Rav Shlomo Aviner 

Nombres inadecuados

 Últimamente, sucede un fenómeno que nos preocupa: preguntas raras relativas a la denominación de los niños. Los padres dieron un nombre a sus niños que lamentan puesto que escuchan a través de distintos conocidos que ese nombre trae sólo malos presagios. Además, esos ‘conocidos’ creen tener pruebas contundentes de lo perjudicial del nombre.

¿Qué tontería es esa de creer que los problemas vengan del nombre? Todos los nombres son buenos, siempre que se respete la prohibición de llamar a un niño con el nombre de un malvado. Sin duda, no se llamará al niño Esav, Hitler o Goliat, puesto que no hay que honrar a un malvado.

Tras un embarazo difícil, una mujer tuvo un bebé. Su felicidad fue enorme y también la de sus vecinas.  De repente, una de ellas rompió la alegría general al decir: “Has dado a tu hijo un nombre de mal augurio”. Las otras “buenas” vecinas se sumaron a sus conjeturas: “Hay que cambiar de inmediato el nombre”. Y agregaron:  “de hecho, tienes que cambiar también el nombre de su hermano…”. Estas palabras no tienen base alguna y provocan una profunda tristeza.

¿Dónde están escritas estas cosas? ¿en la Torá? ¿en la Mishná? ¿en la Guemará o en el Shuljan Aruj? En ninguna parte. No están escritas y no es posible que lo estén.

Lamentablemente, hay personas que buscan soluciones fáciles, producto de la imaginación. Creen que el nombre del niño va a garantizar el éxito de su educación. No es así, para educar a un niño, hay que esforzarse. Se equivoca quien cree que todo lo determina el nombre.

Nuestros sabios hablan del cambio de nombre como sigue: “Cuatro cosas hacen que el juicio del hombre sea anulado: la ‘tzedaká’ (benevolencia), la plegaria, el cambio del nombre, el cambio del acto. Y hay quienes agregan: también el cambio del lugar.” (Rosh Hashana, 16b). El origen de esta opinión se encuentra en las palabras de D’s a Abraham: “tu nombre no será Abram sino Abraham, no Sarai sino Sará”. ¿Qué significado tiene? Aquí se trata de una “Tshuvá Gdolá”, un gran arrepentimiento. El hombre llena de significado a su nombre, es su responsabilidad.  Como dice el Rambam: “Cambiar de nombre es como decir: soy otro y no soy la misma persona que ha hecho esos actos” (Hiljot Tshuva, 2:4). No es más la misma persona sino que una persona nueva. Cambió su personalidad y para sellar el cambio ha cambiado de nombre. O como lo explica el Ran (Rabeinu Nisim) de otro modo: “ha decidido hacer Tshuvá y como catalizador cambia de nombre. Cada vez que encuentre su nuevo nombre sabrá que debe convertirse en una nueva persona, un nuevo espíritu, un nuevo corazón con un nuevo nombre es positivo.”

Pero, ¿dónde hemos oído que hay nombres que auguran cosas “buenas” o “malas”, excepto el nombre de los malvados? 

La Guemará menciona a un sabio que se llamaba Abshalom. Los Tosafistas agregan que no podía ser su nombre tal sino “Abishalom”. Los sefaradim y ashkenazíes      prestan atención a las variaciones, en cambio, para los Yemenitas el nombre Abshalom es bueno: el “padre de la paz”. Si bien hubo un malvado así llamado, lo importante es el significado del nombre en sí.

En conclusión, debemos seguir los senderos que nos enseñó la Torá; no caer en “imaginaciones”,  sino seguir por los caminos llenos de luz.