MARX Y LAS CIENCIAS SOCIALES

  

EL PROTAGONISMO DE LOS JUDÍOS LA REVOLUCIÓN COMO CIENCIA

 

 

Hemos planteado la dificultad de definir a un escritor, o a un pensador, como pensador judío, a menos que nos contentemos con el dato menor de que es judío todo escritor que tiene algún tipo de ascendencia familiar judía.

Esta pertenencia es ciertamente condición necesaria, pero no es suficiente. Judío, tiende a parecernos el pensador que, amén de haber nacido en un hogar que exhibe raíces judías, se refiere en su obra a alguna faceta que pueda concatenarse en la evolución del judaísmo, aun si se tratara de una referencia crítica.

Difícilmente podría incluirse en la categoría de pensador judío a aquéllos para quienes ni el judaísmo ni la experiencia del pueblo judío tienen presencia en el campo de interés de sus escritos. El caso de Karl Marx es más espinoso. Lo poco de judío que aparece en su obra -concretamente en su primer libro-, es tan negativo, que podemos calificar esa obra de judeofóbica. Sin embargo, Marx es frecuentemente considerado un pensador judío, y no podemos hacer caso omiso de esta paradoja.

Para salvarla, enmarquemos el aporte de Marx en el que hicieron en su conjunto las ciencias sociales, protagonizadas éstas por tal cantidad de judíos, que no puede soslayarse su vínculo con la judeidad.

El debate acerca de cómo debe ser una “buena sociedad” es muy antiguo. Se habían dedicado a él Tucídides, Platón y Aristóteles. Incluso el Código de Hammurabi del siglo XVIII aec se justifica con la necesidad de un “gobierno estable”, por lo que es un precedente no sólo legal, sino también político.

De hecho, aunque en efecto la politología es la primera de las ciencias sociales, no puede hablarse propiamente de éstas hasta bien entrada la modernidad. La politología nació en el siglo XVI a partir de que Maquiavelo consagrara sus obras a los principios en los que se fundamenta el Estado. Su clásico libro El Príncipe (1532) describe el método por el cual un soberano obtiene poder y lo conserva. El método no concierne a cuestiones éticas, y ello no ha de extrañar si consideramos que Maquiavelo tenía en mente a gobernantes como Cesare Borgia. En general, la política es la disciplina acerca del poder, y no de la moral, lo que a veces frustra a muchos ingenuos.

Cronológicamente, la segunda de las ciencias sociales es la economía, que el siglo XVIII aporta en especial en la figura de Adam Smith y luego en la de David Ricardo, quienes sientan las bases de la llamada Escuela Clásica.

Seguirán la sociología, la antropología, las ciencias de la educación, de la comunicación, la psicología, la criminología.

Las ciencias sociales son un producto de la modernidad, un intento de explicar las conmociones sociales. Por ejemplo, la que se produjo a fines del siglo XVIII cuando la Revolución Industrial vinculó los nuevos desarrollos tecnológicos (las máquinas a vapor) con los productivos (la industria textil) y por ello hizo suponer que para la producción, ya no sería necesaria la fuerza animal -tampoco la del animal humano.

Para explicar esa revolución, nacieron dos proyectos teóricos que se rechazaban; dos diagnósticos acerca de cómo se comporta la sociedad. Uno era más normativo, el marxismo; el otro, el positivismo, fue más descriptivo, resultado de la sociología académica. Francia e Inglaterra fueron la cuna de la escuela positivista; la del marxismo, Alemania.

Los respectivos exponentes más famosos de cada una de esas escuelas, fueron judíos. Para referirnos al positivista, Emile Durkheim, cabe remontarnos a otro francés, Auguste Comte, quien fuera secretario de Saint-Simon y acuñara en 1838 el término sociología para describir la nueva ciencia. Ésta descubriría las leyes de la sociedad humana del mismo modo en que las leyes de la naturaleza se deducían de aplicar la investigación factual.

Quien asumió esa misión y la terminología de Comte, fue el inglés Herbert Spencer, un confeso evolucionista para quien “la sociedad es algo enteramente natural. Tratar de modificarla es como tratar de alterar un árbol”. Los cambios en la sociedad deben ir produciéndose por una evolución “natural”, y la apresurada intervención humana en esa evolución, sólo lograría perjudicarla. La libertad del individuo era para Spencer el valor primordial, y toda limitación que a ésta impusiera el Estado, resultaría nefasta a largo plazo. La obra capital de Spencer se tituló precisamente El hombre contra el Estado (1884).

 

 

LA REVOLUCIÓN COMO CIENCIA

 

El máximo exponente del estudio sociológico fue Émile Durkheim, que recogía la sociología como ciencia, y procuraba con ella la cohesión social.

En la misma época surgen otros filósofos sociales que, aunque nunca se llamaron a sí mismos sociólogos, pueden ser contados entre los padres de la  disciplina. El principal de ellos fue Karl Marx, quien al contrario de los que mencionamos hasta ahora, era un revolucionista. Los cambios sociales debían ser empujados por la fuerza, o nunca se producirían.

Corría el año 1848, época de revoluciones en Francia, Italia y Alemania, que desmoronaban el Orden Restaurador. Marx publica, en conjunto con Friedrich Engels, el Manifiesto Comunista. Debió exilarse de país en país, y vivió sus últimos treinta años en Londres, donde escribió El Capital (1867), una condena frontal y abarcadora del capitalismo, con la que Marx reivindicó su lugar dentro de la ciencia económica. En rigor, Marx compartió el punto de vista de los economistas clásicos, especialmente David Ricardo. Su novedad no fue tanto en la teoría sino en el uso de ésta para enfrentar el sistema económico.

Entre la Revolución Francesa y el Manifiesto Comunista, habían transcurrido sesenta años durante los que se desarrolló un movimiento cultural de rechazo al racionalismo dieciochesco. El romanticismo apeló a los extremos de la sensibilidad, inspirado en la vida cotidiana del pasado y el gusto por lo primitivo, aun por lo tenebroso. La influencia literaria del romanticismo se reconoce aun en el tono novelesco con el que comienza el Manifiesto: “Un espectro está rondando Europa...”.

La sociología se reconoció como disciplina académica sólo a fines del siglo XIX y comenzó a enseñarse en las universidades de Bordeaux y París. Durkheim funda la primera escuela de pensamiento sociológico, que sostenía que los hechos sociales son independientes de los atributos psicológicos de los individuos.

Así fueron trazándose una y otra línea del pensamiento social. La del marxismo tuvo sideral influencia ideológica, siempre presentada como si fuera “ciencia”.

El primer libro de Karl Marx, La cuestión judía, sentencia  que "el dinero es el único dios de los judíos", y en ellos ve el joven Marx la encarnación del "enemigo", de la burguesía. Shlomo Avineri, un  especialista en Marx, mostró en La idea sionista (1979) que el judeofóbico texto había sido en realidad plagiado de una invectiva que Moisés Hess había redactado un año antes, titulada Sobre el capital.

La historia social era, para Marx, la superestructura de una permanente lucha de clases, entre opresores y oprimidos. La clase de los propietarios burgueses explotaba a la de los trabajadores asalariados, a quienes denominó proletariado. Así como la nobleza había vivido de los tributos que pagaba el resto de la sociedad, y así como los señores feudales se habían alimentado del trabajo de los siervos de la gleba, del mismo modo los capitalistas fueron presentados como viviendo merced al excedente que sustraían del trabajador, al que Marx dio el nombre de plusvalía. El colofón de dichas circunstancias iba a ser la inevitable revolución proletaria, agitada como un “postulado científico”.

Hoy en día, llama la atención que la enorme simplificación de la economía que cometió el marxismo pudiera persuadir a una buena parte de la humanidad, incluyendo a mentes ilustres y sensatas. A todas luces, Marx erró soberbiamente en presentarse como un científico en vez de como un ideólogo, y se apresuró en su modo de plantear la inevitabilidad del proceso histórico. Fue una especie de hipérbole del mesianismo judaico, ya que presumía de vaticinar aun detalles y vericuetos de la historia humana.

Esa disposición fue denunciada por Karl Popper en La sociedad abierta y sus enemigos (1945) una entusiasta defensa de la democracia liberal, en la que filósofo judeobritánico llamó historicismo a las implicancias totalitarias de las teorías políticas de Marx (y de Platón). Popper critica a quienes presuponen que el futuro es inevitable, predecible, por el hecho de que hay leyes que rigen el desarrollo de la historia. Los tres totalitarismos del siglo XX parten de esa premisa, la de que la humanidad será inevitablemente aria, proletaria o islámica.

Marx trazó un esquema convincente de la evolución histórica, porque no llegó a reconocer la inasible complejidad de la sociedad moderna. Tal vez su punto más débil, que corre el velo del reduccionismo marxista, fue su doctrina de la explotación, de la que deriva prácticamente todo su diagnóstico social, y que estaba basada en una teoría del valor errónea.

Decía Murray Rothbard que, al refutar la teoría marxista del valor, nos vacunamos contra el marxismo. El máximo inmunizador fue el economista austriaco Eugen von Böhm-Bawerk, quien obligó a Marx a admitir los desaciertos de su teoría del valor, lo forzó a reformularla, y finalmente la refutó acabadamente. En efecto, a mediados del siglo pasado, Oskar Lange, prominente economista marxista, concedió que el marxismo jamás pudo resolver la teoría del valor: en rigor una economía socialista podría funcionar racionalmente sólo en base de precios fijados según la ley del mercado.

La teoría del valor de Marx excluye lapidariamente todo componente que no sea el trabajo físico. Sólo el obrero dota de valor a la producción, y el resto es la mentada “plusvalía” de la que se apropian los explotadores diversos.

Böhm-Bawerk demostró que el valor no es intrínseco a las cosas, sino algo subjetivamente apreciado por cada individuo según su situación y necesidades. En efecto, un intercambio tiene lugar sólo si ambas partes valoran en menor medida lo que ceden que lo que obtienen. Ninguna actividad de tipo industrial puede conferir valor al bien o servicio producido. El valor brota posteriormente de las apreciaciones subjetivas de la gente. Lo determina la intensidad de la apetencia del consumidor.

Es alarmante que el universo ideológico marxista pudiera asentarse en el “pecado original” de una desatinada teoría del valor. Si la “plusvalía” es un espejismo, y la creciente explotación un diagnóstico equivocado, entonces fue vana la pérdida de decenas de millones de vidas en revoluciones, purgas, guerras y guerrillas. Fue irresponsable la condena de decenas de sociedades al atraso liberticida. Generaciones enteras fueron sacrificadas en el altar de una teoría que nunca se concretó coherentemente en la práctica y, después de un siglo de encandilamiento marxista, ya no existen partidos grandes que postulen anular la propiedad privada. La receta íntegra fue fútil, y por ello debe reconsiderarse la índole de la influencia de Marx.

Cabe poner de relieve una incongruencia adicional que la doctrina marxista nunca pudo superar. Por un lado postula que la conducta de los seres humanos resulta de sus intereses de clase. Por el otro, que Marx y sus acólitos actuaron guiados por una voluntad moral que trascendió su clase. Es soberbio partir de la base de que sólo uno mismo está iluminado para superar los intereses clasistas, mientras el resto de las personas actúan motivadas exclusivamente por dichos intereses.

 

 

EL PROTAGONISMO DE LOS JUDÍOS

 

La escuela marxista coincidió en un punto con su competidora sociológica, el positivismo. El individuo y su autodeterminación, constituyen para ellas una mera ilusión, ya que la sociedad actúa como un dios todopoderoso.

Desde este punto de vista, a Durkheim se contrapuso Max Weber. Para éste, sólo el individuo puede actuar con intencionalidad. Hay que analizar la pluralidad de causas y señalar el peso de cada una de ellas, y siempre teniendo en cuenta que la distribución de pesos es sólo provisoria.

El verdadero motor de Occidente era, para Weber, la racionalidad, que se ponía en evidencia eminentemente en tres planos: la ciencia y la tecnología aplicadas a la producción; las organizaciones económicas eficientes, y la burocracia como única forma posible de organización.

La expresión de la dicotomía sociológica Francia-Alemania terminó siendo precisamente Durkheim-Weber.

El socio de ideas de Max Weber fue el judío Georg Simmel. Fundaron la Sociedad Alemana de Sociología, y su punto de partida era que, para entender el objeto de la sociología, es decir las relaciones entre los hombres, debía partirse de la premisa de que los hombres tienen voluntad propia.

Aunque Georg Simmel no se ocupó directamente del tema judío, creó conceptos pioneros que fueron aplicados a ellos.

El judío fue arquetípico de uno de ellos, el del “extraño” en la sociedad, del hombre advenedizo. Su énfasis en las relaciones entre los miembros de una sociedad, fue otra noción que su amigo Martin Buber llevó al terreno del pensamiento judío.

La aproximación de Simmel a la sociología fue la base de una cierta sociología de judíos, el análisis de los diversos roles sociales que cupieron a los judíos.

En la modernidad, la tradición positivista de cómo mantener el orden, fue plasmada en los Estados Unidos. Se aspiraba a una ciencia que pudiera controlar el cambio social. La edad de oro del capitalismo en este país, coincidió con la época del auge de la sociología, el cuarto de siglo que sucedió a la Segunda Guerra Mundial. 

La escuela máxima fue el funcionalismo, cuyo mentor fue Talcott Parsons, de la Universidad de Harvard, en donde se creó un célebre Departamento de Sociología.

Hemos aludido al análisis sociológico de roles sociales que asumieron los judíos. Su estudio llevó en muchos casos a generalizaciones. Clásica entre ellas fue la que propuso el historiador económico belga Henri Pirenne, quien consideró que  la modernidad en su conjunto derivaba de los judíos.

Más aun influyó la del otrora prestigioso sociólogo Werner Sombart, quien sentó las bases para revisar el rol social de los judíos. Su singular teoría rastreó los orígenes del capitalismo hasta la Edad Media tardía, y encontró en la labor globalizadora de los judíos la causa del nuevo sistema económico.

Su obra Los judíos y el capitalismo moderno (1911) atribuyó el desarrollo del nuevo sistema a cuatro características de los judíos: 1) su enfrentamiento al ineficiente sistema corporativo; 2) su habilidad para modernizarse; 3) la naturaleza práctica de su religión, y 4) el desarraigo que se les impuso.

Así, los judíos serían los pioneros del comercio internacional, y con él del sistema capitalista.

El problema de Sombart fue que el nazismo manipuló su teoría y, en una muestra de oportunismo repelente en un intelectual, Sombart se dejó usar. Su libro más tardío, El socialismo alemán, ya es abiertamente judeofóbico. Pero si pudiéramos abstraernos de la etapa posterior de Sombart (murió en 1941) notaríamos que su teoría inicial contiene aspectos considerables. Cabe recordar que nada menos que David Ben Gurión se dedicó a traducirlo al hebreo.

Otro pionero, aunque menos conocido, fue Ludwig Gumplowicz, quien llevó el pesimismo darwiniano a su aplicación sociológica. Descreía del progreso y de las "motivaciones individuales". Todo era para él producto del grupo, de la sociedad.

Jurista y sociólogo austriaco, fue profesor de ciencias políticas en la Universidad de Graz, y eventualmente un patriota polaco, ya que participó en la insurrección contra Rusia y por ello debió abandonar Cracovia.

En cuanto a la judeidad, era un convencido asimilacionista. Pensaba que los judíos carecían del prerrequisito de una nacionalidad, porque habían sido privados de base territorial y de idioma en común. Por ello constituían un factor anacrónico, irritante, condenado a desaparecer. Aunque Gumplowicz fue bautizado, mantuvo interés en asuntos judíos. Cabe mencionar una ilustrativa carta que Gumplowicz le envió a Teodoro Herzl el 12 de diciembre de 1899, en la que expresó emocionalmente su antisionismo.

Le espeta Gunplowicz a Herzl: “¿Quiere usted un Estado sin derramar sangre? ¿Dónde vio alguna vez semejante cosa? ¿Sin usar la fuerza y sin intrigas? ¿Tan abierta y honestamente piensa usted compartir esa tierra?”

Su coetáneo Durkheim no había caído en el asimilacionismo. Fue un descendiente de familia rabínica transformado en librepensador. Durkheim no puso de relieve el conflicto sino la solidaridad. El derecho hebraico para él era un perfecto ejemplo de la “solidaridad mecánica”, exhibida en las fuentes bíblicas.

En su libro Las formas elementales de la vida religiosa (1912) Durkheim explica que la religión es un fenómeno social de primer orden, ya que constituye una especie de deificación de la solidaridad entre las generaciones pasadas y las futuras. Aunque pone la religión en su contexto histórico, no le quita validez. El pueblo judío encarna, en este contexto, a la religión judía, y el Dios de los patriarcas es el garante de su existencia.

Hemos desgranado muchos nombres de judíos: el pionero Durkheim, Simmel, Gumplowicz, Marx. El rol de los judíos en las ciencias sociales fue tan protagónico que merece una disquisición. Pasa por casi  todos los discípulos de Durkeim, como el demógrafo Maurice Halberachs, Marcel Mauss, Lucien y Henri Lévy Bruehl, el historiador económico Marc Bloch, y más tarde Raymond Aron y George Friedmann. Se suman a ellos Hannah Arendt, Theodor Adorno, Georg Lukacs, Walter Benjamin, y Karl Popper, casi todos los del Círculo de Viena, y hasta Herbert Marcuse y Jacques Derrida. En psicología, además de Freud,  recordemos a Erich Fromm y Mélanie Klein. La dedicación de judíos a las ciencias sociales debe abordarse.  

Martin Buber lo explica de dos modos: primeramente, la cultura judaica siempre fue proclive a estimular el pensamiento más en términos de relaciones y no tanto en términos de sustancias, de esencias. Hemos recogido al respecto las reflexiones de Boman sobre el idioma hebreo.

Segundo, las ciencias sociales ubicaron al pensador judío en una óptima perspectiva, que era a un mismo tiempo crítica con respecto al orden social que en buena medida lo discriminaba, y también optimista en el sentido de que la situación podía mejorarse. La condición judía era apta para hacer efectivas ambas características.