TROTSKY Y LA REVOLUCIÓN
Aunque el peso de los judíos en la revolución rusa es bastante menor de lo que suele creerse, es cierto que hubo una presencia de un 15% de judíos en el liderazgo bolchevique –y en países como Hungría fue aun muy superior. Esta desproporción se explica por el desarraigo que los judíos padecían en Rusia. No obstante, la mayoría de ellos o bien aceptaron resignadamente al hostil régimen zarista, o canalizaron su rebelión por medio de ser mencheviques, socialdemócratas.
Con todo, hay un judío específico que fue primordial para que la revolución rusa triunfara, gracias a su retórica, carisma, talento organizativo y habilidad para reclutar. Iosef Nedavá escribió que sin León Trotsky (1879-1940) el régimen comunista habría tenido vigor sólo por unos meses: “En su largo deambular en su famoso tren durante dos años y medio, logró consolidar las fuerzas de su ejército… Lenin generó el comienzo de la revolución; Trotsky fue responsable de su posterior existencia”.
A medida que andaba de ciudad en ciudad, Trotsky fue formando, con los años, el Ejército Rojo. Pero precisamente debido a su judeidad, prefirió no traducir ese logro en poder personal: cuando en 1917 Lenin le ofreció ser Ministro de Interior, Trotsky se negó a fin de que su identidad judía no fuera usada por sus enemigos para desvirtuar la revolución.
No pudo evitarlo. Durante la guerra civil, los ejércitos blancos de Petlioura y Koltchak, con la ayuda del ejército anarquista anti-bolchevique de Néstor Makhno, dejaron en Ucrania un saldo de más de mil pogromos, 125.000 judíos muertos y 40.000 heridos, sin contar la destrucción general causada por los saqueos. Los perpetradores decían vengarse contra la “revolución de los judíos" y esa definición mentirosa derivaba en buena medida de la judeidad de Trotsky.
Asimismo, cuando en noviembre de 1921 fue publicado, en Munich, el panfleto ‘Bolchevismo judío’ el prefacio del ideólogo nazi Alfred Rosenberg sostenía que la Revolución Rusa “es desde el día de su surgimiento, una empresa judía”. Manipulando el número de Comisarios del Pueblo judíos, Rosenberg “revelaba un plan trazado por judíos en los albergues de Londres, Nueva York y Berlín… ya que los Trotsky-Bronstein ansían la revolución mundial”.
En este aspecto, el error de Trotsky consistió en suponer que, por soslayar su identidad judía, ésta se desvanecería.
Cuando, en 1921, el Gran Rabino de Moscú Jacob Maze visitó a Trotsky en la cúspide de su poder político, le solicitó ayuda para detener los pogromos y recibió como respuesta: "Yo soy revolucionario y bolchevique, no judío". Maze retrucó: "Los Trotskys hacen la revolución y los Bronsteins pagan las consecuencias".
León Trotsky había nacido en una familia de labradores y estudió Derecho en la Universidad de Odessa. Organizó una Liga Obrera del Sur de Rusia (1897), fue detenido varias veces y desterrado a Siberia pero consiguió huir y se unió en Londres al líder exiliado Lenin.
El Sexto Congreso Sionista Mundial (Basilea, entre el 23 y el 28 de agosto de 1903) fue uno de los eventos más tormentosos de la historia judía moderna. Según un texto de Moshé Nowomeisky y Mark Yarblum, Trotsky estuvo presente durante ese Sexto Congreso. Como mínimo sabemos que, acerca del evento, Trotsky escribió su primer artículo dedicado íntegramente a la cuestión judía, titulado La desintegración del sionismo y sus posibles herederos (Iskra, 1-1-04): "El congreso de Basilea, es apenas una demostración de desintegración e impotencia. El señor Herzl podrá ligarse durante algún tiempo a una u otra ‘patria’. Decenas de agitadores y centenas de hombres simples podrán apoyar su aventura, pero el sionismo como movimiento ya fue condenado a perder todo derecho a la existencia en el futuro. Esto está claro como el sol del mediodía".
Con la supuesta liquidación del sionismo, a Trotsky le interesaba heredar a la izquierda sionista. Tenía como competidor para ello al partido socialista judío Bund, que también pronosticaba el fin del sionismo.
La competencia entre ellos se exacerbó en Londres, durante el Segundo Congreso del Partido Socialdemócrata Ruso (abril de 1903). Para refutar la autoasumida representatividad judía del Bund, Trotsky declaró: “yo también soy judío”.
Cuando el líder del Bund Vladimir Medem acusó al partido de descuidar la defensa de los judíos, Trotsky repuso que no había que combatir específicamente el antisemitismo porque la solución para eliminar un sentimiento anticuado, herencia de la ignorancia imperante en la era medieval, consistía en elevar el nivel general de conciencia de las masas.
Tras recorrer medio mundo entrando en contacto con los focos de conspiradores revolucionarios, se trasladó a Rusia en cuanto estalló la Revolución de febrero de 1917 y fue elegido presidente del Sóviet de Petrogrado. Fue el principal responsable de la toma del Palacio de Invierno por parte de los bolcheviques, que se impusieron sobre Rusia.
Lenin ocupaba la cúspide del poder y hasta su muerte, Trotsky desempeñó un papel crucial en el gobierno soviético. Como primer comisario de Asuntos Exteriores negoció con los alemanes la Paz de Brest-Litovsk; retiró al país de la Primera Guerra Mundial, y luego como comisario de Guerra (1918-25) organizó el Ejército Rojo y derrotó en una larga guerra civil a los ejércitos blancos.
En esa época, el Times de Londres le hizo un reportaje (6-12-17) en el que Trotsky expresó su apoyo a colonización judía de Eretz Israel. En 1934 solicitó de un trotskista francés, Mendel Hirsch, que informase sobre el movimiento obrero en Israel.
Su aproximación al sionismo, que tuvo algunos altibajos, se enfrió con la publicación por parte del gobierno inglés, en 1939, de las restricciones antisionistas del Libro Blanco.
Los Libros Blancos fueron leyes que expresaron la política antisionista británica entre 1922 y 1939, a saber:
1) el de Churchill (1922) que, aunque reafirmó la Declaración Balfour, sostenía que la inmigración judía debía limitarse a las posibilidades económicas de Palestina;
2) el de Passfield (1930) posterior a los desmanes de 1929 y a la visita de la Comisión Shaw a investigarlos;
3) el de Peel (julio de 1937) posterior a la visita de la comisión homónima;
4) el de Woodhead (diciembre de 1937);
5) el de 1938, que sostiene la impractibilidad de la creación de dos Estados en Palestina; y
6) el de MacDonald (mayo de 1939) que era aún más explícito: "Palestina no ha de ser un Estado judío".
Trotsky entendió que los británicos estaban tendiéndoles una trampa a los judíos, a quienes les esperaba un nuevo gueto en el Medio Oriente.
Por sus diferencias con Stalin, el partido lo apartó de la dirección en 1925 y lo expulsó en 1927. Ese año, para protestar por la defenestración de Trotsky, Adolf Joffe se suicidó. Había sido un activista del movimiento obrero ruso y embajador de la Rusia comunista en Alemania y en China. Su gesto no valió de nada: Trotsky fue deportado a Kazajistán en 1928 y desterrado en 1929. En 1940 lo asesinó el barcelonés Ramón Mercader en México, en la casa de los pintores Diego Rivera y Frida Kahlo (ésta mantuvo con Trotsky un amorío).
Desde el exilio mexicano, Trotsky escribió obras como La revolución permanente (1930), Historia de la Revolución Rusa (1932) y La Revolución traicionada (1936), y encabezó una corriente disidente agrupada, a partir de 1938, en la IV Internacional.
(Las cuatro internacionales fueron: la Primera -de Marx- 1864-1876, que se desintegró por la lucha contra Bakhunin; la Segunda –socialdemócrata- de 1889; la Tercera –estalinista- de 1919, y la Cuarta –trotskista- de 1938).
La actitud de Trotsky con respecto a la cuestión judía se mantuvo casi invariable: no había que desviar ningún esfuerzo de la revolución, ni siquiera para proteger a los judíos de las matanzas. El objetivo del socialismo era "barrer las barreras entre razas, religiones y nacionalidades, y no colaborar para levantarlas".
En general, Trotsky confiaba en que la revolución, sólo la revolución y nada más que la revolución, era la solución para todos los problemas, incluido el problema de la judeofobia.
Esta actitud se repitió incluso cuando se acercó más que nunca en su vida a justipreciar la dimensión del odio antijudío, que lo llevó a vaticinar en diciembre de 1938: "El número de países que expulsa a los judíos crece sin parar, mientras decrece el número de países que pueden aceptarlos... Podemos, sin dificultad, imaginar lo que espera a los judíos con el mero inicio de la inminente guerra mundial, y aun sin guerra: la próxima evolución de la reacción mundial significa con seguridad el exterminio físico de los judíos".
Sin embargo, trabado por el dogmatismo de sus ideas, Trotsky tiene un solo remedio para sugerir: lanza un llamamiento a todos los elementos progresistas para que fueran en auxilio, no de los judíos, sino de la revolución mundial.
Según Trotsky, ésta era la obligación especialmente de los judíos, incluyendo a su burguesía, ya que “Palestina es una trágica ilusión; Birobidján una farsa burocrática, y los países de Europa y del nuevo mundo cierran sus fronteras para la inmigración judía”. Lo único que “puede salvarlos de la masacre es la revolución”.
Escribe: "La Cuarta Internacional llama a las masas populares a no dejarse engañar para encarar abiertamente la realidad amenazadora. La salvación reside sólo en la lucha revolucionaria... Los elementos progresistas y perspicaces del pueblo judío tienen la obligación de venir al auxilio de la vanguardia revolucionaria. El tiempo apremia. Un día ahora equivale a un mes o hasta un año. Lo que hagan, ¡háganlo rápido!".
La visión utopista no cambió a lo largo de su vida, pero sí varió su grado de alarma por la judeofobia.
Albert Glotzer cuenta que, después de la derrota de la revolución de 1905, Trotsky había quedado sacudido por la atrocidad de los pogromos, y escribió contra las masacres, más que ningún otro en el partido. En su libro 1905, hace una descripción viva y minuciosa del pogromo de Odessa, de más de tres páginas. Sin embargo, prendido al dogma marxista, su alarma al respecto terminó por enfriarse.
Dos eventos de 1912-1913 volvieron a impactarlo, pero sin llegar a modificar su línea. Uno fue el Caso Beilis (1912), juicio contra un joven judío acusado de crimen ritual por el Ministerio de Justicia, comandado por el notorio judeófobo Schelovitov.
El proceso terminó en 1913 con la inocencia de Beilis, pero con la victoria del gobierno zarista que, con la murmuración creada sobre la "naturaleza maligna y asesina de los judíos", consiguió fomentar la judeofobia y crear el clima para la irrupción de una onda de pogromos en Kiev.
Trotsky escribió en un artículo (noviembre 1913) para Die Neue Zeit (publicación socialdemócrata de Karl Kautsky) que el proceso le había causado náuseas y, comparando los casos Beilis y Dreyfus (1894-1906), concluye que “el francés es un juego de chicos al lado de la política criminal del zar Nicolás II. El antisemitismo en Rusia se ha vuelto un medio de gobierno, una política de Estado”.
Otro acontecimiento que registró fue su viaje a los Balcanes (1912-1913) como corresponsal del diario liberal ruso Kievskaya Mysl. Entre sus varios artículos envió al diario uno llamado La cuestión judía en Rumania y la política de Bismarck, firmado con su nombre completo, Lev Davidovitch Bronstein: "la verdadera Rumania se manifiesta a través de la cuestión judía". Los judíos no poseían derechos, sólo obligaciones, como el servicio militar obligatorio, y restricciones profesionales que terminaban creando los rótulos de "judíos usurarios y aprovechadores… El país está penetrado por el odio a los judíos”.
Los judíos eran tolerados, según Trotsky, porque el régimen rumano los necesitaba, primeramente para actuar como el intermediario entre el propietario de las tierras y el campesino; y en segundo lugar, para perpetuar el eterno chivo expiatorio. En los Balcanes, principalmente en Rumania, el odio antijudío se había vuelto, en palabras de Trotsky, "una religión de Estado".
También durante la década de los años treinta, tuvo consideraciones para con los judíos. Escribe en una carta de 1934: "El sionismo aleja a los trabajadores de la lucha de clases, a través de la esperanza irrealizable de un Estado judío bajo el capitalismo. Pero es obligación de un gobierno obrero crear para los judíos, así como para cualquier otra nación, las mejores circunstancias para su desarrollo cultural. Eso significa, inter alia: proveer, para aquellos judíos que así lo desean, sus propias escuelas, su propia prensa, su propio teatro, etcétera; un territorio separado para su desarrollo y administración propia. El proletariado internacional se comportará de la misma forma cuando rija todo el globo. En la esfera de la cuestión nacional, no debe haber restricción; por el contrario, debe haber una asistencia material plena para las necesidades culturales de todas las nacionalidades y grupos étnicos. Si éste o aquel grupo nacional está predestinado a desaparecer (en el sentido nacional), entonces deberá ser por un proceso natural, nunca como consecuencia de dificultades".
En 1936, comenzaron las farsas de los Procesos de Moscú, con los que Stalin se propuso eliminar todo resto de oposición. Trotsky, quien siempre se había opuesto a cualquier expresión de judeidad o de autonomía cultural para los hebreos, notaba ahora la fabricación de “pruebas” judeofóbicas que “legitimaban” las condenas, y equiparó aquellos juicios con los de Beilis y Dreyfus.
La judeofobia no era exclusividad de los contrarrevolucionarios; también existía dentro del Ejército Rojo. En su artículo Termidor y antisemitismo (22-2-37) Trotsky sugiere que Stalin había engullido a la revolución, del mismo modo en que se venció a los radicales jacobinos de Robespierre en el mes de termidor. Su conclusión era que la persistencia de la judeofobia en Rusia no se debía a la incapacidad de la revolución para combatirla, sino a la decisión estalinista de rescatarla. Muchos comunistas respondieron a sus denuncias con incredulidad e indignación, pero Trotsky vivía en carne propia los abiertos insultos judeofóbicos de quienes habían sido sus subalternos durante la guerra civil.
En una entrevista en México (1937) Trotsky reiteró su oposición al sionismo. Sólo una revolución proletaria podría crear las tres condiciones materiales para la construcción nacional judía: la mudanza voluntaria en masa de los judíos, una economía planificada, y un tribunal proletario internacional para resolver el conflicto con los árabes.
Pero adicionalmente, Trotsky sostiene que "la nación judía se mantendrá durante todo un período" y vuelve a concluir que “es obligación del socialismo proveer las condiciones materiales necesarias para el pleno desarrollo nacional y cultural judío”. Reconoce que esta valoración difería notablemente de su posición original: "Durante mi juventud, estaba más inclinado a creer que los judíos de los diferentes países serían asimilados y que la cuestión judía desaparecería de una manera casi automática. El desarrollo histórico del último cuarto de siglo no confirmó esa perspectiva”.
Con todo, el “socialismo científico” no podía equivocarse: “El capitalismo decadente sacó a la superficie, en todas partes, un nacionalismo exacerbado, y una de sus expresiones es el antisemitismo. La cuestión judía se extremó, sobre todo, en el país capitalista más desarrollado de Europa, Alemania".
La opinión de Trotsky acerca de la asimilación de los judíos, y su apoyo a la idea de que se otorgara un territorio para los judíos que quisieran vivir en común y desarrollarse nacionalmente bajo un régimen socialista, constituyeron un leve cambio de Trotsky en favor del sionismo.
En julio de 1940, un mes antes de ser asesinado, Trotsky reparó también en la represión antijudía que el gobierno británico cometía en Palestina y en sus restricciones a la inmigración judía en un momento en que ésta podía salvar a millones de judíos de la muerte segura. Escribió entonces un texto encontrado después de su muerte:
La tentativa de resolver la cuestión judía con la emigración de los judíos a Palestina, puede ser vista ahora por lo que es, un trágico engaño para el pueblo judío. Interesado en conquistar la simpatía de los árabes, que son más numerosos que los judíos, el gobierno inglés modificó nítidamente su política en relación a los judíos, y renunció a su promesa de ayudarlos a fundar un ‘hogar propio’ en tierra extranjera. El próximo desarrollo de los asuntos militares podría transformar a Palestina en una trampa mortal para centenas de miles de judíos. Nunca estuvo tan claro como está hoy, que la salvación del pueblo judío está inseparablemente ligada al derrumbe del sistema capitalista.
Si condenaba al sionismo, es porque lo veía como una "utopía irrealizable". Y esto, porque desconocía el gran avance de la colonización judía de Eretz Israel.
Por ello, cabe la pregunta de cómo habría reaccionado Totsky ante la efectiva creación del Estado judío, ocho años después de su muerte. Acaso ser testigo de que la utopía sionista no había sido tal, lo habría hecho cambiar de parecer.
Una posible respuesta a esta pregunta podríamos encontrar rastreando la actitud de su amigo, discípulo y biógrafo, Isaac Deutscher (1907–1967), periodista e historiador judeobritánico.
Antes de la Segunda Guerra Mundial, Deutscher había considerado al sionismo un movimiento económicamente retrograde, que causaba daño al internacionalismo socialista. Pero después del Holocausto cambió de parecer y sostuvo que el establecimiento de un Estado judío era una “necesidad histórica” para proveer de refugio a los judíos perseguidos.
Deutscher había llegado a los 14 años a ser un talmudista, y más tarde un judío iluminista. Tradujo la poesía de Uri Tzvi Grinberg del hebreo y el ídish, al polaco.
A los dieciocho años abandonó el judaísmo, y decidió exhibir ese abandono por medio de ingerir alimentos ritualmente prohibidos durante el Día del Perdón, y ante la tumba de un tzadik.
A los 18 años fue a Varsovia a estudiar filosofía y economía, y fue un marxista militante. En 1933 publicó su artículo El peligro del barbarismo sobre Europa, en el que urgía a unir todas las fuerzas de izquierda contra el nazismo. La línea comunista oficial rechazaba a la socialdemocracia como enemiga, por lo que Deutscher fue expulsado del partido por “exagerar el peligro del nazismo y difundir el pánico en las filas comunistas”. En ese momento, se hizo trotskista para toda la vida.
A pesar de su ideología, Deutscher siempre valoró su herencia judía. Escribió El judío ajudaico (1968) sobre la condición de los judíos desjudaizados a los que simbolizó en el hereje talmúdico, Elisha ben Abuia.
Deutscher expresa así su desconcierto: "Si no es la raza, ¿qué me hace judío? ¿La religión? Soy ateo. ¿El nacionalismo judío? Soy internacionalista. Soy judío por el pulso de la historia judía; porque quiero hacer lo que pueda para asegurar la seguridad y el autorrespeto de los judíos… Soy un judío por la fuerza de mi solidaridad incondicional con los perseguidos y exterminados".
Esa generalización de lo judaico a tal punto de transformarlo en valores que no son exclusividad de los judíos, lleva en muchas ocasiones a la alienación del judío marginal. Éste niega su vínculo con el pueblo judío y transforma su lealtad en "amor por la raza humana", amor que en lugar de manifestarse desde lo específicamente judío, comienza a expresarse desde la incomodidad de la no-pertenencia. En algunos casos, las raíces específicamente judaicas empiezan siendo rechazadas y pasan a ser definitivamente extrañas.
El desarraigo del judío ajudaico se extiende con frecuencia a un desarraigo paralelo de la sociedad que lo circunda, y se transforma en un revolucionario que lo rechaza todo y, a veces en el nombre del "universalismo" y de la no-responsabilidad hacia nada más concreto, está aun dispuesto a destruirlo todo. Odia la cultura que ha contribuido a forjar su marginalidad, y con frecuencia odia especialmente al judaísmo, cuya existencia y dinamismo amenazan sus propias posibilidades de "sacudirse estrecheces de encima y pasar a la humanidad".