Rab Kuk y la redención
El año 1889 fue de shemitá o barbecho, es decir el año sabático en el que la tierra de Israel debe reposar. A pesar de ello, no le trajo sosiego a esa tierra, en la que a la sazón se desató una agitada controversia entre los dos sectores claramente diferenciados de la población judía: por un lado el viejo ishuv ultraortodoxo que se aferraba a la antigua tradición, y por el otro los nuevos jalutzim, los pioneros que venían a colonizar la tierra ancestral para reconstruir al hombre judío. Los separaba un abismo cultural y modos de vida enteramente distintos.
Un rabino obró de puente entre ambas juderías, arribando a la costa de Israel tres lustros después del polémico año: el rabino Abraham Isaac Hacohen Kuk (1864- 1935), nacido en la Letonia del imperio ruso, el mayor de ocho hijos de Shlomo Zalman Kuk, un estudiante de la célebre yeshivá de Volozhin, creada en Buena medida para atenuar la influencia del jasidismo.
Por su parte, el abuelo materno de Kuk era jasid, por lo que combinó ambos mundos, a los que agregó el de una nueva corriente que se difundía a la sazón en las yeshivot de Lituania: el movimiento moralista del Musar, inspirado por el rabí Israel Salanter.
Cuando Abraham Kuk cumplió los trece años, dejó su aldea de Griwa y continuó sus estudios en diversas ciudades hasta arribar a Volozhin, en donde tuvo como maestros al Netziv y al yerno de éste, el Gaón Aderet.
En 1904 se trasladó a Eretz Israel, para hacerse cargo de la vida sinagogal en el puerto de entrada a la misma, Yafo. A partir de su llegada se refirió siempre con amor a los pioneros irreligiosos, cuya labor constructora encomiaba: “Su labor es sagrada: aunque no se colocan tefilín (filacterias), colocan ladrillos…”
Para él, la noción de que los judíos religiosos debían apartarse de los no religiosos era idolátrica. La irreligiosidad era un fenómeno pasajero en la historia: "La fe en Dios es un elemento natural de la vida humana, tan inseparable del hombre como sus necesidades físicas". Por ello, aunque la religión pudiera ser suprimida por algún tiempo de la vida de algunas personas, tarde o temprano ellas volverían a anhelar a Dios. La apertura de Kuk hacia los laicos se expresó más tarde en su ensayo Shabat Haaretz, “el descanso de la tierra” en el que permitía comer de lo producido en el año sabático, y así procuraba dar por concluida la vieja polémica.
En su sistema, los judíos no religiosos cumplían una función religiosa: eran parte integral del plan divino, por cual la tierra de Israel sería finalmente redimida después del exilio hebreo de dos mil años. El instrumento de la redención era cada uno de los judíos, que se sacrificaban por la causa de construir un hogar físico, que sería base de la ulterior elevación espiritual.
Hoy en día, abundan los ensayos e investigaciones sobre su filosofía y se dictan cursos al respecto, tanto en universidades como en yeshivot. Kuk se habría sentido cómodo en ambas.
En su alocución en la inauguración de la Universidad Hebrea de Jerusalén, en 1925, el rabí Kuk esbozó la idea de síntesis entre estudios seculares y sacros. Había en el judaísmo una tendencia doble: la "interna" puramente religiosa, y la "externa" que trae las ciencias al mundo judío. La nueva universidad debía combinarlas.
La ciencia era parte integrante del desarrollo intelectual de la humanidad, y todo lo que expresara la esencia de la vida humana era, para Kuk, potencialmente sacro. El gran defecto de la piedad consistía en reemplazar el temor a transgredir preceptos, por el temor a pensar: "El miedo a pensar sumerge al hombre en el pantano de la ignorancia, aparta la luz de su alma, mina su poder y oscurece su espíritu”. Aun cuando los avances científicos parecieran socavar la religión, no había razón para dudar de su valor. Lo malo no era su avance, sino que el pensamiento religioso no se mantuviera intelectualmente a la misma altura.
Con todo, advertía que la inclinación "externa" extrema también conllevaba un peligro espiritual: la potencial alienación del hombre de valores fundamentales. El estudio de las ciencias profanas debía estar condicionado por el objetivo principal de los esfuerzos intelectuales del hombre: desarrollarse hacia una devoción profunda por una vida en santidad.
Lo que se destaca a primera vista en la filosofía kukiana es su peculiar lenguaje, resultado de la conocida dificultad filosófica de formular verdades metafísicas, es decir, del fracaso de las palabras cuando intentan asir la realidad: “Las ideas no pueden explicarla. Hay una distancia entre la filosofía y el tema del que trata. Toda formulación teórica es una abstracción de la verdad completa y absoluta. Esconde su realidad original”. El contacto entre la cognición y la vida puede alcanzarse sólo por la vía irracional de la intuición espiritual. En tanto filósofo, Kuk logró una síntesis del irracionalismo de Henri Bergson con el sustrato de la cábala.
El verdadero entendimiento es un estado de identificación emocional y personal del individuo con el tema que la persona trata.
El pensamiento intenta explicar el alma humana, pero nunca lo consigue; es demasiado estrecho para ella. En la profundidad del ser radica lo que Kuk llama “la chispa interna”, la fuente creativa.
Detrás de su lenguaje poético, lleno de vitalidad, hay un sistema filosófico basado en la Torá, que ve en el cosmos un todo moviéndose hacia la redención.
La realidad es poesía. En este sentido, Kuk se concatena con otros filósofos que optaron por escribir en estilo poético, como Pascal, Kierkegaard o Nietzsche. Justamente, uno de los máximos investigadores de Kuk, el profesor Iosef Ben Shlomo de la Universidad de Tel Aviv (de quien he sido alumno) tituló a su libro sobre el rabí La poesía del ser (1990).
Fiel a su estilo, aunque Kuk mencione a algunos filósofos (Platón, Aristóteles, Kant) nunca cita fuentes, y frecuentemente expresa sus ideas en forma de exégesis bíblica.
La explicación kukiana de Adán, el primer hombre, no contradice la teoría darviniana de la evolución: “Es superfluo establecer si en efecto hubo en la antigüedad una edad de oro en la que el hombre gozó de riqueza espiritual y material, o si la vida comenzó del peldaño más bajo de la existencia”. El segundo capítulo del Génesis no resistía una interpretación literal, ya que contiene los misterios del encuentro entre lo humano y lo divino, y por ende reclaman una exégesis simbólica.
Para Kuk, ni la ciencia en general ni la teoría de la evolución en particular comportan un ataque a la religión, y por ello ésta no tiene necesidad de defenderse. Por el contrario, la teoría de la evolución condice con los enfoques más profundos de misticismo judío, que siempre interpretó el mundo como hallándose en constante movimiento y evolución hacia la perfección final.
En este punto, se reconoce su inspiración en la idea del élan vital -impulso de vida- de Henri Bergson, y la tesis bergsoniana de que la esencia de la realidad es el cambio. Pero al rabí Kuk no le interesa tanto el análisis ontológico, sino la teleología.
El mundo es una suma siempre creciente de sucesos y experiencias, la vida debe ser entendida como la interconexión entre el pasado y el futuro, y este proceso tiene una dirección: el formidable ansia del hombre de abrirse paso hacia Dios. Esto no puede cumplirse en el acto único de una iluminación revelada, sino por medio del progresivo esfuerzo de generaciones, que se van acercando sucesivamente a la meta de la santidad.
El hombre es el último estadio, en el esfuerzo cósmico general de la evolución.
También el bíblico pacto de Dios con Noé se reflejó en el sistema del rabí Kuk, quien fuera uno de los máximos exponentes del vegetarianismo en la literatura en torno de la Torá. Para él, el permiso divino al hombre para comer carne fue sólo una concesión pasajera, para dar a los hombres una imagen superior a los animals, en una etapa en que la espiritualidad era sumamente baja. Pero se regresaría a esa etapa ideal del consumo de vegetales.
Las normas de kashrut constituyen un aparato tendiente a mantener el sentimiento de reverencia por la vida, que terminará por alejar al hombre de la ingestión de carne. Esta idea está presente en un comentarista clásico de la Torá, el Kli Yakar (Efraim de Luntshitz, m. 1619): “El procedimiento del matarife ritual es necesario, sólo para la autodisciplina. Es mucho más apropiado para el hombre no comer carne. La complicación de ese procedimiento disuadirá al hombre de su deseo incontrolado de ingerir carne” (exégesis al Deuteronomio 12:21).
El componente esencial de la filosofía kukiana es la idea de la redención nacional, parte del esquema divino de la historia. La nación judía se distingue de las demás en que su fuente y sus motivaciones no son meramente sociales, económicas, geográficas o históricas, sino divinas. Del mismo modo, el nexo judío con Eretz Israel no es comparable con el que une a toda otra nación con su terruño, después de vivir en él por muchas generaciones. El vínculo entre Am Israel (el pueblo de Israel) y Eretz Israel no es resultado directo de causas históricas sino de un plan divino; es un elemento intrínseco de la índole religiosa de la nación judía. El proceso de la gueulá (redención) allanará el camino al maljut shamaim, el reinado divino sobre la tierra.
"Eretz Israel no es algo aparte del alma del pueblo de Israel. No es una mera posesión nacional que sirve como medio para unificar a nuestro pueblo y apuntalar su supervivencia material o espiritual Eretz Israel es parte de la esencia misma de nuestra condición de nación".
Recién arribado a la Tierra de Israel, el rabino Kuk fue conmovido, como el resto del mundo judío, por el prematuro deceso de Teodoro Herzl, en 1904. En su Homenaje en Jerusalén, Kuk indica que “Herzl podría haber anunciado al Mesías hijo de José, una primera etapa de renacimiento nacional en el sentido material”.
Kuk enfatiza la naturaleza dinámica de los mundos espiritual y físico. Su fe se refiere eminentemente a la historia. El hombre es responsable por toda la Creación: su responsabilidad es cósmica. El progreso humano (shijlul) es su tendencia natural hacia la perfección (hishtalmut) y la luz. La “luz” es el motivo omnipresente en todos sus libros, desde los títulos: Luces, Luces de Arrepentimiento. También su valoración por Rembrandt deriva de la genial aplicación de la luz que logró el pintor.
El proceso general de evolución cósmica es un avance de la naturaleza en pleno hacia la perfección divina: "lo viejo se renovará, y en lo nuevo, de lo profano surgirá lo santo”. El universo entero está impulsado por la energía que emana de la fuente divina, y también la historia se mueve hacia el reino del Todopoderoso, en donde todo mal se disipa. El retorno de los judíos a la tierra de Israel es central en este proceso cósmico.
El premio Nobel de física León Lederman, lo formuló de modo singular: “Hay algo tenebroso en el retorno de los judíos a su tierra”.
Cabe acotar que la concepción del progreso histórico nació en las fuentes de Israel y se plasmó en la formulación del mesianismo, que fue recogida por Hegel y por Marx, cada uno a su modo. En el caso de Kuk, la vía hacia el renacimiento espiritual de la humanidad tiene al pueblo judío como vanguardia.
Ahora bien, su énfasis en la historia judía contradice en alguna medida sus inclinaciones místicas. Si bien recoge la cábala y el jasidisimo, agrega una diferencia: el acento en la redención histórica junto a la espiritual interna.
Por ello, el modelo del rabí Kuk es el de la tradición mística judía inspirado en Maharal de Praga: la Cábala como sendero hacia la inmediatez de Dios debe liberarse de supersticiones.
Gershom Scholem llamó a ese enfocar la individualidad “la neutralización de la idea mesiánica”, ya que desprendía el concepto de Mesías de su modo original que se plasmaba en la historia del grupo israelita, y no en el alma del individuo.
Precisamente, en contraste con el jasidismo, la inquietud primordial de Kuk es la circunstancia histórica del pueblo judío. En este sentido, forjó el único sistema filosófico moderno que se refiere seriamente a los dos cambios dramáticos que experimentó el pueblo judío en su historia moderna: la secularización y el sionismo. Kuk contrasta con otros filósofos del judaísmo, como Hermann Cohen o Franz Rosenzweig, ya que su actitud hacia el sionismo fue palmaria y positiva.
En su ensayo El significado del renacimiento (1909) dice: “Nuestro gran compromiso para asegurar la continuidad del judaísmo, con sus ideas y formas de conducta, junto con su ser material en su propia tierra, deriva del reconocimiento difundido entre nuestro pueblo de que aún tenemos una gran distancia a recorrer para completar lo que hemos iniciado. Hemos comenzado a decir algo de inmensa importancia a nosotros mismos y al mundo entero, pero aún no lo hemos concluido. Estamos en el medio de nuestro discurso, y no deseamos detenernos, no somos capaces de ello. No abandonaremos nuestro modo distintivo de vida ni nuestras aspiraciones universales. La verdad es tan rica que tartamudeamos; nuestra palabra está todavía en el destierro. Con el transcurso del tiempo, seremos capaces de expresar lo que buscamos con todo nuestro ser.”
Su obra, de difícil lectura, se hizo más accesible gracias a la edición del más notable de sus discípulos: David Cohen (1887-1972), acerca de quien cabe agregar aquí unos párrafos.
David Cohen había sido un adolescente erudito en las yeshivot de Volozhin y Slobodka. Como muchos jóvenes judíos de principios del siglo XX, fue luego seducido por el mundo académico alemán. A los dieciocho años decidió renunciar a la vida religiosa para estudiar en la universidad de Heidelberg, y luego en la de Freiberg, donde enseñaba un profesor judío apellidado Shapiro quien también había abandonado el mundo del Talmud y se había convertido en modelo para muchos jóvenes que abandonaban las yeshivot.
Cohen completó su doctorado en matemáticas y comenzó uno en filosofía, para enseñar ambas disciplinas en la Universidad de Basilea, a partir de los 26 años de edad. En Suiza su camino se cruzó con el del rabí Kuk, quien en 1914 había sido invitado a disertar en la convención fundadora del movimiento Agudat Israel. Apenas Kuk partió a Europa estalló la Gran Guerra y, como el imperio otomano cerró entonces las puertas de Eretz Israel, Kuk ya no pudo regresar durante toda la guerra.
Sus dos primeros años de exilio transcurrieron en Suiza, donde asumió el cargo de rabino en la localidad de St. Gallan. En un encuentro casual, le presentaron al joven profesor de filosofía, David Cohen, quien se sintió atraído por una combinación que hasta entonces le había parecido imposible: la erudición talmúdica con la cultura general.
El joven Cohen visitó al rabino nuevamente, y una vez más, y otra, hasta que Kuk se transformó en su mentor y maestro: "Me hizo ver que el judaísmo tradicional frecuentemente aclaraba tendencias filosóficas modernas, y que el temperamento de la modernidad debía ostensiblemente su herencia intelectual a las ideas judías clásicas”. Cohen había encontrado a su rabino, y emprendió un profundo retorno a las fuentes del judaísmo.
En 1916 Kuk fue nombrado Rabino de la Comunidad Majazikei Ha’Dat de Londres, donde sintió con fuerza el ritmo de aquellos "días en que el mundo se estremecía" ante los peligros y las posibilidades existentes.
Eran los días de la Declaración Balfour, y Kuk se manifestó activamente contra la actitud parsimoniosa de los líderes de la judería inglesa, quienes no se colocaban a la altura de las históricas circunstancias que vivía el pueblo hebreo: “…la voz de la Redención se escucha sobre nuestra tierra. Con la finalización de la guerra, renace el mundo con un nuevo espíritu y los pasos del Mesías se revelan… Esta guerra mundial trae consigo grandes esperanzas”.
Se constituyó la agrupación Deguel Ierushalaim, que tenía como objeto basar en la Torá el movimiento de renacer del pueblo judío, al que se convocaba a participar de la sagrada labor de reconstrucción de la tierra ancestral.
Concluida la guerra, maestro y discípulo se trasladaron a Eretz Israel.
David Cohen hizo votos de nazareo a fin de expiar por su alejamiento de la vida religiosa: no cortó ya su cabello ni bebió vino, y fue conocido como “el Nazir”. En retrospectiva, la estancia del rabí Kuk en Suiza había servido para salvar esa alma.
En 1919 Kuk fue designado Gran Rabino de Jerusalén; un par de años después se creó el Gran Rabinato de Eretz Israel y Kuk fue Gran Rabino (ashkenazí) junto con el Rishon Le’Tsión (el Gran Rabino Sefardí) Iaacov Meir.
Durante las dos décadas de entreguerra, grandes yeshivot de la diáspora se trasladaron a Israel y se colocó la piedra fundamental de la "Yeshivá Mercazit Olamit Birushalaim" (la yeshivá central mundial en Jerusalén).
La más compleja de las obras del Rav Kuk es Orot Ha-Kodesh (Las luces de lo sagrado) tres volúmenes que, desde el mismo título, aluden a una especie de iluminación divina del autor, quien medita acerca de los diversos aspectos en los que la santidad se expresa en la vida. Es la obra que mejor expresa el fluir poético en su lenguaje, y de ella Kuk emerge como un verdadero místico, para quien el encuentro con Dios es percibido como una experiencia que fluye.
El libro no tiene estructura ni desarrollo, y consiste en un diario espiritual espontáneo que abarca quince años (1904-1919): “La índole de la percepción espiritual es abarcar todo en unidad. Esta es la característica distintiva que la diferencia de la percepción intelectual regular, que siempre se ocupa de los detalles, y los une con dificultad en categorías”.
Los títulos de los capítulos y su ordenación fueron obra del Nazir, quien describe en su prólogo el impacto que el Kuk ejerció en su vida personal.
De regreso en Israel, el rabí Kuk exaltó el retorno general al país, que capacitaría al pueblo judío a abrazar y a desarrollar una vida religiosa plena e integrada. En el exilio, la religión se había desvirtuado. Sólo el sionismo era capaz de lograr que la nación judía y el judaísmo volviesen a una vida independiente y floreciente, redimiéndolos de las restricciones sofocantes del exilio.
En opinión de Kuk, el retorno a la patria representaba un renacimiento nacional que habría de desembocar en un renacer religioso y en la atjalta di' gueula, es decir, el comienzo del proceso histórico que conduciría finalmente a la redención mesiánica. El cultivo de páramos, y la reconstrucción de aldeas y ciudades, eran los albores de una era redentora, porque el renacimiento físico era componente esencial del espiritual.
El sionismo no significaba, por lo tanto, sólo la restitución del pueblo judío a su patria ancestral, sino también el trabajo que finalmente salvaría tanto al pueblo de Israel como a la humanidad entera. Como lo expresara el profeta Zacarías (14:9) "Dios será rey sobre toda la tierra… en aquel día será Uno, y uno su nombre".
El gobierno inglés no coincidía. En 1930 el Reino Unido publicó el "Libro Blanco", por el cual se prohibía el asentamiento judío en Israel. Kuk, quien había intervenido en favor de los judíos perseguidos rusos y alemanes, ahora enfrentaba al imperio británico, al que respondió con una proclama en los diarios: el Libro Blanco era una traición británica a su compromiso explícito de ayudar en la creación de un Hogar Nacional Judío en Israel. "Saben todos los hombres del mundo que no fue un país quien nos dio el privilegio de vivir en esta Tierra Santa, sino que fue el Dios de Israel, amo y Señor de toda la tierra… Nos entregó esta santa tierra como herencia eterna, para ser en ella la luz de los Pueblos y traer la Redención al Mundo".