Rav
Shlomo Aviner
¡Basta
de violencia!
Pregunta: ¿Cómo es posible que exista violencia entre judíos? ¿Cómo es posible que un joven asesine a su amigo y cómo se puede evitar ese fenómeno?
Respuesta: En primer lugar, hay que emplear medidas de prevención contra el mal y enseñar el temor al castigo, el temor a las sanciones legales.
El Rambam (Maimónides) explica en su libro “Moré Nebujim” (“La Guía de los Descarriados”) que no es posible colocar a un policía en cada metro cuadrado, sino que hay que impedir la delincuencia a través de la disuasión: quien cometa un delito, pagará caro.
Es cierto, el Libro del Zohar nos enseña que la educación a través del temor al castigo es una vía pedagógica inferior: “Desgraciado quien teme el látigo”. Pero el Rav Kook explica que esta expresión se refiere a una educación que está basada únicamente en el temor al castigo, sin despertar ideales superiores. Sin embargo, como base y punto de partida, el temor al castigo tiene un lugar (Orot Hakodesh, IV: 418). Después de todo, en la Torá está escrito: “Jueces y magistrados pondrás para ti en todas tus ciudades que el Señor, tu D’s, te da, en tus tribus, los cuales juzgarán al pueblo con justo juicio” (Dvarim, XVI:18). De este modo, la violencia puede ser erradicada a través de una acción racional, pensada y ética, como dijeron nuestros sabios: “Si hay policía, hay juez; si no hay policía, no hay juez”.
Pero al nombrar un Ministro de Justicia, un Av Beit-Din, un jefe del Sanhedrín, no hemos hecho más que la mitad del trabajo. Junto a él, hay que nombrar a un Nesí Beit-Din, cuya función sea elevar la espiritualidad de la nación.
La policía no puede extraer el problema de raíz; pero, ¿cuál es la raíz?
Existen dos teorías al respecto: una teoría social y otra psicológica. La explicación sociológica sostiene que el marco social conduce a los conflictos. Existen discrepancias de ideas y de voluntades. Cuando no se logra llegar a un acuerdo, aparece la tensión que puede conducir a una violenta disputa.
La solución es enseñar a las personas a vivir juntos, en comunidad, a comprender y a saber también renunciar. Hasta que este trabajo sea concluido, es necesario ayudarse de intermediarios, los alumnos de Aharón Hacohen, quien amaba y perseguía la paz.
El problema de la violencia es tan antiguo como la especie humana. Cuando habían sólo dos personas en el universo, Caín mató a Abel. ¿Qué fue lo que sucedió entonces? Nuestros Sabios nos enseñan: “Todo comenzó con una desavenencia. Caín y Abel se repartieron el mundo entre ellos. Caín tomó las tierras y Abel los bienes muebles. Caín le dijo a Abel: “¡Vete de mis tierras!” Abel le respondió: “Dame tus vestidos”. Finalmente, Caín se levantó y lo mató. Otros sabios dicen: “Uno dijo: ‘sobre mi territorio será construido el Beit Hamikdash (el Templo)’; y el otro dijo: ‘sobre mi territorio será construido’. Y asimismo, hay quienes dicen que se pelearon por la tercera hermana melliza.
Por lo tanto, el conflicto tenía un trasfondo económico, religioso o sentimental. La solución de dividir entre ellos el mundo no sirvió, puesto que la repartición deja siempre territorios intermedios. El Maharal sostiene que ellos optaron por un método de división que no era el correcto. Porque la palabra en hebreo “majloket” - controversia - está compuesta por “jelek - met”, la separación es la muerte. La solución apropiada es ‘ahavá’, el amor.
Empero, Caín sufría de un problema más básico: el instinto de agresividad. El conflicto no provocó la violencia, sino que la violencia originó el conflicto. D’s no aceptó la ofrenda de Caín debido a su tendencia a la agresividad: “Y a ti estará sujeto su deseo, mas tú podrás regir sobre él” (Bereshit, 4:7).
La agresividad es un instinto común a los animales y a los hombres. El hombre fue creado a imagen de D’s, posee un espíritu divino, pero también un espíritu animal; un ‘espíritu sagrado’ y un ‘espíritu impuro’ (Orot Hakodesh, 3, 135).
La discusión biológica se centra entorno al origen animal del hombre, pero no es el que define desde el punto de vista espiritual. La pregunta no es si el hombre procede o no del animal, sino si ha llegado al nivel de hombre. Y efectivamente, aún no ha alcanzado ese nivel, la prueba está en el animal que hay en él. Sin embargo, esta naturaleza no es eterna. El hombre se encuentra en una ascensión permanente, siempre progresa. Si bien existen terribles períodos de oscuridad, la dirección general es de elevación; en particular, los hijos de Israel que son “misericordiosos, púdicos y caritativos” (Iebamot, 79b). Por este motivo, el rey David rechazó la conversión de los Guivonitas, porque eran crueles (Ibid). Cuando se le propone a una persona un lazo matrimonial, se debe tener en cuenta este aspecto. De este modo, el Shulján Aruj determina: “Quien es impertinente, cruel, odia a las creaturas y no es compasivo, deja lugar a la sospecha de que sea Guivonita” (Shulján Aruj, Oraj Jaim, II:2).
Cuanto más en nuestra generación, en la que concluyó el odio gratuito y la prueba de esto es que ha llegado el fin del exilio. Entonces, ¿de qué modo debemos comprender cuando una persona ataca al prójimo, un esposo a su esposa, un joven a su amigo? Existen personas malvadas que hay que atormentarlas con el temor al castigo. Pero la generación en general es buena, como escribió el Rav Kook en el artículo “La generación”. Sino que es bueno por dentro y malo por fuera; tiene muchas dudas, incertidumbre y dificultades.
No es posible brindarle a la juventud lazos de sociabilidad y buenas maneras en forma vaga, sin que deben estar relacionados con ideales superiores. No alcanza con educar hacia la paciencia, la paz y la conducta social adecuada. Esto no colma al espíritu. “no se satisface el espíritu” (Kohelet, 6:7).
Esto es similar a la hija del rey que se casó con un ciudadano. A pesar de que él le brindaba todo lo bueno, ella añoraba el palacio de su padre. Asimismo, la Neshamá, el espíritu, es una princesa, parte divina de las alturas que aspira a lo que se encuentra en lo alto. La juventud se encuentra en un proceso de búsqueda: la insatisfacción provoca el odio y la envidia. Cuando una persona no posee satisfacción interior, se enfurece el espíritu, encendiéndose el animal que se encuentra en su fuero. Entonces, falta la esencia del libro de la realidad humana: un ideal espiritual superior.
El remedio es: incrementar el amor y la fe.