Abravanel y el Humanismo
El peshat o literalismo llegó a su esplendor en los países influidos por la cultura arábiga, y que más tarde ésta y la filología hebrea se desarrollaron en España (s X-XII).
Hubo tres disciplinas especialmente influidas por la exégesis y que, a su turno, la moldearon: la poesía y gramática hebreas, y la filosofía.
El conocimiento de las palabras de la Biblia, al que Saadia se había dedicado, facilitó la delicadeza y la perfección de la poesía hebraica en suelo español, especialmente las del máximo bardo, Moisés Ibn Ezra (m. 1138).
En cuanto a la especulación filosófica, el punto más alto de la sapiencia judaica en España se encarnó en Maimónides (1135-1204), quien representó en Noráfrica y Egipto la alta cultura de Sefarad.
Aunque Maimónides no fue propiamente un exegeta, su Guía de los Perplejos contiene vasto material al respecto. Sus premisas fueron que la Biblia agota los recursos del lenguaje para encubrir significados y que, por ello, la naturaleza de la profecía es metafórica. Él mismo supo revelar en los primeros capítulos del Génesis y de Ezequiel la física y la metafísica aristotélicas, respectivamente.
En cuanto a la exégesis propiamente dicha, los seis siglos post-maimonídeos podrían llamarse “los días de los epígonos”, durante los que la exploración bíblica sufrió un cierto declive. El estudio talmúdico se concentró más en las formas, en la minuciosidad ritual, y en una creciente autoridad de la cábala.
Con todo, se produjeron algunos comentarios dignos de mención, casi todos ellos escritos por judíos expulsados de España. Destacamos tres: Akedat Itsjak de Isaac Arama (m. 1494), Tzror Ha-Mor de Abraham Saba (m. 1501) y el de Isaac Abravanel (1437-1508). Éste nació en Lisboa y redactó durante su juventud tratados sobre la profecía y la providencia, y nutridas glosas al libro del Deuteronomio.
El libro clásico sobre Abravanel es el homónimo de Benzion Netanyahu (1953), que denomina a este filósofoso-estadista “el último vocero del medioevo judaico”. Como había hecho su padre, Abravanel se desempeñó como tesorero del rey Alfonso V de Portugal. Después del deceso de éste, fue acusado de complicidad en la conspiración del duque de Braganza y debió huir de Lisboa. En Castilla sirvió, a partir de 1484, a los Reyes Católicos y, llegado el momento, intentó, audaz e infructuosamente, revocar el edicto de expulsión.
Cuando ésta se produjo, Abravanel se trasladó a Italia donde completó su exégesis, que incluía varias introducciones, en las que volcó también su experiencia de estadista.
Italia merece párrafos especiales. Durante la Edad Media tardía, el pensamiento israelita puede dividirse en dos períodos de tres siglos cada uno, aproximadamente del 900 al 1200 y del 1200 al 1500.
Durante el primer período su temática fundamental fue la relación entre la filosofía y el judaísmo; se escribía en árabe. En general, la filosofía medieval parte de la verdad de la religión y procede a razonarla. Sus dos motivos son: 1) armonizar fe y razón; 2) probar racionalmente a Dios.
Durante el segundo período se escribía en hebreo y sus temas fueron puramente filosóficos: el intelecto, el libre albedrío.
En la primera etapa la filosofía judía era parte del renacimiento cultural general del Oriente musulmán y se expandió con éste por los países islámicos: Noráfrica, España y Egipto.
En la segunda etapa, las comunidades judías fueron más influidas por la filosofía de los países cristianos: España, Sur de Francia e Italia. Esta última fue la más notable, ya que desde 1190 llegaron al norte italiano eruditos árabes invitados por nobles; los escritos griegos empezaron a ser vertidos al latín. Como había ocurrido con Platón, que fue judaizado por Filón y cristianizado por Agustín, ahora el objeto de la transformación era Aristóteles: lo judaizó Maimónides y lo cristianizó Tomás de Aquino.
LAS ETAPAS DEL RENACIMIENTO
Cuando Rómulo Augústulo fue depuesto por el medio huno Odoacro, el imperio romano se desmoronaba y la Iglesia emergía victoriosa como heredera imperial. El obispo de Roma pasó a ser Papa; se inauguró una época de represión y oscurantismo.
No faltaron idealizadores en la historiografía de la Edad Media que niegan la oscura homogeneidad de esa época. Para ello se ensalza a coloridos personajes medievales: algunos de la política como Carlomagno o Juana de Arco, otros de las letras como Snorri Sturluson, y aun ficticios como Ivanhoe o Romeo y Julieta.
Con todo, hay aspectos evidentes frente a los que la apología cede: el medioevo reprimía la curiosidad y la innovación, lo que contrasta con la época del Renacimiento, que tiende a asociarse con la expresión individual, la autoconciencia, la experiencia terrena, los grandes logros de la erudición, la literatura, la ciencia, y las artes.
En la nueva etapa el poder de la Iglesia comienza a desvanecerse, frente al de poderosos reyes que ascienden en Inglaterra y Francia. El genio se abre paso en figuras como Miguel Ángel, Leonardo da Vinci, Shakespeare, Maquiavelo, Rabelais, Descartes y Abravanel.
Comparado con el hombre medieval, el renacentista estaba poseído por un amplísimo espectro de intereses que abarcaban la historia humana, la geografía, la anatomía, la fisiología, la filosofía y la política, y que se expresaban por medio de la literatura, la danza y el teatro.
Puede decirse que, desde el punto de vista de la historia intelectual, el mundo moderno comienza con el Renacimiento.
Es cierto: las raíces de esta nueva era podrían reconocerse en la misma Edad Media tardía, en el momento en que comenzó a recuperarse la tradición helenística que se había perdido para Europa. A partir del siglo XI, las versiones latinas de la sabiduría griega penetraban en Europa por vía del árabe y del hebreo, con consecuencias siderales.
Podemos establecer tres períodos de la gran renovación:
el comienzo, entre 1100 y 1250,
el humanismo latino, entre 1250 y 1450, y
los humanismos griego y hebraico, entre 1450 y 1530.
El comienzo de la recuperación se dio en España. A partir de la conquista de Toledo (1085), la actitud tolerante para con mahometanos y judíos que mantuvieron los reyes castellanos como Alfonso VI el Bravo, facilitó la traducción a la lengua latina, y la interpretación, de clásicos grecolatinos y alejandrinos que habían sido vertidos al árabe o al hebreo.
Este comercio cultural permitió el renacimiento filosófico, teológico y científico, primero de España y luego de todo el occidente cristiano. Se reverenciaban la medicina de Hipócrates, la astronomía de Ptolomeo y, por sobre todo, la filosofía de Aristóteles. El judío, cosmopolita era considerado portador de la vieja cultura griega en su versión arábiga.
El renacer cultural necesitaba de un acontecimiento político catalizador, como fue la Cuarta Cruzada (1204) que permitió la incorporación de vastas comarcas del Mediterráneo Oriental a la Europa latina. La cultura grecolatina comenzaba a penetrar en Europa, en la que el judío era percibido como un pionero, como el custodio de una civilización más elevada.
El período del Renacimiento latino ve reavivarse el afán por el conocimiento: se redescubren los tesoros de la antigüedad, se genera una pasión por la magnitud cultural y la riqueza del mundo pagano, hay simultáneamente una revuelta contra la esterilidad intelectual del espíritu medieval (especialmente en contra del escolasticismo) y aquella pasión termina canalizándose en una corriente en favor de la libertad de pensamiento.
El Mediterráneo podía dividirse en tres partes: la de los griegos (quienes, de modo casi inconsciente, poseían los valores de la antigüedad), la de los árabes (quienes, en el Sur de España, los estudiaban) y la de los latinos (a quienes ese material no llegaba).
El golfo que los separaba, tanto idiomático como religioso, pudo ser zanjado por los judíos, quienes por este motivo fueron denominados “los únicos verdaderos europeos” de marras. Poseedores en todas esas comarcas de un idioma en común (el hebreo), pudieron ser puente entre las culturas. Los tres grandes centros de fructífera actividad de los judíos como intérpretes fueron: Toledo, Provenza y Nápoles.
Dos monarcas estimularon la corriente renovadora apelando a israelitas: Alfonso X el Sabio y Federico II de Hohenfstausen.
Aunque el primero es también responsable de un código que incluye aspectos antijudíos (Las Siete Partidas de 1263), Alfonso el Sabio reparó al mismo tiempo en que sus reinos de Castilla y de León eran más atrasados que los principados del Sur, ocupados por los moros. Se propuso, por lo tanto, adaptar al castellano las obras maestras de la ciencia y la literatura árabes, y de esa manera abrió las puertas para que se forjara una nueva lengua unificadora: el castellano que conocemos hoy.
Para esa tarea debió recurrir a judíos, quienes eran un óptimo puente, por hallarse en su hogar tanto en la España cristiana como en la mahometana. El primer trabajo de traducción fue un ensayo sobre las propiedades de los metales y piedras preciosas, llamado Lapidario, escrito por el judío Abolays y traducido por el rabí Juda Ben Moisés (1256).
De Federico II digamos que estableció la universidad de Nápoles e invitó allí al rabí Jacob Anatoli, quien fue pionero en traducir la filosofía de Averroes.
Los centenares de traducciones que sobrevivieron de judíos medievales, revelan interés en todas las ramas del conocimiento.
El comienzo de esta edad dorada de la cultura puede rastrearse hasta Dante Alighieri (1265-1321) quien eligió como modelo al poeta latino Virgilio y escribió en un novedoso estilo de vigor y magnificencia.
La primera figura judía importante fue Immanuel ben Salomón el Romano (1261-1328), un poeta satírico italiano que ha sido considerado el segundo después del Dante. Immanuel fue médico, predicador de la comunidad israelita de Roma y probablemente su tesorero; su primo Judah Romano, también era filósofo.
Cuando perdió su fortuna, Immanuel encontró refugio en la casa de un mecenas quien le permitió, en sus últimos años, dedicarse enteramente a la poesía.
A tal punto fue estimado, que dos sonetos italianos que aluden a su muerte lo colocan al lado de su coetáneo y amigo Dante, por cuya muerte Busone da Gubbio envió a Immanuel un soneto de condolencia.
Entre las obras de Immanuel se destacan Even Bojan, sobre lingüística y hermenéutica bíblica, y comentarios simbólicos sobre todos los libros de la Biblia, conservados parcialmente.
Sus veintiocho poemas en hebreo forman una colección (“diwán”) titulada Mahaberot (composiciones) que trata de episodios en la vida del pueblo hebreo. Fue así pionero en el estilo de poesía narrativa que sería perfeccionada por Boccaccio. Hasta la época moderna, la poesía hebrea no alcanzó la soltura de la de Immanuel el Romano.
El último de los poemas es una visión llamada Ha-Tofet Veha-Eden (El Infierno y el Paraíso) en la que su amigo muerto, Daniel, lo invita a ambos confines según el modelo de la Divina Comedia. La de Immanuel se diferencia de la concepción de la Comedia en tres aspectos:
1) en conformidad con la teología judía, su visión carece de purgatorio;
2) es más tolerante que Dante: mientras éste excluye del cielo a todos los no-cristianos (incluso a aquellos nacidos antes del cristianismo) Immanuel reserva un lugar de honor a los no-judíos, a los “justos de las naciones del mundo”;
3) coloca en el infierno a un hombre, por el mero hecho de que había sido mezquino con su sabiduría, un defecto que en el medioevo sería censurable típicamente por un judío.
LOS HUMANISMOS GRIEGO Y HEBRAICO
En términos generales, el primer poeta renacentista fue Petrarca (1304-1374), cuyos hexámetros respondían a los modelos de poesía clásica. Viajó por el extranjero y redescubrió el idioma griego, que por seis siglos había sido olvidado en Europa. Su alumno y amigo, Boccaccio, tradujo Homero al latín, y en 1360 se establecía en Florencia la primera cátedra de griego, que se transformó en la cuna del renacer cultural.
Eruditos griegos viajaban aquí desde Bizancio, e italianos visitaban a ésta para aprender griego, adquirir viejos manuscritos y salvarlos del pillaje. Nacía la tercera etapa del humanismo, la griega, cuando en 1396 Manuel Chrysoloras comenzó a enseñar en la cátedra de griego. Se fundaron bibliotecas y escuelas de aprendizaje en Roma, Mantua y Verona.
Las fuentes griegas se habían abierto al mundo, y por ello las traducciones fueron perdiendo importancia. Como consecuencia, también el judío la perdió, y fue siendo excluido de la vida académica. Hacia el final del s. XIV, el mundo que rodeaba al judío ya había absorbido los elementos que éste había podido aportar.
Del mismo modo en que el humanismo latino requirió de un evento político que lo catapultara (la mentada Cuarta Cruzada), el humanismo griego también se consolidó gracias a otro acontecimiento político trascendental: el colapso del imperio romano de Oriente (1453). Cuando cayó Constantinopla fluyeron sus eruditos hacia el Oeste y provocaron un nuevo resurgimiento de las letras.
La Academia platónica de Atenas, que había sido clausurada por Justiniano en el 529, se reinauguró en Florencia en 1462, auspiciada por los Médicis y regida por Marcilio Ficino.
Otro de los importantes eruditos de la época fue invitado a Padua: el judío Elijah del Medigo de Creta, quien ejerció influencia mayormente por vía de su célebre discípulo, Juan Pico della Mirandola. Éste fue autor de la obra emblemática del Renacimiento, la Oración sobre la dignidad humana, en la que menciona “la filosofía mística de los hebreos”.
Pico conoció a Medigo en 1480 y lo hizo su tutor en Florencia. Fue el responsable del tercer Renacimiento, gracias al que el hebreo se transformó en la tercera lengua humanística, y una cátedra de ese idioma se estableció en Bolonia.
En Italia, donde Isaac Abravanel completó su comentario, Elijah Levita escribió Masoret ha-Masoret acerca del sendero por el cual el texto bíblico había sido transmitido, o “masorá”. Otros autores dedicados a este tema fueron Solomon Norzi y Menahem Lonsano.
También allí escribió su memorable exégesis el médico Ovadia Sforno, quien habia sido maestro de Johannes Reuchlin. Feliz exponente del Renacimiento italiano, Sforno incluye en sus comentarios datos de la medicina de la época (verbigracia en Génesis 43:27) e incluso alguna observación psicológica interesante, cuando por ejemplo explica que Potifar le creyó a Iosef acerca de la infidelidad de su esposa, pero no tuvo más remedio que echar al hebreo para guardar las apariencias (39:19).
En Italia surgen asimismo el primer crítico histórico judío, Azariah de Rossi; el primer arqueólogo bíblico, Abraham de Portaleone y el célebre filósofo León Hebreo, hijo de Isaac Abravanel.
El último período renacentista estaba marcado no solamente por el celo en el estudio clásico, sino por el desarrollo del estudio en general, que dio a luz a una nueva visión de la vida intelectual conocida como Humanismo. El movimiento ya no era exclusivamente italiano: se expandió a Alemania, Polonia, Francia, Holanda, y el Norte. Se sintió en cada área de la cultura: filosofía, ciencia, arte, religión y hasta geografía. Veamos algunas individualmente.
En filosofía, la pureza del pensamiento escolástico fue siendo desplazada. Uno de los tratados filosóficos más populares fue Diálogos de Amor (publicado póstumamente en 1535) cuyo autor fue el mentado León Hebreo (1460-1523), nacido en España.
Cuando se produjo la expulsión, Isaac Abravanel mandó secretamente a Portugal a su hijo de un año con su niñera. Cuando el rey Juan II ordenó que se bautizara al pequeño Iehudá, Isaac compuso una endecha titulada "Tluná al Hazmán", Lamentación sobre el tiempo, de 1503.
Iehudá o León Hebreo viajó mucho, enseñó en la universidad de Nápoles y fue médico de Gonzalo de Córdoba, “el Gran Capitán”.
León Hebreo es citado en el prólogo al Quijote, y Bonilla de San Martín le atribuye ser una fuente en la que se basó Cervantes para su obra.
Sus tres “diálogos de amor” entre Filón (el amante) y Sofía (la sabiduría, la amada) versan respectivamente sobre la naturaleza del amor, su universalidad y su origen divino.
Comienzan por distinguir al amor del deseo, cifrando la felicidad en conocer y amar a Dios. La presentación que hace León Hebreo del universo como un gigantesco ser viviente, es quizás eco de la doctrina que sobre el macrocosmos único expusieron pensadores influidos por la doctrina de Platón.
El amor es el principio que domina a todos los seres, el principio de unión y vivificación de toda realidad, como la “idea de las ideas” en el mundo platónico.
La obra fue publicada póstumamente en Roma, por su amigo Mariano Lenzi, quien se había propuesto “rescatarla de la oscuridad en la que estaba enterrada”. Gozó de más de veinte ediciones en las primeras décadas y de muchas traducciones.
Una de las traducciones del florentino al castellano fue realizada en 1589 por el peruano Gracilaso de la Vega “el Inca”. Al hebreo, fue traducido en 1660 por Joseph Baruj de Urbino, y una traducción posterior se atribuye a Leone Modena.
Diálogos de Amor menciona el calendario hebreo y sus festividades, y alude a la cábala como sabiduría antiquísima.
En varios párrafos, León Hebreo se refiere a sí mismo como judío, por lo que el agregado que informa de su supuesta conversión al cristianismo (que aparece en dos de las ediciones venecianas, pero no en las posteriores), se habría debido a un malentendido del editor, el humanista Aldo Manuzio.
En la biblioteca de Spinoza se encontró un ejemplar en español de los Diálogos y se ha sostenido que de allí abrevó su concepción del amor intelectual a Dios. Pero hay una diferencia entre los conceptos de amor de uno y otro. Para Spinoza, la creación divina era fatalidad lógica; para León Hebreo, una prueba del amor de Dios.