VON MISES Y EL LIBERALISMO
Los economistas clásicos en general –Marx incluido- dejaron un notable vacío: nunca llegaron a una correcta teoría del valor. Ni siquiera las elucubraciones de David Ricardo, economista inglés de origen sefardí, lograron establecer qué le da valor a las cosas, a los productos. El problema es obviamente primordial, y trasciende lo meramente económico.
Ya Adam Smith en La Riqueza de las Naciones (1776) procuró resolverlo por medio de la conocida paradoja del diamante y del agua. El agua, que es tan esencial para todos, es abismalmente más barata que un diamante, aun cuando éste es mucho más prescindible. El motivo de la diferencia entre el valor de la primera y el del segundo, era aparentemente, que en el pulido del diamante se había invertido mucho trabajo, lo que el agua no requería.
Así, la economía clásica sostuvo la teoría del valor como costo de producción, es decir que el valor económico de una mercancía dependería de la cantidad de trabajo requerido para obtenerla.
Empero, la realidad es muy distinta, y su adecuada descripción demandó la corrección teórica. La teoría del costo de producción fue rebatida en dos etapas: la primera es el marginalismo y la segunda la Escuela Austríaca.
En efecto, el primer paso para una definición del valor económico de las cosas lo dio el llamado marginalismo, que se inspiró en la teoría de David Ricardo sobre la tierra.
Para los marginalistas, el valor económico no resultaba del trabajo invertido en el producto, sino de su utilidad marginal. La teoría fue desarrollada por Eugen von Böhm-Bawerk (1851-1914).
Esta vez, la imagen utilizada no era el contraste entre agua y diamante, sino un grupo de bolsas de granos. Un granjero tiene cuatro de ellas, digamos: una para alimentarse, otra para sus pollitos; otra para hacer whisky, y una cuarta para los loros que lo divierten.
Si pierde una bolsa, no distribuirá las otras tres de acuerdo con las funciones enumeradas, sino que habrá de deshacerse de sus loros. Esto es así, porque los loros están en el margen de su satisfacción. Y en ese margen se toman las decisiones económicas.
La nueva concepción desafiaba la idea del costo de producción como valor, según había sostenido la teoría clásica, que cumplía un siglo en Inglaterra. El siglo XIX llegaba a su fin y se producía la revolución neoclásica o marginalista.
Con todo, la discusión acerca de la teoría del valor era sólo una parte de la gran lucha de ideas que estaba dándose, mientras la economía, como joven ciencia, se abría paso ante quienes la culpaban de ser inhumana, fría y calculadora.
Inglaterra y Alemania fueron sendos polos de ideologías contrapuestas. En Inglaterra se estudiaba y criticaba el método económico que había instalado David Ricardo, y que ponía el énfasis en la consistencia lógica, con tendencia a análisis abstractos paralelos a los de las ciencias naturales y exactas.
Por su parte, los economistas alemanes recorrían el camino opuesto. Para ellos la economía política inglesa no explicaba la realidad de Alemania, un grupo de Estados políticamente independientes y económicamente atrasados. Para abordarla surgieron allí los análisis historicistas.
Las dos escuelas se enfrentaban. Por un lado los marginalistas que, fieles a David Ricardo, se esforzaron en sostener el método científico en la economía. Por el otro, los historicistas, inspirados en Karl Marx.
En esta encrucijada, las dos polémicas se cruzan, a partir de que la formulación de una teoría correcta del valor coincidió con una refutación general del marxismo.
En su primer volumen de El Capital (1867) Marx había incurrido en ciertas contradicciones en la teoría de la explotación; él mismo se vio obligado a admitirlas, y llegó a prometer una solución en los siguientes volúmenes, pero no logró proveerla debido a su muerte en 1883.
Un año después, vio la luz el libro del principal refutador de Marx, el mentado Böhm-Bawerk: Historia y crítica de las teorías del interés (1884). Éste se dedicó a un análisis detallado de las contradicciones del sistema marxista en su versión final. En su impugnación, la teoría del valor juega un rol central. En 1898 Böhm-Bawerk publicó El cierre del sistema marxista.
Su planteamiento consiste en que, en rigor, el valor no es intrínseco a las cosas, sino algo subjetivamente apreciado por cada individuo, según su situación y necesidades. Así ya lo había planteado la primera de las dos etapas que señalamos: la del marginalismo. La apetencia humana imprime parcialmente a las cosas de valor.
La segunda etapa fue la Escuela Austriaca de economía, cuyo exponente más destacado fue un judío, Ludwig von Mises (1881-1973), continuador de la línea mengeriana.
Algo más de una década después del fallecimiento de Mises, se estableció en Alabama el Instituto Ludwig von Mises, regido por otro judío, Murray N. Rothbard, hasta su muerte en 1995. El Instituto es el centro educacional y académico del liberalismo clásico, de la política libertaria y de la escuela austriaca de economía.
El mentado Eugen von Böhm-Bawerk, quien había desarrollado la teoría marginalista, llevó la revolución neoclásica a su lógica conclusión: la idea del valor subjetivo de las mercancías. La contribución de la Escuela Austriaca fue depurar la subjetividad del valor a su extremo.
Recordemos que los economistas clásicos sostenían que el valor estaba determinado por el costo de producción. Para corregirlos, algunas escuelas, los llamados “teóricos del equilibrio” de Cambridge y Lausanne, adoptaron la teoría de la utilidad marginal como un complemento que faltaba a los clásicos.
Pero la Escuela Austriaca fue más lejos: sus conclusiones implicaron un giro copernicano respecto de la teoría clásica del valor. Así lo explicó Menger: “si un diamante fue encontrado accidentalmente o si se lo obtuvo de una mina de diamantes con el empleo de mil días de trabajo, es completamente irrelevante para su valor”. El valor no es “un poco” subjetivo: lo es enteramente.
En ningún caso los costos determinan los precios. Por el contrario: los precios esperados de los bienes finales, determinan los precios de los bienes de producción, o sea los costos. Los costos son el resultado de la existencia de precios esperados.
En términos más sencillos, ningún empresario puede pagar por los factores de producción un precio superior al que los consumidores están dispuestos a pagar por el bien final. Los bienes de producción adquieren valor, porque los bienes finales son valorados. El empresario está dispuesto a pagar un precio por los bienes de producción, porque alguien está dispuesto a pagar un precio por el bien final. En la determinación de los precios intervienen solamente factores subjetivos, o sea las utilidades marginales de cada una de las partes que intercambian.
Esta idea conlleva también una distinta apreciación del rol del empresario. Para los teóricos del equilibrio, el empresario, al innovar, rompe el equilibrio existente en el mercado y genera un ciclo económico; de esta manera desempeña un papel desequilibrante en la economía.
Por el contrario, los austriacos parten de un mundo de incertidumbre; en él, el empresario trata de prever dónde se producirán o dónde se están produciendo desequilibrios en el mercado y entonces dirige la producción hacia esos sectores. Es un factor equilibrador del mercado, ya que con su acción acerca los precios a los costos.
Por sus ideas de liberal clásico, a Mises no le fue fácil acceder a una cátedra en las universidades de habla alemana. Pero pudo enseñar en la Universidad de Viena como Privat-Dozent (profesor ad honorem) gracias a su trabajo en la Cámara de Comercio Austríaca, en donde en 1920 inauguró un seminario con reuniones quincenales. De este seminario surgieron economistas científicos de renombre internacional[1]. Fueron conocidos como “el círculo de von Mises”, al que asistían veintiséis economistas, de los cuales veintitrés eran judíos.
A medida que avanzaba la década del treinta, Viena se transformaba en parte del violento volcán, y Mises aconsejó a los miembros de su seminario que abandonaran Austria mientras pudieran. En 1934, Mises mismo consiguió salvarse gracias a una oferta para ocupar una cátedra en el Institut Universitaire des Hautes Études Internationales de Ginebra, y la mantuvo hasta 1940, año en que, también debido a la persecución nazi, debió emigrar hacia los Estados Unidos.
Entre 1948 y 1969 Mises dictó un seminario en la Universidad de New York, de donde surgieron los continuadores de su pensamiento ortodoxo en EEUU. Aquí renacía la Escuela Austríaca. Los aportes teóricos de Mises fueron por lo menos cuatro:
1) El descubrimiento de que la economía es una parte de otra ciencia más general: la praxeología o ciencia de la acción. Su monumental obra La acción humana (1949), de más de mil páginas, abarca el comportamiento humano en sus diversas áreas, comenzando por distinguir la conducta humana de la animal, y revisando los instintos y el afán de felicidad, hasta ingresar en temas sociales como el trabajo y el mercado, y concluyendo con el rol de la economía entre las ciencias.
2) La demostración de que el carácter de la teoría económica es más parecido al de la matemática y la lógica (apriorístico) y menos al de las ciencias naturales (hipotético-deductivo).
Cabe aquí una digresión acerca de los dos Premios de Economía israelíes, Israel (Robert) Aumann (2005) y Daniel Kahaneman (2002), ya que curiosamente representan líneas diametralmente opuestas en su comprensión de la economía. Mientras el primero ve a la disciplina económica como eminentemente matemática (se basa en la llamada teoría de juegos), el segundo se ufana de no ser economista: su teoría de la conducta económica es fundamentalmente psicológica.
3) La teoría del ciclo económico, en la que unifica las teorías monetarias con las estructurales.
4) La demostración de la imposibilidad de cálculo económico en un régimen socialista y, por lo tanto, su intrínseca ineficiencia económica.
Nos detendremos en el último punto. La tesis de Mises es que el planeamiento central de la economía lleva a su hundimiento ya que, sin mercados ni propiedad privada, el planificador es incapaz de hacer cálculos racionales.
Para Mises, cuando Marx entró en escena al promediar el siglo XIX, las ideas socialistas agonizaban. Se habían hecho a un lado dos supuestas bondades: la socialización de los medios de producción, y su corolario la dirección centralizada del conjunto de la producción por un órgano de la sociedad o, más exactamente, por el Estado.
Para rescatar al socialismo de su descrédito, Marx echó mano a las ideas hegelianas. Puesto que la ciencia económica y la lógica ofrecían argumentos contra el socialismo, se debió hallar un sistema que lo protegiese de la crítica. El marxismo emprendió esa tarea por tres medios:
1) Negar a la lógica su carácter obligatorio, válido, general para todos los hombres y todas las épocas. El pensamiento es función de la clase social en que vive el pensador;
2) enseñar que el socialismo es fatalmente inevitable; y
3) establecer que no debe hablarse de cómo se organiza la sociedad socialista sino circunscribirse a la crítica demoledora de la que no lo es.
Así, para Mises “el marxismo es la más radical de todas las reacciones contra el dominio del pensamiento científico sobre la vida y la acción establecido por el racionalismo”. Por ello, levantó el interdicto que el marxismo había establecido contra el estudio de estos problemas, y demostró que en la comunidad socialista no es posible el cálculo económico.
Menos de un año después de la muerte de Mises, el Premio Nobel de Economía 1974 fue otorgado a su más destacado discípulo, Friedrich von Hayek (1899-1992), quien aún había estado en el Seminario de von Mises en Viena, y continuó con la línea ortodoxa del pensamiento austriaco, aun cuando su formación no provenía de esta rama.
Su obra maestra fue Camino de Servidumbre (1944) al que Mises le atribuyó “preparar el camino para una organización internacional de los amigos de la libertad. Fue su iniciativa la que llevó en 1947 al establecimiento de la Sociedad Mont Pélèrin, en la que cooperan eminentes liberales de todos los países”.
Hayek muestra una esencial identidad entre socialismo y totalitarismo, especies ambas del género colectivista. En pocos años su obra fue traducida a diez idiomas (hebreo incluido).
Los dos capítulos esenciales son el 10 y el 11, en los que Hayek explica respectivamente por qué las sociedades totalitarias ponen irremediablemente a los peores a la cabeza, y por qué condenan a muerte a la verdad.
Para que un sistema totalitario funcione eficientemente, deben lograrse cuatro pasos. Primero, que todos trabajen para los mismos fines. Segundo, que todos consideren que esos fines (los del líder) son los propios. Tercero, que una vez adoptados los fines generales, todos acepten las medidas particulares que eventualmente responderán a esos fines. Cuarto, que internalicen las explicaciones oficiales de la realidad, porque sobre ellas descansan esas medidas particulares.
Las cuatro etapas se logran por medio de constante propaganda, y aislamiento de otras fuentes informativas. Su efecto es minar el sentido de la verdad y el básico respeto que ésta merece cuando hay libertad.
Cabe mencionar a Israel Kirzner quien, además de ser rabino, es un notable discípulo de Mises y un experto en su obra, sobre la que ha publicado ampliamente.
Otro discípulo brillante de Mises fue Robert Nozick (m. 2002), considerado uno de los filósofos norteamericanos más grandes de todos los tiempos, y quien atribuyó a su hogar judío “su visión optimista de la vida y sus posibilidades”. Su libro Anarquía, Estado y Utopía (1974) fue la respuesta liberal a la obra de John Rawls Teoría de la Justicia (1971), que venía siendo sostenida por los partidarios del intervencionismo estatal.
Ayn Rand y el objetivismo
Mientras Mises predicaba en EEUU, una mujer creaba una escuela propia basada en principios similares desde una perspectiva literaria.
Alissa Rosenbaum (1905-1982) pertenecía a una familia judía de clase media que vivió en carne propia el totalitarismo soviético, y se convenció de la destrucción ínsita en el comunismo. Así lo describe en su primera novela, autobiográfica, Los que vivimos (1936), ubicada en la Rusia soviética en los años de 1922-23 donde la joven Kira Argounova debe protegerse del comunismo con su amado Leo Kovalensy. Es una oda al valor sagrado de la vida individual que estaba siendo sacrificada por el Estado.
Rosenbaum se graduó en filosofía e historia en la universidad de San Petersburgo (1924); dos años después logró salir del país rumbo a EEUU y jamás regresó. Cambió su nombre para evitar represalias contra su familia, que se había quedado en la Rusia estalinista. Fue conocida como Ayn Rand.
Sus libros elaboran una filosofía sistemática de la libertad individual y de los fundamentos éticos del capitalismo, a la que dio en llamar objetivismo. Con ella surge la concepción liberal libertaria, y por ello, cuando Jerome Tuccille historia el movimiento libertario de los años sesenta, titula a su libro Usualmente Empieza con Ayn Rand.
Ayn Rand, la única filósofa que defendió de una manera sistemática, lógica y por lo tanto contundente los derechos individuales, fue enemiga de sacrificar la libertad humana por caprichos políticos, edictos de burócratas y envidia de los igualitaristas.
Su novela breve Anthem (1938) traducida al castellano como ¡Vivir! tiene como protagonista a Igualdad 7-2521, quien al final de la novela descubre la palabra “yo” que había desaparecido del vocabulario. Es la gloria del ego humano en una sociedad sumida al caudillo que desconoce progreso y felicidad.
El Manantial (1943) es la historia de un innovador, el arquitecto Howard Roark, y su batalla contra el establishment aferrado al pasado. El tema vuelve a ser el individualismo frente al colectivismo. Aquí se presenta el hombre ideal a los ojos de Ayn Rand: independiente, con autoestima, e integridad.
Su novela más importante es La Rebelión de Atlas (1957) sobre la que una encuesta de la Biblioteca del Congreso americano reveló que para sus lectores había sido el segundo libro más influyente después de la Biblia.
Esta novela es la última de Ayn Rand y, en sus 1.200 páginas, integra la ética, la metafísica, la epistemología, la política y la economía. Sintetiza la premisa de Rand: “El hombre (cada hombre) es un fin en sí mismo, no el medio para los fines de otros. Debe existir por su propio esfuerzo, sin sacrificarse a otros ni sacrificar a otros para sí mismo. La búsqueda de su propio interés racional y de su propia felicidad es el más alto propósito moral de su vida”.
En La rebelión de Atlas se describe la lucha entre los genios productivos, y quienes viven a costa de esa creatividad, amparados en la masa y en la violencia. El título original de la obra fue La huelga, ya que el eje de la trama gira en torno a un grupo de empresarios que se destacan por su inventiva y creatividad unidos a algunos intelectuales, científicos y artistas que se refugian en una suerte de Atlántida, una región desconocida por el resto de los humanos. Cuando finalmente el sistema central de gobierno se desmorona y el país se paraliza, los talentosos retornan para hacerse cargo de los Estados Unidos.
La historia tiene lugar en un futuro cercano, bajo un “jefe del estado benefactor", mientras las demás naciones se han convertido en estados comunistas. Se presenta una visión apocalíptica del conflicto entre dos clases de individuos: los "saqueadores" y los "no saqueadores".
Los primeros, son partidarios de altos impuestos, sindicatos fuertes, propiedad pública, gasto y planificación gubernamental, regulación y redistribución de ingresos. Los segundos son los innovadores y emprendedores.
El motor de la civilización es el pensamiento independiente, que emerge en sociedades que estimulan la curiosidad, las dudas, el estudio, la innovación y el humor; y que florece en ámbitos en los que crecen hombres libres sin miedo de equivocarse ni de expresarse.
La heroína, Dagny Taggart, dirige el Ferrocarril Transcontinental Taggart, fundado por su abuelo. Su hermano James, presidente formal de la firma, intenta en su mediocridad apropiarse de los méritos de su hermana. Dagny conoce a Hank Rearden, un productor de acero e inventor, con quien constituye su pareja y con quien lucha por mantener la economía en funcionamiento y por descubrir el secreto de la continua desaparición de hombres creativos.
Finalmente descubren que John Galt, un heraldo de la libre empresa, ha venido secretamente persuadiendo a los grandes hacedores a desaparecer, en un plan para detener el mediocre mundo que viene ahogándolos. Durante más de dos terceras partes de la novela, Galt existe solamente como una expresión melancólica: “¿Quién es John Galt?”
Ayn Rand es uno de los pilares del liberalismo en el siglo XX. Sus seguidores incluyeron a Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal de EEUU, quien tuvo por muchos años la responsabilidad de la estabilidad económica norteamericana. Cuando Rand murió en 1982, legó el liderazgo de la corriente objetivista a otro judío, Leonard Peikoff.
Otros libros de Ayn Rand son: La virtud del egoísmo (1964), Capitalismo: el ideal desconocido (1966) en el que arguye que es el único sistema moral compatible con los derechos individuales y una sociedad libre. Y también Quién necesita de la filosofía (1982), cuyo tema es que todos necesitan de esa disciplina para no caer en la aceptación pasiva de lo que piensa la masa; y Por qué los hombres de negocios necesitan de la filosofía (1961) en el que se sorprende del contraste entre la racionalidad y el realismo de los hombres de negocios por un lado, y su rechazo de la filosofía por el otro, como si ésta fuera una serie de abstracciones irrelevantes sin sentido.
George Reisman, discípulo tanto de Ludwig von Mises como de Ayn Rand, es autor de un monumental tratado de teoría económica titulado Capitalismo (1996).