Rav Shlomo Aviner
A
la búsqueda del yo espiritual
(respuesta a una pregunta) ¡Cuán afortunada eres por plantearte preguntas serias e importantes tales como: “¿quién soy yo?! “Ani” [yo] es la segunda palabra que la persona dice cuando se levanta por la mañana. Primero pronuncia la palabra: “Modé” [agradezco] para agradece a D’s por su benevolencia y misericordia. Después dice “ani” [yo] para centrarse en sí mismo. Luego también menciona: “que me has devuelto mi espíritu”, en mi, en mi interior, tengo un espíritu especial que es mío.
¿Cómo puede el hombre descubrir su propio espíritu? Esta es una pregunta responsable que cada cual debe plantearse hacia el fin de la adolescencia. Un niño absorbe influencias diversas y contradictorias: de los padres, de la escuela, del movimiento juvenil y de “lo que dicen”, es decir, una serie de influencias de origen indefinido como, por ejemplo, de los medios de comunicación, de la televisión, etc. El niño no siempre es consciente del hecho que acumula en su interior mensajes contradictorios, al menos, no es algo que le preocupa demasiado. Sin embargo, llega a una edad en la que debe determinar y elegir entre todo lo que ha recibido, qué acepta y qué rechaza.
Es decir, hay aquí un trabajo más profundo y responsable de descubrir el “yo”. El decidir “quién soy yo” es una decisión cardinal. De todos los elementos que forman al “yo” de la persona - los que también son el producto de las influencias del entorno - se debe decidir qué conservar y qué rechazar. Por ejemplo, tu amiga ha decidido abandonar la religión y esto te choca. Esa persona no ha nacido no religiosa, sino que posee un espíritu divino y fue creada a la imagen de D’s, pero así ha decidido.
En gran medida, el hombre se crea a sí mismo. Esto es lo que es tan hermoso. Lo más importante del hombre, el saber quién es, no le ha sido determinado por D’s sino que Él le dio el libre albedrío. Evidentemente, no quisieras que los demás eligiesen para ti un hermoso vestido nuevo, sino que quieres elegirlo tu misma. Cuanto más, eres feliz al poder elegir cuál ha de ser tu propio “yo”. Esta elección no es únicamente entre todas las influencias educativas directas o indirectas que has absorbido desde tu infancia, juventud y hasta el día de hoy. Existen también elementos que son innatos, para bien o para mal. Tienes un espíritu divino así como un espíritu animal. El hombre posee una imagen de D’s pero también la imagen animal. Existe un instinto del bien y un instinto del mal; un espíritu puro y un espíritu impuro. La persona misma es quien decide cuál será su propio “yo”. Ambos espíritus luchan entre sí, cada cual quiere dominar tu personalidad. Entonces, te ves obligado a ser quien defina esa batalla. Esta es una lucha que se extiende a lo largo de toda la vida. Durante toda la vida, el espíritu impuro busca molestar y tragar a tu propia identidad.
Cuando, por ejemplo, insultas accidentalmente a tu amiga, sientes un terrible cargo de consciencia. Al espíritu animal le gusta ofender, insultar, matar; pero tu tienes la aspiración pura de ser suave y noble. Por lo tanto, mismo cuando lo haces por error, si ofendes por haber empleado una expresión inocente y descuidada, de inmediato te sientes terriblemente y buscas vías para corregirte y no volver a fracasar. No sientes simpatía con el animal que se encuentra en tu interior.
En tiempos antiguos, esta lucha era muy dura. El espíritu divino y el espíritu animal hablan con una misma voz y ambos dicen: “yo”. Cuando dices, piensas o sientes: “yo”, no siempre sabes cuál de los espíritus es el que domina, puesto que también el espíritu impuro se embellece por fuera y habla en nombre de la libertad, la naturalidad, la felicidad, la independencia, la realización, la fuerza, la voluntad, etc. Por lo tanto, durante miles de años la humanidad se vio conducida a la idolatría, pensando que allí se encontraba la luz. Finalmente, la Torá no fue entregada, la que nos permite distinguir en forma clara cuál espíritu habla en cada caso. El abandono del yugo de D’s a través de una vestimenta no recatada, tiene su origen en el espíritu animal. Después de todo, los animales andan desnudos. La preocupación por no ofender a un amigo tiene su origen en el espíritu divino, puesto que D’s ama a todos los seres. Ahora todo está claro y por supuesto esto no nos exime de la lucha, pero al menos sabemos quién está a favor nuestro y quién en contra.
Hemos aprendido que nuestro “yo” no se obtiene en forma gratuita. Se lo conquista lentamente. No en vano el Rav Kook tituló los capítulos que hablan de la búsqueda del yo en Orot Hakodesh, Parte III, con el título general: “el ser y la lucha interna”.
Es una sensación extraordinaria percibir el propio yo a través de tus esfuerzos, algo que has ganado y mereces. Pero no sólo el triunfo es extraordinario sino también la lucha, puesto que el espíritu divino ayuda. Esto es similar a la hija de un rey que se casó con un plebeyo que le brinda todo lo bueno. Sin embargo, está triste porque siente nostalgia por el palacio del rey. Del mismo modo, tu espíritu divino es como una princesa y el padre se encuentra en lo alto. Aspira a adherirse a D’s y no tendrá felicidad con nada que sea menos que “la sed de D’s”.