Hilel y el neofariseísmo

 

 

 

Transcurrieron seis siglos desde los profetas, y Judea continuaba siendo víctima de  vaivenes políticos, resultantes de las contiendas entre imperios. Egipto no combate ahora contra Babilonia sino contra la nueva potencia: el imperio romano.

La batalla crucial se produce el 2 de septiembre del año 31, cuando se enfrentan en Actium dos flotas de más de doscientos barcos cada una: la romana de Octavio bajo el mando de Marco Vespasiano, frente a la egipcia-romana de Cleopatra y Marco Antonio. La victoria de la primera señala el triunfo definitivo de Roma, de la que Egipto pasa a ser una provincia más.

En Judea, el poder romano se personificaba en la figura de Herodes, hijo de Antípater, de la nación idumea que había sido convertido al judaísmo un siglo antes (por ello con frecuencia se lo considera judío).

Leal a Roma, Herodes quebró la resistencia beduina al Este del Jordán, y también esa zona pasó a ser una provincia imperial. En compensación, Octavio (quien, con el nombre de Augusto, ya era emperador) le otorgó poder sobre Yafo, Gaza y Jericó. En estas localidades, Herodes aplicó su abarcador programa edilicio, gracias al que reconstruyó aldeas como Samaria, erigió la ciudad portuaria de Cesárea, fortificó Masada, y reconstruyó nada menos que el Templo de Jerusalén.

Su biografía, pletórica de arquitectura, fue oscurecida por violentos conflictos con la familia de su esposa Marianne (Miriam), nieta del jefe hasmoneo y Gran Sacerdote, Hircano II.

En medio de tumultos, Antígono Matatías, el último de los príncipes hasmoneos, ascendía al trono en Jerusalén, y aquí arribaba el joven Hilel (60 aec-10 ec), desde Babilonia, para estudiar.

Hilel fue discípulo de los principales sabios fariseos, Shemaiá y Avtalión, hasta que el alumno se transformó en el principal erudito de la época del Segundo Templo. Enfatizó el carácter de la Torá como guía ética de piedad y humildad. De su vida personal, sabemos que era leñador, y que desechó la ayuda económica de su hermano Shebna, para escoger libremente la pobreza. Se lo ha supuesto uno de los maestros de Jesús de Nazaret.

En la biografía de Hilel el Sabio no hay rastros de las facetas convulsionadas de aquella época, y recién reaparece cerca del año 30 aec, una vez que sus mentados maestros ya habían muerto, y los nuevos jefes religiosos en Jerusalén eran los Benei Betera.

En las épocas del Primero y del Segundo Templos, florecieron sendos movimientos espirituales: el profetismo y el rabinismo. Nahum Glatzer, en su libro sobre Hilel, elige el término “neofariseísmo” para denominar la corriente que veía en la Torá un registro perenne de toda sabiduría e instrucción, y que procuraba aplicarle criterios lógicos de hermenéutica, a fin de extraer de ella todas las respuestas.

El neofariseísmo salvaguardaba, a un tiempo, tanto la continuidad histórica rabínica como la libertad de razonamiento.

A la sazón, el Gran Sanedrín era liderado por duplas de sabios o zugot [1]; Hilel integró la última de ellas. La era de las duplas coincidió, en términos talmúdicos, con dos períodos: el del gobierno griego en Eretz Israel (332-140 aec), y el de la subsiguiente dinastía hasmonea (140-37 aec).

Recordemos que hasta la época del Segundo Templo la erudición rabínica había sido colectiva y anónima; sólo unos pocos maestros sobresalían del contexto general.

Entre ellos, Rabí Iehuda Hanasí, quien supo aprovechar la época de relativa paz que le permitieron sus cordiales relaciones con los romanos, para llevar a cabo un gran emprendimiento que permitiría ulteriormente el continuo estudio de la Torá.

La iniciativa consistió en registrar, por escrito, los puntos más importantes de la Tradición Oral, para que ésta no pudiera ser eventualmente olvidada. El resultado fue una obra a la que sólo la Torá superaba en importancia, la Mishná compilada.

A partir de la Mishná, los sabios que la redactaron (los tanaítas) se conocen por sus enseñanzas individuales. El término “tanaítas” deriva del hebreo taná, que indica alguien que estudia, repite y transmite lo que ha aprendido de sus maestros. Se han descrito sus personalidades, contribuciones individuales, e incluso sus semblantes.

Los tanaítas actuaron a partir del mentado reinado de Herodes sobre Judea. Hacia entonces, los padres de las dos escuelas talmúdicas fueron Hilel y Shamai.

 

Llama la atención que se sepa mucho acerca de los judíos, pero muy poco sobre su libro fundamental. La columna literaria central de la tradición judaica es el Talmud, una colección de más de cuatro mil páginas, que constituye la obra más importante de los judíos, su epicentro creativo y nacional, a lo largo de siglos.

Ninguna otra obra influyó más en su vida a lo largo de la historia, tanto en la forma de pensar de su gente como en su praxis. Inspiró contenidos espirituales y fue guía de conducta. Nada ha moldeado la idiosincrasia de los judíos como el estudio del Talmud, al que por casi dos milenios volcaron sus energías intelectuales.

Hasta el momento de redacción de la Mishná, la Ley Oral judía se transmitía de maestro a discípulo, lo que demandaba un gran esfuerzo de memorización. Esta cita permanente de versículos bíblicos, típica de la literatura judía en general y de la talmúdica en particular, fue incorporándose a la Ley Oral, ya que era el modo de fundamentarla, y también servía de recurso dispositivo didáctico para tener presente la estructura de la ley.

El método se generalizó tanto que, en algunos casos, no era posible distinguir el versículo de su comentario.

La cantidad del material oral fue ampliándose; llegó a ser tan inmensa que ya no podía apelarse exclusivamente a la repetición y al estudio intenso. El esfuerzo memorizador no era suficiente, y tarde o temprano iba a ponerse en evidencia la imperiosa necesidad de ordenar y editar el material. Esa necesidad fue satisfecha por la Mishná.

Para citar ejemplos de su función, digamos que desde épocas tempranas hubo nombres de animales o plantas que a los sabios judíos les resultaba imposible identificar. Cuando el texto de la Torá menciona las “ramas de árboles frondosos” (Levítico 23:30), el maestro debía explicar al alumno que se trataba del mirto. En general, la tradición oral era el instrumento necesario para descifrar términos cuyo contexto no alcanza para comprenderlos.

Sólo gracias a la tradición oral pudo entenderse que cuando el texto bíblico habla de totafot, se refiere a los tefilín o filacterias. La tarea de la Ley Oral consistía por ende en conservar el significado de las palabras, en aclararlas a las generaciones jóvenes, y en facilitar de este modo la continuidad y supervivencia cultural.

La Ley Oral proveyó también de una ayuda un poco más compleja: definir conceptos registrados por la Torá cuya explicación no se desprende del texto. Cuando por ejemplo en los Diez Mandamientos la Torá afirma que “el día séptimo es día de descanso para el Eterno, tu Dios; no harás en él ningún trabajo” (Éxodo 20:10) ¿cómo debe definirse el “trabajo”? ¿Qué tareas taxativas se incluyen en esa definición?

La Ley Oral acude para responder que la definición de “trabajo” en la Torá se relaciona a las treinta y nueve tareas que los judíos efectuaron en la construcción del tabernáculo en el desierto. Por lo tanto, lo prohibido en Shabat es: sembrar, arar, segar, engavillar, majar, bieldar, limpiar, moler, cribar, amasar, cocer, esquivar, lavar la lana, mullirla, teñirla; hilar, tejer, hacer dos cordoncillos, cazar un ciervo, matarlo o despellejarlo, ensalarlo, curar la piel, pulirla, cortarla; escribir dos letras, borrar; edificar, demoler, apagar, encender; martillar, transportar (Mishná Shabat 7:2). Los pormenores de los trabajos prohibidos en sábado habrían sido imposibles sin la tradición oral.

La relación del Talmud para con la ley es paradojal. A pesar de que hasta el día de hoy, el es Talmud es la fuente principal de la ley judía, no cabe basarse en él cuando se ha de dictaminar. El Talmud vendría a ser al derecho hebreo lo que las matemáticas son a las ciencias. Les proporciona el lenguaje, la sindéresis, el estilo, pero no forma parte de ellas. 

 

La obra de Hilel

 

Hilel fue el sabio más grande de la época del Segundo Templo, y la revolución espiritual que generó abarcó varios aspectos. En principio, concluyó con las duplas, y su linaje familiar quedó establecido por cuatro siglos. Además, fue el primero que sistematizó la interpretación de la ley Escrita: siete reglas hermenéuticas.

La tercera área tiene que ver con el involucramiento comunitario. En este sentido, cabe el contraste entre Hilel y Séneca, el filósofo romano nacido en Córdoba cuando Hilel era anciano, y que comparte con éste varias máximas.

Nahum Glatzer muestra en el penúltimo capítulo de su obra, que “los estoicos y los epicúreos enseñaron la apatheia, la actitud de indiferencia e independencia ante todo aquello que pudiera perturbar la quietud de la vida interior del hombre sabio, y la ataraxia, mirar todas las cosas con ecuanimidad”.

En el caso de Hilel, no había tal imperturbabilidad ante la sociedad. Al buscar mejorar las condiciones de la comunidad, Hilel notó, verbigracia, la necesidad de reinterpretar un precepto bíblico: el que cancelaba las deudas durante el año sabático, con el objetivo de proteger al pequeño agricultor. La norma original era beneficiosa en una sociedad agrícola simple, pero en una economía más avanzada como la post-bíblica, el crédito no se limitaba al hombre pobre: el comercio dependía de él.

Por ello, Hilel promovió la ley del prosbul (del griego prosbole:ante el consejo”), que vino a proteger a prestatarios y acreedores durante el año sabático. El prosbul permitía que el acreedor entregara los títulos de deuda a un tribunal, junto con una declaración que estipulaba que el acreedor podría cobrar sus deudas después del año sabático.

Otras dos enseñanzas de Hilel han perdurado firmemente: que el valor de la paz priva por sobre el de la verdad (se basa en el Talmud, Betza 20ª) y que la Torá puede sintetizarse en no hacer al prójimo lo que a nuestros ojos sea odioso, y “…zil guemár”, vé y estudia. Otras de sus máximas fueron:

 

 

El legado de los macabeos había dejado a los judíos divididos en dos grupos: los saduceos, que derivaban de la aristocracia sacerdotal, y los fariseos, que se habían desarrollado a partir de los “jasidim rishonim” que habían florecido en Judea, desde poco antes de Alejandro el Grande.

De los saduceos y sus orígenes, no se sabe mucho. No se destacaban por ser numerosos, pero sí por su influencia social. Rechazaban la Ley Oral con sus tradiciones y reglas, y bregaban por circunscribir la observancia a sólo la Ley Escrita. 

Hilel fue portavoz de la  filosofía farisea. Su discípulo Iojanán Ben Zakai se opuso a la rebelión contra el imperio romano, por considerarla condenada al fracaso y, ante la inminente caída de Jerusalén, se escabulló de la ciudad. Solicitó del general romano Vespasiano que, a cambio de su renuncia a la lucha, se le concediera permiso para establecer una escuela en la ciudad de Yavne, desde donde continuar con la obra de Hilel. Sobre sus hombros recayó la reconstrucción de la vida judía después de la destrucción del Segundo Templo. La posición apolítica de Iojanán ante Vespasiano, recuerda la actitud de Hilel hacia Herodes.

Una vez que el Segundo Templo fue destruido y que finalizó la jefatura provisional de Iojanan Ben Zakai, los descendientes de Hilel ocuparon el patriarcado, que reemplazó al Gran Sanedrín hasta comienzos del siglo V.

Un fenómeno nuevo en la vida judía fue el surgimiento de las escuelas Bet Hilel y Bet Shamai, lo que expresa la pluralidad de la vida judaica en esa época.

El hecho de que ambas escuelas fueron aceptadas por la tradición judía como legítimas, muestra que la diversidad es parte integrante de ella.

Las disputas entre Bet Hilel y Bet Shamai en materia de halajá y de pensamiento, perduraron por varias generaciones, hasta que finalmente prevaleció el punto de vista de Bet Hilel, más flexible.

El Talmud, en su singular estilo, debate la ley divina partiendo de la base de que ella debe ser dirimida por sus estudiosos. Una polémica que lo ilustra se denomina “el horno de Aknai”, referida al grado de pureza ritual de un horno. Rabí Eliécer propuso demostrar su verdad por medio de concitar milagros que, al quebrar las leyes de la naturaleza, evidenciaran que Dios estaba de su parte en el veredicto. En ese momento lo contradijo su rival y amigo, Rabí Joshua Ben Hananiá, quien para ello formuló la célebre afirmación de que “la Torá ya no habita en el cielo”, sino que su interpretación había sido depositada en el buen criterio de los sabios terrenales que la estudiaban y observaban.

En su análisis de ciertas vetas legales, el Talmud parece a veces rebuscado, aun divertido. En el tratado de Pesajim (10b) se recuerda que la noche previa a Pésaj hay que revisar la casa para que no queden despojos de jametz, de pan y afines. A partir de esa premisa, se formula una serie de preguntas de creciente improbabilidad:

 

Un ratón entra a una casa que ha sido limpiada… tiene un pedazo de pan en su boca. Luego vemos que un ratón deja la casa con un pedazo de pan en su boca. Deducimos que es el mismo ratón. Pero ¿qué ocurre si ingresa un ratón blanco con un pedazo de pan y sale un ratón negro con un pedazo de pan? ¿Podríamos deducir que el segundo ratón arrancó del primero la migaja?

Si dijeras que no es hábito de los ratones robarse pan de la boca ¿qué sucedería si un ratón entrara a una casa con un pedazo de pan y una comadreja saliera con un pedazo de pan? ¿La comadreja sin duda ha tomado el pan del ratón? En ese caso, no deberíamos limpiar la casa nuevamente. ¿O se trata de otro pedazo de pan? Porque si fuera el mismo, no sólo el pan debería estar en la boca de la comadreja sino también el ratón. ¿Y si la comadreja sale con un pedazo de pan y un ratón? En ese caso, es el mismo pan.

Pero si fuera el mismo pedazo de pan ¿el pan no debería estar todavía en la boca del ratón? Acaso, por miedo, el ratón dejó caer el pan de su boca. La cuestión no fue resuelta.

 

Estos desafíos a la mente motivan la creatividad. Para entender si la impureza ritual de ciertos lugares afectaría sólo a los que caminan sobre ellos (y en ese caso el problema sería la tierra) o si la impureza también afecta el aire que está sobre esa tierra, la pregunta es “¿qué ocurre con una torre que vuele en el aire?” (Jaguigá 15b). La posibilidad de un avión surge en el siglo II, de una mente que está afilándose por medio de recorrer todos los vericuetos de la ley divina.

 

Judaísmo y cristianismo

 

La escisión entre el judaísmo y el cristianismo fue gradual, y ocurrió en cada lugar de distinto modo. No hay unanimidad sobre la fecha fundamental de bifurcación, entre los siglos primero y cuarto. El punto final de la escisión fue el Concilio de Nicea (325) que  reunió a trescientos obispos convocados por el emperador Constantino, para limar las diferencias teológicas que dividían a su imperio cristiano. La primera decisión del Concilio fue fijar una fecha de Pascua cristiana separada de la judía, a fin de distanciarse del judaísmo.

Para entender el cristianismo debemos conocer la religión de Israel, que le dio lugar y que fue su marco. En su seno nació Saúl de Tarso, Pablo, fundador de la nueva religión, a partir de sus viajes por el mundo grecorromano. Pablo envió epístolas a las primeras congregaciones cristianas, llegó a Atenas, y aquí predicó la doctrina cristiana de la salvación. En algo más de tres siglos, todo el mundo helenista fue cristiano.

Desde la Edad de Piedra, la Acrópolis había estado poblada. Después de una larga guerra, el rey persa Xerxes I destruyó sus edificios en el 480 aec. Un año después, con la derrota de los persas, comienza la Edad de Oro de Atenas. La Acrópolis fue reconstruida con grandeza, pero sólo como altar sagrado, y a sus pies, en la colina Aerópagos, la corte de justicia ateniense dictaba penas en juicios de asesinato. Allí se puso de pie Pablo, varios siglos después, para predicar el cristianismo a los atenienses, recreando un concepto judaico: la venida del Mesías. 

 

La idea mesiánica respondió a una paulatina evolución conceptual. Comienza siendo una noción muy material y nacional, que va espiritualizándose a lo largo de los siglos, hasta llegar a la idea de la redención escatológica  (del final de los días). Las etapas de dicha evolución son:

 

 1) En el clímax del reino de David, extenso, estable y próspero, nace la idea de que Dios lo ha elegido para que su descendencia reine eternamente, o como lo expresara él mismo: “Dios otorga a Su rey grandes victorias, y es misericordioso para con su Ungido (mashíaj) y su simiente, para siempre”.

 2) Con el colapso del reino, la doctrina requiere una reformulación. Aparece al final del libro del profeta Amós: “En aquel día levantaré el tabernáculo de David, ya caído, y volveré a edificarlo como en la antigüedad”. La Casa de David volverá a reinar algún día sobre Israel.

 3) Isaías cambia el énfasis. Importa menos la perpetuidad de la dinastía restaurada, que las cualidades del futuro rey: “Para paz sin fin se sentará en el trono de David, para sustentarlo con juicio y justicia, desde ahora y para siempre”. 

 

 4) Consolidándose la rebelión macabea, Aristóbulo se hace coronar rey, y así fortalece las esperanzas de un real retorno al trono davídico. Su descendiente se perfila como un agente divino, cuyos actos extraordinarios probarían su ascendencia. La idea de la salvación escatológica comienza a tener preeminencia.

 5) Una vez destruido el Templo por los romanos, el Mesías es el rey que redimirá a Israel en el clímax de la historia humana. Se separan claramente las dos ideas (la nacional y la escatológica) apareciendo una figura mesiánica secundaria, el pre-Mesías de la tribu de Efraim (Mashiaj ben Iosef). Este morirá en combate contra los enemigos de Israel, antes de la redención universal anunciada por el Mashiaj ben David.

 6) Cuando fracasa la rebelión de Bar Kojba (última esperanza de liberación contra los romanos) la  idea  mesiánica  comienza  a  espiritualizarse más  y,  según lo señala Iosef Klausner, va reemplazando a la idea nacionalista. Esta espiritualización llegará a su cúspide en el medioevo.

 

Cuando la bifurcación entre judaísmo y cristianismo estaba en marcha, la obra de Hilel hizo posible la reconstrucción del judaísmo, después de la caída de Jerusalén en el 70 ec. Durante su época fue establecida la línea central del judaísmo. En Hilel alcanzó su cúspide el judaísmo bíblico y profético. Curiosamente, nunca fue llamado rabí.

 


 


[1] Iosi Ben Ioezer y Iosi Ben Iojanan, Iehoshua ben Perajiá y Natai Haarbeli, Iehuda Ben tabai y Shimon Ben Shetaj, Shemaiá y Avatalión, Hilel y Shamai.