KOHLBERG Y LA PSICOLOGÍA MORAL

 

 

 

El porcentaje de judíos que protagonizaron el desarrollo de la psicología pareciera exceder en mucho la mera coincidencia, sobre todo en lo que compete a la creación de escuelas de pensamiento en esta disciplina.

Entre los cien  psicólogos más importantes enumerados en una lista publicada en 2002 por la Review of General Psychology, más de la tercera parte son judíos; lo son los principales fundadores y exponentes de escuelas como el estructuralismo, el funcionalismo, el conductismo, la Gestalt, y las psicologías individual, cognitiva, y social, y también de iniciativas menos centrales como la psicología social y el psicodrama.

Una mención especial merecen las tres llamadas escuelas vienesas de psicoterapia, iniciadas por judíos. Son ellas el psicoanálisis de Sigmund Freud, la psicología individual de Alfred Adler y la logoterapia de Víctor Frankl.

El biógrafo de Freud, Ernest Jones, recuerda en sus Memorias de un psicoanalista (1959), que “con la excepción del pequeño grupo suizo –que se separó a los cuatro o cinco años- y yo mismo, todos los trabajadores tempranos del psicoanálisis eran judíos”. Jones agrega la anécdota de que, cuado los nazis se apoderaron de Viena, comenzaron por exigir que la Clínica Psicoanálitica fuera dirigida por un “ario”. Como el único no-judío con formación de director se hallaba en Suiza, Jones, que no era judío, emitió una expresión en ídish: “Oi vei, nuestro único shabes-goi está lejos”.

Las tres escuelas vienesas tienen en común que son al mismo tiempo una teoría de la personalidad y un método de terapia.

La visión freudiana del hombre destaca los instintos, el rol de esos instintos en la niñez, y su ocultamiento en el inconsciente. La posibilidad de revelarlos se da por medio de una técnica asociativa, que utiliza los recuerdos del paciente. Una vez que esas fuerzas inconscientes se entienden, comienza la labor terapéutica. El placer es el impulso básico que guía al hombre.

De los tres psicólogos mencionados, Adler (1870-1937) abandonó formalmente el judaísmo. Después de su casamiento se convirtió a la que se consideraba en Austria la más liberal de  las corrientes, el protestantismo. Se oponía a las visiones mecánicas del hombre que prevalecían hasta ese momento.

Al principio fue parte del creciente círculo de Freud y éste lo incluyó, en 1902, en su grupo de debate, que se reunía semanalmente en Viena. El grupo dio lugar a la Sociedad Psicoanalítica de Viena, de la que Adler fue elegido presidente en 1910, y de la que al año renunció para crear su propia sociedad y su journal, basado en su nueva visión teórica. Eventualmente, se estableció en New York.

Su concepción destacaba que el organismo, crecido de una sola célula, permanece siempre como una unidad, no sólo biológica sino también psicológicamente. Los procesos parciales están subordinados a un todo, de una sola unidad derivan todas las fuerzas: la percepción, la memoria y los  sueños. Adler llamó a este proceso unitario el “estilo individual de vida”.

Una concepción unitaria del hombre, como la de Adler, requiere de un ímpetu motivador general; una fuerza que aspire al triunfo, a superar obstáculos, a la superioridad. Esta fuerza requiere el mantenimiento constante de la autoestima.

A partir de esa premisa Adler fundó la psicología individual, basada en tres conceptos: unidad, autodeterminación y orientación del hombre hacia el futuro.

Junto con la autoestima, tan central en Adler, el individuo no puede mantenerse apartado de la sociedad, porque los tres problemas fundamentales de la vida son realmente sociales: ocupacional, relacional y sexual. La vida sana requiere tanto de una fuerte autoestima como de un desarrollo del “interés social”. El rol del psicoterapeuta es, precisamente, aumentar ambos en el paciente.

En suma, las dos primeras escuelas sostienen un distinto impulso central para el comportamiento humano. Para Freud, el instinto fundamental que nos guía es el del placer; para Adler, el del poder.

Para la tercera escuela, la logoterapia de Viktor Frankl (1905- 1997), la necesidad fundamental del hombre no es encontrar placer ni poder, sino sentido. Frankl desarrolló el concepto de que la necesidad subyacente de la existencia humana y de la salud mental es la de encontrar un significado a la vida.

 

El Nobel de Economía Daniel Kahneman se considera más un psicólogo que un economista. Refiere Kahneman que un episodio de su infancia lo estimuló a dedicarse a la psicología: a los siete años de edad residía en la París ocupada por Alemania, donde a la sazón era obligatorio para los judíos exhibir en su ropa una Estrella de David amarilla.

Detenido en la calle por un miembro de las SS, el niño Daniel reparó en que su sambenito había quedado impensadamente oculto debajo del abrigo, y lo aterrorizó la posibilidad de que el alemán lo notara. Ello no ocurrió y, después de recibir del nazi un afectuoso e inesperadísimo abrazo, el chiquillo se alejó con la curiosidad de indagar los vericuetos y complicaciones de la mente humana, que le habían salvado la vida. 

Kahneman se suma a una larga lista de psicólogos y pensadores, que iniciaron sus teorías a partir de enfrentar la judeofobia. 

Así, a Erik Erikson (1902-1994) sus tensiones infantiles debidas al contraste entre su apariencia escandinava y su identidad judía, despertaron su interés en estudiar la formación de la identidad. En 1939, al escapar a EEUU, adoptó su peculiar nombre, que refleja la idea de que cada individuo, al interrelacionarse con el medio, forja él mismo su propia identidad. Erikson es padre del denominado desarrollo psicosocial. Había nacido en Frankfurt y sus padres se separaron aun antes de su nacimiento. Su madre (judía danesa) Karla Abrahamsen, contrajo enlace con el médico judío Theodor Homberger, quien adoptó al niño Erik.

Eventualmente, Anna Freud lo interesó por la psicología. Fue llamado “el arquitecto de la identidad”. Erikson fue profesor en la Escuela de Medicina de Harvard, más tarde en la Universidad de Yale, y finalmente retornó a Harvard para enseñar Desarrollo Humano. Sus libros incluyen Infancia y sociedad (1963) e Identidad: juventud y crisis (1968). Son famosos sus Ocho Estadios del Desarrollo Psicosocial, y el concepto de “crisis de identidad”: en la adolescencia tardía se produce un inevitable conflicto de identidad, que permite la maduración y el crecimiento. Lo revisó en personajes históricos como Lutero (1958) y Gandhi (1969).

 

Otro caso paralelo es el del mentado Víctor Frankl, cuya escuela de logoterapia fue resultado directo de sus vivencias en el campo de exterminio de Auschwitz, mientras procuraba comprender qué mantenía a los judíos con vida, bajo condiciones infrahumanas.

Nació en Viena, allí se graduó, y es de los pocos que regresó a ella apenas fue liberado de los campos de la muerte, en los que perdió a toda su familia. En 1947 fue designado profesor de neurología y de psiquiatría en la Universidad de Viena.

Pasó el Holocausto en los campos. Cuando ingresó, los guardias le arrebataron el manuscrito de su primer libro; intentó reconstruirlo en dos docenas de papelitos en los que tomó notas taquigráficas. En el mes de noviembre de 1945, en base de esos recortes, publicó Psicoanálisis y Existencialismo.

En 1946, publicó Un psicólogo en el Campo de Concentración. En ediciones posteriores a este libro se lo conoció como El hombre en busca de sentido, su gran éxito, traducido a muchos idiomas. En él sostiene que “al hombre se le puede arrebatar todo, salvo una cosa: la última de las libertades humanas –la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias, para decidir su propio camino”-.

También describió sus experiencias en De los campos de la muerte al existencialismo (1959), y elaboró su psicología en Logoterapia y Análisis Existencial (1957), Fundamentos antropológicos de la psicoterapia (1975).  Su tesis doctoral en filosofía es La presencia ignorada de Dios (1949). 

El hombre en busca de sentido habla de un psicoanalista en un campo de concentración, quien observa todas aquellas anomalías que podían observarse en el comportamiento de las personas al ser tratados como animales, y según pasaba el tiempo.

La obra esta dividida en tres partes, que son las fases que van pasando los prisioneros.

La primera parte es la fase de adaptación; desde de los primeros pensamientos y sensaciones que tienen al ingresar en el campo de concentración.

La segunda parte, de supervivencia, trata sobre cómo el recluso intenta  sobrevivir y desarrolla una actitud egoísta. Lo que le ocurre a los demás ya no es de su interés. Sólo le importa su alimentación y evitar el frío. La muerte del prójimo es lo cotidiano y ya no afectaba su sensibilidad.

La tercera parte es la fase de la liberación del campo. El sueño que siempre han abrigado se cumple, pero no sienten satisfacción; les parece indiferente su ilusión por ser libres. Prevalece la tristeza de que son libres, pero demasiado tarde. Han perdido muchas personas queridas y mucha humanidad.

 

Frankl creó la logoterapia, el tratamiento del vacío existencial, centrado en la búsqueda de sentido. El ser humano se halla sometido a condiciones biológicas, psicológicas y sociales, pero dependerá de cada persona dejarse determinar por las circunstancias o enfrentarse a ellas.

Frankl mantuvo vasta correspondencia con Sigmund Freud, quien estimuló una parte de su trabajo científico. Pero al igual que Adler, Frankl se distanció del psicoanálisis (1925). Participó en el III Congreso de Psicología Individual en Dusseldorf, donde empleó por primera vez en una conferencia académica el concepto de “Logoterapia”.

 

La psicología moral

 

De entre otros pensadores cuyas teorías fueron inspiradas por la persecución judeofóbica, hay un grupo que partió de un evento muy específico: el juicio  al genocida Adolf Eichmann, capturado en Buenos Aires por el Mosad israelí el 11 de mayo de 1960, juzgado en Jerusalén y ejecutado dos años después.

Así, la politóloga Hannah Arendt trazó durante el juicio su controversial tesis sobre “la banalidad del mal”.

La defensa basada en la obediencia debida, llevó a un psicólogo judío de Nueva York, Stanley Milgram a un célebre ensayo de psicología social en Yale, durante 1961, apenas tres meses después de que se abriera el juicio a Eichmann.  

Resumamos el experimento: en un anuncio se pedían voluntarios para un supuesto estudio sobre el aprendizaje por castigo. A los voluntarios se les solicitaba que actuasen de “maestros” frente a “alumnos”, en los que se observaría si el castigo corporal ayudaba a memorizar (en realidad el “alumno” era cómplice del experimento académico, que revisaba la obediencia a la autoridad).

El "alumno", atado a una silla eléctrica escuchaba del “maestro” pares de palabras que debía memorizar. Cuando luego se le recordaba una de las palabras, debía complementar el par. Si su respuesta era errónea, el “alumno" recibía del "maestro" una descarga eléctrica que comenzaba en los 15 voltios e iba aumentando hasta ser letal en los 450.

Aunque el "maestro" creía estar dando descargas al "alumno", éste era un actor que simulaba padecerlas hasta aullar de dolor, y aun fingir los estertores del coma.

Los resultados del experimento fueron que, cuando la descarga “alcanzaba” los 75 voltios, aunque los “maestros” se ponían nerviosos ante las quejas de dolor de sus "alumnos", la férrea autoridad del investigador les hacía continuar.

Al llegar a los 135 voltios, muchos de los "maestros" se detenían para deslindar su responsabilidad de las consecuencias y, cuando el "maestro" deseaba interrumpir, se le replicaba que el contrato exigía continuar hasta el final.  

Algunos proponían reintegrar el dinero que se les había pagado, pero para sorpresa de Milgram y de su equipo, la gran mayoría de los “maestros” no se detuvieron ni en el nivel de 300 voltios (cuando el alumno dejaba de dar señales de vida) y el 65% de ellos llegaron incluso al voltaje de 450, inevitablemente mortal.

Milgram describió su experimento en un artículo publicado en 1963 en el  Journal of Abnormal and Social Psychology, después en la película documental Obediencia, y finalmente en el libro Los peligros de la obediencia (1974). Al año siguiente se llevó el libro a una dramatización televisiva (El décimo nivel) y en 1979 se incluyó el experimento en la película I comme Icare (I de Ícaro) protagonizada por Yves Montand.

Milgram había creído reconocer en Eichmann a un hombre tedioso y gris, que se transformaba en una fiera y perpetraba los más horrendos crímenes. Haciendo a un lado los aspectos legales y filosóficos de la obediencia, Milgram se concentró en cómo la mayoría de la gente se comporta en situaciones concretas de obediencia y se propuso medir hasta dónde llega la voluntad de una persona común de aceptar órdenes que contradigan su conciencia.

Un precedente del experimento de Milgram lo había llevado a cabo en 1951 otro psicólogo israelita, Salomón Asch, quien ensayó el poder de la conformidad en los grupos. En este caso, los experimentadores pedían a estudiantes que participaran en una “prueba de visión” sobre la longitud de varias líneas. En realidad todos los “estudiantes” menos uno eran parte del equipo, cuyo experimento consistía en registrar cómo el estudiante señalado reaccionaba frente al comportamiento de los demás, cuando daban unánimemente respuestas incorrectas.

Así, cuando se les preguntaba si una línea era más larga que otra, el estudiante revisado adaptaba sus respuestas a los errores de los demás, sobre todo si éstos eran unánimes.

 

El fértil cruzamiento entre la psicología y la moral fue llevado a su cúspide por el pionero de la llamada “psicología moral”, Lawrence Kohlberg, creador de los llamados “dilemas morales” que revisan la evolución moral de las personas.

Kohlberg nació en suburbio de New York y experimentó sus propios dilemas cuando abordó un barco que rescataba “ilegalmente” judíos de Europa para transportarlos a la Palestina británica, y se preguntó qué tipo de conducta ilegal justifica fines justos. Ese dilema lo guió en la conformación de una rama de la psicología.

A comienzos del siglo XX, Sigmund Freud definió las etapas en el desarrollo de la sexualidad infantil. A partir de entonces, se procuró acomodar el sistema de etapas a muchas áreas de la psicología individual. Así, Jean Piaget estableció las cuatro etapas en la capacidad de aprendizaje: inteligencia sensomotriz hasta los dos años de edad, simbólica o intuitiva hasta los cinco, concreta hasta los diez, e inteligencia formal desde los once años. Sobre dicha base, Erik Erikson presentaría las etapas de interacción entre el hombre y su medio.

El niño fue colocado de este modo en un rol activo en la formación de su propia personalidad. Lejos de ser una mera esponja de las influencias del ambiente, el ser humano va consolidándose y va renovándose a sí mismo, con el objetivo de llegar a un equilibrio con el medio y de aprehenderlo desde su propia perspectiva.

Un discípulo de Piaget, James Rest, estableció en ese sentido dos principios rectores: la percepción de la realidad por parte del hombre es cognitiva, y se desarrolla en forma similar para todos los hombres. Cada vez que la experiencia propone complicaciones, impone que los conocimientos previos sean elaborados para poder asimilar las nuevas dificultades. La pregunta es si en el plano cognitivo también podemos ordenar el desarrollo de la percepción de la realidad en etapas fijas y universales.

Lawrence Kohlberg es un precursor en ese campo. Ha aplicado el sistema de etapas al terreno de la moral, y estableció las que corresponden al desarrollo del criterio ético en el niño, que es también considerado cognitivo.

La primera etapa es la moral basada en la obediencia y el castigo; la segunda, en un hedonismo ingenuo y funcional; la tercera, en la busca de aprobación por parte del prójimo; la cuarta, en el principio de la autoridad; la quinta, en el contrato social; y la sexta, en principios de conciencia que son universales. En una elaboración posterior, William Damon agregó la etapa cero, de la edad más temprana, cuando toda moral es inexistente.

En 1980 James Fowler propuso las etapas en el desarrollo de la fe.

En 1985, mientras estudiaba en la Universidad Hebrea de Jerusalén, quien escribe estas páginas llevó a cabo una investigación en el área psicológica que fue eventualmente publicada[1]. Se trataba de revisar las etapas en el desarrollo de la identidad judía, con el objeto de contribuir a la mejora de la educación en el área.

En su sistema, Kohlberg lleva a cabo entrevistas durante las cuales presenta  dilemas morales, a saber: el señor Heinz roba una droga para salvar la vida de su esposa agonizante; un capitán del ejército debe elegir a un soldado para cumplir con un operativo en el que probablemente perderá la vida.

Una vez que el entrevistado responde qué debería haber hecho el sujeto del dilema, se le pide que fundamente su respuesta, y luego se lo refuta, bien extremando la alternativa opuesta, o bien debilitando el sustento de la elegida.

Así se procede hasta que el entrevistado decide cambiar la respuesta original de aprobación a reprobación o viceversa: en ese instante se provee de nueva información que refute su nueva postura, y así sucesivamente.

De este modo puede develarse el precio moral que el entrevistado está dispuesto a pagar en cada caso por su elección, y se establece cuál es el principio moral que sirve de base a su decisión.

La moral, por ser cognitiva, permite que la estudiemos en sus distintas etapas en el desarrollo del individuo.


 


[1] Psicología evolutiva de la identidad judía (Rumbos, Jerusalem, 1985, también en versión portuguesa en Rumos, San Paulo, 1986).