Hannah Arendt y la politología

 

 

 

Hannah Arendt (1906-1975) fue tan innovadora, que no resulta sencillo encasillar su campo de investigación. A veces se la distingue como filósofa, una definición que ella no aceptó. Si lo fue, en buena medida era filósofa del hecho político. Más habitualmente rotulada como politóloga, es reconocida como una de las más grandes.

Se considera que la politilogía es la precursora de las ciencias sociales, nacida en el siglo XVI con Maquiavelo. Puede rastrearse un precedente anterior en los escritos de Isaac Abravanel quien, en sus comentarios al Deuteronomio y al libro de Samuel, sostiene que el rey debe servir a su pueblo. El ilustre sefardita descreyó de la superioridad de la monarquía y sostuvo que de los modelos estaduales de su época, el mejor era el gobierno de  jueces electos, como se daba en Venecia, Florencia y Génova.

Aun si Abravanel anticipó el pensamiento político renacentista, de todos modos no puede hablarse con rigor de ciencias sociales hasta bien entrada la modernidad, sobre todo a partir del siglo XVIII con la teoría económica.

Arendt fue una politóloga moderna, una intelectual de la tradición germánica que generó un enfoque original acerca de los horrores del siglo XX, que ella misma debió enfrentar.

Su obra cumbre fue Los orígenes del totalitarismo (1951) que la transformó en una celebridad intelectual durante los años de la Guerra Fría. Constituye el mejor rastreo de las tiranías del siglo XX y de cómo éstas dañaron a la civilización Occidental y a la esencia misma del ser humano.

Para Arendt, los dos sistemas totalitarios, el nazifascista y el comunista, representaban novedades sin precedentes, construidas en base de la ficción política y del terror. Aunque éste también había sido utilizado por las tiranías pretéritas, a fin de obtener poder, para los dos monstruos generados en los años veinte, el terror era un fin en sí mismo: se basaba en supuestas leyes de la historia (el triunfo ineludible de una sociedad sin clases), o de la naturaleza (la inevitable guerra de razas superiores contra degeneradas).

Arendt muestra en su ensayo cómo Hitler y Stalin compartieron el uso de la ideología, basada en el conflicto racial o en la lucha de clases, para modificar las estructuras de la sociedad por medio de la fuerza y de la intolerancia, y de este modo crearon una homogeneidad social controlada en todos sus aspectos: “Los movimientos totalitarios son organizaciones de masas de individuos atomizados y aislados… exigen lealtad total, sin restricción, incondicional e inalterable del miembro individual”.

El libro despertó debates porque equiparó dos ideologías que eran usualmente consideradas contrapuestas. Hayek había adelantado esa equiparación, pero Arendt la profundiza: muestra cómo las clases se transformaron en masas, cómo se relacionaron con el mundo libre por medio de la propaganda, y cómo el factor esencial de su forma de gobierno fue el terror.

La Primera Guerra Mundial y la Gran Depresión generaron en la gente la necesidad de una idea única, clara e inequívoca, que identificara con precisión al enemigo y asegurara así un futuro sin peligros ni incertidumbres. Esa necesidad azuzó a los totalitarismos, y el aislamiento y la soledad obraron de precondiciones para la dominación.

Es notable que el libro comience con una parte titulada Antisemitismo, sin ofrecer al respecto explicaciones. Arendt mostraba cómo el uso y abuso de la judeofobia eran el sustrato del totalitarismo.

Un notable acierto de Arendt, que fue aceptado por la historiografía posterior,  es que el Tercer Reich condujo simultáneamente dos guerras: una contra los aliados, y una contra el pueblo judío. En efecto, e mejor modo de comprender la Segunda Guerra Mundial en Europa es verla como la combinación de dos frentes de batalla, en el segundo de los cuales el objeto de la agresión estuvo irremediablemente inerme.

Un error suyo fue suponer que la judeofobia tiene apenas dos siglos de antigüedad: “el antisemitismo es una ideología secular decimonónica evidentemente diferente” del odio religioso contra los judíos. La suposición es simplista: aunque es cierto que los partidos políticos judeofóbicos se crearon en Alemania en la década de 1880 (y por entonces ocurrió por primera vez que un régimen utilizara la judeofobia como un medio calculado para obtener poder) no es lo mismo indicar cuándo la judeofobia fue por primera vez un instrumento político, que rastrear cuando apareció. La “ideología secular decimonónica” no surgió en el vacío; se nutrió de una atmósfera de siglos de animadversión.

La tercera sección del libro desenmascara el mal extremo, sosteniendo que los campos de la muerte constituían un punto de quiebre en la historia europea. El totalitarismo moderno había puesto en práctica lo que podía haberse previsto sólo en las descripciones medievales del infierno. Era una escalada de la autocracia; provenía de tenebrosas raíces de la sociedad occidental, y llevaba a extremos sin precedentes las fantasías asesinas de dominio y de venganza.

 

Arendt había nacido en Hanover y criada en Königsberg, única hija de un hogar de judíos oriundos de Rusia, alejados del judaísmo y envueltos en la tragedia.

El hogar de Hannah vivía por fuera los combates entre rusos y alemanes que cercaban su casa, y por dentro la muerte de su padre en demencia cuando ella era apenas una niña.

Estudió en tres universidades y a los veintidós años de edad se doctoró en Humanidades en la Universidad de Heidelberg. Aparentemente muy alejada de la experiencia judía, su doctorado fue sobre el concepto de amor en Agustín de Hippo. Pero la creciente judeofobia la desafió a intentar entender el dilema de los judíos alemanes y escribió la biografía de Raquel Varnhagen, una de las grandes anfitrionas de los salones de Berlín a principios del siglo XIX, quien había rechazado su judeidad y al casarse se había convertido al cristianismo.

Entre otros, la Varnhagen fue anfitriona de Schlegel, Schelling, Schleiermacher y von Humboldt; conoció a Goethe y era amiga de las hijas de Mendelssohn, quienes también se dedicaron a la vida social e intelectual del salón.

Cuando Arendt escribió La vida de una judía (1958) los dilemas de los hebreos alemanes se habían derrumbado: no se trataba ya de cómo adaptarse como minoría al nacionalismo alemán, ni de cómo ingresar a los salones literarios, sino simplemente de cómo sobrevivir.

Arendt estudió filosofía en la Universidad de Marburg bajo Martín Heidegger con quien, a pesar de las simpatías nazis del profesor, mantuvo un romance fugaz pero significativo. Finalizada la guerra, Arendt se reconcilió con Heidegger al testificar en su favor en una audiencia de desnazificación.

Cabe recordar al respecto a Emanuel Levinas (1906-1995), quien fue uno de los que introdujo a Francia el pensamiento de Heidegger. En uno de sus discursos talmúdicos, cuando trata la negación del perdón durante trece años, Levinas arguye al pasar: “hay alemanes a los que es difícil perdonar, como Heidegger”.

Cuando el nazismo se apoderó de Alemania en 1933, Arendt contribuyó con la Organización Sionista Alemana presidida por Kurt Blumenfeld, y fue arrestada por la Gestapo. Logró escapar a París, donde trabajó para la aliá juvenil (la inmigración de jóvenes judíos a Eretz Israel), y se volcó a la crítica literaria; trabó amistad con dos célebres filósofos sociales judíos: Raymond Arón –uno de los más persistentes críticos del marxismo en Francia- y Walter Benjamin -el crítico literario colaborador de la Escuela de Frankfurt.

 

El primer marido de Hannah fue Günther Stern y el segundo, seis años después, en 1940, fue Heinrich Blücher, muerto en 1970. El primero era un filósofo judío y el segundo un proletario berlinés sin educación, que había militado en el grupo, revolucionario de Rosa Luxemburgo (1870-1919). Ésta fue otra pensadora judía, tanto teórica del socialismo en Alemania como líder del germen del Partido Comunista local que se denominó la  Liga de los Espartaquistas (1918). Encarcelada por protestar contra la Primera Guerra, Luxemburgo fue muerta por la represión contra el espartaquismo.

 

En 1941 Hannah Arendt huyó a EEUU donde trabajó en universidades y en organizaciones judías, y defendió, en revistas como Jewish Frontier y Aufbau (“reconstrucción”), la creación de un ejército israelita y la coexistencia árabe-judía. Fue amiga del historiador Salo Baron, quien después del Holocausto la designó responsable de una iniciativa de reconstrucción cultural, que tenía por objeto localizar y distribuir artefactos judíos y reliquias violentadas por el nazismo.

Estaba recibiendo en su hogar neoyorquino a Salo Baron y a su esposa Jeannette, cuando un fulminante ataque al corazón puso fin a la vida de Hannah Arendt. 

 

Aunque sus libros parten de una perspectiva claramente universalista, la judeidad emana constantemente en ellos, debido a sus experiencias biográficas. Terminada la guerra, comenzó una conferencia en Colonia definiéndose como “una judía alemana expulsada por los nazis de su hogar”.

Su amiga Mary McCarthy escribe que Israel fue "la primera fuente de sus inquietudes políticas” y que Arendt le había confesado que “cualquier catástrofe en Israel la habría afectado más profundamente que ninguna otra cosa”. De allí su entusiasmo cuando Israel se salvó de la destrucción durante la Guerra de los Seis Días de 1967.

Arendt fue la primera mujer profesora de la Universidad de Princeton (luego enseñó en Chicago y otras) y también la primera en recibir el Premio Sonning (1975), distinción de la Universidad de Copenhagüe a las contribuciones a la civilización europea –sus primeros recipiendarios habían sido Albert Schweitzer, Bertrand Russell y Niels Bohr. Fue asimismo la primera norteamericana en recibirlo.

 

Recordemos el período entre la captura de Adolf Eichmann en Buenos Aires (11 de mayo de 1960) y su ejecución en Israel (1 de junio de 1962), única vez en que se aplicó la pena de muerte en el Estado hebreo. Hannah Arendt fue enviada como corresponsal de The New Yorker para cubrir el juicio, y el resultado de esa corresponsalía fue la publicación de su obra más polémica: Eichmann en Jerusalén (1963), en la que trazó su tesis sobre “la banalidad del mal”. La maquinaria nazi de genocidio era, para Arendt, una mera aberración burocrática; los genocidas, más que sádicos o psicópatas, habían sido personas comunes enredadas en enorme burocracia.

Efectivamente, durante todo el juicio, la línea de defensa de Eichmann había sido que “cumplía órdenes” (lo mismo que habían aducido los jerarcas nazis juzgados en  Nurenberg en 1946). Arendt presenta a Eichmann, más que como un malvado, como un funcionario incapaz de pensar. He aquí la banalidad del mal.

Arendt se pregunta si existe un mal radical (ausencia de bien) o si éste es simplemente un producto de lo superficial: frases pegadizas y fácilmente internalizadas socialmente, para moldear mentes simples y, eventualmente, para exculpar y resolver problemas de conciencia.

Esta teoría la llevó a conceptualizar las reflexiones neokantianas acerca de la capacidad humana de juicio, que se volcaron al papel en su colección póstuma: La vida de la mente (1978).

Arthur Cohen, un amigo de Hannah Arendt, la retrató en su novela Una mujer admirable, que relata en primera persona la vida del personaje ficticio Erika Hertz, una politóloga que debido al nazismo interrumpe su carrera académica, huye a Francia y luego a Nueva York, donde se establece en la zona del alto oeste, pletórica de judíos, de estudiantes, y de profesores provenientes de Alemania. Allí, la Hertz escribe un libro que le depara renombre. El paralelismo con Arendt es ostensible a lo largo de la narración.

Una escena llamativa es cuando un tío que la acompaña al primer día de clases, propina a la niña una inesperada cachetada con el único objeto de recordarle que es judía, y habituarla de este modo a que ese golpe no será lo peor que habrá de recibir en un mundo hostil.

Otra trama ingeniosa se da cuando Erika Hertz critica la visión de “su amiga Hannah Arendt” acerca del juicio a Eichmann. La acusa de aplicar incorrectamente la palabra “banal” al definir el mal de este modo, y de estar buscando ser original en una situación extrema y dramática, que requería mayor sensibilidad de su parte. 

Desde mediados de los 80, también el feminismo comenzó a considerar a Hannah Arendt como "una de las nuestras", especialmente a partir de un libro editado por Bonnie Honig en 1995: Hacia una feminista agnóstica: Hannah Arendt y la política de la identidad

Otras de sus obras son: La condición humana (1958), Entre el pasado y el futuro (1961), y Sobre la revolución (1963).

La innovación de Hannah Arendt en politología consiste en que no comienza por el análisis de conceptos generales como autoridad, poder o soberanía, ni por la acumulación de datos empíricos, sino por la revelación de la experiencia política. Su distintivo abordaje puede entenderse desde el ímpetu que le diera la “fenomenología del Ser” de su maestro Martín Heidegger.

En La condición humana, Arendt establece cuáles son las condiciones para la experiencia política. Retrotrae las ideas de democracia y filosofía política, a la antigua Grecia, y muestra su eclipse en la era moderna. El libro intenta posicionar la política como un instrumento valioso para la praxis humana, pero arguye que la tradición filosófica occidental, desde Platón en adelante, ha subordinado el mundo de la acción humana a la vida contemplativa de las esencias.

El libro abre con el relato del lanzamiento de un satélite artificial: “En 1957 se lanzó al espacio un objeto fabricado por el hombre, y durante varias semanas circundó la Tierra según las mismas leyes de gravitación que hacen girar y mantienen en movimiento a los cuerpos celestes: Sol, Luna, estrellas”. Este hecho tecnológico reflejaba un deseo cumplido: escapar a la prisión terrena, huir de “la condición humana”. El hombre aspira a reemplazar la existencia humana por otra “construida por él mismo”.

Su crítica del mundo moderno parte del temor de que acabemos como esclavos de nuestros propios artificios, o que poseamos la capacidad de destrucción de toda vida en la Tierra.

Para entender el significado de la tecnología, Arendt distingue entre labor (la actividad humana que cubre nuestras necesidades), trabajo (la que crea un mundo de artificios) y acción (la capacidad de iniciativa, que sólo puede darse en pluralidad).

Una idea central de Arendt en su libro, es que el problema del mundo moderno consiste en que el “artificio humano” separa la existencia humana del mundo natural.