SAADIA Y LA EXÉGESIS
De entre los logros culturales relevantes de la Edad Antigua hemos revisado tres eminentemente judaicos: el monoteísmo, el profetismo y el rabinismo; y también nos hemos asomado al helenismo.
Este último fue heredado por el imperio romano, que en el 395 se dividió en dos; quince años después los bárbaros godos saqueaban Roma y finalmente el imperio de Occidente se desmoronó en 476.
Hasta esa época, los máximos logros intelectuales de los judíos habían venido de la mano de rabinos como Hilel y Akiva.
Los dos son tanaítas, es decir rabinos del período de la Mishná. Los que los sucedieron (del período de la Guemará) se denominan amoraítas: son los sabios del Talmud. La recopilación de esta obra y su ordenamiento final fueron la tarea del tercer grupo de sabios, los saboraítas.
Después de tanaítas, amoraítas y saboraítas, comienza un período muy distinto del estudio judaico, el de los gueonitas (o gueoním, entre los años 590 y 1038), que coincide con la decadencia general europea, a partir de la caída de Roma. Declinaron la cultura y las bibliotecas, la arquitectura, la población, la economía y el comercio; volvió el trueque y surgió el feudalismo. El obispo de Roma pasó a ser Papa o jefe de la Iglesia, heredero del Imperio Romano, y cuyo dogma comenzó a reemplazar a la filosofía griega.
Es simbólico que en el mismo año 529, en que Justiniano clausuró la Academia de Atenas, se creó la primera de las grandes órdenes monásticas: la benedictina.
La filosofía se reconcentraba en la teología, y los monasterios tendrían desde entonces el monopolio de la educación, reflexión y meditación. Se pasaba de la vitalidad creadora de la Edad Antigua al grisáceo medioevo. En la filosofía, la transición fue encarnada por Agustín (354-430), el primer representante del Escolasticismo, período que concluye con el Renacimiento en el siglo XVI.
No toda la Edad Media fue parejamente oscura. El mayor retroceso en Europa se produjo entre los siglos V y X. Consecuentemente, durante ese período, el mundo islámico cobró mayor preponderancia que el cristiano.
Con la muerte de Mahoma en el 632, el Islam va ganando el Medio Oriente, Noráfrica y luego España. En la vorágine de las veloces conquistas, en 646 la magna biblioteca de Alejandría fue incinerada por hordas que, paradojalmente, quemaron los libros pero, en alguna medida, se llevaron su espíritu. Los árabes pasaron a absorber una parte de la cultura griega: se destacaron en química, astronomía, medicina y, especialmente, en las matemáticas, con la creación de la numeración arábiga.
En cuanto a las comunidades judías, hasta el siglo VII se hallaban dominadas bien por el Bizancio cristiano o bien por la Persia zoroástrica. Los bizantinos regían en Eretz Israel y el zoroastrismo en Babilonia, donde la comunidad judía era muy autónoma.
A la sazón, tanto el cristianismo como el zoroastrismo se fanatizaban y, cuando en el siglo VII el dominio islámico se expandió por Oriente Medio, para los judíos había dos alivios que los acercaban al naciente imperio: la lengua (ya que el idioma árabe es más similar al hebreo), y la religión (puesto que el Islam era más rígido en su iconoclastia monoteísta).
Es de notarse que, mientras en la península arábiga la vida judía había sido violentamente destruida, en el resto de los países de conquista islámica la realidad fue casi inversa: se produjo un relativo resurgimiento judaico.
El mentado período de los gueonim transcurrió mayormente bajo la égida del Islam. El más luminoso exponente judaico de este período fue Saadia Gaón (882-942), a quien Abraham Ibn Ezra definió como "la primera autoridad en todos los campos".
El elogio está justificado. Saadia es el padre de la filosofía y de la ciencia judaica, e inspirador de las creaciones filosóficas y científicas posteriores.
Asimismo, es considerado el precursor de la exégesis, por lo que cabe que prologuemos la presentación de Saadia con una referencia a esta disciplina.
El nombre de “pueblo del libro” para los judíos, deriva de que en su seno se creó la Biblia. Pero más apropiadamente podríamos haber sido denominados “el pueblo de la exégesis”, ya que ésta es la verdadera ciencia oriunda que se creó y desarrolló en Israel. Es decir: los judíos dieron lugar al objeto de estudio, la Biblia, pero mucho más característico es que produjeron los comentarios y las glosas sobre el Libro de los Libros.
La exégesis comienza desde el mismo momento en que empezaron a recolectarse los textos bíblicos. Durante mil años, el judaísmo dirigió su actividad intelectual casi exclusivamente al tratamiento exegético de las Escrituras y al desarrollo sistemático de la Ley, que resultó de esa dedicación.
Los primeros frutos de la exégesis se recogen en la Biblia misma. Ezra el escriba puede considerarse su iniciador, ya que elevó al Pentateuco a un rol protagónico en la vida de la nueva comunidad judía de la época del Segundo Templo, y por ende, en la de las juderías subsecuentes.
En el cuidado del texto, sucedieron a Ezra los masoretas o Baalei Ha-Mesorá, quienes estudiaron las distintas transcripciones del texto bíblico y, entre ellas, seleccionaron la versión correcta. Fijaron su puntuacíón más apropiada y los signos musicales, que sirvieron de base para la exégesis literalista.
A ésta la sucedió la exésis alegórica, que incluyó el intento más coherente de mostrar, por medio de creativas interpretaciones, que la misma filosofía griega estaba inserta en las palabras de la Biblia. Su expositor más notable fue Filón de Alejandría.
Otra forma de exégesis fueron las traducciones, comenzando por las versiones arameas de Onkelos y Jonatán Ben Uziel. Por ejemplo, cuando el primero de ellos lee la conducta que Jacob había tenido con su hermano Esav, interpreta que el adverbio bíblico “engañosamente” (Génesis 27:35) debía ser traducido al arameo por “astutamente”.
Para evitar arbitrariedades en la interpretación, los tanaítas (especialmente los rabíes Akiba e Ishmael) fijaron normas que la guiaran.
La exégesis absorbió la mente judía por mil años, hasta que surgieron otras vías para canalizarla, cuando los judíos entraron en contacto con las sabidurías helenística y arábiga. Pero aun en esta nueva situación, los senderos adicionales de intelectualidad judía no anularon el interés primordial en la exégesis. Más aún: justamente en ella se hizo sentir la influencia del nuevo pensamiento que penetraba, y dicha influencia se reflejó en el nacimiento de tres disciplinas:
1) la filología hebrea, única ciencia originada en el judaísmo durante la Edad Media;
2) la filosofía de la religión, que en una buena medida reprodujo ideas que venían desde fuera, pero logró mantener su carácter judaico gracias a que se desarrolló en la forma de exégesis bíblica; y
3) una hermana menor de la filosofía de la religión, la Cábala o misticismo judío.
El móvil de Saadia Gaón, que lo convirtió en padre de la nueva sabiduría judía, fue la necesidad de refutar al karaísmo.
La secta de los karaítas (o “Benei Mikra”) fue fundada por Anan Ben David en el siglo VIII, basada en el rechazo a la autoridad del Talmud, y concentrándose por ello, exclusivamente en la Torá y en el aprendizaje de la interpretación bíblica. Su máximo exponente fue Hivi Al-Balji, quien dio en apodarse “el Marción judío”.
Saadia asumió la responsabilidad de refutar la herejía y, retrospectivamente, puede justipreciarse el legado del karaísmo en el hecho de que fue el que indujo la reacción esclarecedora de los judíos leales a la tradición talmúdica.
Con Saadia, nació una nueva época en la historia de la Biblia: el período del peshat o exégesis literalista. Los comentaristas se alejaron de la autoridad del Midrash o parábola, y enfocaron más directamente el texto bíblico.
En este terreno, las dos obras más importantes de Saadia irradian racionalismo: el Tafsir o traducción de la Biblia al árabe, y el célebre ensayo Sefer Ha’emunot Ve’hadeot (Libro de Creencias y opiniones) cuyo núcleo es la exégesis filosófica.
Para encarar una exégesis racional como la que emprendió, Saadia debía contar con una filología judía, y por ello se dedicó a crearla.
Cabe una observación acerca del título de su libro. Alexander Altmann, al introducir su traducción al inglés (1946) comenta que la obra perfectamente podría haberse titulado, como la de Maimónides, Guía de los Perplejos.
Al respecto, los “perplejos” a quienes Maimónides se dirigió en su celebérrima Guía fueron los judíos religiosos deconcertados por el estudio de la filosofía.
Bien distinta había sido la perplejidad de la época de Saadia: no resultó del conflicto entre una cosmovisión filosófica y el credo tradicional, sino de la confusión que generaba entre los estudiosos, la competencia entre varias doctrinas rivales.
Ello se debe a que se estableció en Bagdad una escuela de traductores bajo el patrocinio del Califa al-Mamún (813-833), y durante el siglo X comenzó a absorberse, por vía de traducciones, la rica y variada herencia de la filosofía clásica griega y helenística. Europa retrocedía, los árabes se colocaban a la vanguardia del mundo cultural, y nacía el período del Renacimiento del Islam, durante el que proliferaron sectas y escuelas diversas, destacándose entre ellas el Kalam -la escolástica clásica que, a partir del siglo VIII, procuraba conciliar la filosofía con el Corán-.
Los adeptos del Kalam se denominan motecálimes (racionalistas islámicos) y se bifurcan en dos ramas principales: los aharíes y los motazales. Los primeros se ciñeron a la interpretación coránica literalista; los últimos incluyeron el método alegórico.
Cabe recordar que cuando en el capítulo correspondiente explicamos la interpretación maimonídea del libro de Job, vimos que estas dos escuelas están allí representadas por los “amigos” Tsofar y Bildad respectivamente.
Con toda su importancia, el Kalam no era la única fuerza intelectual que influía en el mundo del que emerge Saadia. Cuatro sistemas adicionales externos al Islam competían con él: el cristianismo (por vía de Juan el Damasceno, m. 749), el zoroastrismo, el maniqueísmo, y la filosofía india.
La proliferación de sectas y doctrinas se ha epitomizado en la visita que hace a Bagdad un teólogo musulmán español, Abu Omar Ahmad ibn Muhamad ibn Sadi, quien describió de este modo una convención de Kalam:
"Allí estaban presentes no sólo representantes de las sectas islámicas, sino también materialistas, magos, ateos, cristianos y judíos... Uno de los infieles dijo `Nos hemos reunido para entablar un debate... Vosotros musulmanes no podéis argüir en base de vuestros textos y tradiciones, ya que nosotros negamos su autoridad. Cada cual habrá de limitarse exclusivamente al uso de argumentos racionales'... Esto es una calamidad".
La obra de Saadia fue fruto de controversias intelectuales de ese tipo. Por 933 Bagdad estaba tironeada entre credos religiosos y filosóficos; el impacto de tanta diversidad fue la perplejidad que Saadia se propuso disipar.
Las traducciones ponían en contacto a los creadores de todas las corrientes, la sociedad se abría, y también en el seno del judaísmo se suscitaron luchas y debates. Por ello aparecieron aquí el karaísmo y otras herejías, que en alguna medida son precedentes de la crítica bíblica.
El Kalam influía en pensadores judíos como Shmuel ben Jofni (Gaón de la academia de Sura), su yerno Hai Gaón (el último de la academia de Pumbedita), y Rabeinu Nisim ben Iaakov, de la ciudad de Kairouán en Túnez. Ésta se había transformado en sede de la erudición judaica, gracias a la actividad del exégeta literalista Hananel ben Kushiel y del filósofo Isaac Israeli, coetáneo de Saadia y quien junto a éste es considerado pilar de la ulterior creación espiritual.
Israeli fue oculista, y sus tratados de medicina fueron ulteriormente utilizados como manual de texto en la pionera Universidad de Salerno.
Saadia Gaón rechazó el ascenso del Kalam: enraizado en la tradición talmúdica, enfrentó intelectualmente a los teólogos motecálimes.
SU VIDA
Saadia nació en Egipto en 882. La investigación moderna sobre su vida comenzó cuando Shlomo Iehuda Rápaport publicó su biografía en Bikurei Haitim (1828). Siete décadas después Salomón Schechter descubrió la Guenizá (depósito de libros y material de culto) del El Cairo (1897) que contenía numerosos documentos reveladores acerca de la biografía de Saadia y su pensamiento, por lo que el rumbo de la investigación cambió.
Schechter y Louis Guinzburg publicaron Saadiana (1903), documentos que incluían la biografía hallada en la Guenizá, que habían escrito dos de los cuatro hijos de Saadia (Dosa y Sheerit).
Saadia filosofaba en Egipto; había allí un centro cultural judío que se remontaba a la época helénica y que firmemente vinculado a la comunidad eretz-israelita.
En 909, su tranquilidad académica fue sacudida porque graves disturbios en Egipto siguieron al ascenso en Kairouán de la dinastía fatimita; Saadia abandona el país (915) y se establece por un período en Eretz Israel, donde los rabinos aspiraban a afirmar su propia autoridad frente a los de Babilonia.
Un ejemplo de la competencia entre las autoridades rabínicas de ambas comunidades fue un enfrentamiento sobre el calendario, en el que Saadia se vio envuelto.
Como había decaído la preponderancia de Eretz Israel en la vida judía de la Diáspora, el cálculo astronómico, necesario para fijar las festividades judaicas, había empezado a efectuarse en las academias de Babilonia, y aquí se establecía la duración de los dos meses hebreos de extensión variable (jeshván y kislev) que podían tener 29 ó 30 días.
Aarón Ben Meír, rector de la principal ieshivá de Eretz Israel, intentó recuperar el poder de decisión de los eretzisraelitas. En 921 se produjo la primera pugna concreta, cuando Ben Meír sentenció que cada uno de esos dos meses debía tener 29 días, mientras para los babilonios debían tener 30.
Así, el primer día de la Pascua (Pésaj) del año 4682 (922 e.c.) fue celebrado un domingo de acuerdo con Ben Meír, y un martes de acuerdo con los sabios de Babilonia.
Saadia se alineó con estos últimos y Ben Meír terminó por desistir, a fin de evitar que el Día del Perdón (Iom Kipur) se celebrara en distintas fechas.
Saadia se estableció en Sura e ingresó a la gran academia fundada siete siglos antes por el primer gran sabio babilónico, Rav Ava Arija.
David Ben Zakai (que bajo el título de exilarca, era la máxima autoridad comunitaria de la época) ofreció a Saadia ser Gaón de la academia; éste asumió en 928 y al poco tiempo se produjo un choque entre ambos, debido a un caso judicial relacionado con una sucesión.
La enemistad se ensanchó y el año 930 vio la formación de dos bandos enfrentados. Ben Zakai y Saadia se destituyeron recíprocamente. Cuando en el 932 asumió un nuevo califa, fue aparentemente captado por el primer grupo, y Saadia debió ocultarse de sus enemigos.
Los años en que estuvo alejado de su cargo, fueron los de su mayor creatividad. Entre otras obras, escribió el Emunot Ve’Deot (Creencias y opiniones, escrito en Bagdad en 933) y sus comentarios a la Biblia.
Durante el 937 se reconciliaron los bandos antagónicos; tres años después moría David Ben Zakai y en 942 falleció Saadia.
Emunot Ve’Deot fue la primera presentación sistemática de las creencias del judaísmo, fundamentadas filosóficamente. El libro constituye una reivindicación del rabinismo frente al karaísmo.
En la introducción, el autor narra las razones que lo llevaron a escribirlo: fundamentalmente, la confusión que sufrían sus contemporáneos en materia religiosa. Sus diez capítulos abarcan las tres fuentes básicas del conocimiento: los sentidos, la razón, y la necesidad lógica (es decir aquello que para Saadia no podíamos negar sin violar el sentido común, como que el hombre tiene alma).
A esta terna se agrega una cuarta fuente, que no es general sino privativa de los creyentes: la revelación.
Saadia elige los temas de su libro influido por el Kalam, y se explaya sobre la creación del mundo, la unidad del Creador, la justicia divina, el alma, la muerte y la recompensa. La décima sección es una especie de apéndice moral.
Cuando en el primer capítulo habla del comienzo del mundo, justifica la creación ex nihilo con cuatro argumentos, y refuta tanto la cosmología platónica como la teoría de la emanación y el dualismo gnóstico.
El segundo capítulo, sobre la unidad de la creación, dilucida el significado de los aparentes antropomorfismos bíblicos. El tercero expone los tipos de mandamientos y prohibiciones de la Torá, y aporta la categorización de los mismos en leyes de razón y de revelación.
El resto de los capítulos se refieren respectivamente a los siguientes asuntos: el libre albedrío, la trasgresión y la recompensa, el alma y la vida después de la muerte, la resurrección, la redención de Israel, y el mundo por venir.
El legado fundamental de Emunot Ve’Deot es que la fe y la razón constituyen una unidad. El judaísmo plantea creencias que en rigor son opiniones, porque están racionalmente sustentadas.
Poco después de la muerte de Saadia, sus dos grandes iniciativas intelectuales, la filología hebrea y la exégesis racionalista, se trasladaron hacia el Oeste, a Noráfrica y España.
El peshat o exégesis literalista llegó a su esplendor en los países influidos por la cultura arábiga, mientras la interpretación alegórica fue central en los judíos de países cristianos.
Con todo, durante los siglos XI, XII y XIII se desarrolló en el norte de Francia una escuela de exégesis bíblica que, aunque no rompió con el midrash alegórico, se dedicó al peshat literalista. Su fundador fue Rashi (siglas de Rabí Shlomo Itsjaki, 1040-1105, considerado el exégeta clásico por excelencia) y su último representante fue Iosef Bejor-Shor, discípulo de Jacob Tam. Incluyó a notables comentaristas cuyos trabajos siguen siendo hoy objeto de estudio como Rashbam y Hizkúni (rabí Hezekiá Ben Manóaj).
Al final de su vida, Rashi fue testigo de la Primera Cruzada (1096). Por eso cuando explica los capítulos 52-53 de Isaías (del “eved Hashem” o siervo del Señor) los refiere a los mártires de esa campaña.
La cultura judaica florecida en los países islámicos estaba destinada a diseminarse en la Europa cristiana. Sus principales portavoces fueron Abraham ibn Ezra y David Kimji, llamado habitualmente Radak.
Cuando Ibn Ezra dejó España, pasó tres décadas (1140-67) en varias ciudades de Italia, Provenza, el Norte de Francia e Inglaterra, en donde llevó a cabo una multifacética actividad. Su comentario del Pentateuco es casi tan popular como el de Rashi, y fue motivo de numerosas explicaciones.
Es considerado el precursor de la Crítica Bíblica ya que insinúa que, aunque el Pentateuco fue compuesto por Moisés, recibió posteriormente agregados, y también enseña que los capítulos 40-56 de Isaías son posteriores al profeta.
Paralelamente, la ciencia judeoespañola se irradiaba desde Narvona gracias a la familia de los Kimji: Josef y sus hijos Moisés y David (Radak). Éste último la llevó a sus máximos logros, y fue el gran apologista de la maimonídea Guía de los Perplejos.
Cuando Salomón Ben Abraham de Montepellier prohibió este libro, Radak escribió airado contra el veto; cuando se enteró de que Judah Ibn Alfajar se oponía al tratado maimonídeo, Radak trató de hacerle cambiar de opinión, primero por vía escrita y luego viajando a Toledo para entrevistarse personalmente con Alfajar. No lo logró, porque murió antes de llegar a la ciudad.
El racionalismo que había iniciado Saadia ya estaba plenamente difundido y sostenía un definido mensaje: sobre las preguntas superiores del conocimiento religioso, la Biblia no enseña nada más que lo demandado por la razón humana.