Rav Shlomo Aviner
La Tshuvá (el Arrepentimiento)
El Rambam no escribió en forma explícita que es una mitzvá hacer Tshuvá,
sino que si alguien desea hace Tshuvá, retomar el buen camino, debe
confesar su falta ante D’s.
El concepto de Tshuvá no es puntual, como el Shabat, la Kashrut, los
Tfilin, los Tzitzit y el ayudar al prójimo, sino que abarca todos los
aspectos de la vida. Nuestros Sabios dijeron: “Arrepiéntete un día antes
de tu muerte”, y dado que el hombre no sabe cuál será el día de su
muerte, debe hacer Tshuvá durante toda su vida.
La Tshuvá no es un detalle particular de la vida, sino que el hombre se
encuentra todo el tiempo en Tshuvá. Hay una expresión que señala el
carácter especial de la Tshuvá: el hombre es “Baal Tshuvá”, expresión
paralela a “Baal Lashón Hará”. Al final de ‘Hiljot Deot’, el Rambam
indica varios niveles:
i. el comadreo (Rejilut) - la transmisión de historias sobre el prójimo
que originan el rencor y los conflictos. Es una grave prohibición. Pero
hay más grave aún:
ii. la maledicencia (Lashón Hará) - hablar mal del prójimo, lo que
produce daños y temor, mismo si son verdad. Aún más grave es:
iii. la calumnia - hablar mal del prójimo en base a mentiras. Y más
grave:
iv. el Baal Lashón Hará - quien es experto en la mala lengua y tiene
fama de serlo. Aquel que cae en la maledicencia una vez es muy grave,
pero quien es Baal Lashón Hará es quien se encuentra fijo en la mala
lengua; el tema principal de su conversación con sus amigos es hablar
mal del prójimo.
Quizás en un caso excepcional esté permitido, tal como en casos
específicos está permitido viajar en Shabat para conducir a un enfermo
grave al hospital. Pero Shabat conserva su valor como el recato en el
diálogo testimonia la seriedad de la vida.
Así como el Baal Lashón Hará se ha quedado paralizado en su mala lengua,
el Baal Tshuvá está ocupado todos sus días en la Tshuvá, en retornar a
D’s, en una lucha permanente para llegar a la plenitud del bien.
Por lo tanto, no existe una mitzvá específica de hacer Tshuvá. La Tshuvá
es todo el contenido de nuestra vida. ¿De dónde sabemos que esa era la
intención del Rambam? El Rambam dice: “Dado que todo individuo tiene
libre albedrío, tratará de hacer Tshuvá y confesar sus pecados y
liberarse de los mismos” (Hiljot Tshuvá, 7,1). ¿Por qué dice ‘tratará’
si está obligado a hacerlo? Porque la Tshuvá tiene infinitos niveles y
el Rambam coloca a la Tshuvá en el campo del libre albedrío y no de la
obligación. Estamos convencidos que la voluntad del hombre es libre. Es
responsable de sus actos, de sus palabras y de sus pensamientos. Por lo
tanto, debe “tratar” de hacer Tshuvá, invertir los máximos esfuerzos
para no permanecer estancado en un mismo lugar, sino avanzar más y más.
El Rambam nos enseña además que debemos confesar los pecados en voz
alta: “hemos pecado, traicionado, robado” (‘Ashamnu …’) ¿Por qué es tan
importante confesar diciendo: ‘hemos pecado’?
Lo más importante es reconocer nuestras responsabilidades. Sucede que el
hombre peca, no es un ángel. La cuestión es si el hombre reconoce sus
faltas, toma la responsabilidad y no busca culpar a otros. Que no diga:
“no es una falta y no es por mi culpa sino por la de mi esposa y de mis
padres, de mi vecino y de mis amigos, del gobierno y del ejército.”
El hombre tiende a culpar a los otros. Incluso el primer hombre, Adam,
se defendió acusando a su esposa: “es por su culpa” ¡ingrato! (Avodá
Zará, 5b). ¡D’s te ha dado un bien preciado y lo acusas de tus fracasos!
El hombre se imagina que él no es culpable sino el prójimo.
El Rav Kook escribe que la mayoría de las personas viven una vida
imaginaria y no una vida racional. En lugar de ver la verdad tal cual
es, miran a la realidad a través del reflejo de la imaginación, es
decir, tal como están interesados en verla.
Cuando una persona dice: “He pecado” es el triunfo de la razón clara y
verdadera sobre la imaginación mentirosa y confusa. Evidentemente, no
estamos contra la imaginación. D’s no nos ha dado esa fuerza en vano.
Incluso la profecía está basada en la imaginación, la verdad pura. Pero
hay que cuidarse de ella, es muy engañosa. Es una fuerza límite, una
fuerza que nos puede dar el impulso de la renovación y la creatividad,
pero también engañarnos. Muchas tragedias tuvieron lugar porque fuimos
engañados por la imaginación. En la guerra de Yom Kipur, por ejemplo,
las altas esferas del gobierno pensaban que un ataque del enemigo era
improbable. La mayoría de las personas viven en un mundo imaginario:
son prisioneros de sus fantasmas y no están dispuestos a reconocer la
verdad.
Evidentemente, la razón también nos puede engañar, pero hay un ideal,
una voluntad, una aspiración a reconocer la verdad. La imaginación no
tiene interés en la verdad sino en describir las cosas tal como
quisiéramos que fueran. Hay también grandes utopías, fruto de la
imaginación, así como cuando el movimiento sionista estaba paralizado,
el Dr. Herzl escribió entonces Altneuland (una tierra antigua-nueva),
una novela utópica. Gracias a D’s, ¡el movimiento sionista superó a la
imaginación!
Sin embargo, existe también una imaginación enfermiza de una persona que
imagina no haber pecado. Al decir: “He pecado, faltado” muestra coraje,
valentía, racionalidad. Pero, ¿por qué las personas se imaginan? Piensan
que no es agradable reconocer un error, es angustiante, frustrante. Aún
más, si sienten que no tienen la sombra de una falta, se llenarán de
fuerza y felicidad. Pero temen que si reconocen ante ellos mismos, ante
D’s y el prójimo que no se comportaron bien, eso podría arruinar su
auto-imagen. Por lo tanto, prefieren imaginar que son inocentes y que
los demás son culpables. ¡Esto es un grave error! ¡Al contrario! Si el
hombre se imagina que está limpio y puro, y que todos sus fracasos están
originados en los demás, entonces está realmente perdido porque la
corrección no depende de él. Esto lo frustra. Pero si dice: “Soy
culpable, yo me he equivocado” - sin duda es triste, pero a la vez
alegra, puesto que todo depende de mi mismo. El Rabí Najman de Breslav
dijo: “Si crees que es posible arruinar, debes creer que también es
posible corregir” - lo que nos llena de gran alegría. Quizás alcanza con
pensar en la falta y no decirlo a viva voz. Los pensamientos pueden ser
confusos, ir hacia todos lados. Pero al pronunciar algo en voz alta, es
afirmarlo en forma clara y definitiva. El pensamiento no obliga, la
palabra, en cambio, tiene claridad y fuerza.
Shaul pecó. El profeta Shmuel lo regañó. ¿Qué respondió el rey? Es por
culpa del pueblo. Evidentemente, siempre es posible responsabilizar al
pueblo y darle todas las tonterías que exige. No así sucede con el
verdadero líder. Cuando David pecó en el episodio de Bat Sheva, el
profeta Natán lo reprendió empleando la parábola de la corderita (Shmuel
Bet, 12). Natán le dijo a David: “Tú eres aquel hombre”. Entonces David
reaccionó de un modo raro en nuestros tiempos: “He pecado contra el
Eterno”. Esa es la verdadera grandeza y valor. Nuestros sabios dijeron:
‘Casi valió la pena para el pueblo de Israel y la humanidad que David
pecase para que escuchásemos cómo un hombre grande, un rey, dijo: ‘¡Me
he equivocado!’ El reconocer el error no le restó de su importancia.
Somos seres humanos y como tales podemos equivocarnos. Los hombres se
equivocan, se arrepienten y avanzan. Para lograrlo, hay que superar a la
imaginación.
La razón también se equivoca. No obstante, tiene solución: escuchar a
los amigos que nos indican el error, a través de una discusión y diálogo
conjunto, escuchando y prestando atención en particular a quien piensa
diferente.
“Y le haré “ezer kenegdó” - una ayuda contra él” (Bereshit, 2:18).
Nuestros Sabios dijeron: “si lo merece, será ‘ezer’, una ayuda, si no,
será ‘kenegdó’, en su contra. Pero finalmente está escrito “ezer
kenegdó”. El Natziv explica: ¿en qué te ayuda tu mujer? Por el hecho de
estar en tu contra. Si aceptase todas tus palabras, nunca podrías
mejorar a través de la confrontación de opiniones que corrige a cada
uno.