Rav Shlomo Aviner
¿Qué buscan los jóvenes en la India?
Pregunta: En los últimos tiempos, somos testigos de un nuevo fenómeno: hay jóvenes religiosos que viajan a visitar la India, participan allí de sesiones de meditación trascendental y de las ceremonias de culto. Algunos de ellos pierden la fe, pero la mayoría vuelven fortalecidos en su judaísmo. ¿Acaso hay allí algo que aquí nos falta y que podría servirnos para nuestro propio culto divino? ¿o se trata de una experiencia religiosa íntima y personal? ¿o acaso podemos encontrar en nuestro país lo mismo que se encuentra en la India?
Respuesta: Sin duda, en nuestro país no podemos tener todo lo que se encuentra en la India. Por ejemplo, aquí no hay idolatría. La idolatría ha tenido siempre un poder de atracción enorme. Por esta razón, la lucha de Abraham Abinu contra la idolatría no fue nada simple. Asimismo, todos los profetas de Israel lucharon con vehemencia contra su fuerza de fascinación. Maimónides (el Rambam) en su “Guía de los Descarriados” (Moré Nevujim, III, 30) afirma que “toda la Torá no es más que una gran lucha contra la idolatría…”. En todo lo malo, suelen haber aspectos interesantes y atractivos, sin los cuales no podría persistir.
El Rav Kook escribe: “A la idolatría no alcanza con odiarla, abominarla, aborrecerla y exigir su destrucción, extinción y desaparición, sino que es necesario abolirla, creer en su nulidad, en su vaciedad, y en su revocación y negación absoluta, en lo profundo de la nada… la profundidad del judaísmo auténtico está basado en la negación de la idolatría”… “Todo lo que contiene una sombra de idolatría, a pesar de mostrar cierta belleza material o espiritual, debemos saber claramente que no se trata más que de su exterioridad. Mientras que en su interior yace el veneno de la profunda perversión” (Orot Haemuna, V).
Hay que comprender que la India turística no es la misma que la de la vida cotidiana. Es un país pobre, con muchos santuarios-fortalezas y cultos que atraen a los turistas y les muestran solamente lo que les conviene. Sin embargo, una religión no puede ser evaluada únicamente por su teoría, sino que es necesario observar principalmente los resultados prácticos que genera en la realidad, sobre la superficie de la tierra. La India está poblada por cientos de millones de pobres y millones de esclavos, en el sentido más simple del término. Desde su independencia, en el año 1947, miles de habitantes murieron en guerras civiles sangrientas, sin contar a los millones que mueren por epidemias y terribles enfermedades que atacan particularmente a los niños. La fe en la reencarnación de las almas favorece la división de la sociedad en castas de privilegiados y aquellos que son considerados como impuros e intocables. Las mujeres están subordinadas a los hombres en forma absoluta. Los matrimonios obligatorios son impuestos a niños y niñas menores, de modo que hay cientos de miles de viudos de 4 a 15 años. Además, las viudas no pueden volver a casarse, y de este modo, se determina su amargo destino. Los ingleses anularon ciertas costumbres particularmente atroces: el sacrificio en la hoguera de la viuda con el cuerpo de su marido, el asesinato de bebés de sexo femenino al nacer y la utilización de personas simples de pasaje como sacrificio a los dioses.
En resumen, la India está lejos de ser un paraíso terrenal. Evidentemente, no todo es malo, y lo bueno y lo malo están entremezclados. Pero, en realidad, después de miles de años de existencia, vemos que esta religión no actúa para el bien. Es una religión con una divinidad sobrenatural, un hombre-Dios, una religión antropomórfica que considera al hombre como el centro del universo, está rodeado por una multiplicidad de dioses, lo que indica la poca importancia que poseen y la posibilidad que tiene el hombre de dominarlos. Esos dioses por sí mismos, no son el ejemplo moral. Por ejemplo, el potente dios Shiva exige a veces sacrificios humanos. Es al mismo tiempo un ermitaño y un rey de la danza estética y erótica, casado y adúltero, que se pasea desnudo y persigue a las mujeres casadas con hombres honestos. Es el responsable del mundo, crea y domina, lo que no le impide jugar a los dados, y ser un jugador obsesivo. Por lo tanto, el hombre puede dominarlo utilizando sus debilidades. Los atributos de este dios, que es uno de los más apreciados en la India, sin duda influye en sus adoradores que optan por seguir su ejemplo.
Nosotros, los alumnos de Abraham Abinu, sabemos que “de su maldad y de sus ideas, no hay que tomar ayuda ni apoyo alguno, ni siquiera de sus aspectos positivos, de las ideas que aparentan ser buenas y estamos de acuerdo con el contenido positivo y sagrado que esconde” (Orot Haemuna, XV).
Una experiencia es siempre mucho más dramática y emotiva que el culto divino en la realidad diaria. Aún más, el despertar sentimental no siempre da un fruto conveniente en la vida.
La dedicación imaginaria a lo sentimental, permite descargar la sensibilidad espiritual positiva, pero, en la vida práctica, deja al hombre sin nada. Hay que aprender a emocionarse de todo acto de bondad, alegrarse al cumplir un precepto, regocijarse enormemente ante cada verdadera elevación espiritual. La luz enceguecedora de Shir Hashirim se proyecta en múltiples actos de bondad en el Libro de Rut (Olat Reaiá, II, 305), Abraham Abinu no sólo fue el hidalgo de la fe sino también el caballero de la misericordia.
“En la idolatría, la experiencia mística y religiosa de la fe es un deseo que se alimenta por sí mismo” (Orot Haemuna, XIV).
El cristianismo, por su parte, se deja atraer por la idolatría, “absorbe de lo sagrado sólo la idea y el sentimiento”, “desea el descanso y la tranquilidad que brindan la seguridad y la fe”, “sin la responsabilidad de la acción” (Orot Haemuna, XV).
En la idolatría, hay un “deseo ardiente de fe”, acompañado por resultados destructivos y humillantes. En cambio, en el pueblo de “Israel se encuentra el brío del servicio divino, en el cual nosotros superamos todos los anhelos. Por sobre todos los deseos se encuentra el religioso, del que custodiamos sus límites. El fundamento del acercamiento a la idolatría es la erupción del deseo religioso y su dominio se realizará sobre la base del culto divino” “Cuando aumenta la avidez del deseo religioso, no es posible diferenciar entre la fe en la verdad y la falsedad. Y el espíritu humano, acometido por ese ferviente deseo, necesita llenar ese vacío espiritual. Ese vacío reclama ser convenientemente llenado de esa verdadera fe, con un contenido que sea restaurador y satisfactorio para el espíritu apasionado”. “Todos tus preceptos son fe. Los preceptos santifican el ardor de la fe”. (Orot Haemuna, 49-5).
No nos falta la experiencia, sino la profundidad de la fe; una fe inmensa que es una loa a la vida e ilumina cada precepto, moldea a la vida que construirá el pueblo y la tierra.