría a Norbert: la maquinización del hombre.

La cibernética es, después de todo, el estudio del control de mecanismos paralelos: los sistemas animales y los electrónicos.

Wiener teorizó que toda conducta inteligente es el resultado de mecanismos de retroalimentación, que podían perfectamente ser estimulados por máquinas. La misma estructura de un órgano que pertenece a un ser vivo, se encuentra en una máquina. Por ello, toda teoría que explique a esa máquina puede aplicarse a un ser vivo. El sistema nervioso es ergo entendido como un mecanismo de control, igual que el de computadoras de avanzada. 

Esa perspectiva tenía precedentes. Durante el siglo XVII la física mecanicista mostró al cuerpo como un reloj y al corazón como una bomba. Pero Norbert Wiener dio pasos más audaces y explicó al cerebro como una computadora. La psicología fue sacudida por la innovación, ya que la conducta humana podía modelarse en base de software. La informática pasaba a ser una rama de la  psicología.

Como todo estímulo contiene información, la conducta de los organismos puede tratarse como el procesamiento de datos. Más aún: puede cuantificarse nuestro comportamiento, porque toda información puede convertirse en bits, sin importar la forma original del estímulo.

Las computadoras permitieron que emergiera la tecnología necesaria para la Inteligencia Artificial. Fue Norbert Wiener quien señaló, desde el comienzo, la posibilidad de retroalimentación entre máquinas y hombres. El ejemplo más conocido es el del termostato: controla la temperatura de un entorno por medio de reconocer la verdadera temperatura de una casa, comparándola con la  deseada, y respondiendo por medio de subirla o bajarla.

El primer alarmado por los avances de Wiener fue él mismo, quien escribió El uso humano de los seres humanos- Cibernética y sociedad (1950), dedicado a “la memoria de mi padre, mi más íntimo mentor y más amado antagonista”.

En su autobiografía, Wiener describe cómo utilizaba la investigación matemática para alcanzar la armonía, o para resolver tensiones internas que podían derivar de su educación. Los casos en los que un problema matemático quedaba sin resolverse, se convertían en metáfora de un problema personal. Sus colegas lo describían como “lanzado a las alturas celestiales o deprimido hasta la muerte… su humor podía variar rápidamente desde un estado de euforia a las profundidades de la desesperación más oscura”.

 

 

Cibernética humana

 

Wiener era matemático, pero de aquéllos para quienes el contacto con los fenómenos reales de la física o de la biología fueron cruciales a fin de que  las matemáticas no pecaran de vacuidad. Por ello, en 1967, el MIT estableció el Premio Norbert Wiener para Matemáticas Aplicadas.   

Una de sus contribuciones se denomina “la medida de Wiener” para apreciar el movimiento browniano. Éste es el movimiento aleatorio que se observa en partículas nanoscópicas en un medio fluido (lo describió Robert Brown en 1827). En 1923, Wiener le dio su primera definición matemática rigurosa, cuando elaboró un modelo (con Paul Lévy): una partícula se desplaza a cada instante independientemente de su pasado, “olvida” de dónde viene y decide por azar a dónde dirigirse. A pesar de ser continuo, este movimiento cambia en todo punto de dirección y de velocidad. 

Wiener sostiene que la física de Isaac Newton había reinado entre los siglos XVII y XIX, describiendo un cosmos compacto, que se derrumbó cuando Ludwig Boltzmann y Williard Gibbs introdujeron la estadística para su estudio.  La física ya no podía dejar de considerar la incertidumbre y la contingencia de los fenómenos. Para Wiener, “reconocer la existencia de un determinismo incompleto, casi irracional, en el universo, es similar a admitir con Freud el componente profundamente irracional en la conducta del hombre”.

Su mentada obra Cibernética y sociedad tiene dos objetos: mostrar que sólo puede entenderse la sociedad mediante el estudio de sus mensajes y de las condiciones de comunicación de las que dispone, y que en el futuro los mensajes predominantes se darán entre el hombre y la máquina.

Su obsesión fue diferenciar ambos entes. Sus estudiantes del MIT no podían ser robots. Entre sus diferencias radicales, Wiener destacó que la computadora puede en algún momento volver a ser tabula rasa. Los seres humanos no podemos. La experiencia queda grabada en nuestra inteligencia emocional. Maimónides coincidiría. Para el máximo filósofo, lo que el hombre perdió al ingerir del árbol del conocimiento fue precisamente la inteligencia pura, objetiva. Gracias a esa pérdida fuimos humanos. También lo somos gracias a nuestra imposibilidad de borrar nuestra memoria. Y nuestra humanidad, que Wiener siempre trató de rescatar. Escribió: “La ciencia es un modo de vida que puede florecer cuando los hombres son libres para tener fe”.

Wiener es considerado el pionero de la ética de la computación, la rama de la filosofía que debate los límites morales en el uso de las computadoras.

Ya en Cibernética advierte de que la computadora ultrarrápida es el comienzo de máquinas que se autocontrolen. La integración de la tecnología de computadoras en la sociedad era “la segunda revolución industrial”.

Al poco tiempo inventó el “Filtro Wiener”, que tamiza los ruidos en la información, y se usa en la teoría de la comunicación en general, y en el procesamiento de señales en particular.

Unos años después Wiener quiso plantear los dilemas con los que la cibernética podría desafiar a la religión. Llamó a su obra Dios y Golem S.A. (1964) tomado de la creación legendaria del Maharal, el máximo rabino de Praga, quien fuera un científico de vanguardia en el siglo XVI.

En su obra, Wiener compara a la máquina con un Golem creado por el hombre, que vendría a ser un nuevo dios. Jorge Luis Borges construyó un paralelo parecido en uno de sus mejores poemas.

Wiener explica cómo las máquinas aprenden y su rol social, con referencias a la religión. Las inquietudes del autor se suceden: la relación del hombre con la tecnología; la insuficiencia de la economía como ciencia; los límites de las máquinas en marcos como el ajedrez, y las grandes teorías deterministas como el darvinismo y el marxismo.

La computación científica siguió nutriéndose con aportes de judíos, como la criptografía cuántica obra de Stephen Wiesner, o aplicaciones más actuales desde Internet, en cuya creación descollaron Leonard Kleinrock, Paul Baran, y Robert Kahn, hasta el buscador Google con Sergey Brin y Larry Page a la cabeza. Nuevamente, la lista sería interminable.

En retrospectiva Wiener sobresale no solamente por sus creaciones aún vigentes, sino por su insistencia en vincular el estudio con su aplicación práctica y su dimensión ética. Ha persistido en destacar el propósito fundamental que atribuye a la vida: florecer fiel a la naturaleza humana, la de un ser que procesa información.

En un sentido, la contribución ética que Wiener impuso a la nueva ciencia, es heredera del profetismo. Y el ciclo se cierra, una vez más retomando lo que distinguió a la civilización judaica en sus albores. Los profetas tradujeron el mensaje hebraico fundamental: las raíces éticas que tiene la religión, y que se extendieron durante la modernidad para abarcar los aspectos más creadores de la aventura humana. Una aventura en la que el pueblo judío ha estado vibrantemente comprometido.

 


 

 ---------------------------------

 

[1] Aparentemente se lo sugirió a su sobrino, quien acababa de publicar un diálogo filosófico, a fin de que lo considerara como su tema siguiente.

[1] No es correcta la suposición de Yihia de que la noticia fue mencionada por el célebre talmudista Moisés Isserles.