Parashat Shlaj Lejá:
Bamidbár Cap. XIII - XV
Enfoques subjetivos sobre una validez objetiva
En esta parashá se definen los próximos cuarenta años del pueblo de Israel en el desierto. A lo largo de los acontecimientos, se trasluce un criterio muy claro que define quién será capaz y quién no, de llegar a vivir en libertad. Por consiguiente, es en esta parashá donde se determina el futuro de toda una generación: quién morirá en el desierto, y quién llegará a vivir en la tierra de Israel.
Moshé, cumpliendo instrucciones de Dios, envía una delegación de doce hombres a observar las características de la Tierra de Israel, hacia la que todos se dirigen. Se trata de dirigentes de las doce tribus, que no van por petición propia sino que son enviados. No se trata en rigor de espías como los que más tarde enviará Iehoshúa (Josué). Esta es una delegación diplomática que no se esconde, y que deberá presentar más tarde un informe militar.
Los enviados deben llegar a la tierra y observar sus características; deben ver sus ciudades, los hombres que las pueblan, las armas de que disponen; para poder informar luego a Moshé y a todo el pueblo acerca de lo que vieron. Los delegados cumplen con su misión: a su retorno presentan un informe claro y objetivo, sin distorsiones de ningún tipo. El informe es positivo.
La crisis se suscita cuando los informantes exceden la misión que se les había encomendado y se extralimitan de su deber de informar acerca de la tierra. Luego de presentar unánimemente un informe positivo, comienzan individualmente a inferir conclusiones a partir de las realidades que vieron. No discuten acerca de la tierra, sino acerca de las posibilidades del pueblo de Israel para conquistarla. Y entonces entra en juego la subjetividad personal de cada uno.
Llegado este punto, la diferencia con el informe inicial es importante. Ahora sólo dos son optimistas, contra diez a quienes la empresa les parece imposible de consumar. Desde el principio era probable que ésto sucediera. Entonces, ¿para qué envió hombres Moshé a conocer la tierra?. Cuando Abrahám emigró por orden de Dios, cumplió el mandato de dirigirse a "la tierra que te mostraré" sin saber a dónde iba; caminó en nombre de un ideal objetivo respaldado por la subjetividad de su fe. En este momento, el pueblo de Israel no tenía opciones. ¿Para qué, entonces, era necesario que conociese previamente la tierra que le estaba destinada?
Moshé buscó transformar el hecho compulsivo en objeto de deseo. Ciertamente, el pueblo de Israel no tenía más opción que dirigirse a la tierra prometida. Iban hacia ella por obligación. Moshé esperaba un informe positivo de sus enviados para que todo el pueblo se sintiera motivado, e incorporase su voluntad y su deseo al emprendimiento. Ante la discusión de los delegados y el pesimismo de diez de ellos, el pueblo reacciona con desesperación, asume una actitud fatalista y desesperanzada, y baja los brazos antes de comenzar la tarea.
Dios se enfurece entonces contra su pueblo: ¿no le ha dado suficientes demostraciones de su tutela y protección?. El pueblo, una vez más, reacciona cuestionando la fe. Dios, asumiendo que el problema radica en la personalidad de los hombres, en su mentalidad de seres sometidos, llega a la conclusión de que todos los que desesperaron, aún otra vez más, no podrán llegar a ser hombres libres. Habla a Moshé de eliminar a todo este pueblo y de crear otro a partir de su simiente, pero finalmente adopta una resolución que no involucra a la identidad global de Israel sino a cada una de las personas psicológicamente privadas de acceder a la libertad: la generación del desierto, la generación de quienes fueron esclavos y mantienen de tal condición el pesimismo y la falta de fe, no entrará a la tierra de Israel.
Esta conclusión alude a la forma en que el sistema de referencias subjetivo de cada uno condiciona toda percepción. Todos podemos ver lo mismo y percibirlo de modo diferente, de acuerdo con las experiencias vividas y con lo que antes hemos visto. Los delegados que se mostraron pesimistas adolecieron probablemente de dos temores distintos: por un lado, espiritualmente, quizá hayan sentido que la necesidad de luchar y trabajar en la tierra de Israel atentaría contra la consecución de la vida religiosa, de la búsqueda de la santidad que el pueblo llevaba en el desierto, donde nada tenía que hacer para sobrevivir. Por otra parte, de un punto de vista material, temieron que el pueblo de Israel no tuviera las fuerzas necesarias para triunfar en una guerra de conquista.
A diferencia de ellos, Iehoshúa Bin-Nun y Calév Ben-Iefuné, los dos delegados que hablaron de modo positivo, no olvidaron en ningún momento que la vida de santidad se torna efectivamente válida si no hace que el hombre se desprenda de la realidad, del trabajo y de la lucha por la vida. En base a un criterio pragmático, concientes de la tutela que Dios había ejercido sobre el pueblo a lo largo de todo el camino recorrido, mantuvieron la fe en que justamente el desafío de la lucha y el trabajo por venir serían la certificación de que todo lo ya pasado se había dirigido hacia una finalidad viable y digna de ser transformada en realidad.