Rav Shlomo Aviner

La auto-realización

Pregunta: ¿Acaso el concepto de auto-realización que conquista los corazones y las mentes es extraño al judaísmo?

Respuesta: El significado de auto-realización es que es casi imposible para el individuo recibir instrucciones, ideales o valores que no sean suyos. Puede aceptarlos únicamente después de que hayan pasado por su propia experiencia. Debe experimentar todo ideal. En lugar de decir: “Es bueno morir por la patria”, dirá: “es bueno morir por nosotros mismos”. Está interesado en su propio éxito y en su construcción, en particular, en relación a su vida interior y a su creatividad.

Obviamente, el concepto de auto-realización no surgió hoy. El Renacimiento luchó ya entonces contra los valores que eran impuestos al hombre por la fuerza de la religión y la fe. Los filósofos lucharon para basar los valores morales sin el ancla de la religión y de la fe. La filosofía existencialista prosiguió y puso énfasis en lo tangible, la existencia  real del individuo, sin brindarle una naturaleza supuesta según la cual debiera moldear su existencia. Ocurrió más bien lo opuesto. El punto de origen fue la existencia misma del individuo. De aquí que la expresión “auto-realización” - en principio, concepto psicológico - se transformó en el legado de todos.

El Rav Hillel Tzeitlin escribe que la “auto-realización” es el contrario del judaísmo, cuyo tema central es la “anulación del yo en favor de la divinidad”, una expresión del Maharal de Praga adoptada particularmente por los jasidim. Existe también el concepto de “anulación del yo en favor del pueblo judío”, como dijo el Rav Kook: el individuo debe transformarse en “partículas de la comunidad de Israel”, es decir, cada judío es una rama del pueblo judío.

La Torá no sólo se preocupa de la comunidad sino también del individuo. El individuo tiene varias mitzvot. La Torá guía al individuo en sus problemas, asuntos, necesidades y tribulaciones, iluminando su camino. Lo llama a estudiar la Torá en lo que desea su corazón, de acuerdo a sus propias tendencias. Muchos versículos bíblicos tratan del tema de la alegría del individuo y el deseo divino de “beneficiarlo” (Dvarim, 6:24), de modo que disfrute de lo material, lo espiritual y lo psicológico.

El individuo moderno tiene cierta dificultad con la palabra divina que le impone el yugo de D’s. Efectivamente, la Torá le impone al hombre el yugo divino y de las mitzvot. También el estado le impone su propio yugo. Sin embargo, el hombre se ve atraído por la auto-realización. Dice: “lo que me interesa soy yo, mi felicidad y mi éxito. Asimismo, yo seré la fuente de mis valores. No puedo aceptar valores de maestros y educadores. Una condición imprescindible para adoptar un valor es que me sienta vinculado con él”.

Efectivamente, un gran ideal del judaísmo es la  “anulación del yo”. No es una obligación absoluta. En los capítulos 1-12 del libro “Mesilat Yesharim” se presentan las obligaciones de todo judío, conduciendo a la ‘nekiut’ [limpieza espiritual] y a la ‘tzidkut’ [virtud]. Un judío debe cumplir sus obligaciones hacia D’s que implican preceptos, buenas virtudes, pero puede disfrutar de la vida siempre que sea una forma de vida adecuada. Esta es una vida que circula en un doble eje - manteniendo un equilibrio delicado entre D’s y el yo.

En los últimos capítulos de “Mesilat Yesharim”, en cambio, se presenta el ideal superior de la  “anulación del yo”. En principio, es difícil lograr borrar el yo, alcanzar una humildad absoluta hacia D’s, la que puede provocar tristeza, tal como lo menciona el Rav Kook (Olat Reaiá, II, 62). La modestia es el carácter más importante. Esta humildad aparece en nuestros patriarcas: Abraham Avinu era un ser muy modesto: “…yo que soy polvo y ceniza” (Bereshit, 18:27). Aún más, acerca de las palabras divinas: “porque vosotros erais el más pequeño [hameat] de todos los pueblos” (Dvarim, 7:7) interpretaron nuestros sabios: “vosotros os reducís [memaatim] ante mi” (Julin, 89a). Asimismo, la modestia de Moshé Rabeinu  se refleja en el versículo: “qué somos” (Shemot, 16:7), no somos nada. Y sobre Moshé está escrito: “Y aquel varón Moshé era muy modesto, más que todos los hombres sobre la faz de la tierra” (Bamidbar, 12:3). Moshé alcanzó la cumbre de la anulación del yo. Y el Rey David dijo: “Mas yo soy gusano y no hombre, oprobio de los hombres y preciado del pueblo” (Tehilim, 22:7). ¿Acaso es posible tener una auto-imagen tan baja, una humildad tan grande que aplasta la personalidad y no deja de ella nada?

A pesar de todo, Abraham Avinu no parecía tan desgraciado. Era rico en ganado, esclavos y siervos, plata y oro; además, salió a combatir a los cuatro reyes y los venció. Era un  hombre de grandes acciones, proclamó el nombre de D’s y escribió libros a partir de una enorme creatividad y abriendo nuevos caminos. No parecía ser un hombre desvalorizado. Tampoco Moshé Rabeinu parecía ser una figura débil. Fue él quien sacó al pueblo de Egipto, lo condujo por el desierto a la tierra de Israel, y subió a las alturas para traer la Torá. Era un hombre de enormes fuerzas. El Rey David tampoco parecía ser un gusano. Realizó muchísimo: estableció un reino, hizo las guerras de Israel, presidió el Sanhedrin, y además compuso una poesía de un valor literario sin igual.

Encontramos en estos ejemplos un enigma incomprensible. Por un lado, la  anulación completa del yo. Por otro, eran tres grandes personalidades llenos de independencia y creatividad ejemplar.

La respuesta se encuentra en la fe (Olot Reaiá, Ibid): si nosotros creemos que la bendición divina está relacionada con nuestra naturaleza, es así cuando el individuo permanece en la luz divina y encontrará el bien; o no creemos y sostenemos que la palabra divina, la moral y la justicia son extraños al hombre; por lo tanto, se encuentra dividido entre la auto-realización y el culto divino.

En realidad, creemos que nuestro yo no es más que una centella pequeña y escondida del gran ser divino que abarca todos los mundos. La  anulación del yo es la  auto-realización más grande que puede existir.

Al final de los seis tratados de la Mishná está escrito: “D’s en el futuro brindará a todo justo trescientos diez mundos”, como está escrito: “para hacer que los que me aman hereden posesiones verdaderas” [iesh - equivale a 310] (Proverbios, 8:21).

Cuanto más justo es el hombre, está más lleno de ser (iesh). La transición es un poco difícil, un poco triste. Al comienzo tiene su propio ser, posteriormente, su ser será mil veces más grande cuando en él se cumpla, en términos cabalísticos, que “sea aspirado en el cuerpo del rey”. El problema es la transición, puesto que al hombre le parece que perdió su yo y borró su independencia, anulando su personalidad. Pero al carácter multiplicado no ha llegado aún. Se encuentra entre dos luces y un poco triste. Por lo tanto, es necesario fuerza y heroísmo. No de una vez se llega a la anulación completa de la luz y mientras tanto el hombre quizás esté un poco triste, quizás piense: “porque soy religioso he perdido quizás cosas que quisiera”. No hay nada que se oponga a la auto-realización. El problema es que cuando el individuo dice “yo” es necesario aclarar de qué yo se trata, el “yo” independiente del espíritu, de la imagen de D’s, o el “yo” del espíritu impuro que habla desde su interior. Puesto que en el individuo se encuentra también el “Superego”, un yo elevado, y el “Ello”, el yo inferior. Existe un espíritu divino y otro animal en el hombre. Cuando se habla de auto-realización, la pregunta es saber de qué yo se trata.

El Rav Kook dedicó varios capítulos a la auto-realización del individuo, cuyo título refleja esa dualidad: “la auto-realización y el conflicto interno”. Para desarrollar el yo es necesario luchar, puesto que en el interior del hombre hay también valores no deseados.

Cuando se ama a D’s, quizás al comienzo se sienta un poco de tristeza porque se debe reprimir partes de la personalidad. Pero estas son partes que no conforman la verdadera personalidad sino le son extraños.

Cuanto más se acerca el hombre a D’s y se dedica a su culto, encuentra más a su propio yo y se siente mejor.