JABOTINSKY Y LA AUTODEFENSA

 

 

 

Grandes autores, como Máximo Gorki, auguraron a Zeev Jabotinsky un lugar prominente en la literatura rusa, si su energía no hubiera sido insumida por el sionismo. Simón Markish[1] (1931-2003), profesor de literatura rusa en la Universidad de Ginebra, se especializó en la obra literaria de Jabotinsky. 

Jabotinsky fue un creador precoz. Aprendió inglés, alemán, francés, italiano, español; estudió latín y griego antiguos. Escribió novelas, poemas y dramas. Bajo el seudónimo literario de Altalena fue de los columnistas más conocidos en la Rusia zarista (altalena significa columpio en italiano).

Tradujo al ruso a célebres creadores hebreos como Yehuda Leib Gordon y Jaim Najman Bialik. Con motivo del pogromo de Kishinev (6/8-4-03) Jabotinsky tradujo al ruso el poema de Bialik La ciudad de la matanza, al que agregó una introducción poética. Los jóvenes sionistas aprendían aquellas estrofas de memoria y las recitaban cual himno orientador.

Amaba el hebreo y lo escribía brillantemente, pero su visión sionista no priorizaba el renacimiento cultural, ni un modelo específico de sociedad ideal a construir –consideraba a estos ideales "lujos" ante la inminencia de la hecatombe en Europa-.

Como Trotsky, también Jabotinsky se vio sacudido por el tormentoso Sexto Congreso Sionista Mundial de 1903, pero para él, lejos de presagiar el declive del sionismo, aquel evento lo motivó a dedicar su vida a la causa de reestablecer el Estado judío. Denominó monismo a su concentración en esa meta que, por lo imprescindible, impedía otras militancias cualesquiera. El padre de Natán Scharansky, según la biografía de éste escrita por Martín Gilbert, solía ir a la sinagoga, como muchos otros, para escuchar las vibrantes prédicas de Jabotinsky; y su abuelo reiteraba la advertencia jabotinskiana de que, a pesar del trabajo incansable de los judíos por otros pueblos, Europa terminaría por negarles parte en los frutos de ese trabajo.

Sobre ello trata su drama de cinco actos Chujbina (El país ajeno), concebido en 1907 mientras Jabotinsky estudiaba en Viena los derechos de las minorías nacionales. El drama transcurre en una ciudad portuaria a imagen de su Odessa, en la que el personaje Gonta advierte de pie frente a los revolucionarios, mayormente judíos: “no sois el huracán que trae una nueva era, sois simples astillas en medio del oleaje, impotentes frente al destino que se les dicta”.

Gonta les reconviene que deben "cortar el último puente entre ellos y la tierra extranjera". Pero no logra disuadirlos de que dediquen sus vidas y sacrificios a una causa ajena, una que jamás les reconocería su parte.

Jabotinsky fue un apasionado corresponsal de prensa, prolífico escritor, talentoso organizador, y hombre de armas que supo reflexionar acerca de la naturaleza de la política mientras la ejercía. Junto a ello, asumió su destino de disidente de la línea oficial.

Nunca cruzó palabra con Teodoro Herzl, pero lo consideró de aquellos líderes a quienes valía la pena seguir hasta en sus errores. Al igual que Herzl, se dedicó a una sola idea: el Estado judío. Pero fue más escéptico que su maestro en cuanto a la buena voluntad del mundo con respecto a los israelitas. Para Jabotinsky, la diplomacia sola no era suficiente y, así como Herzl fue el politizador de los judíos por antonomasia, Jabotinsky fue su militarizador.

Ya en 1903 se había unido a la unidad de autodefensa “Ierushalaim” que se enfrentaba al pogromo en Dubosary.

Al año siguiente se publicaba y aclamaba en San Petersburgo su drama Pobre Carlota, basado en Marie Anne Corday, la joven que fue guillotinada por asesinar al revolucionario Marat.   

En 1905 Jabotinsky publicó Educación judía, artículo en el que bregaba por un nuevo espíritu para la juventud (su primer artículo publicado había sido Una observación pedagógica). Cuando debió definir los principios que había que insuflar en la juventud judía, los resumió en el término Hadar (esplendor, magnificencia), de difícil traducción, que aludía al orgullo que debía irradiar el joven del pueblo judío renacido.

Cuando Herzl murió, no prevaleció la línea de Jabotinsky de postergar la actividad cultural y la colonización práctica por considerarlos menos urgentes. Su revisionismo clamaba por concentrar todos los esfuerzos en la lid política, a fin de crear inmediatamente un Estado judío, refugio indispensable.

El sionismo oficial desoyó su sentido de la urgencia, y emprendió una carrera contra el tiempo que eventualmente se perdió, con un tercio del pueblo hebreo asesinado en el Holocausto. Como lo historia Arthur Hertzberg, el mensaje disidente de Jabotinsky probó en retrospectiva ser más certero que el de sus adversarios.

Cuando estalló la Gran Guerra, y el imperio otomano se unió a Alemania, Jabotinsky fue el primero en proclamar públicamente la gran ocasión de armar una legión judía -la primera en dos milenios- para combatir del lado de los aliados. 

Tanto la visión como el método fueron considerados exagerados por los líderes sionistas, quienes rechazaron la idea de un ejército judío.

Una biografía de Josef Klausner sugiere tres motivos para la oposición a la Legión Judía: el temor de los sionistas de que el Djemal Pashá atacara a los judíos de Eretz Israel, la gratitud que en algunos despertaba Turquía debido a su histórica hospitalidad para con los judíos, y la negativa a aliarse al zar ruso judeofóbico.

El semillero de la Legión Judía fue el Cuerpo de Mulateros de Sión, arrieros de mulas reclutados en Alejandría entre abril de 1915 y mayo de 1916, que fue eventualmente comandado por Iosef Trumpeldor, mentor militar de Jabotisnky.

Una vez creada la Legión, Jabotinsky escribe al ministro de guerra británico, Lord Derby, solicitándole le permita utilizar un distintivo nacional con nombre hebreo. La Legión combatió bajo la insignia del candelabro. Cantaban el himno sionista Hatikva junto al inglés, y contaban con los servicios de un rabino apellidado Falk.

La Legión, el primer ejército hebreo moderno, consistía de tres batallones con un total de 6.400 soldados que combatieron en Galípoli: el 38 (reclutado en Inglaterra  en 1915-1917); el 31 (organizado en EEUU en 1917-1918) y el 40 (de judíos de Eretz Israel).

A principios de 1920, ante la amenaza de disturbios árabes con motivo de la peregrinación de Nebi Musa, Jabotinsky formó con Pinjas Ruttenberg un cuerpo de autodefensa (la Haganá, semilla del actual ejército de Israel) con 600 soldados desmovilizados. Los desmanes antijudíos contaban con la complicidad del imperio británico.  

Luego de Pésaj de 1920, él y miembros de la unidad fueron arrestados y condenados a 15 años  de trabajos  forzados  en Acre (allí Jabotinsky tradujo al hebreo partes de la Divina Comedia). Debido a una apelación, la pena fue reducida a un año, y eventualmente el Consejo Militar rehabilitó a Jabotinsky, pero la legión que creara fue desbandada en mayo de 1921, como sanción por su participación en la autodefensa.

En su viaje a través de Galitzia y Hungría, Jabotinsky reparaba en la desesperación del gueto. A la sazón, definió la diferencia que había entre la necesidad de los judíos de establecer su Estado en Israel y los reclamos árabes de que se les negara esa posibilidad: lo veía como "el apetito frente al clamor de la muerte por inanición”.

El Libro Blanco de MacDonald (mayo de 1939) fue explícito en su antisionismo: "Palestina no ha de ser un Estado judío”. Ante esta política británica, Jabotinsky propulsó la Aliá Bet o “inmigración ilegal”, una empresa de rescate que delegó en el movimiento juvenil que había creado unos años antes, Betar.

El nombre de Betar era una abreviatura de Alianza Trumpeldor, y combinaba los principios políticos del monismo por un Estado judío y el legionismo, con valores educativos como Hadar y el pionerismo.

El joven Josef Trumpeldor había caído tres años antes, en 1920, combatiendo en defensa del poblado galileo de Tel Jai. Había sido el primer judío promovido a oficial en el ejército ruso y, no obstante, abandonó su brillante carrera militar para poner su talento al servicio de la causa sionista.

Apostado en el norte, Trumpeldor tuvo como misión contrarrestar el terrorismo árabe apenas las fuerzas francesas abandonaran la región. Y aunque la dirigencia sionista oficial recomendaba retirarse de esas peligrosas posiciones, Trumpeldor desoyó aquellas voces y permaneció en Tel Jai. Su heroísmo resultó, para Jabotinsky, en símbolo de la nueva gallardía hebrea en defensa de Eretz  Israel.

El fundador del Betar reconoció en el héroe galileo la perfecta combinación de voluntad patriótica y pensamiento esclarecido. A él dedicó en Riga una  brillante conferencia, a partir de la cual la memoria de Trumpeldor comenzó a ser venerada. Jabotinsky escribió en uno de sus poemas más famosos: ”Palmo a palmo, Eretz  Israel fue redimida por sangre hebrea. Y la de mayor pureza fue la derramada por los soldados de Tel Jai”. 

Cuando el joven Shlomó Ben Iosef fue colgado por las tropas de ocupación británicas en Eretz Israel (29-6-38), gritó desde el patíbulo “¡Viva Jabotinsky!”.

 

Un disidente

 

Jabotinsky veía, en la línea oficial sionista, palidez y minimalismo, nunca a la altura de la gravedad de las circunstancias. En 1923 renunció al Ejecutivo de la Organización Sionista Mundial, y dos años después, fundó en París la  Unión de Sionistas Revisionistas.

Su sendero hacia la paz siempre estuvo divorciado de la ingenuidad del pacifismo, que sostiene las concesiones como preludio ineludible de paz, sin detenerse en quién es el beneficiario de ellas, ni en cuál es la oportunidad para plantearlas. El gran defecto del pacifismo es que cuida del éxito sólo al corto plazo, y desatiende lo que ocurre poco después de la tregua. El método, lejos de evitar los cañones, sólo los posterga (y le ofrece pésimas condiciones al ingenuo que lo adopta).

Recordemos que un par de años antes de la Segunda Guerra Mundial, un filósofo de la talla de Bertrand Russell sostenía que "Gran Bretaña debería desarmarse, y si Hitler enviase sus tropas a este país indefenso, habría que darles la bienvenida como a turistas. Eso evitaría la invasión".  

La vía jabotinskiana de un acuerdo con los árabes nunca se planteócomo resultado de las concesiones judías, sino como el efecto inevitable de la construcción hebrea en Eretz Israel, continua, irreversible y perseverante. No dependía de la flexibilidad del gobierno hebreo, sino de su fortaleza.

En sus debates dentro del movimiento sionista (12-7-1921) Jabotinsky denominó a esa idea “Muralla de Hierro”; la desarrolló en numerosos artículos, los dos principales en el Razsvest, un par de años después, y exteriorizada en su discurso de 1937 frente a los parlamentarios británicos.

Lo fundamental de aquel principio, y su vigencia hoy en día, radica en que los árabes firmarán la paz con Israel no cuando los judíos satisfagan sus exigencias, sino cuando asuman definitivamente la imposibilidad de destruir la obra del sionismo.

Se trataba de tomar conciencia de que la lucha que se libraba en la región era entre el nacionalismo judío (que aspiraba a convivir con sus vecinos) y el árabe (que pretendía homogeneizar el Medio Oriente).

Durante el período de 1928-29, en Israel, Jabotinsky editó el diario hebreo Doar Hayom y publicó su mejor novela: Sansón, una biografía del antiguo juez hebreo pletórica de contenido político.

Pregonó allí y en Europa la necesidad de una fuerza judía y de una mayoría judía. Los británicos le prohibieron reingresar a Israel (nunca la vería nuevamente). Se estableció en Londres, decidido a combatir la partición, el minimalismo, el derrotismo, y la “Havlagá” o autocontención, que fue por un tiempo la política oficial de la autodefensa judía en Israel.

Su rechazo por esta política llevó, en 1931, a una escisión en la Haganá que devino en el Irgún (Organización Militar Nacional), del que Jabotinsky fue eventualmente el referente ideológico.

En su libro La Nación Judía y la guerra demanda un Estado judío como objetivo de guerra de los Aliados cuando acabara la Segunda Guerra, y pide asimismo que los judíos tengan una parte determinada en la lucha contra el nazismo.

Su propuesta para contrarrestar el monstruo que se hacía fuerte, fue una pragmática evacuación de la judería europea: “O termináis con la Diáspora, o la Diáspora terminará con vosotros”. Denominó a su programa de evacuación de la judería europea Programa Max Nordau.

Su frenética exhortación a la evacuación en masa, se publicó en Varsovia en Tishá Beav de 1938: “desde hace tres años vengo solicitándoles, judíos de Polonia, que son la corona de la judería mundial. Le vengo advirtiendo sin pausa que una catástrofe se aproxima. En estos años he envejecido y encanecido, y mi corazón se desangra porque ustedes, mis hermanos y hermanas, no ven el volcán que en breve comenzará a escupir su abrasante lava. Sé que no lo ven porque están inmersos en vuestras preocupaciones cotidianas. Sin embargo hoy, exijo vuestra confianza… Escuchadme en esta hora 11: por el amor de Dios, que cada uno que pueda salvarse lo haga mientras haya tiempo. Y hay muy poco tiempo. Les digo en Tishá Beav: quien se escape de la catástrofe, verá el momento exaltado de una gran boda judía; el renacimiento de un Estado judío. No sé si yo lo veré; mi hijo sí”.

 

Liberalismo

 

Jabotinsky afirma en su autobiografía que la palabra que mejor resumía su posición era "liberalismo", y Arthur Koestler lo resume así: “Fue un nacionalista liberal en la gran tradición del siglo XIX, un revolucionario de la cepa de 1848, sucesor de Garibaldi y de Manzini”.

Su liberalismo se sostenía en dos factores: el primero fue la cosmovisión individualista que siempre profesó. Apenas veinteañero, presentó en el Teatro Municipal de Odessa su segunda obra teatral en verso, Ladno (muy bien). En ella se vuelcan versos que recuerdan a Walt Whitman: “No existen deberes. Eres libre... Ninguna lección acepto... solamente la modalidad mía, mi deseo único, mi deseo soberano". Por 1935 comentaba el autor acerca de aquellas líneas: "el individualismo sigue siendo mi credo, inclusive hoy en día".

Desde esa postura, una consecuencia natural fue su rechazo por el colectivismo, que en sus palabras "lleva a la igualdad mecánica, a la subordinación de la personalidad humana a leyes uniformes; no representa otra cosa que una nueva forma de esclavitud, reaccionaria y despreciable. Ni una montaña de hormigas, ni una colmena, por eficientemente organizadas que estén, pueden constituir ideales para la sociedad humana".

Por ello, siempre vio un rol limitado para el Estado, el cual debería ser "simplemente el juez supremo que actúa sólo cuando se ve amenazada la libertad individual, y no se inmiscuye en el proceso normal de la vida económica, social y personal".

Jabotinsky supo, con una claridad notable para su época, que la humanidad “no se dirige al socialismo sino al liberalismo”, y de allí deriva el otro factor de su convicción: su confianza en la iniciativa privada y su admiración por la burguesía. La expresión de tal postura lo llevó a censurar a quienes mostraban artificialmente al proletariado como el gran ideal del futuro, y profesaban por esa clase social un culto casi esnobista, como si hubiera sido el principal motor del progreso y la única esperanza de la humanidad.

Ya en 1923 se opuso abiertamente a las tendencias socializantes de la colonización oficial en Eretz Israel. Tanto como consideraba al Bund un "partido nacional que ha cumplido su misión y está destinado a estancarse sin sentido para su existencia ni posibilidad alguna de expansión", así entendía al socialismo en general, y lo señaló durante décadas en las que la utopía marxista encandilaba casi al mundo entero.

Durante los años en que timoneaba el semanario Razsvet ("aurora") desde París, Jabotinsky publicó el artículo que reflejó su concepción social. Lo tituló Nosotros los burgueses (17-4-27) y sostiene allí que la burguesía fue la clase promotora de los más nobles ideales que guiaron a la humanidad.

Lejos de que, como clase, representara una reliquia obsoleta y reaccionaria,  para Jabotinsky la burguesía había proclamado los principios de libertad, igualdad y hermandad, y en esos momentos era “la clase en la que reside el futuro... somos nosotros los enemigos del super-estado policía, los ideólogos del individualismo... No tenemos que avergonzarnos, mis camaradas burgueses".

Supo distanciarse de los sectores más extremos de su propio movimiento. En su artículo sobre el “aventurerismo” (11-3-1932) advierte a quienes se quejaban -como Aba Ahimeir- de que el espíritu del liberalismo y la democracia desviarían al sionismo, que él mismo se retiraría del movimiento si la tendencia antidemocrática llegara a prevalecer. En su libro Mi padre Zeev Jabotinsky (1980) su hijo Eri llama a Ahimeir “uno que se desvió de la corriente”.

Cuando creíamos que la biografía de Jabotinsky de Joseph Schechtman (Rebelde y Estadista, 1957) era la definitiva, apareció la de Shmuel Katz, Jabo (1993), también en dos volúmenes (130 capítulos), esta vez en hebreo.

Katz había combatido en el Irgún y fue parlamentario de la primera Knéset de Israel, en donde representaba al partido nacionalista.

Ambos biógrafos conocieron personalmente a Jabotinsky y le profesaron devoción. Los dos, empero, se extienden más en eventos que en pensamientos, ordenados cronológicamente de acuerdo con cada uno de los desafíos que le tocó vivir a Jabotinsky. Hay otro libro en medio de ellos, El mundo de Jabotinsky (1975) de Moshe Bella, cuyos temas están clasificados de acuerdo con ideas y opiniones. Encontramos en él definiciones y ejemplos de conceptos generales como liberalismo, individualismo y democracia, y otros típicamente jabotinskianos como aventurismo, evacuación o Hadar.

Según Arthur Koestler, Jabotinsky fue “una de las figuras más coloridas que ha producido la judería moderna. Escribió prosa en ocho idiomas y poesía en cuatro. Tradujo a Dante y a Edgar Alan Poe al hebreo. Fue idolatrado por la juventud, carismático y de una oratoria excepcional. A la luz de los eventos que lo sucedieron, con la realidad del Estado judío, casi todos los puntos del programa de Jabotinsky fueron o bien implementados por el sionismo oficial, o reivindicados por los eventos históricos”.


[1] Markish era hijo del poeta ídish Peretz Markish, ejecutado por el gobierno soviético el 12 de agosto de 1952 junto con otros veinticinco escritores judíos, acusados en juicio secreto de “conspirar para crear en la península de Crimea una república judía burguesa que sirva de base militar para nuestros enemigos”.