Rav
Shlomo Aviner
La
televisión
La
televisión es un instrumento muy potente que hubiese podido ser una bendición
para la humanidad, pero de hecho es una tragedia. Esto se debe a dos motivos: a)
la vaciedad del contenido; b) el modo en que se presenta ese contenido, la forma
de informar que no constituye un defecto pasajero sino algo esencial que no
puede ser corregido.
En
cuanto al contenido, los programas representan una sub-cultura, vulgar, baja,
que se expresa en un lenguaje vulgar, vacío, violento y obsceno. La competencia
comercial lleva a que el nivel descienda al dominador común más bajo. Los
adultos y los niños se encuentran expuestos
diariamente a contenidos que están en contradicción con todo código moral básico.
La pantalla ‘brillante’ resalta el materialismo, factor que lleva a la
disminución de la tensión ideológica. El cuerpo de la mujer se transforma en
un producto hedonista que afecta su dignidad.
Existe
una relación directa entre la televisión y el nivel de violencia en la
sociedad. Durante las decenas de años de la existencia de este aparato, graves
delitos, tales como asesinatos, robos, etc., han transformado a los espectadores
en personas faltas de sensibilidad. Esto fue demostrado al conectar a
televidentes a un fisiógrafo, aparato que funciona según el mismo principio
que el detector de mentiras, y percibir que, de hecho, las personas no
reaccionan más frente a las atrocidades. Los
romanos estaban expuestos en sus circos a espectáculos crueles y la
televisión presenta aún peores.
Los
medios de comunicación electrónica constituyen un sistema educativo
alternativo, el que determina los valores y los estereotipos: lo que es aceptado
y lo que es considerado como un éxito. Describe un mundo violento, peligroso y
hostil. Los niños están expuestos a los problemas de los adultos antes de
tiempo, cuando aún no han madurado emocionalmente. En plena infancia, están ya
acostumbrados a todas las abominaciones de la vida. La televisión acostumbra a
las personas a los asesinatos y, en particular, al crimen de ‘cuello blanco’
que presenta sin escandalizarse.
¿Cuál
es la columna vertebral de una juventud que crece en una sub-cultura como ésta,
a la que le dedica la mayoría de su tiempo libre, un promedio de 130 minutos
diarios? Siendo aún bebé, comienza a mirar los cables a partir de la edad de
un año y medio, ¡llegando a la edad escolar con 15.000 horas de experiencia
como televidente!
Todo
esto en relación al contenido que teóricamente puede ser corregido, a pesar de
que parece ser una causa perdida. No obstante, el problema de la creación es más
esencial. Este aparato acostumbra al ser humano a una actitud pasiva, a la
haraganería espiritual. En los niños, el hemisferio izquierdo del cerebro, el
que controla el desarrollo del lenguaje, el habla y el pensamiento analítico,
se deforma debido a una percepción visual y no verbal que no exige esfuerzo
alguno. El individuo se atonta porque ya no necesita pensar ni utilizar su
inteligencia. Allí, dentro del televisor, hay quienes piensan en lugar nuestro
y nos explican todo. En pocos instantes, nos transmiten una amplia gama de temas
en forma superficial, de un modo que no llega a la verdad. El espectador cree
que comprende, pero en realidad lo adulan para darle la impresión equívoca que
ya es un experto en el tema.
Nos
presentan una imagen irreal del mundo: sólo existe aquello que percibe la cámara.
Nuestra personalidad se ve dañada. La televisión se transforma en nuestros
propios ojos. Es la que determina nuestra visión, decidiendo si un incendio
deber ser visto como un espectáculo sorprendente o preocupante, etc. Nos roba
parte de la personalidad y la adormece. Hoy en día, una persona normal es quien
posee las ideas de la televisión, es decir, opiniones superficiales. Porque no
es posible transmitir una idea a través de la imagen.
El
criterio de la televisión es el placer; la ‘diversión visual’, ‘tzfia
mehana’ nos dicen antes de cada programa. No hay pensamiento abstracto, no
hay un análisis objetivo ni la deducción de conclusiones. Permite tan sólo
una satisfacción inmediata, concreta.
En
la televisión, un líder es valorado de acuerdo a su conducta externa y no según
la profundidad de sus palabras. La información y la publicidad ocupan un lugar
más importante que el hacer, la imagen más que la realidad. La estrella de
cine es el héroe. Al mismo tiempo, el líder se ve obligado a comportarse
acorde.
La
televisión vive en el presente, en el aquí y ahora. El judaísmo, en cambio,
es también el pasado y el futuro: un pasado extenso y un futuro imperceptible.
Pero todo esto no es visual, no puede ser percibido, no es comunicativo ni
aprovechable. En la televisión, la realidad es reducida a flashes breves e
impresionantes, cada uno de los cuales hace olvidar al anterior. La fe, en
cambio, es algo profundo y abstracto, no es sensorial porque no permite percibir
imagen alguna. La televisión crea un escenario de vida imaginario como el
teatro, crea una realidad. Es el testigo, el juez y el verdugo. No tiene una
obligación moral ni nacional. Está sólo obligada a sí misma y enamorada de sí
misma.
Cuando
leemos un libro, profundizamos y meditamos. En la televisión, el aquí y ahora
conforman el todo. Toda sociedad posee héroes. En el libro, el héroe puede ser
un científico, un erudito, un sabio que es reconocido por sus ideas y
opiniones, y no sólo por sus aventuras y luchas. El héroe literario es más
espiritual. El héroe electrónico es una especie de animador, un personaje
ligero, un individuo trivial cuya vida diaria es conocida por todos. No
despierta temor ni respeto y posee admiradores inestables.
Debido
a la rápida difusión de la información y su pasaje veloz, no hay tiempo para
prestar atención a las ideas. Es necesario una renovación constante y una
transmisión rápida. El héroe se transforma en animador. El nivel de los temas
desciende. La educación, la religión y la política se transforman en diversión.
La historia ya no es más lo que se puede leer sino lo que se puede ver.
¿Y
cuál es el remedio? ¡Lo que se encuentra diametralmente opuesto al mundo de la
televisión! Hubo un personaje histórico a quien la televisión no le hubiese
dedicado una entrevista de ni siquiera un minuto. Sin embargo, fue la persona más
elevada de la historia y su influencia fue determinante: Moshé Rabeinu, el que
aparentemente no hubiese “ocupado” a las cámaras.
Cuando
el Rav Tzvi Yehuda Kook estudiaba en la Yeshivá y tenía 15 años, le preguntó
a su padre, el Rav Kook, si debía estudiar cómo expresarse, idiomas y retórica.
Su padre le respondió: “Para que el espíritu divino colmase la oscuridad del
mundo con luz, se reveló ante el elegido de la humanidad, quien se definió a sí
mismo: “soy torpe de boca y torpe de
lengua” (Éxodo, 4:10), y dijo:
“soy incircunciso de labios” (Éxodo,
6:12)” (Igrot Hareaiá, I, pág. 30).
El
remedio es el estudio de la Torá, propagar su luz. La Torá desterrará a la
oscuridad y cada individuo echará entonces a sus ídolos y recomenzará a
vivir.