Isaías Berlin y el pluralismo

 

 

 

Reconocido como uno de los grandes pensadores liberales del siglo XX, Isaías Berlin (1909-1997) fue primero un filósofo de la política y, en su segunda etapa, un historiador de las ideas.

Dos mentores, ambos judíos, definieron el cambio en su carrera. Después de que Salomón Rachmilevich, un ignoto menchevique, lo introdujera a las grandes luchas ideológicas de la historia rusa, Berlin escribió una abarcadora biografía de Marx (1939).

Durante la Segunda Guerra, Berlin trabajó en en la embajada británica en EEUU, y en los servicios de información. Después de la Segunda Guerra Mundial fue expuesto a la política, y perdió confianza en que su contribución filosófica pudiera ser original. Un profesor de lógica de Harvard, Henry Sheffer,  lo orientó en el paso de la filosofía pura al campo de las ideas.

Hacia ese entonces Berlin visitó la Unión Soviética, y su contacto con los intelectuales perseguidos, como Anna Akhmatova y Boris Pasternak, lo hizo regresar a Oxford convencidamente anticomunista.

Durante toda su vida fue fiel al ideario sionista que había absorbido en su hogar. Ya en 1934 realizó su primer viaje de solidaridad a la Palestina hebrea, y en 1951 publicó una apología sionista en el Jewish Chronicle de Londres, observando que, hasta la fundación de Israel, los judíos no habían podido vivir libremente una vida judía pura, prescindente del escrutinio exterior y la represión. 

Berlin nació en Riga cuando ésta formaba parte del imperio ruso. Hijo de Mendel Berlin y de Marie Volshonok, en 1915 su familia se mudó a Rusia, donde fueron testigos de la revolución. En 1921 emigraron a Inglaterra. 

En 1932 fue profesor en el New College, y tuvo el honor de ser el primer judío en recibir la beca del Instituto All Souls, una de las más altas distinciones académicas inglesas, que le permitió dedicarse de lleno a la investigación sobre las ideas, especialmente las de la historia intelectual de Rusia y del marxismo.

Berlin fue Profesor de Teoría Social y Política en la Universidad de Oxford durante una década hasta que, en 1967, ayudó a fundar allí el Wolfson College y fue su primer presidente. Fue uno de los primeros “filósofos de Oxford” en hacer visitas regulares a las universidades norteamericanas. Se retiró de Oxford en 1975 y, hasta 1978 presidió la Academia Británica.

En 1979 recibió el Premio Jerusalén por sus escritos sobre la libertad. También su sionismo podría entenderse como un derivado de su individualismo y su énfasis en la libertad, que le hizo valorar la necesidad humana de los judíos de pertenecer a una comunidad libre.

En una célebre serie de conferencias radiales (1952) Berlin identificó a los “enemigos de la libertad humana” en seis pensadores cuya elección podía entonces sorprender: Helvétius, Rousseau, Fichte, Hegel, Saint-Simon y Maestre.

Según Berlin, ese sexteto había otorgado al concepto de libertad una connotación que en la práctica llevó a disminuir las libertades individuales. Particularmente peligrosa era la equiparación, realizada por Rousseau, entre libertad y autogobierno, asociado éste a la “voluntad general”.

Estas conferencias fueron la base para una disertación magistral de Berlin, cuando inauguró la cátedra que asumía en Oxford (1957). Berlin distingue aquí la libertad positiva de la negativa, siendo la primera una cortina para esconder abusos. El resultado de su trabajo fue el famoso libro Dos conceptos de libertad (1958), que sigue siendo material de estudio y debate académico.

En palabras de Berlin, la libertad en sentido negativo es la remoción de la represión. Responde a la pregunta de cuáles son las áreas en las que debe permitirse al sujeto actuar sin interferencias. Se trata de la libertad del individuo frente a la autoridad, y en este caso las restricciones que deben removerse son impuestas por alguien: no por causas naturales ni por incapacidad.

En contraste, la noción de libertad positiva ha sido usada por grandes doctrinas políticas (como el socialismo y el comunismo) para definir las oportunidades y habilidades que tiene un individuo de consumar su potencial.

Mientras la libertad negativa se aplica a los individuos, la positiva se refiere a sectores de la sociedad.  Por ejemplo, uno puede gozar de la libertad negativa de “libertad de prensa” pero si no tiene acceso a imprentas o editoriales, carece de la libertad positiva necesaria de aprovecharla.

Berlin asocia a la libertad negativa con filósofos británicos (Locke, Hobbes, Adam Smith), y a la positiva con pensadores continentales (Rousseau, Hegel,  Marx).

 

 

El antideterminismo

 

Podría sintetizarse en dos puntos el pensamiento de Berlin:

Basándose en ellos, Berlin rechazó la asunción positivista, de que las ciencias naturales son el paradigma del conocimiento, y consecuentemente las ciencias humanas deberían emular a las primeras, ya que las sociales sólo podrían evaluarse según los parámetros de las naturales.

Berlin insistió en la diferencia fundamental entre ambos tipos de ciencias.

Las ciencias humanas estudian el mundo que los hombres habitan y crean, mientras que las ciencias naturales estudian el mundo físico de la naturaleza. Esos dos mundos deben ser estudiados diferentemente, debido a la relación entre el observador y el objeto de estudio. Estudiamos la naturaleza desde afuera, y la cultura desde adentro. En las ciencias humanas, los caminos del estudioso y cada faceta de su experiencia, son partes del objeto de estudio.

Entre las ciencias humanas, Berlin incluyó a la filosofía, aunque en un estatus singular. Insistió en la utilidad social de la filosofía, que ocupa un área naturalmente subversiva y liberadora. Su objetivo es ayudar al hombre a entenderse y evitar su acción en la oscuridad.

Para todas las ciencias, las respuestas empiezan siendo desconocidas, pero para las preguntas filosóficas, además, el camino para responder es una incógnita. En las demás disciplinas no: el camino es conocido aunque la respuesta no lo sea.  

Berlin traza una singular filosofía de la historia, definida por dos ramas: la epistemología y la ética.

La primera, porque para entender la historia se debe comprender a la humanidad, comprensión que resulta no de la mera introspección, sino de la experiencia directa, de la interacción con otros.

Cuando en aras de estudiar la historia reconstruimos el pasado, debemos hacerlo, no en términos de nuestros propios conceptos y categorías, sino sobre la base de cómo los eventos pretéritos deben de haber sido percibidos por sus protagonistas.

Por ello el historiador debe entender cómo era la conciencia de la gente del pasado, en una especie de proyección imaginativa de nosotros hacia atrás en el tiempo, a fin de aprehender conceptos y categorías, que difieren de los del investigador. La reconstrucción histórica implica ingresar en las motivaciones de otros, en sus principios, pensamientos y sentimientos.

En cuanto a la ética como definitoria de su filosofía de la historia, ésta resulta de sus escritos sobre el libre albedrío y el determinismo, especialmente su ensayo sobre el enfoque histórico de Tolstoi (1953), y su libro Inevitabilidad histórica (1954).

Quizás la faceta más controversial de ellos sea su evaluación del vínculo entre la historia y las ciencias naturales.

Berlin ataca el determinismo. Rechaza la visión de que las acciones de los seres humanos y sus pensamientos están predeterminados por fuerzas más allá de su control. Por ello objeta la inevitabilidad histórica, la visión de que lo que ocurre así debe ser, de que el destino no puede ser alterado, y de que el sendero de los eventos puede ser descubierto y descrito por leyes que regulan el desarrollo histórico.

Berlin no llega a afirmar que el determinismo es falso, sino que aceptarlo demandaría una trasformación radical del lenguaje y de los conceptos en los que pensamos sobre la vida, especialmente la idea de responsabilidad moral individual. Por ello da a su postura un original cariz ético.

Culpar o elogiar a los individuos, suponerlos responsables, implica asumir que tienen cierto control sobre sus acciones, y podrían haber elegido de otro modo.

Si las personas están determinadas por fuerzas inalterables, responsabilizarla por sus malas acciones no tendría más sentido que echarles la culpa por sufrir un accidente. La aceptación del determinismo, para Berlin, significa el colapso de toda actividad racional.

También insistió en que la creencia en la inevitabilidad histórica estaba inspirada por necesidades psicológicas, y no por los hechos conocidos, y que sus consecuencias morales y políticas eran peligrosas, ya que podría justificar el sufrimiento de los perjudicados por los hechos históricos.

La creencia en el determinismo era para Berlin una coartada para evadir la culpabilidad y la responsabilidad, y permitía cometer enormidades en el nombre de la necesidad histórica o la razón. Constituía también una excusa para actuar incorrectamente, o para no actuar del todo. 

Berlin insiste en la idea del libre albedrío, y en la incompatibilidad entre el determinismo y nuestro sentimiento básico de lo que somos y nuestra experiencia humana. Su posición se relacionaba íntimamente con su filosofía política de liberalismo y de pluralismo, y con su énfasis en la importancia de la elección individual, su necesidad y su dignidad.  

 

Berlin narra la historia de las ideas especialmente a partir de la Ilustración, y se concentró en la rebelión inicial contra las suposiciones dominantes de la época. Se asume como un hombre de la Ilustración, aunque se identifica con las críticas correctivas hacia la misma.

Los pensadores de la Ilustración consideraban que los seres humanos eran naturalmente benévolos o por lo menos maleables. Esta suposición creó una tensión dentro del pensamiento iluminista: por un lado la naturaleza dicta los objetivos humanos y, por el otro lado, la naturaleza se limita a proveer el material a ser moldeado por el hombre a través de sus esfuerzos conscientes: educación, legislación, premio y castigo, entorno social.

Berlin atribuía a la Ilustración una doble creencia:

 

La escuela que surgía en Alemania, previamente a la Revolución Francesa y durante la misma fue, según Berlin, peligrosamente antagonista del Iluminismo. Por ello Berlin se distanció de sus creencias casi místicas, especialmente la filosofía de la historia de Hegel y sus sucesores. En ese sentido, Berlin plantea que la influencia romántica en la idea de la libertad fue un desvío nocivo.

De los opositores a la Ilustración rescató el valor inherente que atribuían a las virtudes personales, como integridad y sinceridad, y también la preeminencia que daban a la capacidad de elegir, como constitutiva de la naturaleza humana. Berlin reconocía que el romanticismo se había rebelado contra el orden impuesto por la razón, y que fue campeón del libre albedrío. Pero opinaba que a los románticos se les había ido la mano en su embate contra la Ilustración.

 

 

Pluralismo de valores

 

En términos de escuelas filosóficas, Berlin rechazó tanto el idealismo como el positivismo lógico, y combinó una suerte de empiricismo escéptico con el neokantismo. Rechazaba la pretensión de ofrecer una concepción sistemática de la política, y por ello no se consideraba como un “teórico de la política” sino como un historiador de las ideas.

El deliberado carácter asistemático de su pensamiento político, surge de la distancia que Berlin tomaba de los presupuestos metafísicos con que la tradición racionalista había erigido a la política en una “ciencia”.

Por ello, la crítica a las utopías modernas, en especial a las formas más radicales de nacionalismo, fue una de las dos áreas de reflexión que tipifican la contribución berliniana. La otra es el pluralismo.  

La defensa del liberalismo adoptó en Berlin la forma de defensa del pluralismo, central en sus trabajos en las décadas del sesenta y setenta. El pluralismo es su propuesta ético-política, que consiste en:

1)     Reconocer que, en algunas situaciones concretas, debemos elegir entre cursos de acción incompatibles o incluso entre valores inconmensurables que no podemos realizar simultáneamente.

2)     Admitir que dichos valores colisionan, por lo que es preciso deliberar y optar, aun sabiendo que la elección implicará pérdida o lamentación.

3)     Concluir que las razones que apoyan nuestra decisión no anulan aquellas que sostienen la alternativa rival como una opción valiosa en sí misma.

 

Para Berlin no existe una jerarquía a priori de valores que nos ahorre la deliberación y toma de decisiones. Por ello, encuentra en el liberalismo una sensibilidad mayor frente a los conflictos de valores, en contraste con las propuestas utópicas del comunismo o los nacionalismos que suscriben a una única escala de valores. Ésta no comprende la complejidad de la vida social y reprime el disentimiento y la crítica.

Al respecto, se nota en Berlin la influencia del ruso Alexander Herzen, quien condenaba el sacrificio de seres humanos en el altar de las abstracciones; rechazaba la subordinación de la realidad de la felicidad o infelicidad humana presentes, a los gloriosos sueños del futuro. Berlin también, veía esa subordinación como la esencia del fanatismo y una receta para la inhumanidad.

Creía que el objetivo de la vida es la vida en sí, y que cada vida y época debían ser considerados por lo que eran, y no como un medio para un objetivo futuro.

Por todo ello, el pluralismo de Berlin requiere una ética del juicio antes que una ética de procedimientos. Desde 1990 el pluralismo de valores ha sido considerado la idea maestra de Berlin, quien consideraba que negar la  libertad humana significa desnaturalizar a los hombres, e imponerles una frustración que no pueden sobrellevar.

En este sentido, Berlin adopta la visión romántica que rastrea hasta Kant: los valores no son “descubiertos” como ingredientes del universo, ni derivan de la naturaleza. Son creaciones humanas. Pero los valores creados por los seres humanos tienen su raíz en la naturaleza de los seres que los procuran.

De esa postura, no queda claro si la naturaleza humana es fija, o si va modificándose con el tiempo a través de la acción humana. Tampoco si los valores son objetivos o subjetivos aunque, sorprendentemente, Berlin llama a su posición “pluralismo objetivo”.

La oposición al pluralismo, que requiere la reducción de todo a una sola materialidad, recibe de Berlin varios nombres: monismo, la falacia jónica o “el ideal platónico”. Así la resume:

1)     Todas las preguntas genuinas deben tener una respuesta verdadera, y las demás respuestas son erradas.

2)     Debe haber un camino confiable para descubrir esa respuesta verdadera, y ese camino es cognoscible, incluso si por el momento no es conocido.

3)     Cuando se llegue a las respuestas verdaderas, serán compatibles unas con otras.

4)     Lo antedicho se basa en la asunción metafísica de que el universo es armonioso y coherente.

 

Para Berlin, las dos primeras premisas no caracterizaban al conocimiento humano. Pero además, como hemos visto, negaba que valores genuinos no pudieran chocar unos con otros: lo hacen, y no sólo porque uno sea más importante u otro se haya malentendido. Chocan porque hay pluralismo de valores.

Así, el valor de la libertad contradice al de la igualdad y al del orden público; la misericordia, a la justicia; el amor a la imparcialidad; el conocimiento a la felicidad; la espontaneidad a la responsabilidad.

Los conflictos de valores son una parte intrínseca, inevitable de la vida humana. Por lo tanto, la idea de una satisfacción humana total es quimérica, porque la esencia de lo que somos es que nuestros valores se contradigan. Para colmo nuestros valores, además de ser incompatibles, son también inconmensurables, es decir que sus medidas no pueden compararse. Consecuentemente, evitar  conflictos de valores significa abandonarlos.

Con todo, Berlin siempre quiso distanciar su compromiso con el pluralismo, del relativismo. El primero acepta un núcleo de valores humanos, y un horizonte humano común. Este horizonte pone límites a lo que es moralmente permitido y deseable, mientras que el núcleo de valores universales compartidos nos permite llegar a un acuerdo sobre por lo menos algunas cuestiones morales básicas.

Su visión descansa en la admisión de una naturaleza humana básica, debajo de las diversas formas que la vida ha adquirido. También podría involucrar la creencia en la existencia de una facultad específicamente moral o un sentido inherente a los seres humanos.

Basado en su proclamada impredecibidad del futuro, Berlin planteaba una ética de humildad política: la aceptación de la incertidumbre era un llamado a cultivar la humildad y a promover la libertad.