Hirsch y la neoortodoxia
Entre los más destacados seguidores de Emanuel Kant hubo notables judíos. Dos de ellos fueron sus coetáneos. Uno, Salomón Maimón, era hijo de rabino y escribió una interpretación del sistema kantiano que satisfizo al filósofo. Otro, Lazarus Bendavid, fue un educador y matemático que vio en el judaísmo reformista el único método para detener la apostasía al cristianismo.
Después de la muerte de Kant, sus continuadores judíos se expresaron dentro del neokantismo, la corriente que revitalizó la filosofía después del retroceso en el que ésta cayera en las universidades a partir del deceso de Hegel (1831).
El neokantismo fue una familia de escuelas que, durante medio siglo (1870-1920), sostuvieron que la filosofía volvería a ser una ciencia si retornaba a Kant. Su portavoz más explícito fue el judío Otto Liebmann, autor del clásico libro Kant y los epígonos (1865).
Hermann Cohen es usualmente considerado el fundador de la corriente, debido a que inició la escuela de Marburgo. El neokantismo fue clausurado por otro judío, Ernst Cassirer, quien lo impulsó también en la lingüística.
Además de la de los antedichos, hay otra rama de la corriente que es usualmente menos tenida en cuenta: la personificada por el rabino Shimshon Raphael Hirsch, padre de la Neo-Ortodoxia judía. Hirsch rescataba de Kant la apoteosis del deber, la insistencia en que la conciencia es el tribunal en el hombre. Como muchos, fue seducido por el majestuoso final con el que Kant concluye su Crítica de la razón práctica: "Dos cosas llenan la mente con creciente y renovada admiración y reverencia, cuanto más reflexionamos en ellas: el firmamento estrellado arriba y la ley moral adentro".
Se cita del nieto y exponente de Hirsch, Isaac Breuer: "Bendito sea Dios, Quien ha dado de Su sabiduría a Kant. Debería pronunciarse amén ante la Crítica de la Razón Pura... toda la teoría kantiana de la percepción es el comentario más apropiado para el precepto de la Torá de No ir en pos de tu propio corazón y tus propios ojos" (Números 15:39).
Los límites que Kant reconoce a la mente humana para percibir la existencia, tienen bíblica expresión en el relato de Adán, cuando pone nombres a los seres vivientes (Génesis 2:19). En su comentario al versículo, Hirsch muestra que la palabra hebrea por “nombre”, “shem”, proviene de “sham” (“allí”) indicando la "allí-dad" de los animales con respecto del ser humano. El conocimiento de todas las cosas es subjetivo, resultado de nuestras percepciones. El intelecto humano puede reconocer solamente los fenómenos, pero no las esencias.
Hubo quienes no fueron tan positivos con respecto a las supuestas raíces kantianas de la cosmovisión de Hirsch. Entre ellos brilla con luz propia Isidor Grunfeld, traductor de la obra hirschiana al inglés, bajo el subtítulo de Una filosofía de las leyes y observancias judías. En su extensa introducción (1962) Grunfeld opina que "si bien la filosofía crítica de Kant mostró los límites de la mente humana y fue una gran ayuda para la religión positiva -incluyendo el judaísmo tradicional-, su filosofía moral, y especialmente su teoría de la autonomía, en el sentido de autolegislación moral, probó ser un obstáculo a la continua sumisión de muchos judíos a su ley tradicional, como guía diaria de su existencia". Isaac Breuer también puso límites a la influencia kantiana: "Kant está de pie en el umbral del judaísmo, pero no procede más allá".
La biografía de Hirsch está poblada por múltiples y agrias controversias ideológicas, también del breve período durante el cual fue diputado en el Parlamento de Moravia.
Acerca del principio de Austrit (cuán separada debía mantenerse la ortodoxia organizada del resto de la comunidad) polemizó tanto con el rabino Hildescheimer, quien simpatizaba con el sionismo, como con el rabino Bamberger, quien aceptaba los estudios seculares.
Polemizó asimismo con los forjadores de la Ciencias Judaicas (Jojmat Israel) Zvi Graetz y Zacarías Frankel, sobre la frontera entre pertenecer a nuestra única raza, la humana ('Menschentum') y nuestra fidelidad a Israel ('Isroeltum').
De los estudios de Frankel (Los caminos de la Mishná, 1859) perturbó a Hirsch la noción de que el lenguaje de la Mishná fuera un reflejo de su tiempo, y por ello arremetió contra “la escuela histórica” iniciada por Frankel, que fue la progenitora del judaísmo conservador.
Dice Hirsch al respecto: "Si la ciencia excluyera al judaísmo, no tendríamos más alternativa que dejar la ciencia, pero gracias a Dios, no hay necesidad de esta alternativa".
Acerca del concepto de “pueblo judío” polemizó con el portavoz del reformismo, su antiguo amigo y compañero universitario Abraham Geiger, con quien se había conocido en la Universidad de Bonn.
Geiger terminó siendo uno de los precursores ideológicos del judaísmo reformista, al que Hirsch combatió toda su vida. De Geiger lo escandalizó particularmente la definición de "Hundegehorsam" (obediencia canina) para referirse a la aceptación ortodoxa del ritual.
El contexto intelectual en el que Hirsch se opuso al movimiento reformista que ascendía, fue analizado por Isidor Grunfeld en una introducción de más de cien páginas al libro Jorev de Hirsch. Grunfeld señala tres etapas del reformismo:
la década de 1810, cuando Israel Jacobson inaugura un templo con cambios drásticos en la religión pero sin aspirar a justificarlos;
la década de 1830, en la que Michael Creizenach escribió la justificación para los cambios, aunque reconociendo el origen divino de la Torá; y
la década de 1840 cuando Geiger y Samuel Holdheim transformaron las fuentes judías en una inspiración moral desprovista de todo carácter legal.
El ensayo de Holdheim Inutilidad y malas consecuencias del formalismo religioso (1839) llegó a opinar que los judíos ortodoxos no eran merecedores de la Emancipación
Estas polémicas son eficaces para encarar el pensamiento de Hirsch, sobre todo si, paralelamente, recorremos su ensayística.
Igrot Tzafón y Jorev
Frankfurt fue la ciudad desde la que se hiciera célebre el nombre de Hirsch. Allí lideró a la comunidad judía por más de tres décadas. Allí publicó el mensuario Jeschurun durante catorce años. A su deceso, su hijo Naftali Hirsch compiló en seis volúmenes los ensayos de aquella publicación bajo el título de Gesammelte Schriften (Escritos Recopilados).
También en Frankurt escribió Hirsch su obra exegética: la traducción y el comentario de la Torá, del salterio y del Sidur o ritual de oraciones. El comentario a la Torá (1867-78) es singular. Históricamente se ubica en el centro de cinco exégesis posteriores al Biur de Moisés Mendelssohn, que fueron escritas con el objeto de reivindicar la interrelación entre la Torá Oral y la Escrita[1].
El de Hirsch destaca en el quinteto, por su incursión en semántica y etimología hebraicas, su uniformidad, su rastreo de terminología y, especialmente, por lo que el autor denominaba la comprensión del texto 'aus sich selber', desde el texto mismo. El comentario de Hirsch a la Torá sigue siendo leído y estudiado por amplios sectores del judaísmo contemporáneo.
Con todo, los dos principales ensayos de Hirsch fueron los que redactó al comienzo de su carrera, no en la Frankfurt de su fama y madurez, sino en la Oldenburg de su juventud. Al igual que Maimónides, quien plasmó lo central de su obra maestra en un libro filosófico y uno legal, Hirsch hizo lo propio en Igrot Tzafon (1836) y Jorev (1837).
El primero es una serie de diecinueve cartas. En la primera un joven, Benjamín, plantea a su maestro el rabino Naftalí su desconcierto por las ventajas de la modernidad sobre el judaísmo. En las dieciocho restantes, recibe las respuestas sobre por qué vale el esfuerzo demandado por el judaísmo, y sobre cómo podemos compatibilizarlo con el mundo moderno.
Naftalí es el alter ego de Hirsch (Naftali es la tribu del antiguo Israel simbolizada por el ciervo, en alemán Hirsch). Explica en sus cartas que se han dado al hombre “dos revelaciones: la naturaleza y la Torá”, y cada una de ellas debe ser entendida y corroborada de acuerdo con sus propias leyes.
Maimónides también había escrito su Moré Hanebujim o Guía de los Perplejos (1190) en forma de una carta a su discípulo Iosé ben Iehudá, en quien veía al judío “perplejo” que, por estudiar filosofía, necesita reubicarse con respecto a la tradición.
Donde Maimónides decía “filosofía”, Hirsch, en la carta 18, dice “cultura moderna”. En esa epístola es crítico de Maimónides, porque éste intenta demostrar el judaísmo "desde afuera", contrastándolo con Aristóteles.
Hirsch propone “elevar” la cultura exterior al judaísmo por medio de la Torá (carta 17). Sobre estos principios volvió en su ensayo La religión aliada al progreso (1854) y finalmente fueron el núcleo de su esquema ideológico Torá Im Derej Eretz: “la Torá y lo mundano”, o que el cumplimiento de las Mitzvot o preceptos no debe alejarnos de los grandes logros culturales de la humanidad.
El único modo de evidenciar que la forma de vida de la Torá supera esos logros es conocerlos y apreciarlos. Lejos de ser enemiga de los avances culturales humanos, la religión judía es su sostén. De este modo nacía la llamada neo-ortodoxia judía, que se distanció tanto de las “corrientes liberales” (el Reformismo y el Conservadorismo) como de la ultraortodoxia.
Eventualmente, Hirsch utilizaría el concepto de Mensch-Jissroel (hombre-judío) al esgrimir que no existe contradicción entre el judaísmo y el humanismo, y aceptar ambos.
La supuesta intención de Hirsch de escribir un paralelo a la obra maimonídea es recogida por Noah H. Rosenbloom, quien sostiene que las cartas llevan el título de Igrot Tzafón (que puede traducirse por “Cartas del norte”) como contrapartida del maimonídeo Igueret Teimán (“Cartas del sur”, o del Yemen).
Lo refuta Joseph Elias, rector de la academia talmúdica Shimshom Raphael Hirsch, y cuyo padre dirigiera por treinta años la escuela homónima. Elias publicó una edición de las Diecinueve cartas en inglés (1995), que prologa y comenta profusamente. Allí opina que, en realidad, el título del libro era Igueret Tsafún (“Cartas ocultas”) debido a que el texto aparecía anónimamente.
El segundo gran libro de Hirsch es Jorev, cuyo manuscrito fue enviado por Hirsch a su primo y amigo, Zvi Hirsch May, el 17 de abril de 1835. Jorev (nombre alternativo del monte Sinaí en el que se reveló la Torá) es una amplia clasificación de todas los preceptos bíblicos en seis categorías: doctrinales (Torot), justicieras (mishpatim), ecológicas (jukim), afectivas (mitzvot), simbólicas (edot), y rituales (avodot).
La categorización de Hirsch sigue la línea de otras como la de Saadia, Iehuda Halevi, Abraham Ibn Ezra[2], Ibn Daud, Josef Albo, y Maimónides[3]. Pero Hirsch es el primero en nominar las categorías exclusivamente con términos de la Torá (si bien allí no responden necesariamente a los significados que Hirsch les otorga).
Sobre las tareas prohibidas en Shabat, se ha intentado develar cuál es el principio fundamental que las sostiene. En Jorev, Hirsch opina que las restricciones sabáticas son el medio para que el hombre haga a un lado su capacidad de dominio sobre lo creado y logre así, una vez por semana, reafirmar la supremacía del Eterno en el universo.
Erich Fromm formula apreciaciones similares: “el trabajo es una ingerencia del hombre en el mundo físico... el descanso es un estado de paz entre el hombre y la naturaleza. Las normas del Shabat son, entonces, nuestra gran oportunidad para no interferir en la naturaleza y así testimoniar la presencia del Creador en nuestras vidas”.
En Jorev, Hirsch expone el original “Método simbólico” para las razones de los preceptos (o Taamei Hamitzvot). Los motivos para cumplir con las normas bíblicas incluyen el símbolo: algunas de esas normas simbolizan un ideal que penetrará en nuestra conciencia al ser cumplidas. Uno de los símbolos que Hirsch interpreta son los valores numéricos de la creación:
El 6 es la corporalidad sensible, el mundo creado y visible.
Del 7 deriva el hálito libre y divino, y
El 8 es el pueblo judío: Israel y su elección.
Somos seres, somos humanos, somos judíos.
En su comentario al Salmo 119, Hirsch resume su visión de la ley. El versículo “Hazme aprender de mi intelecto, porque creo en tus preceptos” es interpretado como que la explicación racional de los preceptos debe ser precedida por la fe en su origen divino.
El mentado Joseph Elias sostiene que el autor de Jorev no tuvo como modelo para esta obra el código "Mishné Torá" de Maimónides, precisamente porque el Jórev no es un código, sino una explicación de las leyes de la Torá. Su paralelo en la literatura judaica clásica sería el Sefer Hajinuj de Arón Levi de Barcelona (1310).
También Isidor Grunfeld discrepa con la citada tesis de Rosenbloom, y plantea a Hirsch como discípulo de Iehuda Halevi, y no de Maimónides.
Hirsch tenía pensado complementar el Jorev con un ensayo teológico titulado Moriá, que expusiera los “deberes de Israel en la Diáspora". Esta obra no llegó a ser escrita.
Maestros y antagonistas
Entre los precursores gentiles de Hirsch se destaca el filósofo Friedrich von Schlegel, de quien abrevó la conciencia estética y la etimología especulativa. Sus maestros fueron los rabinos Jacob Ettlinger (en la universidad de Wurzburg) y el Jajám Isaac Bernays (1792-1849). Éste fue abuelo de la esposa de Sigmund Freud, y discípulo de Schelling. Era Gran Rabino de Hamburgo (1921) y el primer rabino ortodoxo en predicar en alemán, idioma en el que también comenzó a enseñar el texto bíblico, lo que de por sí constituía una innovación.
Tumultuosa fue la relación de Hirsch con el historiador Heinrich Graetz, quien pasó de ser discípulo y amigo, a adversario.
Graetz escribió en su diario que en las Diecinueve Cartas "el judaísmo es presentado como la mejor religión y como indispensable para la salvación de la humanidad. Devoré cada palabra con avidez... Este libro me reconcilió con el Talmud". A partir de esa mancomunión de ideas, Graetz se trasladó a Oldenburg y residió en la casa de Hirsch durante tres años. El historiador dedicó su libro Gnosticismo y judaísmo (1846) "A Shimshom Raphael Hirsch, el enérgico máximo exponente del judaísmo histórico, el inolvidable maestro, el amigo paternal, con amor y gratitud".
Ese vínculo afectuoso se quebró irreversiblemente cuando sale a la luz el primer volumen (que ulteriormente sería el cuarto) de la monumental Historia de los Judíos de Graetz. Hirsch critica acremente la obra en un extenso artículo en su periódico Jeshurún (1856 y 1857) a lo largo de casi doscientas páginas en las que sostiene que Graetz contradice la tradición, y carece tanto de objetividad histórica como de confiabilidad académica.
Al poco tiempo, en el prólogo al quinto volumen de su obra, Graetz llama a Hirsch "ermita cazador de herejías" y, finalmente, en el conjunto de los once tomos de su Historia, sólo en apenas unos renglones menciona a "Ben Uziel, autor de las Diecinueve cartas sobre judaísmo".
Durante el siglo que va desde Moisés Mendelssohn hasta el renacimiento nacional de los judíos, el problema de la judería occidental fue cómo traducir la compleja red de enseñanzas y costumbres judaicas, al nivel de las verdades racionales de Europa. En otras palabras, cómo europeizar el judaísmo.
La primera generación de los europeizadores, nacida por 1790, estaba conformada por reformistas radicales, quienes en general provenían de la actividad comercial: David Friedländer, Israel Jacobson, y Jacob Beer.
La segunda generación, los nacidos entre 1790 y 1820, se dedicaba a la Wissenschaft des Judentums, la ciencia del judaísmo, y eran mayormente rabinos: Leopold Zunz, Abraham Geiger, y Samuel David Luzzatto, entre otros.
Los de la tercera generación, nacida entre 1820 y 1850, eran profesores de filosofía que intentaban consolidar sus lazos con el judaísmo: Haymann Steinthal y Moritz Lazarus (autor de La ética del judaísmo, 1898) y Hermann Cohen, quien presentó al judaísmo como un postulado de la razón.
Shimshon Raphael Hirsch bregaba por superar esa europeización. Veía en el pueblo judío a “la nación sacerdotal de la humanidad” que, lejos de traer la cultura europea a su seno, debía elevar la cultura humana desde la Palabra del Eterno en la tierra de Sión. El medio para ello era la Ley de Dios. En su ensayo sobre el profeta Isaías sostiene que “El futuro no encontrará a Israel disperso sobre la faz de la Tierra, sino reunido en torno de la cúspide del Santuario de la Ley en la Tierra de Israel, en donde se reunirá para consumar completamente la moral humana y las normas ciudadanas de acuerdo con la enseñanza divina”.
Jacob Breuer editó una antología de los escritos de Hirsch titulada Torá Eterna (1957).