Max Nordau y el sionismo
Teodoro Herzl fue el primer estadista de los judíos. Como tal, sufrió la mofa e incomprensión de muchos de sus contemporáneos, por lo que Herzl solicitó el consejo de un psiquiatra: Max Nordau (1849-1923).
Éste reconoció la lucidez y valentía de la nueva vocación de su interlocutor, y se convirtió a la causa sionista, transformándose en el más fiel seguidor de Herzl.
La relación entre ellos consolidó ambos trayectos. Para el padre del sionismo político, significó la confirmación del camino que se había trazado; para Nordau, resultó en la adquisición de un ideal que llenaría su vida.
El padre de Nordau había sido el rabino Gabriel Suedfeld. Cuando éste murió, Max tenía 23 años y debió asumir la jefatura de su familia. Lo absorbían las letras y el periodismo. Durante muchos años también escribió para Nación de Buenos Aires.
En 1873 se trasladó a Viena como corresponsal del Pester Lloyd y viajó en gira periodística por varias ciudades. Al graduarse de médico, se radicó en París con su anciana madre y única hermana.
Durante la Gran Guerra, fue expulsado de Francia por su ciudadanía húngara y, con su esposa Anna y su única hija Maxa, Nordau se refugia en Madrid, donde vive en una buhardilla y prosigue su obra literaria. En septiembre de 1920, regresa a París donde fallece.
Su primera obra exitosa le ganó fama de pensador social: Las mentiras convencionales de la civilización (1883), traducido a quince idiomas incluidos el chino y el japonés. En castellano, la edición de Editorial Tor salió en Buenos Aires en 1940.
El libro sale a la luz apenas estallados los pogromos en Rusia, y su primer capítulo menciona la barbarie de los zares: “la masa se entrega al pillaje y la matanza de los judíos...” Desde el segundo párrafo propone Nordau una caracterización de la judeofobia: “es sólo una máscara, un pretexto cómodo para la manifestación de pasiones sin valor”.
Una experiencia personal confirmó su sensación de que el odio antijudío no tendría remedio, cuando en 1893 fue invitado a pasar unos días a una playa del Mar del Norte, en Borkum. En el hotel, alguien se había ocupado de colocar en su mesa un cartel en el que se le sugería que se retirara: “Aquí no queremos judíos”.
Al respecto, escribirá Nordau que las leyes liberales serían impotentes para contrarrestar la judeofobia, porque ésta era emocional y los decretos apelaban al intelecto: “Los hombres de 1791 nos emanciparon por dogmatismo”.
Hacia esa época, se había despertado su interés por temas judíos, debido a su amistad con Wilhelm Loewenthal, que también lo vincula a la Argentina. Loewenthal, inspirador de la colonización judía en ese país, arribó a Buenos Aires a fines de agosto de 1889. Cuando un año después, el barón de Hirsch lo desplaza debido a maliciosas intrigas, Nordau sale en viva defensa de su amigo.
Nordau encabeza su exitoso libro con el notorio apotegma mene, mene tekel u’pistim, que es la profecía de destrucción, descubierta misteriosamente por el bíblico Daniel. Sobre la sociedad decimonónica pendía la misma amenaza porque, según Nordau, la carcomía un “desacuerdo entre las mentiras convencionales reinantes y la concepción científica que se rebela contra ellas”.
Contra esas convenciones arremete, en capítulos que van dirimiendo las diversas mentiras: religiosa, monárquica, aristocrática, política, económica, conyugal, y otras varias como la prensa, la justicia, y la opinión pública. A pesar de su dureza, la obra concluye con un mensaje optimista acerca del futuro, contrapuesto al “pesimismo, el egoísmo y la mentira característicos de la civilización de hoy”.
Casi todas “las mentiras convencionales” que enumera Nordau derivan de la discordancia entre nuestra concepción del mundo y las normas que rigen la vida intelectual, social y política. Hay un abismo entre lo que creemos, y el modo en que las instituciones nos obligan a actuar. Nordau se planta como un adversario del nihilismo, del egoísmo y de la irracionalidad.
Coincidió con Marx en que “son las necesidades de los hombres las causantes de sus actos”, pero juzgó que éste cercenaba el concepto de necesidad: “el hombre no tiene sólo hambre y sed... tiene necesidades intelectuales y morales...”
Algunas semanas después de que apareciera Las mentiras, el gobierno austriaco prohibió su circulación y dispuso que los ejemplares requisados fuesen quemados en plaza pública. También, como era previsible, fue proscrito en la Rusia zarista.
Nordau arremetía contra el establishment religioso y formulaba una "filosofía de solidaridad humana" o "solidarismo". Pero su postura en contra de la religión establecida no impidió que, en 1916, se cubriera con su taled y acompañara los rollos de la Torá durante el acto de fundación del oratorio de Madrid, que en atención a la ascendencia de Nordau, se bautizó como Midrash Abrabanel.
De todas las enfermedades sociales que aquejaban a su época, señaló la peor en la cobardía. En ese mismo 1916, reprochaba a Romain Rolland su falta de conciencia nacional, porque éste vivía en Suiza durante la Gran Guerra: “No ha sentido en su corazón el ardor del fuego sagrado que abrasaba a todas las almas francesas en agosto de 1914”. La Primera Guerra Mundial empujó a Nordau a Madrid, donde vivía en la miseria pero sin que interrumpiera su creación literaria: publicó La Biología de la Ética, La Esencia de la Civilización, Impresiones de España, y Los Grandes del Arte Español.
Entre el sionismo y las letras
Como su amigo Herzl, Nordau dio el salto de las letras al sionismo. Así se comprometió por un ideal, superando sus frecuentes meditaciones acerca de los aspectos más sombríos de la vida.
Nordau fue el más puro exponente del sionismo político, y por ello defendió el proyecto “Uganda”. Durante el tormentoso Sexto Congreso Sionista Mundial (Basilea, 1903) Herzl había puesto a consideración la oferta británica para la colonización judía de un territorio africano. El incipiente movimiento sionista caía al borde del cisma y Max Nordau, mano derecha de Herzl, manifestó su lealtad incondicional. Para defender la idea, acuñó la expresión Nachtasyl, “asilo nocturno” que aludía a la transitoriedad del plan.
Un joven ruso antiugandista que le adjudicaba el proyecto, Chaim Selig Luban, intentó asesinar a Nordau disparándole a quemarropa; el profesor Marmórek logró desviar el arma y, eventualmente, Nordau intervendría en el juicio resultante… para defender a Luban.
Se opuso a los sionistas culturales, a quienes llamaba despectivamente "espiritistas": se dedicaban a lo espiritual cuando era urgente una labor política concentrada.
Como era de esperarse en un notable hombre de letras, los discursos de Nordau en los Congresos Sionistas fueron memorables. Creó expresiones que se incorporaron como clásicas al léxico sionista. Él redactó el Programa de Basilea, la plataforma del sionismo político, utilizando la voz Heimstate (“hogar nacional”) en lugar de “Estado”, con la que evitaba provocar al imperio otomano que gobernaba Eretz Israel.
En el Cuarto Congreso Sionista (Londres, 1900) planteó la exhortación a forjar un Muskeljudentum (“judaísmo del músculo”) impulsando la cultura física, el deporte, y la consecuente creación de la organización deportiva “Macabi”.
En 1915 redactó el Programa Judío para la Conferencia de Paz que iba a concretarse una vez concluida la Gran Guerra. En dicha conferencia el Emir Faisal de Hejaz, en nombre de los árabes, aceptó la convivencia con el sionismo.
Herzl lo quería como sucesor. En su última conversación con Nissan Katzenelson, Herzl aseveró: "Puedo asegurarte que él liderará la causa por lo menos tan bien como yo, si no mejor".
Cuando propuso el programa de evacuación de 600.000 judíos, fue rechazado su "sionismo catastrófico", porque Nordau sostenía que "seis millones de judíos perecerían". Cuando la dirigencia sionista rechazó su plan, Nordau sintió que se retrasaba “en cien años, si no para siempre” la redención del pueblo judío. Jaim Weizmann se opuso al programa porque “ni los israelitas estaban preparados para la dislocación, ni Palestina para absorberlos”. Nordau se retiró para siempre de la arena sionista.
Más tarde Zeev Jabotinsky bautizó a su propio programa de evacuación de la judería europea Programa Max Nordau.
Con todo, como en el caso de Herzl, en Nordau el pensador precedía al sionista, y cuando se incorporó al movimiento, ya era una figura célebre de la intelectualidad europea. Repasaremos lo fundamental de su obra, a través de tres ensayos, una novela y algunos dramas.
Impresiones Españolas incluye descripciones de la Alhambra, del Panteón de los Reyes, de Semana Santa en Sevilla.
En El Sentido de la Historia analiza las raíces psicológicas de la religión, negándole todo mérito: ha retrasado la civilización, y aunque ha insinuado la moral, no la ha creado ni profundizado. Nordau recuerda que una experiencia traumática de adolescente lo había llevado, de adulto, a anatemizar la “mentira religiosa”: había mirado de frente hacia los Cohanim en la sinagoga (aunque se le había dicho que de hacerlo “quedaría ciego”).
En Biología de la Ética (1916) propone que la acción heroica eleva al individuo por encima de la estrechez de su existencia. Admite que la inmortalidad es producto de la imaginación, una sombra de la propia individualidad proyectada en el porvenir. Pero si se dedujera de ello que la moral es una ilusión, el libro concluye: “bendita sea la ilusión”.
Nordau escribió asimismo varias novelas: El Mal del Siglo (1888), La Comedia del Sentimiento (1891), y comedias: El Derecho de Amar (1892) y Matrimonios Morganáticos.
“El Mal del Siglo” era el nombre que se dio, después de las guerras napoleónicas, a un estado de conciencia colectivo que consistía en una neurosis proveniente de contrastar la realidad que se había soñado, con la que en efecto se vivía. El mejor testimonio de esa enfermedad fue Alfred de Musset en su Confesión de un hijo del siglo. En su novela, Nordau contrasta dos tipos de personalidad.
Una es la de Guillermo Éynhardt, enamorado de Loulou, heredera de los Élbrich, a través de los cuales Nordau describe la pompa y el boato de la burguesía alemana.
Éynhardt es el tipo de la juventud, que en sus tiempos en Alemania era pesimista y “nirvanista”, en Francia simbolista y neocatólica, y en Inglaterra budista o estetista. Hombre culto, generoso, reflexivo, despreciaba la opinión social, pero era incapaz de acción, abúlico, descreído.
Frente a él, Pablo Háber, no tiene la cultura ni tampoco el desinterés de Éynhardt. Es vulgar, prudente, práctico, dinámico. En el párrafo final de la novela se pregunta Sahib Schroetter “si es posible juntar en una misma persona el estrecho horizonte y la actividad emprendedora de uno, con el entendimiento del otro”. La respuesta es negativa. Siempre hubo y siempre habrá Éynhardts y Háberes.
Roberto F. Giusti adoptó el seudónimo Roberto Eynhardt para muchos cuentos y artículos de su juventud.
En noviembre de 1904, el diario La Nación organizó una encuesta para conocer las preferencias de la época. Como El Mal del Siglo fue una de las diez elegidas por los lectores, fue editada por la biblioteca de ese diario.
El Derecho de Amar fue una especie de réplica al drama de Ibsen Casa de Muñecas. Gira en torno de la lucha interior de una mujer, Berta Wáhrmund, que no sabe sobreponer su dignidad de madre a sus devaneos de esposa, y de la tragedia del hombre sencillo y bueno que se ve envuelto en tinieblas al perder el amor de su mujer. El argumento consiste en que Berta engaña a su marido con su amigo íntimo, el magistrado Otto Bárdenholm, quien sostiene que el amor está por encima de la amistad.
Cuando, en el segundo acto, Berta pregunta a su madre por qué la ha obligado a casarse, ésta responde que el matrimonio es un deber. Pero Berta replica que en la vida también hay derechos, mientras su madre insiste en que no hay felicidad fuera del deber.
El marido de Berta, para facilitar el divorcio y por sus hijos, comparece ante la justicia como culpable. Predica con el ejemplo: se sacrifica por sus hijos.
En Matrimonios Morganáticos, Nordau arremete contra la mentira monárquica que había anatemizado. Rafael Cansinos-Assens la tradujo al castellano y alega en su prólogo que es “un libro de combate y de propaganda”.
Los personajes son una princesa desventurada (se niega a dejar de ser princesa después de la muerte de su marido, el príncipe Löwenstein-Franka); príncipes maníacos; altezas que, si no lo fueran, morirían en su inutilidad; dignatarios eclesiásticos corrompidos y avarientos; estúpidos contertulios de la baronesa; casinistas fanfarrones -en fin-, la mentira monárquica y aristocrática. Y la familia Bloch, judíos ruines y ricos que terminan por no querer emparentarse con la princesa.
En su obra de ficción hay poco contenido judaico, salvo en El Doctor Kohn (1896), una comedia dramática que plantea el problema de la judeofobia y la asimilación. El protagonista es el judío culto, desengañado de ser “tolerado”, y de la farsa de la igualdad ante la ley. Enfrenta al hermano de la muchacha que lo enamora, un oficial del ejército alemán, quien termina matándolo en un duelo (el duelo es otra de las mentiras convencionales estigmatizadas por Nordau).
En boca del Doctor Kohn se refleja Nordau mismo: “para ser verdaderamente hombre, es indispensable un sentimiento nacional reconocido por uno mismo y por los demás”. O las últimas palabras de Kohn: “El judío no entiende con claridad que el odio de sus enemigos le concede el honroso título de representante de un pueblo”.
Este drama coincide con El Nuevo Gueto de Teodoro Herzl. El protagonista es un abogado cuya carrera se ve frustrada por su condición judía. También lo mata en un duelo un judeófobo, y sus últimas palabras son “¡Fuera del gueto!”.
Otro cuento judaico es La parte en el otro mundo, que Nordau presenta como “historia verídica”. Dos judíos ancianos (Reb Moshé y Reb Hirsch) juegan en Shabat una taberna. El último se juega su parte en el mundo venidero, y la broma pasa a ser siniestra cuando muere esa misma noche. Moshé siente gran culpa (su amigo murió sin pronunciar su última confesión) hasta que el rabino lo tranquiliza: el mundo por venir no puede venderse.
Rahab es un drama inspirado en la conquista de Jericó, pero aquí Rahab es una sacerdotisa del templo de Venus, que se enamora de uno de los dos israelitas. Nordau personifica en Rahab el espíritu helénico. Termina apedreada por las turbas lascivas de los guerreros judíos. Aparentemente, se le advirtió a Nordau que la obra podría ser mal utilizada por judeófobos e intentó hacer desaparecer el manuscrito.
Degeneración
Finalmente, la más importante de todas sus obras, por el impacto que produjo, fue Entartung o Degeneración (1895), una acérrima crítica contra el arte moderno. Refiriéndose a esta obra, escribe Cecil Roth: “Es notable que el rol de los judíos en el nacimiento del arte moderno a fines del siglo XIX fue pequeño, pero un judío fue su máximo detractor”.
En su primer hemistiquio, Cecil Roth exagera: grandes precursores impresionistas fueron judíos, como Camille Pisarro en Francia, Max Liebermann en Alemania, y Jozef Israels en Holanda.
Nordau contrasta el arte con la ciencia, para terminar despreciando a la primera: “después de tres mil años, el arte y la poesía no han encontrado nuevas formas de expresión”. Degeneración es precisamente una especie de aproximación cientificista al arte.
Su inspirador fue el criminólogo Cesare Lombroso, autor de El hombre criminal (1876), en quien Nordau se basa para criticar a los artistas modernos: sufrían supuestamente de un desorden mental y corrupción, resultado de la fatiga y la excitación nerviosa. Arremete contra Schopenhauer y su pesimismo filosófico, y contra numerosos artistas: Ruskin, Swinburne, Mallarmé, Verlaine, Lautremont, Maeterlinck, Walt Whitman, Wagner, Baudelaire, Huysmans, Oscar Wilde, Ibsen, Nietzsche (de éste, Nordau habría sido uno de los críticos más tempranos) y especialmente Emile Zola.
Zola y el naturalismo en Francia no veía en el mundo sino brutalidad, infamia, fealdad y corrupción. Para Nordau “las novelas de Zola no prueban que las cosas de este mundo son malas, sino simplemente que el sistema nervioso de Zola está descompuesto”.
La neurastenia que afectaba a su sociedad se manifestaba, para Nordau, en tres formas artísticas: el misticismo, la egomanía y el falso realismo. Pero anunciaba que “la histeria de estos días no perdurará. La gente se recobrará de la actual fatiga, y los degenerados fenecerán… Las aberraciones del arte no tienen futuro”.
Como virtud, digamos que Degeneración desenmascaró el falso ídolo del snobismo y la ruindad de los pornógrafos, y puso de relieve los estragos del escepticismo moral. Pero no fueron pocos los que discreparon con el enfoque.
Se destaca entre ellos George Bernard Shaw, quien escribió La cordura del arte (Londres, 1907) para refutar a Nordau. Shaw escribe su breve ensayo en forma de carta abierta a Benjamin Tucker, filósofo anarquista quien solicita de Shaw una respuesta debido al éxito que venía teniendo Degeneración.
El subtítulo del libro de Shaw es Una exposición sobre la actual necedad de que los artistas sean degenerados. En su opúsculo Shaw define a Nordau como "un judío cosmopolita" y, entre otras refutaciones, cita ingeniosamente párrafos de Nordau mismo para concluir con ironía que "cuando Ibsen critica al mundo, es porque el mundo es demasiado bueno para él; pero cuando Nordau lo hace, es porque él es demasiado bueno para el mundo”.
Otro crítico fue Benedetto Croce, quien sentencia en su Breviario de Estética (1912): “con Lombroso y su escuela, y con sociólogos al estilo de Nordau, se llega al límite extremo que separa el error decoroso del grosero, que se llama despropósito”.
Escritores argentinos también se refirieron a su obra. Así, José Ingenieros en sus Crónicas de Viaje considera que “el sionismo de Nordau no fue más que una simple actitud, una coquetería antiburguesa”. Y Jorge Luis Borges es más contundente: “Nordau no pretendió ser original o asombroso. Procuró algo menos visible y más esencial: tener razón... era un hombre ingenioso que renunció quizá muchas veces al ingenio y prefirió razonablemente, suicidamente, tener razón”.