Del libro "el ser judio" del harav hayim halevy donin.
Siempre es posible un retorno a la fe de Israel para aquellos que se han
apartado de ella, o que se han rebelado deliberadamente contra ella. Sea que la
senda que tenga que recorrer la persona que retorna sea un camino largo o corto,
comenzar a recorrerlo es uno de los actos religiosos mas significativos. Este
viaje se conoce como teshuvá; y el que lo
hace se denomina baal-teshuvá.
A menudo se traduce teshuvá
simplemente como arrepentimiento. La raíz de la palabra, sin embargo, significa retorno. "Retorna, Israel, al
Señor tu Dios" (Oseas 14:2) es la esencia de la teshuvá, la clave para el arrepentimiento. El retorno a Dios no es únicamente un
reconocimiento de Su existencia, o decir simplemente "Creo en El".
Tampoco afiliarse a una sinagoga constituye un retomo a El. Estos son solamente
los primeros pasos en esa dirección. Teshuvá significa
nada menos que transformarse en un servidor del Señor, un eved Hashem. Un sirviente no solamente reconoce la existencia de su
amo, sino que se somete a su gobierno y jurisdicción, está obligado por los
mandamientos y exigencias del amo. Esta es la relación que existe entre Dios e
Israel. Al someternos a Dios, proclamamos nuestra libertad de
la servidumbre humana. "Seréis Mis servidores, dijo el Señor y no
servidores de Mis sirvientes”
Israel está llamado a fortalecer otra
relación con Dios: la del amor a Dios. Dos veces al día en el Shema ("Oye Israel”) se nos
recuerda el precepto: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo su corazón ..."
La relación de Israel con Dios es descrita también en términos de un
matrimonio eterno entre amantes:
Y te desposaré conmigo para siempre; y te desposará
conmigo en justicia, en juicio, en misericordia y en piedad. Y te desposaré
conmigo en fidelidad y reconocerás al Señor.
(Oseas 2:19-20)
Siempre
es posible reconocer la actitud y la conducta de un servidor, pero la de un
amado prometido en matrimonio no siempre es universalmente reconocida, sobre
todo por de una generación más expuesta a los actos de amor en público en un
solo año, que lo que las generaciones pasadas pudieran haber presenciado en el
transcurso de toda una vida. El verdadero amor no consiste simplemente en
expresiones o en declaraciones de afecto. El verdadero amor significa entrega,
no apropiación. Autosatisfacción a expensas del amado, no es verdadero amor.
No se expresa el verdadero amor por medio de una obstinada negativa a renunciar
a los placeres y deseos propios, sino por la disposición de llegar incluso al
sacrificio para satisfacer al objeto de ese amor.
Los matrimonios - y
todas las relaciones basadas en el amor se deterioran cuando predomina el
egoismo. El verdadero amor se evapora cuando una de las partes se comporta como
si sólo importaran sus propias necesidades, exigencias y deseos. La religión,
que a su nivel más
elevado se basa en el amor de Dios, también se deteriora en presencia
del egoísmo. El amor a Dios también es menoscabado cuando la gente actúa como
si lo único que le importara fueran sus propias necesidades y deseos, sus
gustos y comodidades, sin tener en cuenta lo que pudiera ser grato al
Todopoderoso.
Desde un punto de
vista pragmático, no existe realmente mucha diferencia si la relación con Dios
se basa en un profundo amor o en una aceptación de la relación amo-servidor.
Aunque desde un punto de vista filosófico y espiritual no hay duda acerca de la
superioridad de la relación mencionada en primer lugar, en términos prácticos
los resultados son los mismos. Solamente por razones que emanan de las
profundidades de la propia mente, algunas personas se muestran más dispuestas a
dar más énfasis a una u otra de estas dos relaciones legítimas.
Sea
cual fuere el punto de vista, nuestra relación con Dios implica más que oración
o plegaria. Exige una transformación personal, auto-reconstrucción que
implica obedecer a Dios en todo momento más que anteriorrnente. El ha sido
desobedecido; deberá brindársele satisfacción allí donde anteriormente
buscábamos satisfacernos a nosotros mismos.
Realizar semejante transformación exige un esfuerzo
doble. En primer lugar depende del tipo de estudio del cual pueda surgir un
conocimiento de la herencia total de Israel en toda su amplitud y profundidad.
"Lo que se requiere no es más religión en la educación superior, sino más
educación superior en la religión", (Alfred Jospe). El otro aspecto
involucra las experiencias personales, la experiencia de vivir como un judío,
de comportarse como judío.
El conocimiento requiere comprensión, y la comprensión
máxima deriva del compromiso personal y no solamente del estudio de libros de
texto. El conocimiento desde adentro es sin lugar a dudas superior a la simple
observación desde afuera. Un conocimiento intelectual de la importancia de ser
judío no puede compararse con la apreciación intuitiva del valor que surge de
la acción de serlo. Aunque el intelecto debe aplicarse para reforzarla,
especialmente en nuestra época, la sensación directa de lo que realmente es el
judaísmo, surge de la acción y no sólo de su conocimiento. Aunque una
apreciación solamente intuitiva o emocional de los valores y las ideas judías
no sea a la larga suficientemente sólida como para resistir el embate del
examen crítico en el mercado de las ideas, y requiera un sólido apoyo
intelectual y educacional, esto último por sí solo no trae ningún
compromiso con el modo de vida judío.
El
primer artículo de fe en todo credo es la creencia... Pero
es difícil ver cómo una mera idea pueda tener esa eficacia... No es suficiente
que pensemos en ellas (en las ideas), es también indispensable que nos
coIoquemos dentro de sus esferas de acción, que nos ubiquemos allí donde mejor
podamos sentir su influencia; en una palabra, es necesario que actuemos... (Emile
Durkheim, "Formas Elementales de la Vida Religiosa")
Enfrentemos el problema tal como es. La supervivencia del judaísmo no es
en sí y por sí misma suficiente para justificar la lealtad al judaísmo o
para basar en ella la voluntad de seguir siendo judío. Si ser judío no tiene
ningún significado especial, entonces la supervivencia del judaísmo como un
pueblo o una fe diferente tampoco tiene ningún significado. Si una persona
cree profundamente que la supervivencia del judaísmo tiene importancia, esto
debe tener para él significado y consecuencias a nivel personal.
"Retorna,
Israel, al Señor, tu Dios" es el llamado de los profetas hebreos que resonó
a través de las generaciones en todos los momentos en que nuestro pueblo se
separó de Él. En nuestra fe es fundamental el concepto de que nunca es demasiado tarde para ese retorno. Una
persona puede tener seis años o sesenta, diez años o cien, siempre es
llamada a purificar su corazón y sus pensamientos y para dirigirse o
reencaminarse hacia el Todopoderoso.
El que retorna a Dios (en
contrición) no debe imaginar que se encuentra a distancia demasiado grande del
justo por culpa de sus pecados y transgresiones pasadas. No es así. Es amado y
querido por el Creador como si nunca hubiera pecado… No
sólo esto, sino que su recompensa es aún mayor, porque él sintió el gusto de
la transgresión y se separó de ella dominando su mala inclinación. Nuestros Sabios afirman que en el lugar donde
se encuentra parado un "baal teshuyá", no puede pararse ni siquiera el más perfecto
de los justos. En otras palabras, su nivel espiritual es inclusive superior
que el de aquellos que nunca pecaron… Todos los Profetas
llamaron al arrepentimiento, y la redención final de Israel se logrará sólo a
través del arrepentimiento
(Hiljot Teshuvá 7:4-5)
Debemos también señalar la conclusión del sabio Kohelet
(El Eclesiastés), que después de todas sus búsquedas sobre el sentido
de la vida, y de todas sus investigaciones desde el ascetismo hasta el
hedonismo, concluye que: "El resumen de todo el discurso, después de oírlo
todo, es éste: Teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque eso es el hombre
todo" Eclesiastés 12:13).
El que salva una vida es considerado en nuestra tradición
como si hubiera salvado el mundo entero. De esto se desprende que el que
destruye una vida es culpable de la destrucción de un mundo. El que sofoca
espiritualmente una vida judía, sea la propia o la de sus hijos, es responsable
por la sofocación espiritual de todo un mundo judío. De esto se deduce también
que al que revive espiritualmente una vida judía -aunque sólo sea su propia
vida- se le considera como si espiritualmente hubiera revivido todo un mundo judío.