Rabí Najmán y el misticismo

 

 

 

Acaso el  rabí Najmán (1772-1810) fuera el último gran místico judío, quizás el punto culminante de una tradición ininterrumpida de nebulosos orígenes, urdidos por fuentes persas, luego griegas tardías y después albigenses. La misteriosa cadena tuvo en Najmánides a su “canonizador”.

El libro de Martín Buber Los cuentos del Rabí Najmán (1956) porta dos prólogos: uno sobre el misticismo judío en general y otro sobre el rabí Najmán en particular. En el primero, se admite que el misticismo que surgió en el seno del judaísmo podría parecer trivial o confuso, si lo comparamos con el gentil, háyase expresado éste en Meister Eckhart, Plotino o Lao-Tzé. Con todo, la cábala judaica es una genuina expresión de sabiduría extática, que trascendió la mera reacción contra el racionalismo.

De los textos básicos del misticismo judío, los dos más antiguos son el pitagórico Libro de la Creación (cerca del siglo VIII) y el Zohar (siglo XIII), una generación después de Najmánides. En el medio milenio transcurrido entre esas dos célebres obras, la cábala penetró entre los judíos, aunque siempre llegara sólo a una pequeña parte de ellos. Fue extendiéndose desde Francia, España, Italia y Alemania hasta Egipto y Eretz Israel, y aquí terminó por reformularse enteramente. Por ello la historia de la cábala puede dividirse en dos períodos claramente diferenciados.

En el primero de ellos, desde aproximadamente el siglo VIII, el misticismo judío se reduce a una contemplación en éxtasis, alejada de la vida, carente de exigencias de acción.

El segundo comienza con un evento histórico de primera magnitud: la expulsión de los judíos de España, es decir la destrucción de la mayor judería, la más creadora y activa, cuyo derrumbe generó una sensación apocalíptica, matriz de un impulso mesiánico. La cábala se transformaba: ya no bastaba la contemplación extática. Ésta empezaba a ser reemplazada por una exhortación al reinado de Dios en la Tierra, al “mundo de la restauración”.

Esta segunda etapa del misticismo judío fue inaugurada a mediados  del siglo XVI por el rabí Isaac Luria Ashkenazi (1534–1572), apodado “el santo Arí” o “Arizal”, y proclamaba que, a fin de llegar a la redención, se requería la mancomunión entre lo pequeño y lo más elevado: el acto extático individual y  la inconmensurabilidad de Dios.

Arizal llevó una vida ascética; sus escritos se circunscriben a algunos poemas. Se lo recuerda, empero, gracias a su acción didáctica, que canalizó una corriente mística novedosa. Su principal divulgador fue Jaim Vital de Calabria, cuyo trabajo más importante fue Etz Jaím ("Árbol de Vida") en ocho volúmenes.

Vital advierte de la debilidad conceptual en la que se basaban los cabalistas previos a él, incluido Najmánides. Dicha supuesta fragilidad se debía a que los escritos de los cabalistas previos estaban basados puramente en percepciones humanas e inteligencia, y no en la “verdadera cábala”, desde que a ninguno de ellos se les hubiera aparecido un profeta para dictarles el camino (en su caso, era el profeta Elías).

Nacido en Jerusalén y educado en El Cairo, Arizal retornó a Israel a los 35 años y se asentó en Safed, donde residió y estableció un círculo de ilustres discípulos, cada uno de ellos con obras dignas de estudio. Entre ellos: los rabinos Moisés Cordovero, Shlomo Alkabetz, Iosef Caro, Moisés Alshej, Eliahu Vidas y Moisés Bassola. Se reunían los viernes para confesarse mutuamente sus trasgresiones. Arizal y Vital visitaban, además, la tumba del tanaíta rabí Shimon Bar Iojai, a quien la tradición le atribuye haber escrito el Zohar en el  siglo II y por ende ser pionero de la cábala. 

Los rabinos de Safed crearon una ceremonia para recibir al sábado como si fuera una novia, de la que el himno Lejá Dodí ha permanecido y forma parte de la liturgia judía actual.

La característica fundamental del sistema de Arizal fue la cabala teórica. Definió las “Sefirot”: las esferas o agentes de mediación divina. Antes de la Creación, el espacio infinito estaba inundado del Ein Sof (sinfín), que en su eventual tzimtzum (contracción) posibilitó la Creación.  La conexión entre lo finito y lo infinito es el alma humana, caótica y multifacética. 

La confusión de las almas, que impulsa al mal, cesará con la llegada del Mesías y el establecimiento, en el mundo entero, de un sistema moral. Hasta ese momento, el alma humana se ve imposibilitada de retornar a su fuente y debe deambular entre cuerpos humanos, animales, vegetales y minerales, piedras y ríos.

A esta doctrina del guilgúl o reencarnación Arizal le añadió la del ibúr: si un alma purificada no ha cumplido con sus obligaciones religiosas, debe regresar a la vida terrenal y, adherida al alma de un ser humano vivo, se une a él para corregir el error.

La figura de Arizal es, en el mundo judío religioso, en general reverenciada como la de un sabio. Es menos aceptado, empero, por la ortodoxia moderna y por el sector del mitnaguedismo (“lituano”). En rigor, la cábala luriánica perdió ulteriormente su influencia, debido a su acercamiento al pseudomesianismo sabtaísta y, en  varios círculos, se la considera en buena medida responsable del ulterior colapso que ese movimiento trajo aparejado.

Usualmente, el lector racional tiende a descreer de la cábala, y aun a considerarla un acopio de vaguedades y simplezas, poéticamente ordenadas. Es de recordar que en la década del cuarenta, Saúl Lieberman, investigador del Talmud, presentó cáusticamente a Gershom Scholem, padre de la cabalología o estudio científico de la cábala: “El disparate es eso: un disparate. Pero la historia del disparate, bueno, eso es erudición”.

 

 

De Arizal a Najmán

 

Gershom Scholem (1897-1982) fue filólogo, historiador, teólogo, y teórico sionista, considerado la máxima autoridad mundial en cábala. Su extenso y abarcador análisis terminó por explicar el misticismo judío y su relación con fenómenos adyacentes, como el gnosticismo o el sufismo.

Su tesis doctoral (1922) fue una traducción y comentario del Sefer ha-Bahir (el texto cabalístico existente más antiguo, y uno de los más oscuros y difíciles). A éste siguieron vastos estudios, cuyo resultado fue que la historia de la cábala se estableciera como disciplina académica, con sólida base filológica. Scholem logró revertir siglos de prejuicio racionalista y de entusiasmo romántico ante la cábala.

Influido en sus inicios por Martin Buber, Scholem emigró a Palestina en 1923 y formó parte de la Universidad Hebrea de Jerusalén, recién constituida. Fue bibliotecario en dicha universidad y en la Biblioteca Nacional, y por más de tres décadas profesor de misticismo judío; también fue presidente de la Academia de Ciencias y Humanidades de Israel. 

Uno de los grandes estudiados por Scholem fue justamente Arizal, quien vislumbró el proceso de depuración por el que debía atravesar el alma humana para lograr influir en el Creador.

Arizal reconocía este proceso en la acción de algunos hombres, que purificarían su alma en la tormenta y acercarían el reino mesiánico. Sus pequeños actos incluían inmersiones rituales, vigilias nocturnas, contemplación extática y un tratamiento amoroso hacia todas las criaturas divinas. Así comienza a penetrar en el pueblo la creencia en que es factible influir en el mundo superior por medio de ejercicios místicos.

La consumación de dicho credo se produjo en el 1700 con la llamada Marcha de los Mil Qunientos, que concluyó catastróficamente. La lideraba Yehuda He-Jasid[1](1650-1700), un predicador polaco sabtaísta, que lideró el grupo organizado de judíos más numeroso en siglos, en su camino a la Tierra de Israel.

Yehuda He-Jasid recorrió las comunidades judías de Polonia urgiendo al arrepentimiento, al ascetismo, y a la emigración a Eretz Israel. En 1697, partió hacia el Oeste con treinta y una familias de sus seguidores. Durante el año del viaje por Moravia y Alemania se les unieron muchos judíos, hasta que en Italia se aproximaban a ser mil quinientos.

Después de que casi la tercera parte pereciera por enfermedades y penurias, arribaron el 14 de octubre del año 1700 a Jerusalén, donde residían más de mil judíos, que se mantenían de la caridad de las comunidades de la Diáspora. La tensión entre los mil que llegaban y los locales fue inevitable. Los últimos recelaban del sabtaísmo de los advenedizos, y la situación se agravó con la muerte de Yehuda He-Jasid en los primeros días.

Los inmigrantes erigieron una pequeña sinagoga, que fue la más importante de las ahkenazíes en la ciudad. Sería eventualmente incendiada por árabes en 1720, después de lo cual las autoridades otomanas vetaron la presencia de judíos en la zona. Los restos de la sinagoga (Jurvat Yehuda He-Jasid, o sinagoga de los escombros) que fue reconstruida en 1810, aún se yerguen en el Barrio Judío de la Ciudad Vieja. 

Los Mil fueron precursores del jasidismo, el último desarrollo del misticismo judío. Su declive se debió a que el jasidismo le pedía al pueblo una elevación espiritual que éste no podía ofrecer. Por ello, lentamente, los zadikim o maestros justos, fueron los portadores de esa posibilidad, transformando al jasidismo en un movimiento de élite de unos pocos iluminados.

El período de la decadencia del jasidismo fue trágico, a pesar de que prohombres intentaron detenerla. Uno de ellos fue Shneur Zalman de Ladi, quien incluyó en la cosmovisión jasídica un componente panteísta de formidable fuerza y unidad.

Hubo quienes trataron de anular el desvío ínsito en la institución del zadik, por medio de transformar al milagrero en un devoto mediador. Entre los  rehabilitadores se destacó Najmán Ben Simja, quien se había propuesto “restaurar la corona a su esplendor”.

Najmán de Bratzlav creía en la posibilidad de que el zadik encarnara el alma de su pueblo, por lo que se dispuso a sacrificar su vida personal, ergo vivió hasta sus últimos días en la pobreza y rodeado de hostilidad.

Su obra se conoce gracias a las notas fragmentarias que sus discípulos registraron de sus clases, charlas y narraciones, en las que también refirieron su vida.

Najmán era bisnieto del iniciador del jasidismo, el Baal Shem Tov, y nació en la misma ciudad que éste, Medziboz, en Podolia. Renuente al principio jasídico de “servir en alegría”, Najmán optó por una vida ascética de ayunos y autocastigos.

En esa austeridad, hubo varios maestros jasídicos que lo emularon, como el Kotzker Rebe (Menajem Mendel Morgensztern de Kotzk, 1787-1859), quien vivió ermitañamente los últimos veinte años de su vida. Había nacido en el seno de una familia opositora al jasidismo pero, desde su juventud, se sintió atraído hacia el movimiento. Cuando murió su maestro, Bunem de Prshischa, atrajo a muchos de sus alumnos, y fue célebre por su incisiva filosofía. Es considerado el fundador espiritual de la dinastía Ger en Polonia.

Aunque nunca publicó, la colección Emet Ve’emuná (“verdad y fe”) recoge las  ingeniosas máximas del Kotzker. Solía señalar que el mes judaico en el que habían sobrevenido más tragedias al pueblo de Israel es el mes de Av, y esta palabra significa también “padre”. La desdicha y la desventura permitían reconocer a un Padre que intentaba corregir el camino y dar consuelo.  

El filósofo Abraham Joshua Heschel había sido educado en Varsovia por su tío,

seguidor del Kotzker, y absorbió dicha educación rigurosa y exigente.

El ensayo de Abraham Heschel Una pasión por la verdad (1973) contrasta al Kotzker con el filósofo danés Soren Kierkegard. En la primera parte de esta obra, titulada Dos maestros, Heschel contrasta al creador del jasidismo, el Baal Shem Tov, con el Kotzker, y entiende que mientras el primero planteaba el ser judío como una bendita aventura, el Kotzker había desafiado el principio de la alegría jasídica

 

 

Las enseñanzas del Rabí Najmán

 

En 1798, Najmán viajó a Eretz Israel, en donde fue recibido con honores por los jasidim, y puso su empeño en reconciliar a los lituanos con los jasidim. De regreso en Polonia, se estableció en Bratzlav, y desde aquí diseminó sus enseñanzas.

Sostenía el principio básico del jasidismo, que era una especie del panenteísmo: el universo está incluido en Dios, quien es a un tiempo immanente y trascendente. Dios es la fuerza que crea y que también le da su vida interna. 

De pensamiento independiente, Najmán introdujo varios énfasis importantes en las prácticas jasídicas, tales como:

 

 

Mientras Najmán lograba cada vez más seguidores entre los jasidim, crecía el recelo que abrigaban los zadikim, que comenzaron a acusarlo de shabtaísta. En la batalla intelectual que siguió, los adherentes de Najmán fueron excomulgados, y él mismo debió mudarse a Uman, donde residió hasta su muerte en 1811, y adonde su tumba es hasta el día de hoy motivo del peregrinaje constante de sus devotos.

Su doctrina fue publicada y diseminada mayormente después de su muerte por su discípulo, Natán ben Naftali Herz de Nemirov, quien construyó en Uman una sinagoga en honor de su maestro, y publicó su obra bajo el título de “Likute Maharan" (1808, 1811, 1815).

Se trata de una serie de interpretaciones jasídicas de la Torá. También escribió Sefer ha-Middot (1821), tratados sobre moral; Sipurei Ma'asiot (1815), cuentos fantásticos en hebreo y en ídish, y Maaguelei Zedek (1847) sobre la buena conducta.  

Rabí Najmán contrajo matrimonio a la edad de catorce años y se estableció en la aldea de su suegro, donde lo conmovía el contacto con la naturaleza. Tuvo un sueño memorable cuando dormía en una casa construida de madera joven: se imaginó en medio de los muertos y dedujo que “talar un árbol prematuramente equivale a asesinar”. Solía pronunciar la siguiente plegaria:

 

Señor del Universo, otórgame la posibilidad de estar solo, para hacerme del hábito de salir cada día a la naturaleza, entre árboles y pastos, entre lo que crece y florece... para expresar allí todo lo que dicta mi corazón, para que el follaje, los árboles, las plantas, se despierten con mi llegada y envíen el poder de su vida a mi plegaria, para que mi oración sea un todo, por medio de todas las cosas que crecen, que son como una por su Fuente trascendente.

 

Cuando Najmán regresó a la ciudad, se enfrentó al triste fenómeno de la declinación del jasidismo. Antes de empezar a predicar a las masas, viajó a la Tierra de Israel: “Adonde quiera que vaya, voy a Eretz Israel”.

Partió sin su familia en 1798: “Todo lo que supe antes de Eretz Israel, no es nada…” Así, prohibió Najmán la preservación escrita de sus previas enseñanzas. 

A su retorno, se asentó en Bratzlav. Pero allí habían venido varios de sus enemigos, y la lucha lo acompañó hasta sus últimos días. Najmán veía a sus enemigos como al sordo que contempla un baile sin comprenderlo.

Lo importante del diálogo es el oidor: “Cuando comienzo a hablar con alguien, espero recibir de él la palabra más elevada”.

Sintió que el fin se acercaba, y se mudó a Uman para morir. Allí habían masacrado a toda la comunidad judía en 1768, y arrojado sus cuerpos debajo de las murallas. Esas almas bregaban por ascender a las alturas, pero no lo lograrían hasta que alguien llegara ahí para ayudarlas. Se hospedó en la casa de una viuda, lindera al cementerio. No logró detener la decadencia del jasidismo.

El mensaje del Rabí Najmán ha refrescado su vigencia en el Israel actual. El rabino Simón Guershon Rozenberg (“Shagar”) lo utilizó como respuesta al post-modernismo, en su libro Vasijas rotas (Kelím Shevurím, 2004).

Entre las máximas de Najmán se destacan: “El ser humano nace a la aflicción (Job 5:7); en la tierra enfrenta tribulaciones y penas -y será confortado en el refugio de Dios” y “No hay nada más entero que un corazón quebrado”.


 


[1] No debe confundirse con su homónimo de medio milenio antes, quien durante el siglo XIII lideró desde Regensburg a los Jasidei Ashkenaz y fue autor del Sefer Jasidim.