ERICH FROMM Y LA LIBERTAD

 

 

 

En su primera etapa, Erich Fromm (1900-1980) fue un fiel seguidor del psicoanálisis, pero eventualmente se alejó y terminó por distanciarse de la psicoterapia en general para concentrarse en edificar una concepción del ser humano. Por ello se le considera, más que un psicoanalista, un filósofo social.

Comparte esta condición con muchos judíos, pero Fromm se destaca entre ellos en que su formación judaica desempeñó un destacado papel en su doctrina.

Erich Pinchas Fromm nació en Frankfurt en un hogar de judíos religiosos (eso significa en alemán su apellido), hijo único de Naftalí Fromm -comerciante de vinos- y Rosa Krause, ambos de linaje rabínico, y aparentemente de un temperamento rígido.

Antes de que el nazismo lo obligara a emigrar, Fromm se formó con la Escuela de Frankfurt, corriente innovadora en ciencias sociales conformada mayormente por judíos (Adorno, Horkheimer, Lowenthal, Marcuse). Para ellos la judeidad no habría ocupado ningún lugar, si no se hubieran visto, debido a ella, forzados al exilio.

Una de las innovaciones de la Escuela de Frankfurt fue haber acercado el psicoanálisis freudiano a la sociología. Fromm agregó a esa simbiosis un tercer componente: el judaísmo.

Fromm había recibido los conocimientos judaicos en su hogar, pero su verdadera valoración por el judaísmo resultó de la influencia que, para 1925, ejerciera sobre él la psicoanalista Frieda Reichmann -con quien Fromm eventualmente contrajo enlace.

La clínica de Frieda Reichmann en Heidelberg era conocida como “Torá-péutica”, un epíteto que expresaba la integración freudiano-judaica.

En efecto, Fromm enfatizó desde lo judaico un elemento débil en los sistemas de Freud y de Marx: el libre albedrío, y concluyó por elevarlo al pedestal de  característica primordial de la naturaleza humana.

Mientras Freud postula que nuestro carácter está mayormente determinado por la biología, por nuestros impulsos y por la represión de los mismos, y en tanto para Marx las personas estaban determinadas en sus fines por su sociedad y su clase, Fromm contrastó con ellos en que exaltó la posibilidad de la autonomía individual.

Sus vínculos con el judaísmo fueron múltiples. Como su bisabuelo Seligmann, Fromm fue un devoto estudiante del Talmud, acompañado de su compañero Leo Lowenthal (eventualmente también miembro de la Escuela de Frankfurt). Ambos se unieron al círculo que, después de la Gran Guerra, fue convocado entre jóvenes intelectuales judíos por Nehemiah Nobel (1871-1922), quien desde 1910 era rabino de la sinagoga Börneplatz, la principal de Frankfurt. Nobel fue un talmudista bastante singular: discípulo de Hermann Cohen, admiraba a Goethe, al psicoanálisis y al sionismo, y estudió en Berlín filosofía y filología hasta concluir su doctorado.

Erich Fromm también fue activo, junto a Franz Rosenzweig, Martín Buber y otros,  en la fundación de la Freies Judisches Lehrhaus, la Escuela Judía Libre, en la que enseñó.

Un maestro adicional suyo que cabe mencionar fue el rabino Zalman Baruj Rabinkow, quien acercó a Fromm al jasidismo y a una versión mesiánica del socialismo, y así conformó, junto a Cohen y a Nobel, la terna de modelos intelectuales que inspiraron al Erich Fromm adolescente.

Fromm concluyó en Heidelberg su doctorado en sociología sobre el tema La ley judía: una contribución a la sociología de la Diáspora judía. Su primer ensayo fue El Shabat, y lo basó en la doctrina de Freud: “el mandamiento de no trabajar es una pena por el pecado original y por su repetición a través de una regresión al estadio pre-genital, y el Shabat sirvió originalmente como un recuerdo del asesinato del padre y la posesión de la madre”. 

Posteriormente expresó mayor simpatía por la ley del descanso sabático, al que vinculó, tanto como otras festividades hebreas, al deseo humano de trascendencia, de superar la rutina mundana y consagrar individuos a objetivos espirituales, más allá de cuestiones comerciales y terrenales.

En 1932, Fromm escapó de Alemania y se radicó en los EEUU, donde enseñó en varias universidades; también lo hizo en México.

Lo primordial de las teorías de Fromm se halla en sus libros El miedo a la libertad (1941), Hombre por sí mismo (1947); El arte de amar (1956) y La Sociedad Sana (1955), el cual podría haberse denominado más propiamente “La sociedad insana” ya que procura demostrar la insania del mundo contemporáneo. Prolífico escritor, también exploró el cristianismo, el marxismo y el budismo.

Sobre el judaísmo se extendió mucho más, y es válido trazar un paralelo entre la presencia de lo judaico en Fromm con la que tiene lugar en Hermann Cohen, algunas de cuyas ideas Fromm reformuló, notablemente la referida al amor bíblico.

En su ensayo Amor fraternal en el Talmud (1888), Hermann Cohen había mostrado la compatibilidad judaica entre singularidad y universalismo, ya que la primera tiene como meta el segundo: la obligación de los judíos de amar a los extranjeros hace de la elección del pueblo hebreo un camino de confraternidad.

Una tesis parecida sostiene Erich Fromm en el célebre El Arte de Amar, en cuyo cuarto capítulo muestra cómo, para la Biblia hebrea, el objeto central del amor humano es el necesitado: el pobre, la viuda, el huérfano y el extranjero. La empatía con el desvalido se expresa en el versículo "ama al extranjero, puesto que fuiste extranjero en la tierra de Egipto" (Deuteronomio 10:19).

El arte de amar parte de la premisa de que el amor es un arte que requiere conocimiento y esfuerzo y no, como creería la mayoría de la gente, una mera  sensación placentera. Para Fromm, la suposición de la gente de que no hay nada que aprender sobre el amor, es un error debido a varios motivos.

El primero, es considerar que el problema del amor consiste en ser amado y no en amar, valorando aspectos como el éxito, el poder y la riqueza. El error es sostener que amar es fácil y lo difícil es encontrar a quién amar, o sea otorgarle la importancia al objeto y no a la función. 

El amor es un arte, y como tal necesita un proceso de aprendizaje. Es la respuesta al problema de la existencia humana, a la necesidad del hombre de superar su “separatidad”, "la prisión de su soledad" que lo angustia.

El hombre surge de la naturaleza, de la madre, de una unidad original a la que se aferra por encontrar en ella seguridad. En una primera etapa evolutiva se identifica con los animales y los árboles. En el niño la presencia de la madre evita su sentimiento de soledad. El amor infantil sigue el principio: ‘Amo porque me aman’, mientras el maduro obedece al principio: ‘Me aman porque amo’. Mientras el amor inmaduro se basa en que ‘Te amo porque te necesito’, el maduro repone ‘Te necesito porque te amo’.

Los adultos enfrentaron la soledad por variados medios que fueron evolucionando: adoración de animales, conquistas militares, lujuria, trabajo obsesivo, creación artística.

La experiencia del amor es el acto más humanizador y, como la razón, carece de sentido si se entiende de manera parcial. Es la clave para el crecimiento del hombre, ya que permite trabar relaciones con otros, sentirse uno con otros.

Fromm analiza distintos tipos de amor (filial, fraternal, etc.) y se detiene especialmente en el amor a Dios, que no consiste en conocer a Dios a través del pensamiento, sino el acto de experimentar la unidad con Dios.  

En 1966, publicó Y seréis como dioses, en el que desarrolló una exégesis radical de la Biblia, según la cual Dios va siendo paulatinamente menos real en la literatura judaica tradicional.

Al comienzo, es un gobernante absoluto que puede destruir el mundo cuando no está satisfecho con él (de hecho, lo hace). En un segundo estadio, renuncia a Su poder absoluto, por medio de concertar un pacto con la humanidad. El poder de Dios se limita porque es sujeto de los términos del pacto. En el tercer estadio de la evolución divina, viene Su revelación a Moisés, en la que se presenta como innombrable.

La evolución del concepto de Dios avanza una etapa más con Maimónides, quien enseña que no se puede decir nada acerca de Dios: los atributos pueden ser sólo negativos.  

El paso siguiente habría sido un rechazo de plano de la idea de Dios, pero eso era incompatible con la religión judía. Sin embargo, Fromm es uno de los que ha planteado más explícitamente la posibilidad de un judío de vivir plenamente el judaísmo sin la fe en Dios.  

Para ello, parte de la base de que la religiosidad es una necesidad de todos, y que la religión es una “respuesta elaborada y formalizada a la existencia humana”.

Para Fromm, el judaísmo es una religión “no teológica, en la que el acento está en el sustrato profundo de la experiencia humana”.

Las prácticas judaicas y sus textos tienen relevancia para la condición humana, y la idea de Dios es un permanente desafío a todos los tipos de idolatría. La alienación es idéntica a la idolatría en la Biblia, es la esencia y suma de la desdicha humana en la sociedad.

Fromm plantea dos tipos de religión: la autoritaria y la humanista; en la segunda el hombre experimenta una unión con el Todo, y de ese modo alcanza su mayor fuerza y autorrealización. Así fueron los profetas hebreos, cuyas doctrinas, tenían una humanidad subyacente, y para quienes la libertad es el fin de la vida.

Difiere de Freud, en que Fromm considera al culto religioso como muy superior a la neurosis, porque el hombre comparte con sus congéneres sus sentimientos, su unicidad, seguridad y estabilidad, algo de lo que el neurótico carece en su aislamiento.

Para salvar al hombre occidental de la “despersonalización”, la sociedad debe reconocer la soberanía del individuo.

Por ello rompió con la tradición psicoanalítica freudiana, que se focalizó en las motivaciones inconscientes, y sostuvo que los seres humanos son productos de las culturas que los alimentan. En contraste con Freud, Fromm enfatizaba, en el psicoanálisis, la necesidad de orientación cultural y social.

 

La sublime libertad

 

La otra célebre faceta de la doctrina frommiana es la preeminencia de la libertad, que se plasmó en El miedo a la libertad (1941). Sus estudios sobre el significado de la libertad para el hombre moderno, tuvieron una gran influencia en el pensamiento occidental.  

Durante la transición del feudalismo al capitalismo el hombre se alienó del suelo y de la comunidad, y aumentaron su miedo e inseguridad.

La falta de libertad que deriva del determinismo social o biológico, viene acompañada de garantías: da a la vida una estructura y un significado; no hay dudas ni motivos para la búsqueda. Todo lo que el ser hace para asegurar su identidad sin crisis, es adaptarse.

La nueva vida, la riesgosa vida de la libertad, comienza a perfilarse históricamente durante el Renacimiento, cuando las personas consideran a la humanidad y no a Dios como el centro de su universo. Dicha cosmovisión se acentuó con las ideas de la Reforma religiosa acerca de la responsabilidad individual por la salvación, y luego con las revoluciones democráticas en América y Francia. A medida que se producen estos cambios sociales, el hombre va cada vez más gobernándose a sí mismo. Luego, la Revolución Industrial hizo que en lugar de trillar cereales el hombre debiera vender su trabajo y productos.

En medio milenio se consolidó la idea del individuo, con pensamientos, sentimientos, consciencia moral, libertad y responsabilidad individuales, y al mismo tiempo con aislamiento, alienación y perplejidad. La libertad es, para Fromm, la capacidad de obedecer la voz de la razón y del conocimiento, en contra de las voces de las pasiones irracionales: es la emancipación que pone al hombre en el sendero de emplear sus facultades racionales, y de comprender objetivamente el mundo y el papel que en éste representa.

La lucha por la libertad será por lo tanto no sólo una lucha contra la autoridad impuesta sobre la voluntad individual, sino la acción para emanciparnos,  individual y colectivamente, de la "autoridad" de fuerzas interiores a las que nos hemos sometido.

La conclusión frommiana es que la libertad no sólo es difícil de lograrse sino que, cuando la adquirimos, procuramos huir de ella.

Para consumar ese escape nos hemos abierto tres caminos:

 

 

Sobre la destructividad, Fromm añade que si el deseo de destrucción de una persona se ve bloqueado,  entonces puede redirigirlo hacia adentro de sí mismo. La forma más obvia de auto destructividad es por supuesto, el suicidio.

En este sentido su mensaje ha cobrado una vigencia especial durante la primera década del siglo XXI, cuando el terrorismo islamista adoptó la forma de ambas destructividades al mismo tiempo.

Para Fromm, la autodestructividad incluye a otros desvíos como la drogadicción o el alcoholismo.

Como la naturaleza verdadera de la humanidad es la libertad, cualquiera de estas huidas de la libertad, nos alienan. En efecto, el hombre siendo al mismo tiempo parte de la naturaleza y trascendiéndola, debe encontrar la toma de decisiones y acción que reemplacen a los principios instintivos.

Para ello necesita de un marco orientador que le permita una composición coherente del mundo. Es decir que no debe luchar sólo contra los peligros de morir o pasar hambre, sino también de otro peligro específicamente humano: la alienación.

El concepto de alienación fue central en Fromm, especialmente en su libro Tener o ser (1976). En las sociedades modernas industriales, el hombre se ha alienado de sí mismo, lo que lo lleva a un sentimiento de aislamiento y un deseo de unión con otros.

Las necesidades humanas trascienden las básicas que señalaba Freud y algunos conductistas. En principio, Fromm se distanció de Freud en cuanto a la sexualidad, ya que para el primero ésta viene a resolver la polaridad hombre-mujer. Éste es el aspecto psicobiológico desde el cual Fromm critica la teoría freudiana, en la que el fin del deseo sexual es la eliminación de la tensión química producida en el cuerpo.

Pero además, Fromm plantea como necesidades humanas básicas también las cinco siguientes:

 

 

La centralidad de la familia en la formación de un individuo sano, lleva a Fromm al concepto de “familia productiva”. En el marco de clasificación de familias, clasifica dos tipos de familias improductivas: la simbiótica, y la distante.

Lo que hace a una familia sana y productive, es que los padres asumen la responsabilidad de enseñarle a los niños a razonar en una atmósfera de amor.

Pero es difícil forjar una familia sana porque nuestras familias, la mayoría de las veces, sólo son un reflejo de nuestra sociedad y cultura.

Fromm enfatiza que bebemos de nuestra sociedad en la misma leche de nuestra madre. Por ello, nuestro inconsciente social se entiende mejor cuando examinamos el sistema económico en el que estamos inmersos.

De hecho, define cinco tipos de personalidades a las que llama “orientaciones” en términos económicos: receptiva; explotadora; acaparadora; vendedora y productiva.

La sociedad que permita un crecimiento de este tipo de personas es un modelo de “socialismo comunitario humanista”, que aún no existe.

“Socialismo” es, para Fromm, el sistema en el que cada uno es responsable del bienestar del prójimo. “Comunitario”, porque está compuesto de pequeñas comunidades opuestas a un gran gobierno central corporativo. Y “humanista”, porque está orientado a seres humanos y no a una entidad estatal superior o a algún ente divino.

Fromm dice que las primeras cuatro orientaciones (a las cuales otros llaman neuróticas) viven el modo (o modelo) de tenencia. Se centran en el consumo, en obtener, en poseer. Fromm sostiene que el “yo tengo” tiende a convertirse en “ello me tiene”, volviéndonos sujetos manejados por nuestras posesiones.

 

 

La polémica con Marcuse

 

Aunque Fromm estuvo en una misma línea con su correligionario de Frankfurt Herbert Marcuse, entre 1950 y 1970 mantuvieron vivas polémicas. Los marcusianos reprocharon a los seguidores de Fromm por haber empobrecido la teoría de Freud, y haber reducido el psicoanálisis a una simple técnica de adaptación.

La crítica más radical a Fromm ha sido formulada por Marcuse en Eros y civilización (1955). Al desplazar el acento del nivel biológico al nivel cultural, al alterar la teoría de las pulsiones, Fromm ignoraría la represión que ejerce la sociedad sobre ellas, en la primera infancia del individuo. Además, su ética resultaría ambigua: se refiere a valores como amor, felicidad, justicia, como si fuesen realizables en una sociedad que el propio Fromm califica de alienada.

Al abandonar los conceptos fundamentales de Freud y al limitarse al joven Marx, Fromm quedaría desprovisto de los criterios que le permitirían abordar la realidad psicológica y social, con la agudeza de sus primeros trabajos. Acabará pidiendo al hombre que asuma su libertad, y a la democracia que planifique su economía, en nombre de una vaga ética idealista, de un “humanismo radical”.

Para Marcuse, el énfasis de Fromm en el “carácter productivo” reproducía el “productivismo” intrínseco al capitalismo, y la celebración frommiana de los valores del amor como en El arte de amar (1957) o valores religiosos, reproducía ideologías idealistas dominantes.

Marcuse lo llamó “revisionista neo-freudiano” y Fromm denominaba a Marcuse “nihilista” y “utópico”.

También los separó su enfoque del judaísmo. Motivos judíos animaban la obra de Fromm, mientras Marcuse se dedicó a la gratificación del individuo y a la deposición revolucionaria de la sociedad.

También Fromm mantuvo una postura anticapitalista y socialista, pero más comprometida con los valores del iluminismo y el humanismo moral.

 

Fromm siempre estuvo interesado en tratar de comprender a las personas verdaderamente malévolas de este mundo; no solamente a aquellas cuya maldad derivaba de corta inteligencia, patologías o mala guía, sino también a aquéllas que obraban con total conciencia de maldad en sus actos: Hitler, Stalin, Charles Manson, Jim Jones y otros, pasaron por su escrutinio.

Todas las orientaciones que hemos mencionado, productivas y no productivas; sea en el modo de tenencia o de ser, tienen algo en común: constituyen un esfuerzo para vivir.

En su libro sobre la agresión, Anatomía de la destructividad humana (1973), Fromm incluye sus ideas sobre necrofilia. Los necrófilos (amantes de la muerte) tienen una atracción pasional de todo lo que es muerte, destrucción y podredumbre; es la pasión de transformar todo lo que está vivo en lo no-vivo; de destruir por el solo hecho de destruir; de “destrozar todas las estructuras vivientes”.

Fromm hace algunas sugerencias sobre cómo surgen este tipo de sujetos: debe de existir algún tipo de influencia genética que les previene de sentir o responder a los afectos, y deben de haber tenido una vida tan llena de frustraciones que la persona se pasa el resto de su vida inmerso en la rabia.

Finalmente, Fromm sugiere que deben de haber crecido con una madre también necrófila, de manera que el niño no ha tenido a nadie de quien recibir amor. Es muy posible que la combinación de estos tres factores provoque esta conducta. Aún así, subsiste la idea de que dichos sujetos son plenamente conscientes de su maldad y la mantienen. Desde luego, son sujetos que necesitan estudiarse más profundamente: “El hombre trata de encontrar la unidad librándose del insoportable miedo a la soledad y a la incertidumbre, desfigurando lo que lo hace humano y lo atormenta. La orientación regresiva se desarrolla en tres manifestaciones, juntas o separadas: la necrofilia, el narcisismo y la simbiosis incestuosa”.

 

En su artículo El concepto profético de paz, alega Fromm que “El hombre es un extraño en el mundo, desde su expulsión del paraíso”. Dios le muestra el camino para recuperar su “naturalidad” pero no interfiere en la decisión humana. Fromm lo ve ejemplificado, especialmente, en la reacción de Dios cuando los judíos quieren designar un rey (I Samuel 8:4-22). Es su decisión y su responsabilidad.

El Mesías es un símbolo del logro propio del ser humano. Cuando el hombre llegue a la unión, cuando esté preparado, el Mesías llegará. La visión profética del Mesías es la de armonía entre los hombres, y entre el hombre y la naturaleza. La paz es la superación de la soledad, del apartamiento y de la alienación (en ese contexto, explica la palabra “shalom” en su sentido de la capacidad de completar).

El Mesías es el fin de la alienación y el retorno del hombre a sí mismo. La rebelión contra el paganismo es materia de reflexión para delinear el común denominador que une a pensadores judíos de todas las épocas.