Rav Shlomo Aviner - Acerca de la televisión
Hoy en día, la juventud tiene dificultades para concentrarse en el estudio y, en especial, en el estudio de la Guemará. No le interesa ni le gusta estudiar. Para amar una materia, no alcanza con comprender su importancia, sino que hay que tener éxito en ella. Si el joven no puede concentrarse, no logrará hacer progresos y, por ende, no le gustará la materia.
La falta de concentración y atención es una enfermedad de esta generación en todas las áreas. Cuanto más, en el estudio de la Guemará, el que incluye material complejo, profundo y abstracto. Ante estas dificultades de la juventud, los colegios tratan de “masticar” el material, repartiéndolo en pequeños trozos, para que el alumno pueda absorber cada fragmento y entonces pasar al siguiente. Además, tratan de emplear como ayuda todos los medios disponibles, incluyendo la televisión y el computador.
Alguien puede decir: “Cuando yo era niño, hace 30 o 50 años, la realidad era otra”. Efectivamente, es muy posible que haya tenido lugar un cambio en el cerebro humano como consecuencia de las extensas horas pasadas frente al televisor. Un niño llega a primer grado de escuela con diez mil horas de televisión. Cuando el niño molesta a sus padres, lo sientan frente a la ‘caja mágica’ y así obtienen un “silencio industrial”.
Hay que comprender cómo funciona la televisión: imágenes breves a un ritmo acelerado que se pueden percibir fácilmente. Todo debe ser fácil de asir, superficial, sin un mensaje profundo. El televidente no necesita pensar, todo viene pronto. Por el contrario, tiene prohibido pensar porque entonces perderá la siguiente imagen. Cada imagen es presentada con gran habilidad, en forma atractiva para que de inmediato se comprenda su asunto. Por este motivo, muchas partes del cerebro del niño y del joven no son utilizadas y se deterioran. Un órgano que no tiene uso se atrofia. Las capacidades de pensamiento abstracto y de atención se debilitan cada vez más. Lo mismo sucede con la lectura. Incluso para la lectura de libros infantiles, aunque se trate de un libro sobre caballos, es necesario cierta concentración, un esfuerzo, el uso de procesos de pensamiento para imaginar un caballo. Si bien los psicólogos sostienen que este proceso no constituye el pensamiento abstracto, es al menos un comienzo.
Cuando no hacemos uso de todas estas funciones, que en su mayoría se sitúan en el hemisferio izquierdo del cerebro, se atrofian al igual que cualquier miembro del cuerpo que no tiene uso. Si una persona camina con la pierna enyesada, cuando le quiten el yeso realmente no sabrá cómo mover los músculos. El cerebro no sabrá cómo darle órdenes para actuar y necesitará fisioterapia para devolver a los músculos y al cerebro la habilidad perdida. Lo mismo sucede con el intelecto: quien no profundiza ni piensa, su capacidad de pensamiento se debilitará.
Para mirar la televisión no es necesario concentrarse. Las imágenes son ligeras, cambian constantemente. A una persona que se acostumbra a esta situación, le es difícil aceptar los cambios. Según Darwin, los cambios de la evolución llevan mucho tiempo, pero aquí el cambio es rápido: lleva unos pocos años, mas el proceso todavía es reversible.
Después de tantas horas frente al televisor, ¿cómo puede un joven no perder su facultad de concentración y atención? Cuanto más, ¿cómo puede estudiar la Guemará? Es capaz únicamente de estar expuesto a fenómenos similares a la televisión, es decir, a experiencias breves, visuales y muy atractivas. El profesor debe ser por lo tanto muy atractivo, en su apariencia, en sus movimientos y en el tono de su voz. Evidentemente, no puede alcanzar el nivel de sofisticación de la televisión, mas debe enseñar de la forma más simple.
La televisión es una tragedia para la humanidad y no sólo por su contenido. Sería cierto incluso si el contenido fuera positivo, mismo si se tratase únicamente de películas sobre la naturaleza, historias de Rabí Akiva o del amor a Israel - puesto que el telespectador es pasivo y no emplea su cerebro. Sus capacidades se verán dañadas: el cociente intelectual descenderá e indudablemente no podrá estudiar la Guemará ni será capaz de comprende conceptos elevados y abstractos sobre la fe, el temor y la adhesión a D’s. Algunos dicen que si Abraham Avinu viviese hoy, destruiría todos los televisores de la tierra. ¿Dónde llegará la humanidad con tantas horas frente al televisor?
Los maestros se ven obligados a presentar una enseñanza ligera y deben asegurarse de que lo que dicen diariamente es breve y apasionante. En lugar de estudiar la Guemará como se hizo a lo largo de las generaciones, con ímpetu desde el comienzo hasta el fin con comentarios de Rashí y las Tosafot, no hay otra alternativa que enseñar “saltando” las páginas, concentrándose en “cuestiones” en el Talmud relacionadas con temas de actualidad, para que se transforme en “relevante”.
Este no es el camino. En lugar de cambiar el programa de estudios y hacer que la materia sea interesante siguiendo el modelo televisivo, debemos elevar a la persona. De otro modo, el mismo razonamiento podría ser aplicable a cuestiones importantes de la Torá, porque también en el servicio a D’s el hombre tiene dificultades de concentración. Mas, ¡este no es el remedio! El remedio es devolverle gradualmente a la persona su capacidad de concentración y alejarlo de una vez por todas de ese objeto dañino. Quien tenga el coraje y comprenda lo dicho debería tomar su televisor y tirarlo a la basura. Al comienzo, sentirá dolores de abandono, al igual que alguien que se separa de algo para lo que ha desarrollado una dependencia. Sentirá una gran falta lo que prueba cuán esclavizado estaba. Con el tiempo, aprenderá a vivir sin el televisor. Sentirá libertad, respirará el aire de las montañas, encontrará tiempo para la familia, tiempo para leer, tiempo para estudiar la Torá. Esta intrepidez es muy necesaria para toda la humanidad. Cuanto más para el pueblo judío, pueblo inteligente y sabio, y para personas éticas, idealistas y temerosas de D’s.