Wittgenstein y el lenguaje

 

 

 

No hay muchos pensadores que hayan construido a lo largo de su vida un sistema original de pensamiento que influyera en forma decisiva en la historia de la filosofía. Más arduo sería encontrar un filósofo que haya construido dos sistemas, ambos influyentes.

En buena medida éste es el caso de Ludwig Wittgenstein (1889-1951) quien, a pesar de haber escrito relativamente muy poco (en vida publicó un único libro), tuvo un peso determinante en dos escuelas: el empirismo lógico, y la filosofía del lenguaje.

Ludwig Wittgenstein fue el menor de ocho hijos de una familia judía extremadamente asimilada, tanto de parte de su padre Karl como de su madre Leopoldine Kalmus.

Los abuelos paternos de Karl se habían convertido al protestantismo al mudarse de Sajonia a Viena, y aquí el padre de Ludwig creó la industria siderúrgica austriaca, y devino en un  gran mecenas de las artes, especialmente la música. Los Wittgenstein solían recibir en su hogar, entre otros, a Johannes Brahms,  Gustav Mahler y Gustav Klimt –éste había retratado a su hermana Margarete, quien se analizaba con Freud-. 

Tres de los cuatro hermanos varones de Ludwig se quitaron la vida; el cuarto, Paul, fue un destacado pianista, y cabe mencionar que el compositor Maurice Ravel compuso para Paul su última obra, un concierto para la mano izquierda (Paul perdió su brazo derecho en la Primera Guerra).

El mayor de los hermanos, Hans, había comenzado a componer a los cuatro años y se suicidó en La Habana en 1902, a los 24 años. El suicidio oscureció la vida de Wittgenstein también desde uno de sus maestros, Ludwig Boltzmann (m. 1906).

Su gran mentor fue el filósofo de Cambridge, Bertrand Russell, cuya obra Principia Matemática Wittgenstein admiraba. Llegó a Inglaterra a los veinte años, para estudiar ingeniería en Manchester, pero se sintió atraído por los cursos de lógica que Russell dictaba en Cambridge. A los 23 años se matriculó en el Trinity College.

Con Bertrand Russell estableció de inmediato una relación de discípulo a maestro, que curiosamente terminó invirtiéndose. El término que designa la filosofía russelliana atomismo lógico, fue ideado por Wittgenstein.

Llegó a Cambridge en 1912 preparado en matemáticas, pero con una formación filosófica limitada. Cuando se conocieron personalmente (18-10-11),  Bertrand Russell escribió a su amiga Lady Ottoline (2-11-11) un adelanto seminal de la filosofía wittgensteiniana:

 

Creo que mi ingeniero alemán está loco. Opina que no es posible conocer ninguna cosa empírica. Le invité a que admitiese que no había ningún rinoceronte en la habitación, pero se negó.

 

En diciembre de 1912, después de un año estudiando en Cambridge, “el ingeniero alemán” debe regresar a Viena por una dolencia de su padre, quien murió al mes siguiente. Wittgenstein decide instalarse en un pueblo alejado de Noruega (Skjolden), donde trabajó en aislamiento.

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, se enroló como soldado de artillería en el ejército austriaco, donde gracias a su arrojo desmedido terminó la guerra con el grado de oficial y cuatro importantes medallas al valor. Se opuso a las ideas pacifistas de su mentor Bertrand Russell, y donó un millón de coronas al ejército austriaco para el desarrollo de un mortero.

Lo más importante que hizo, mientras combatía en la guerra, fue escribir el famoso Tractatus logico-philosophicus[2], redactado mientras estaba apostado con las tropas austriacas en la campaña en Rusia, un paisaje indudablemente inesperado para la especulación filosófica. Además del Tractatus publicó poquísimo: cuadernos de notas y un diario con sus reflexiones.

Ludwig Wittgenstein no desentonó de la mustia atmósfera familiar, y también estuvo al borde del suicidio. Según aseguró él mismo después de la guerra "en 1914 se había presentado voluntario al ejército buscando la muerte".

Eventualmente, cuando fue a las montañas a consumar el suicidio, se topó casualmente en la estación de Salzburgo con su tío Paul, quien lo disuade y lo lleva a su casa de Hallein. Allí, y en la sombría inclinación de su ánimo, redactó más cabalmente el Tractatus (1921) que luego se publicó en inglés con prólogo de Bertrand Russell (1922), quien reconoció de inmediato la genialidad del autor. 

Wittgenstein ve en el Tractatus una denuncia contra la filosofía corriente y el absurdo de sus enunciados: lo que se ha escrito en materia filosófica no es falso, sino que carece de sentido. La tarea de una verdadera filosofía es hacer una crítica del lenguaje. La filosofía sería en cierto modo autdestructiva: consiste en mostrar que no hay preguntas claras que hacerse. La filosofía debe eliminarse a sí misma.

Después de la Gran Guerra, Wittgenstein decidió renunciar a su parte en la herencia familiar, que dejó a sus hermanos, y regresó a Viena para trabajar de maestro.

Viena optó por expulsarlo. Con la anexión de Austria al Tercer Reich, se despojó a Wittgenstein de su ciudadanía y se convirtió en ciudadano británico. Debió asegurar el estatus de no-judías para sus hermanas, a fin de que lograran huir  del nazismo. Con ese fin, se obliga a los Wittgenstein a entregar como rescate la extraordinaria cantidad de 1,7 toneladas métricas de oro, equivalentes al 2% de las reservas de oro de Austria.

Después de la Segunda Guerra Mundial, en 1948, se radicó en la costa oeste de Irlanda para vivir solo, en una choza al lado del océano. Sus vecinos eran pescadores muy simples; al poco tiempo se muda a Dublín.

Así puede resumirse la filosofía de Wittgenstein durante esta primera época: el lenguaje es un mapa de la realidad. Por lo tanto, los límites del lenguaje son en rigor los límites del mundo. Las proposiciones (lo que se afirma o se niega sobre cualquier hecho) no tienen sentido si describen lo que está fuera. Sucintamente ésta es la doctrina del primer Wittgenstein.

Descompone el lenguaje en proposiciones simples, y a partir de ello aborda diversos problemas filosóficos, desde lógica hasta ética.

Ahora bien, si el lenguaje es un mapa de la realidad, hay que explicar las ocasiones en que el lenguaje natural rebasa los límites de su “mapa”. Para Wittgenstein, se debe a que se trata de un lenguaje imperfecto. Por ello, hay que encontrar en el lenguaje una estructura lógica que constituya su esencia, y que sería el lenguaje ideal.

Las proposiciones que no hablan de hechos, que no representan hechos, carecen de significación (por ejemplo afirmaciones de tipo religioso o metafísico). De aquí una conclusión radical: como el pensamiento tiene su frontera en el lenguaje “Lo que se puede decir de alguna manera, se puede decir claramente… pero de lo que no se puede hablar, hay que callar”.

Estas ideas cuajaron en lo que se llamó el Círculo de Viena, un grupo de filósofos también conocidos como "positivistas lógicos", al que Wittgenstein nunca perteneció. La tarea de limpieza de la filosofía fue tan extrema que, fuera del discurso científico, no quedó nada en pie.

El lenguaje corriente es complicado y defectuoso porque tiene muchas proposiciones que no indican nada concreto; no puede captarse en su aspecto lógico. Disfraza el pensamiento, de la misma manera que el vestido oculta el cuerpo. En consecuencia, hay que buscar el esqueleto lógico que refleja la estructura de los objetos representados.

En esta tarea, el quehacer filosófico tiene una restricción: no se trata de "decir" lo que es, o cómo es la realidad, sino de aclarar los enredos provocados por la manera que tenemos de simbolizar las cosas, es decir por el lenguaje. 

Ya había aprendido de Russell que de un enunciado falso puede deducirse cualquier cosa. Cuando alguien le preguntó a Russell: "¿si 2+2=5 ergo usted es el Papa?", repuso rápidamente: "En efecto. Si 2+2=5, entonces, restando 2 en cada lado de la igualdad obtenemos que 2=3, invirtiendo la igualdad y restando 1 obtenemos que 2=1. Como el Papa y yo somos 2 personas y 2=1, entonces el Papa y yo somos uno, luego yo soy el Papa". El lenguaje que trasciende el mapa, permite esconder la realidad.

Dijimos que las escuelas fueron dos, y cada una tomó sus textos. El Círculo de Viena recogió el Diario filosófico 1914-1916  y  el Tractatus logico-philosophicus,  después del cual Wittgenstein siguió escribiendo en forma dispersa, pero no publicó prácticamente nada en vida. 

 

 

El segundo Wittgenstein

 

Después de trabajar de jardinero en un monasterio cercano a Viena (1926) regresó a Cambridge (1929) y reemprendió la investigación filosófica. Se doctoró, escribió Algunos comentarios sobre la forma lógica y sus apuntes de clase en los cuadernos Azul, Marrón y Amarillo.

Wittgenstein ejerció diferentes actividades: Escribió un diccionario para niños, construyó una casa para sus hermanas; se dedicó a la escultura y, finalmente, en 1939 sucedió a George Moore en la cátedra de filosofía de Cambridge. A partir de entonces revisa su filosofía y la rehace casi totalmente. 

Póstumamente se publicaron sus Investigaciones Filosóficas (1953), recogidas por los filósofos del lenguaje de Oxford, quienes adoptaron así al “segundo Wittgenstein”.

Éste continuó con el análisis del lenguaje y con la demostración de que, debido a nuestra facultad de simbolizar los hechos en palabras, constantemente generamos confusiones y supersticiones. Por ello la filosofía debe ayudar a impedir que el lenguaje “embruje” a nuestra inteligencia. Hasta aquí se asemeja al Wittgenstein de la primera época, pero en esta etapa imprime a su pensamiento un cambio radical.  

Los malentendidos filosóficos se originan en la confusión de ciertos usos o juegos lingüísticos. Por ejemplo, se puede llegar a creer que el lenguaje religioso es el mismo que el de la ciencia, o que las afirmaciones morales (“la conducta x es inmoral") son del mismo tipo que las descripciones de objetos físicos ("el líquido x es incoloro").

Como las proposiciones tienen la misma forma, se las puede entender como equivalentes. Sin embargo, el análisis atento de ellas permite descubrir que mientras la palabra "incoloro" describe una propiedad de un objeto, el término "inmoral" no describe una propiedad de la acción sino para juzgarla. 

Al decir que "una foto es clara" describimos cómo es; en cambio, al decir que algo “es bueno" indicamos una cualidad distinta, por ejemplo que, según un código ético determinado, entra en la categoría de lo bueno.

No se puede, obviamente, privilegiar ningún juego lingüístico particular, considerándolo "el único legítimo existente". O sea que el Wittgenstein posterior autocritica sus afirmaciones del Tractatus, en las que sólo daba validez al leguaje descriptivo. 

Como para el segundo Wittgenstein no hay un único lenguaje, no es posible ni necesario elaborar un lenguaje ideal. Lo importante es investigar los "usos" con que se presentan los diferentes lenguajes en la realidad. 

 

Lo que llamamos lenguaje no es otra cosa que "juegos de lenguaje". Ignorar la existencia de estos "juegos" para pensar en un único lenguaje es simplificarlo tanto que, por este camino, únicamente se llega a engendrar confusión. Hay que fijarse en el "uso", en qué contexto se lo practica y qué se quiere lograr con ello. Los juegos del lenguaje son cambiantes, abiertos, creadores de reglas; por ello una condición indispensable para entenderlos cabalmente, es participar en ellos. 

Se trata de no ocuparnos de las "significaciones" en sí mismas, sino de cómo se usa aquella o esta proposición. Dice en Investigaciones Filosóficas: "El lenguaje fenomenológico...no es ahora mi objetivo...¡Qué extraño que la filosofía se ocupara de un lenguaje "ideal" y no del nuestro!. El análisis lógico es el análisis de algo que tenemos, no de lo que no tenemos. Es, por tanto, el análisis de las proposiciones tal y como ellas son".  

Los usos son múltiples (tan variados como los contextos o las situaciones en que nos encontramos), por lo que no existe "un” lenguaje al que analizar: "comprendo la proposición cuando la  aplico". 

Pero lo que permanece es que "las perplejidades filosóficas" son el mero fruto de las ilusiones del lenguaje. La filosofía es un espejismo que surge de nuestra capacidad de simbolizar. No hay nada detrás; el rey está desnudo. 

Wittgenstein insiste, aunque irrite a más de un profesor de metafísica, que en la filosofía no hay nada oculto, todos los datos están en la mano. Preguntar "¿qué hora es?" no ocasiona ningún problema, pero transformarlo en una inquisición sobre la naturaleza del tiempo nos confunde. 

"¿Cuál es tu objetivo en filosofía? -se pregunta-: ¿Mostrar a la mosca el orificio de salida de la botella?". 

De esta manera filosofar es una "tarea terapéutica", ya que permite esclarecer las semejanzas y desemejanzas de los juegos lingüísticos; limpiar las ilusiones, confusiones y enredos producidos únicamente por la propia potencia del lenguaje. 

Muchas veces notamos que las discusiones son enredos de palabras, donde los significados cambian según quién las pronuncia y conforme las intenciones -a veces malévolas- de las partes enfrentadas. 

Ahora bien, que algo esté fuera del mundo, es decir, que sea inexpresable, no implica que no exista sino que, muy por el contrario, "lo inexpresable” ciertamente, existe. Aquí incorpora Wittgenstein el concepto de “lo místico".

Pero "lo místico" no puede expresarse por medio del lenguaje sin caer en proposiciones absurdas. Por lo tanto ¿de qué modo podemos tener un cierto acceso a él? El propio Wittgenstein nos proporciona alguna ayuda al afirmar que "lo místico no es cómo sea el mundo, sino que el mundo sea".

En efecto, la pregunta acerca de cómo es el mundo puede tener respuesta, aunque la ignoremos. La respuesta es acerca del mundo, intramundana, científica. No pasa de ser una mera descripción de estados de cosas, de hechos. Pero que el mundo sea es algo completamente distinto. Para poder explicarlo deberíamos ubicarnos fuera del mundo, es decir, rebasar los límites del lenguaje significativo, metaforizar, hacer poesía, metafísica.

 

Un crítico fulminante de la filosofía de Wittgenstein fue un sociólogo judío nacido en Praga, Ernest Gellner (1925-1995), uno de los más influyentes de las ciencias sociales, quien arremetió contra los que consideraba sistemas cerrados de pensamiento, como el comunismo, el psicoanálisis, el relativismo y la religión. En su obra Palabras y cosas (1959) Gellner se descarga especialmente contra la filosofía del lenguaje de Wittgenstein, especialmente del segundo, al que critica por no revisar su propio método.

Para Gellner, la idea básica de Wittgenstein fue que no hay solución general a ningún tema, más allá de las costumbres de una comunidad, como es el lenguaje. Esta posición soslayaría la intrínseca inestabilidad de toda comunidad.

En su obra más importante, Pensamiento y cambio (1964), Gellner trazó una original teoría sobre el nacionalismo: éste es un inevitable producto de la modernización, que necesita culturas escritas para crear sociedades homogéneas de ciudadanos. Para Gellner "el nacionalismo no es el despertar de las naciones hacia su conciencia propia, sino que inventa naciones donde no las hay".

 

En lo que se refiere a lo judío, Wittgenstein hace varias reflexiones en Cultura y valor, en donde escribe sobre “la mentalidad judía”. Traza la distinción entre dos fuerzas diferentes que operan en la cultura occidental. Una, impulsada por el intelecto, típicamente judía. Otra, más espiritual, caracteriza a los no-judíos.

La cultura surge de la segunda fuerza y en ella se encuentra a los verdaderos genios. La primera produce sólo hombres talentosos. En estas definiciones Wittgenstein cae en el autoodio judío, que había conocido de Otto Weininger, y lo sazona con ideas de Oswald Spengler sobre la naturaleza del espíritu.

A partir de 1930, cuando la situación política invalidaba una postura descalificadora de los judíos, Wittgenstein abandonó toda referencia a los mismos. Pero tampoco se desdijo de sus referencias que contenían destellos de judeofobia.

 

Cabe mencionar un audaz libro: El judío de Linz (1999) de Kimberley Cornish, quien esgrime la hipótesis de que Wittgenstein fue quien inspiró la judeofobia de Hitler.

Cornish también especula con que Wittgenstein haya sido un espía soviético basándose en que enseñaba en Cambridge cuando residían allí Kim Philby, Guy Burgess y Antony Blunt -de los que se supo más tarde que fueron los más importantes delatores estalinistas-. La conjetura se abona con un par de elogios que Wittgenstein hizo a Stalin: que era el único capaz de frenar a los nazis, y que su gobierno permitiría enfrentar el desempleo causado por la crisis del 29. Más allá de la coincidencia cronológica y de estas declaraciones de Wittgenstein, nada hay que pruebe el papel de espía que Cornish le atribuye.

La especulación acerca del rol de Wittgenstein en la judeofobia nazi, es más interesante desde el punto de vista psicológico. Es cierto que durante un muy corto período el filósofo y Hitler fueron a la misma escuela, la Realschule de la ciudad de Linz. Pero no hay pruebas de que hubieran tenido algún contacto entre ellos. A pesar de ello, Cornish supone que "el chico judío" que Hitler menciona en Mi lucha  como “no confiable” fue nada menos que Wittgenstein. Y deja así abierta la curiosidad de qué habrá ocurrido entre ellos en el colegio, para que el futuro Führer fuera presa de una judeofobia demencial.

 

Cabe consignar que Bertrand Russell mantuvo una posición comprensiva del pueblo hebreo, que le faltó a su discípulo/maestro Wittgenstein. Aunque hay muy poco acerca de los judíos y el judaísmo en los escritos de Russell, un ensayo suyo es notable. Publicado en junio de 1943, se tituló El sionismo y el acuerdo de paz, y allí sostuvo Russell que el  establecimiento de un Estado judío en la Palestina británica era necesario, no sólo para compensar el sufrimiento padecido por los judíos, sino también para beneficio de la cultura y la paz en el mundo.

Su vindicación del sionismo es muy significativa, si tenemos en cuenta que Russell siempre se opuso a toda forma de nacionalismo, una idea que consideraba moralmente inaceptable. Su primer argumento es que la contribución judía a la cultura había sido excepcionalmente única: "a lo largo de los Estados orientales, todo lo que es mejor en política, intelecto y arte, es judío".

Aunque Russell no veía sentido en ninguna religión, apreciaba al judaísmo, que había inspirado al cristianismo a adoptar "la noción de verdad, con su correlativa virtud de fe". El judaísmo y el cristianismo representaban para él la razón y la búsqueda de la verdad y la igualdad, irreconciliables con el culto moderno a la sinrazón, de la cual el nacionalismo formaba parte. Por lo tanto, era en el mejor interés del mundo, que la cultura y el pensamiento judíos tuvieran un lugar donde florecer.

El segundo argumento de Russell a favor de un Estado judío era que el mundo había demostrado ser un lugar peligroso para los israelitas, que requerían de un Estado como refugio ante la agresión. Escribió: “La persecución nazi a los judíos es una de las más horripilantes crueldades en gran escala - quizá la más horripilante - que marca a nuestra época como una de retroceso hacia el barbarismo”.


[2] El título spinoziano le fue dado por George E. Moore debido a que, tal como la obra de Spinoza, la de Wittgenstein se apoya en una estructura “matemática”.