Jeremías y el desconsuelo
En el siglo VIII aec la dinastía sargónida construyó el imperio asirio. Se extendió, durante dos siglos, desde Egipto hasta la frontera de la India, y mantuvo como tributarios a Israel, Fenicia, y parte de Media y Persia. Rebeliones en estas últimas socavaron al imperio, que comenzó a desintegrarse cuando murió el emperador Ashurbanipal en el 627 aec.
Para completar el colapso, una alianza entre el medo Ciaxares y el babilónico Nabopolassar puso sitio a la capital Nínive; eventualmente la destruyeron. El último rey asirio, Saruco, murió allí en el 612 aec, y tres años después la nación asiria cesaba de existir, cuando el faraón egipcio Neco II le dio el golpe final en la batalla de Harrán.
Asiria era reemplazada como potencia por quien se había independizado de ella, Babilonia, cuyo emperador Nabucodonosor emergía ante el recelo de los egipcios. Éstos, en el nuevo mapa geopolítico, procedieron a azuzar contra Babilonia a las naciones pequeñas. Entre ellas, Judea se vio entre el yunque y el martillo. Mientras sus reyes zigzaguearon como títeres de uno u otro imperio, se hacía oír la voz de la profecía clásica.
La crucial reforma religiosa de Josías se puso en marcha en el 621 aec, a partir del descubrimiento de un texto por parte del sacerdote Helquías. A la sazón, comenzó a profetizar Jeremías, conocedor de la palabra de sus predecesores: Amós, Oseas, Miqueas, e Isaías. Desde este último, la voz profética permanecía silente, por lo que Jeremías vino a interrumpir varias décadas de conformismo.
Jeremías fue coetáneo de su pariente, la profetisa Huldá, de su maestro Sefanías, y del gran Ezequiel.
Jeremías y Ezequiel protagonizaron la destrucción de Jerusalén, pero mientras que este último vio la caída de la ciudad como imperiosa, aquél no: no sintió empatía para con el anuncio del desastre, sufrió durante aquellos calamitosos días y, una vez que la tragedia sobrevino, jamás se consoló. Su desconsuelo fue entendido por Julián Marías como la raíz de la identidad judía, y con él comienza su libro Israel: una resurrección (1968).
Otra diferencia entre Jeremías y Ezequiel es que mientras este último avizoraba la reconstrucción del pueblo judío cimentada en la Diáspora, el primero, por el contrario, pregonó que la restauración comenzaría con la añoranza del retorno.
En cuestiones políticas, Jeremías inicialmente coincidió con Isaías: Judea debía mantenerse libre de alianzas, eludiendo el mentado zigzagueo que imponían las potencias circundantes.
Sin embargo, cuando Babilonia conquistó Asiria, Jeremías se resignó a que el nuevo dominio sería imbatible y, consecuentemente, exhortó a que Judea se sometiera, una postura que generó el encono de sus contemporáneos.
En este sentido, aunque es cierto que todos los profetas bíblicos son figuras trágicas, la más trágica es la semblanza de Jeremías, el alma que se desgarraba entre el amor a su pueblo y la certeza de la destrucción, que sufrió en carne propia. Siempre vivió en zozobra, hasta sus últimos días, refugiado en Egipto, donde murió en la ancianidad (585 aec) soltero, sin hijos, y sin la comprensión de su época.
La desventura personal de Jeremías está documentada, y a pesar de los milenios transcurridos queda nítida su personalidad, gracias a que sus discursos fueron fielmente recogidos por el escriba Barúj Ben Neriá. Eventualmente, conformaron el libro homónimo en el que se discute su propio origen (capítulo 36).
Jeremías nació en el 650 aec en la aldea de Anatot, en el territorio de Benjamín, a unos cinco kilómetros al nordeste de Jerusalén. En aquella aldea fue sacerdote hasta que, renuentemente, aceptó el llamado profético (1:6).
Debido a las persecuciones que sufrió en su entorno como resultado de su mensaje (11:19), lo abandonó desde joven para radicarse en Jerusalén, donde expuso la mayoría de sus profecías.
La prédica, que había disgustado a los residentes de Anatot, ahora generaba malestar en los de Jerusalén, donde enfrentó a los reyes de Judea y a sus ministros. En la metáfora bíblica “los perseguidores de Anatot son como piernas, en contraste con los de Jerusalén, que parecerían caballos” (49:19).
Jeremías arremetió contra quienes se aferraban al paganismo, y anunció el castigo divino por la violencia y la corrupción social, lacras que vulneraban la Alianza: “Hablan de paz, pero no hay paz”.
Jeremías tampoco sigue la línea profética tradicional, que le auguraba inmortalidad al Templo de Jerusalén. Pese a la proclama de Isaías durante el siglo anterior, de que Dios no permitiría la profanación del Templo, Jeremías acusa al Templo de ser un símbolo de falsedad religiosa, de fe carente de moral. Por ello el Eterno lo destruiría.
A la sazón, Jeremías dicta sus profecías a Baruj Ben Neria, para que éste las vuelque en un pergamino a ser leído ante el pueblo en el Templo. El profeta, ulteriormente, no asiste a la lectura, porque estaba misteriosamente “detenido”.
Sus amonestaciones contra la Ciudad de David anunciaban su destrucción. Fueron cumpliéndose paso a paso en diversos eventos históricos, a partir de que el faraón Neco obligara al rey hebreo Yehoajaz a abdicar, y entronara en su lugar a su hermano Joaquim.
En el libro se ve con claridad la continua oposición del establishment de la casa real ante la crítica social de los profetas. El rey Joaquim ordena que se queme el texto jeremaico, pero el profeta, ahora escondido, logra pronunciar una versión ampliada (36:32).
El primer enfrentamiento entre Jeremías y sus enemigos se produjo apenas comenzó el reinado de Joaquim. A pesar de la muerte del rey Josías en la batalla de Meguido, frente a los egipcios (609 aec), el pueblo se consoló de la terrible pérdida buscando protección en el Templo. Allí se plantó Jeremías para exhortar a la mejora moral como única prevención, para que el Templo de Jerusalén no sucumbiera como el de Shiló (26:1-6; 7:2, 12-15).
El desmán resultante concitó a funcionarios gubernamentales, que llegaron al recinto desde el palacio real, con el objeto de llevar al profeta a juicio. Para defender al profeta (26:7-19) el pueblo recordó que Miqueas había pronunciado palabras parecidas. El rey Joaquim, flamante aún, opta por no combatirlo.
Los filoegipcios de la corte de Joaquim en Judea comenzaron a temer, cuando los egipcios fueron derrotados por los babilonios en la batalla de Karkemish (605 aec) que elevó a Babilonia a ser gran potencia por casi siete décadas. Se cumplía así la profecía de Jeremías: desde el Norte, un poderoso enemigo destruiría Jerusalén, y Nabucodonosor sería una vara de Dios para castigar a los pueblos y a Judea.
Concluida la batalla, Jeremías rompió un cántaro ante el pueblo en el valle de Hinom, como símbolo del quiebre del pueblo (19). El sacerdote Pashjor, que era un falso profeta, lo golpeó y encerró en un cepo (20:1-6). Jeremías, humillado, se queja de haber nacido (20:7-18).
No se sabe cuánto tiempo la política de Joaquim obligó a Jeremías a mantenerse en la clandestinidad, pero aparentemente esa política se modificó cuando Nabucodonosor llegó a Israel y el rey de Judea se sometió a la soberanía babilónica (2R 24:1). En las nuevas circunstancias, el profeta pudo emerger de su escondrijo.
Joaquim, el otrora elegido de Egipto, pasó a ser vasallo de los babilonios, hasta que su rebelión contra éstos provocó el denominado Primer Cautiverio: la casa real de Judea era trasladada por la fuerza a Babilonia.
Entre el derrotismo y la visión
Nabucodonosor II colocó en el trono a Sedequías (2: 27, 28), quien rechazó los consejos de Jeremías y, una vez más, terminó aliándose secretamente con Egipto. Esto llevó al profeta a asumir un rol más activo en cuestiones políticas. Ya no se contentó como en el rollo original. En éste no había expresado demandas políticas al reino de Judea, y se había limitado a seguir la línea de Oseas e Isaías: exhortar a que Judea no tomara una línea política independiente, sino que se abstuviera de seguir a las potencias (2:18, 36).
Ya era tarde para ello. Había que convencer a los judíos de que la rebelión llevaría a la destrucción.
Durante el cuarto año de Sedequías llegaron a Judea embajadores de las naciones vecinas para planear con el rey hebreo la rebelión contra Babilonia. Hananías proclamó, en el Templo, el inminente retorno de Joaquim y los otros exiliados, y la restauración de los utensilios del Templo, de los que Nabucodonosor los había despojado: “el Eterno quebrará el yugo babilónico” (34:4).
Jeremías se apersonó en el mercado con un yugo de madera y volvió a aconsejar al rey y a los embajadores que se sometieran al poder babilónico. Mientras Hananías quebraba el yugo de sus hombros, Jeremías reiteraba su profecía y aconsejaba a los desterrados en Babilonia a asentarse allí en calma (34:29), lo que causó que uno de ellos escribiera al Sumo Sacerdote en Jerusalén, para que aprisionara al profeta (29:26).
La rebelión no estallaba, acaso porque los egipcios no estaban aún dispuestos a ayudar militarmente a los rebeldes. Sedequías manda entonces una delegación a Babilonia para apaciguar a los israelitas cautivos. Los delegados también portan la epístola de Jeremías a los desterrados, en la que los insta a calmarse, afincarse en su destierro, y aguardar una redención después de siete décadas (28, 29): “Después de setenta años Hashem visitará Babel por su trasgresión”, el imperio será desolado y vendrá la redención de Israel.
Tal como su coetáneo Ezequiel, Jeremías se expresa con misericordia hacia los desterrados en Babilonia: los prefiere por sobre aquéllos que permanecen en Judea bajo Sedequías. Pero todas sus advertencias fueron vanas: la rebelión contra Babilonia estalló; Nabucodonosor y su ejército ascendieron a Judea. El profeta anuncia al rey que será apresado y conducido a Babilonia (34:1-7).
Nabucodonosor sitió Jerusalén; la ciudad cayó después de dieciocho meses de hambruna y se produjo el Segundo Cautiverio (586 aec): la familia real fue apresada, muerta o torturada; sus restos trasladados a Babilonia y el reino de Judea llega a su fin.
La complejidad de la relación entre el rey Sedequías y el profeta llegó a su cúspide, cuando el monarca finalmente se sometió a la presión de los revolucionarios y se rebeló contra Babilonia. Consultó al respecto al profeta, y ante el inveterado rechazo de éste a la rebelión, lo consideró un traidor.
También se acusó a Jeremías de desertor, cuando intentó regresar a su aldea natal una vez que el sitio babilónico sobre Jerusalén se atenuó, debido a que los babilonios desviaron su esfuerzo bélico contra el egipcio Hophra.
Cuando el profeta fue arrestado, el rey Sedequías lo rescató de la prisión para confinarlo en el palacio real, acaso por temor a que influyera en los soldados que venían custodiándolo.
Un extenso poema de Yehuda Leib Gordon escrito en hebreo bíblico se titula Sedequías en la custodia (1879) y cuestiona a Jeremías desde el punto de vista del rey. Gordon, el máximo literato del iluminismo ruso, rechazó en su juventud el mundo “excesivamente espiritual y poco práctico” en el que había sido educado. Expresó su visión materialista en obras en que se identifica con los “villanos” bíblicos habituales. En el mentado poema, el énfasis de Jeremías en la espiritualidad es presentado como poco realista, para un período de crisis nacional.
La crisis llevó a la caída de Jerusalén, después de la cual los babilonios entregaron a Jeremías bajo protección del nuevo gobernador, Guedaliá, con quien residió en Mitzpe. Pero Guedaliá fue asesinado y Jeremías termina huyendo nuevamente. Durante una estadía en Belén, se le pregunta si Dios consentiría en que los judíos huyeran hacia Egipto de la invasión babilónica. La respuesta divina fue que debían permanecer en el país, pero la advertencia fue desoída.
La derrota que Nabucodonosor impuso a los judíos fue catastrófica. Esclavizó a miles de ellos, ejecutó al rey y destruyó el Templo de Jerusalén. La tragedia sigue siendo rememorada anualmente en cuatro ayunos del calendario hebreo, hasta el presente: el sitio de Jerusalén; la brecha en sus muros; la destrucción del Templo y el asesinato del mentado Guedaliá, hecho que obligó a muchos a huir despavoridos a Egipto.
Jeremías se retiró a Mizpe y luego también él fue arrastrado hacia el Egipto de donde durante toda su vida había deseado distanciarse, lugar en que murió, según alguna versión, apedreado en Dafne (o Tanjaspás, en el Nilo oriental).
De la estadía del viejo y desdichado profeta en Egipto, se han registrado dos eventos: un hecho simbólico en Dafne, que marcó la caída de Egipto en manos de los babilonios (43:8-13) y su reprimenda a los judíos de Egipto que habían caído en la idolatría, especialmente en el culto femenino de la reina del mar.
Los judíos responden airadamente ante la queja y el profeta les anuncia que muy pocos de ellos retornarán a su tierra (44).
Entre la historia y el pensamiento
Las profecías iniciales de Jeremías son contra Judea y Jerusalén. Pronunciadas durante los reinados de los tres mentados reyes (Josías, Joaquim y Sedequías) se formularon en primera persona, no eluden confesiones personales, y constituyen la primera de las tres secciones en que puede dividirse su libro (capítulos 1 al 25).
La segunda sección (26-29; 32-45) es el texto de Baruj Ben Neria, y por ello relata en tercera persona los juicios y persecuciones contra el profeta (desde el 608 aec hasta su muerte en el 585 aec). Dentro de esta sección los capítulos 30 y 31 conforman el Pequeño Libro del Consuelo, que predice la restauración de Israel y de Judea, y su reunificación. Emociona aquí la descripción de la matriarca Raquel quien llora por sus hijos ausentes, ante lo que el profeta la consuela con la promesa del retorno final (31).
Su estilo de complementar las profecías de la destrucción de Jerusalén con las de la esperanza en su reconstrucción, inspiraron a Louis Jacobs para denominar a Jeremías “el profeta del juicio y la esperanza”.
En ese sentido el diccionario es injusto con el profeta. La definición de “jeremiada” es lamento excesivo, y se llama “jeremías” a quien abunda en sus quejas. Es efecto, la liturgia hebrea abunda en textos de Jeremías durante las semanas previas al ayuno de Tishá Be’av: dos de las tres secciones proféticas de “reprimenda” son de Jeremías, así como se le atribuyen al profeta las Lamentaciones que se leen el día en el que se conmemora la destrucción.
Pero hay en el profeta una nota de esperanza y aliento. Para él, Dios habrá de recordar la lealtad de los patriarcas y restaurará a su tierra al pueblo hebreo: “Jerusalén, te recuerdo por el afecto de cuando eras mi doncella, el amor de cuando eras mi esposa, por cómo me seguiste a través del desierto, a la tierra infecunda” (2:1-2).
La más optimista de sus acciones se da cuando, a pesar de la destrucción que acechaba, adquiere una parcela en tierra de Israel (32), presagio feliz para Judea. Era el año 587 aec, durante el sitio, mientras Jeremías estaba en prisión por haber vaticinado la caída de la ciudad.
En ese momento redimió una parcela para mantenerla en su familia, como evidencia de fe en que vendrían días más felices, en los que el pueblo recobraría la soberanía. El versículo final de este capítulo expresa la doctrina de la omnipotencia divina: "¿Hay acaso algo arduo para el Señor de toda carne?” En su visión, Dios haría un nuevo pacto que le permitiría al pueblo judío renovar su compromiso con la Torá.
La tercera y última sección (46-51) es una colección de invectivas contra las naciones foráneas: Egipto, Filistea, Moab, Ammón, Edom, Damasco, Elam, y especialmente Babilonia. Cierra con un capítulo (52) que es apéndice histórico (paralelo al de II Reyes 24-25) con estadísticas acerca de los judíos llevados al cautiverio.
Los eventos más importantes de la vida del profeta fueron el descubrimiento del libro que puso en movimiento la Gran Reforma religiosa (621 aec); la derrota de los asirios a manos de los babilonios (612 aec); la invasión de Judea (608 aec); la batalla de Karkemish (605) y la caída de Jerusalén (586 aec).
En la literatura rabínica, Jeremías y Moisés son mencionados juntos, con vida y mensajes paralelos: “Ambos profetizaron durante cuarenta años, enfrentaron a Judea y Benjamín, y su propia gente se rebeló contra ellos. Moisés fue arrojado a las aguas y Jeremías a un pozo; los dos fueron rescatados por esclavos, ambos reconvinieron a su pueblo”.
Existe una tradición que filosofa, a partir de imaginar diálogos improbables. Dos expresiones de la misma se refieren a Jeremías: una es del siglo XX y otra del XVI. Los supuestos interlocutores fueron Tales y Platón, respectivamente.
Bertrand Russell descubrió, mientras escribía su Historia de la filosofía occidental, el interesante dato de que Jeremías y el padre de la filosofía, Tales de Mileto, coincidieron en un momento en Egipto. A Russell se le ocurrió[i] imaginar una conversación entre ambos.
El otro diálogo imaginado es del talmudista italiano Gedaliah ibn Yihia ben Joseph (1515–1587) cuya principal obra fue el resultado de cuatro décadas de trabajo: Sefer Shalshelet ha-cabalá (1587), que traza una genealogía de casi tres milenios de los judíos y de los pueblos entre los que éstos residieron. En ella se narra una conversación entre Jeremías y Platón[ii], quien habría visitado Jerusalén después de la destrucción del Templo y vio a Jeremías en amargo llanto. Cuando lo interpeló “porque lloraba por piedras” Jeremías le preguntó si, como filósofo, Platón aún albergaba preguntas. A todas pudo responder Jeremías y, señalando las piedras, aseveró que ellas eran justamente la fuente de su sabiduría.
Para la mente helénica, la razón humana marcaba el límite de la sabiduría, y a Platón no podía ocurrírsele que de la Santidad del Templo emergieran respuestas. Jeremías le informa de los límites del intelecto humano y que la sabiduría yacía en ruinas. Por ello sus lágrimas y desconsuelo.
Recordemos que la Guía de los Perplejos (1190) de Maimónides concluye justamente con un versículo de Jeremías (9:22-23), según el cual no deben vanagloriarse el sabio, el poderoso y el rico, sino la persona que entiende a Dios.
Dijimos que Jeremías fue reacio a cumplir con su misión. En su libro Los profetas: quiénes eran y qué son (2002), Norman Podhoretz lo denomina “el profeta renuente” y rescata, además de la belleza del mensaje profético y su contexto histórico, la relevancia que tienen para el hombre de hoy. En ese sentido, retoma la idea de Erich Fromm, acerca de la vigencia que tiene la lucha contra la idolatría en nuestra época.