Rosenzweig y el Nuevo Pensar

 

 

 

El crítico Walter Benjamin consideró a Franz Rosenzweig una de las lumbreras  de la erudición alemana, y en efecto lo fue por lo menos en un sentido: su dificultad. La obra magna de Rosenzweig, La Estrella de la Redención (1921), es elusiva, acaso innecesariamente complicada. De algún modo, sólo puede entenderse si se conoce desde el comienzo el sistema del autor… y hay quienes arguyen que el autor carece de sistema.

Pero Rosenzweig presenta su “Nuevo Pensar” como un sistema, audazmente como lo hiciera Hegel, pero en completo desacuerdo con éste. Acaso Rosenzweig propone una especie de “anti-sistema”, un intento de sustituir enteramente los valores de la filosofía elaborada desde Parménides a Hegel, porque ésta ya habría arribado a su final en el siglo XIX.

Para Rosenzweig, el viejo pensamiento cumplió su tarea al pensar en la Totalidad. Consumada la filosofía, se inaugura necesariamente un Nuevo Pensar.

Cabe señalar que, como el Tratado de Ludwig Wittgenstein, también el libro de Rosenzweig fue escrito bajo el acecho de la muerte: los autores los preparaban mientras combatían en la Primera Guerra Mundial -Wittgenstein en el frente austriaco-italiano y Rosenzweig en el macedonio.

Antes de analizar en qué consistía la novedad de Rosenzweig, cabe la pregunta de por qué un pensador tan difícil pudo resultar tan atrayente. Empecemos por recordar que los últimos años de su vida estuvieron signados por una parálisis casi total. En 1930, en su oración en memoria de Rosenzweig, confesaba Gershom Scholem que lo consideraba “una de las más sublimes manifestaciones de grandeza y de genio religioso de nuestro pueblo”, agregando con misericordia que “el sonido vivo había sido arrebatado de su voz, pero… desde el fuego de su silencio oíamos el sonido del Dios viviente. Quien quiera haya estado en ese cuarto de Frankfurt y oído sus preguntas siendo respondidas, y la elocuencia de ese santo mudo, sabe del milagro que nos ha ocurrido aquí”.

Con todo, la fascinación que ejerció Rosenzweig en muchos pensadores trascendió en mucho una empatía por la lobreguez con la que terminó su vida.

A pesar de su complejidad, su libro gozó de un resurgimiento después de la Shoá. En 1966, Milton Himmelfarb lo consideró “el más influyente” de los pensadores judíos y, en 1988, Paul Mendes-Flohr lo denominó  "quizás el más creativo de los pensadores religiosos judíos del siglo XX”.

Su obra intenta reflejar todas las facetas de la experiencia humana, y para ello sitúa en el centro de la interpretación a la Biblia hebrea. Rosenzweig inició una nueva traducción al alemán de la Biblia, en conjunción con su amigo Martin Buber, quien eventualmente concluyó la obra después de la muerte de Rosenzweig.

Una de las más tempranas críticas de Rosenzweig fue Margarete Susman, quien arguyó en 1923 en Der Jude (el diario de Martin Buber) que La estrella de la redención apareció durante la “degeneración final del idealismo”. Para la autora, las primeras décadas del siglo XX significaron una decadencia irreversible de la “filosofía del pensamiento puro, que había dominado Occidente... Rosenzweig sostiene que la tradición filosófica, a pesar de su aparente variedad, no fue mucho más que una repetición compulsiva del idealismo… Esta tradición había hechizado a todos los filósofos, con la falsa identificación entre el Ser y el Pensamiento”. El propósito de la obra de Rosenzweig era precisamente sacudir esta unidad.  

La originalidad de Rosenzweig no consiste sólo en la naturaleza de su pensamiento, sino también en las circunstancias que lo llevaron al mismo.

El 7 de julio de 1913, Rosenzweig conversó largamente con el teólogo protestante Eugen Rosenstock-Huessy, quien lo intimó convincentemente a abrazar el cristianismo. Antes de convertirse, Rosenzweig asiste, a modo de despedida, a los servicios de las Altas Fiestas en una pequeña sinagoga berlinesa. La pasión que descubrió en el lugar fue la muestra elocuente de que el judaísmo podía ser un encuentro de la divinidad, y no un ritualismo anquilosado. Franz Rosenzweing inicia, así, su retorno al judaísmo, en un camino que lo llevaría a ser uno de los máximos teólogos contemporáneos.

En sus encuentros con Rosenstock, éste defendía la posición de la fe absoluta, de la religiosidad profunda, mientras que Rosenzweig jugaba el rol del filósofo relativista, que no se sustenta en el judaísmo, sino en la razón. Alexander Altmann escribe que “en 1913, se oponían uno con otro, no como un judío y un cristiano, sino como la fe en la filosofía contra la fe basada en la revelación”.

En diciembre de ese mismo año, Rosenzweig escribe dos cartas a Hans Ehrenberg, que eventualmente pasaron a ser la base de su obra cumbre: “Lo que sucede en la historia, no es una lucha entre la fe del hombre y su razón, sino una lucha entre Dios y el hombre. La revelación irrumpe en el mundo, y transforma a la creación -que es el alfa de la historia- en redención, -que es la omega - Al ingresar la revelación en el mundo, gradualmente absorbe a la filosofía, la despoja de sus elementos paganos, y la ilumina con su propia luz”.

En efecto, Rosenzweig entiende que la idea de revelación es central: una doctrina de revelación aceptable puede transformarse en el fundamento de todo el pensamiento judío. Sólo si hay revelación, el Dios de los filósofos se convierte en el Dios de Abrahan, Isaac y Iaakov.

 

 

Desde la muerte

 

El punto de partida de la obra máxima de Rosenzweig es la muerte. La experiencia del temor a la muerte es completamente particular y no puede ser conceptualizada. Así abre su obra:

 

Todo conocimiento del Todo se origina en la muerte, en el temor a la muerte… Todo lo que es mortal vive en este miedo a la muerte… Permite que el hombre se arrastre como un gusano dentro de los pliegues de tierra árida, ante la veloz aproximación de una muerte ciega, de la que no hay escapatoria; deja que así sienta, forzosa e inexorablemente, lo que de otro modo nunca siente: que su Yo sería un eso si muriera…; deja que exteriorice su Yo, en cada grito que hay aún en su garganta, en contra de Eso desde el cual no hay más instancias…

 

Este es el verdadero desafío para el hombre, quien no encuentra en la filosofía ninguna respuesta a su temor básico. Para la amenaza de la muerte, la filosofía “posee sólo una vacua sonrisa… el hombre no desea realmente eludir ningún tipo de grilletes; quiere permanecer, quiere vivir. La filosofía, que le recomienda al hombre la muerte como si ésta fuera su protegido especial… le parece estar sólo burlándose”.

La filosofía que Rosenzweig conoce, no puede contener al impulso humano más básico (el miedo a la muerte); por ello, para recuperar validez, esa filosofía debe reconstruirse.  

Rosenzweig se propone quebrar la tradición filosófica que identificaba el ser con el pensar. Su pensamiento surge en el marco de una decadencia de la filosofía, a partir de la muerte de Hegel en 1831.

El propósito de Rosenzweig es desandar al idealismo, que había totalizado las nociones de Dios, el hombre y el mundo.

Sólo cuando cada uno de dichos conceptos cobrara independencia, podrían volver a interrelacionarse. Y esa nueva interrelación se da en Rosenzweig por medio de tres ideas vinculadas: Creación, Revelación y Redención.

“El nuevo pensar” (Das Neue Denken) es el nombre que acuña para caracterizar su filosofía, en contraposición a la tradición previa. Así tituló uno de sus ensayos posteriores, en el que sostiene que los tres mentados entes (Dios, hombre, mundo) deben ser considerados como absolutamente separados.

La antigüedad pagana tendía a reducir todo a términos de la naturaleza. La filosofía medieval redujo todo al principio de Dios. El idealismo moderno redujo todo al pensar del hombre. El común denominador de las tres es su monismo, que Rosenzweig rechaza: no debe considerarse al universo una sola realidad que podía ser derivada de un solo principio.

En contra de tal concepción, “el nuevo pensar” asume la realidad tripartita, sin reducciones de ninguna índole. Niega vehemente las suposiciones monistas de la filosofía tradicional, al establecer los tres fundamentos. 

Había dos caminos para entender los tres entes: el pagano, que los considera desconectados, y el bíblico, para el cual actúan recíprocamente a través de la Creación, la Revelación y la Redención. Esas tres interacciones conforman “el Maguén David” de Franz Rosenzweig, su Estrella de la Redención, que puede plantearse de dos modos: bien como historia progresiva -como en el cristianismo -, o bien como repetición eterna  -como en el judaísmo-.

Para Rosenzweig, la debilidad de la filosofía idealista se detecta al confrontarla con el temor a la muerte. En rigor, es posible acotar el ataque al idealismo que hace Rosenzweig: no arremetía contra la filosofía como tal. A lo que él se oponía era al cognotivismo, la teoría que plantea nuestra relación primaria con el mundo es más mental, y menos de compromiso y apego. Su intento de refutar el idealismo constituía un alerta de que el ser mental no puede ser el fundamento del mundo como lo percibimos.

En un anticipo de Martin Heidegger, Rosenzweig arguye que entre el pensamiento y el mundo real hay “das Nichsts” o “la nada”. Uno y otro filósofo son parecidos en su dificultad: si se entienden bien, resultan un aporte indispensable; si no, pueden parecer un galimatías sin sentido.

La revelación no es para Rosenzweig un evento histórico, sino el continuo acceso a la relación con el hombre por parte de Dios. Dios redime al hombre de su aislamiento y lo eleva por encima de los conflictos de su existencia, y así se le revela. Este acto de Dios no está dirigido a la humanidad en general, sino al individuo. Y lo especialmente privativo de Rosenzweig es que dicho acto no tiene contenido alguno.

La casi vacuidad de la revelación puede leerse en su traducción al alemán de la poesía de Iehuda Haleví, que Rosenzweig complementa con comentarios filosóficos. En una nota sobre uno de los poemas, asevera: “Dios no revela nada al hombre… sino Sí mismo. La relación entre acusativo y dativo es el único contenido de la revelación”. No se revela una doctrina, ni una ética, ni una ley. Escribe Rosenzweig a Martin Buber: “…para mí, Dios no es un legislador… la revelación no es ciertamente una legislación. Es sólo esto: revelación. Su contenido fundamental es la revelación misma”.

Estamos creados por Dios, dirá Rosenzweig, puesto que de Él depende nuestra existencia; somos amados por Él, puesto que Se nos revela. La primera revelación, en la creación, requiere una “segunda” que no es más que revelación “en el más estrecho sentido”.

 

 

El individuo como punto de partida

 

Das Neue Denken, como doctrina, basa el valor de la vida del individuo en su vida particular, y no en un principio general que la trascienda. Como método, postula que el punto de partida de la filosofía es la experiencia personal del filósofo, y no el sistema que creare. 

El temor a la muerte lleva al filósofo-persona a sentirse eventualmente creado-amado. Descubre así la revelación, a la que responde, en su naturaleza universal, amando a las otras criaturas; y desde lo judío, en el marco de la ley religiosa.

El hombre puede sentir este amor de Dios. Llegará a ese sentimiento, y entonces tomará conocimiento de su dependencia de Él. De allí surge el mandamiento divino, basado en la experiencia personal y no en la evidencia histórica.

Para Rosenzweig, el judío tiene una respuesta al amor divino: la franqueza hacia la halajá (ley religiosa) como potencial de los mandamientos de amor. La revelación es un amor preliminar tomado de Dios, al cual el judío puede responder por medio de la acción concreta. Él es amado como individuo, y siente esa experiencia en algún instante de su vida. Encuentra de este modo al Padre Todopoderoso creador del universo, en un encuentro directo y existencial. Para Rosenzweig, todos lo experimentamos alguna vez.

Las leyes divinas son la respuesta humana al acto experimentado del amor de Dios. “Gracias al amor de Dios por el hombre, se hace posible, a su vez, el amor del hombre al prójimo… se transforma el amor de Dios por el hombre en amor del hombre por el mundo”.

En segundo lugar, y como complemento judaico de esa visión, el judío genera una respuesta adicional que le es propia: va aceptando de la halajá lo que se vuelve posible, y por lo tanto obligatorio para él.

La Biblia hebrea es más que un mero libro. Si los antiguos hebreos hubieran desaparecido, en el presente denotarían idea de Pueblo, así como Sión representaría la idea del Centro del Mundo, del mismo modo en que Jesús  denota la idea del Hombre.

Pero la tenaz,  incontestable vitalidad del pueblo judío, confirmada aún por el odio a los judíos, resiste una "idealización" semejante.

No hay cristiano que pueda saber si Cristo es más que idea. Pero Israel es más que una idea. Porque nosotros vivimos. Somos eternos, no como puede ser eterna una idea: si nosotros somos eternos, lo somos en plena realidad. Para el cristiano somos, entonces, lo realmente indubitable.

El pastor al que Federico el Grande pidió una prueba de la cristiandad, argumentó contundentemente al responder: "¡Los judíos. Su Majestad! Los cristianos no pueden tener dudas respecto a nosotros. Nuestra existencia es garantía de su verdad”.

La disertación doctoral de Franz Rosenzweig fue sobre Hegel y el Estado

En Frankfurt fundó el Instituto de Estudios Judíos, en el cual enseñaron, entre otros, los mentados Buber, Scholem y Erich Fromm. En su discurso inaugural del Instituto, decía Rosenzweig:

 

Nuestra supervivencia la debemos a un libro, al Libro, el que no casualmente seguimos utilizando de la misma forma por milenios: el único libro de la antigüedad que sigue siendo leído desde un rollo.

Y vino la Emancipación: de un golpe ensanchó los horizontes intelectuales del pensamiento, e inmediatamente el estudio judaico no pudo mantener el ritmo de este rápido ensanche.

Lo nuevo hoy en día no es que las piernas del judío puedan llevarlo más lejos que nunca, sino que el caminante ya no retorna a casa al anochecer. Ya no se cierran detrás de él las puertas del gueto, para permitirle pasar la noche en estudio solitario. Él encuentra su hogar espiritual e intelectual fuera del mundo judío…

El viejo estilo de estudio no puede ayudar ante esta emigración espiritual.

No hay nadie hoy que no esté alienado, o que no contenga una pequeña fracción de alienación.

Todos nosotros, para quienes ser judío ha vuelto a ser el pivote de nuestras vidas… debemos  conducir todo hacia el retorno al judaísmo. Desde la periferia hasta el centro. No es una cuestión de apologética, sino de encontrar el camino de regreso hasta el corazón de nuestra vida. Porque somos judíos.

 

El sistema filosófico de Rosenzweig resurgió, notablemente, en los últimos lustros. Sirve de ayuda para comprender a grandes pensadores como los idealistas alemanes, y también para acercarse a autores judíos como Walter Benjamin y Emmanuel Levinas, sobre los que ciertamente influyó.

La estrella de la redención culmina de este modo: “Andar con tu Dios en la sencillez: estas palabras están sobre la puerta; sobre la puerta que lleva fuera el resplandor milagroso y lleno de misterio del santuario divino. ¿Hacia dónde se abre esta puerta? ¿No lo sabes? A la vida”.