Rav Shlomo Aviner
¿Cómo podemos no imaginar a D’s como una
entidad física?
Respuesta: En efecto, es cierto que no comprendemos ni sabemos nada acerca del Señor del Universo. Como está escrito: “¿Puedes llegar al fondo de la sabiduría de D’s?” (Job, 11:7) Por más que estudiemos y profundicemos, D’s permanecerá algo “más allá de todas las bendiciones, de los himnos, de los cánticos y de las alabanzas que puedan expresarse en este mundo” (del Kadish). Cuanto más conscientes somos de que no sabemos nada, más nos acercamos a Él. La distancia nos une.
Cuando Moshé Rabeinu vio la zarza ardiente que no se consumía, comprendió que estaba ocurriendo un gran milagro que permitía a la zarza y al fuego vivir juntos en paz, por la fuerza de D’s que es la fuente del fuego y de la zarza. Cuando Moshé se acercó para ver ese gran espectáculo, D’s le dijo: “¡No te llegues acá!” (Shemot, 3:5)¡Ten cuidado! Está escrito luego: “Entonces se cubrió Moshé su rostro porque tuvo temor de mirar a D’s” (Ibid, 6). Nuestros sabios comentan que fue debido a su respeto a D’s, a su humildad y temor a acercarse al fuego sagrado que Moshé mereció hablar con D’s cara a cara.
La palabra de D’s es fuego. “Y el monte Sinaí estaba humeando todo él, porque el Señor había descendido sobre él en fuego” (Shemot, 19:18). Durante la revelación hubo también una advertencia: “Guardaos de subir al monte, y aun de tocar a su término” (Ibid, 19:12). De lejos, era un fuego que elevaba e iluminaba. De cerca, quemaba. También en el caso de los estudiosos de la Torá, todas sus palabras son brasas de fuego. Cuando estamos de lejos, con reverencia y temor ante lo sagrado, merecemos luz y calor. Pero cuando nos acercamos demasiado, nos quemamos. A pesar de que Moshé Rabeinu estuvo en el desierto durante cuarenta o sesenta años, y profundizó en la Torá, aún así, cuando D’s le ordenó no acercarse, él cubrió su rostro, y en virtud de esto mereció todo lo que mereció.
Esta es aparentemente una paradoja. Podríamos pensar que no hay que afectar modestia, sino que por el contrario, hay que acercarse y mirar. Pero no es así. Precisamente la vergüenza y la discreción son las que permiten descubrir. Más adelante D’s le dijo a Moshé Rabeinu: “Te cubriré con Mi mano hasta que Yo haya pasado” (Shemot, 33:22), es decir que: Yo mismo cubriré tu rostro, y gracias a esto podrás ver lo que se puede ver.
Si la luz es demasiado grande, la persona se enceguece y se quema. La ocultación, la humildad y el temor son los que le permiten al hombre recibir toda su sabiduría. Esta es la diferencia entre Moshé Rabeinu y Bilam. Bilam pretende saberlo todo, describiéndose a sí mismo como : “aquel que entiende la ciencia del Altísimo” (Bamidbar, 24:16), como si supiera todos las consideraciones de D’s. En cambio, Moshé Rabeinu afirma que se comunica con D’s a través de un “reflejo que ilumina”, y por lo tanto él sabe que no sabe nada (Yebamot, 49b). A partir de este enfoque, terminará sabiendo todo. La infinita modestia y temor de Moshé, su sentimiento que él no merecía mirar la zarza ardiente, fue lo que le permitió saber. Posteriormente, fue D’s quien le cubrió su rostro.
Quien mira el sol no puede ver nada; sólo daña su retina. En cambio, si cubre sus ojos con la mano, podrá entonces ver el sol. D’s cubrió así el rostro de Moshé para que pudiera ver. Este es el secreto del concepto del tzimtzum, “la contracción divina”. Para que podamos estar en contacto con D’s, Él se revela en ocultaciones dentro de ocultaciones. D’s deseaba tener una morada en la tierra, por lo tanto, la luz de D’s descendió envuelta en ocultación, hasta la ocultación más grande, y precisamente esta es la que le permite al hombre alcanzar a D’s” (Sefer Hatania, 36).
Donde se encuentra la grandeza y la fuerza de D’s, se encuentra su humildad. Por lo tanto, D’s “descendió” en el monte Sinaí (Shemot,19:20). Descendió hacia nosotros - habló la Torá en un lenguaje humano y una centella muy fina de la luz divina apareció dentro del alma de los seres humanos. También el alma de la nación es una centella de la luz divina. D’s trasciende todas las esferas de la existencia. Él es el “Señor del mundo quien reinó ya antes de la creación … Al haber acabado todo, comenzó a reinar solo. Existía, existe y existirá en su gloria. Pues Él es sin parangón con quien compararse. Sin principio y sin fin; la fuerza y el momento emanan de Él” (Adon Olam). El Señor del Universo se manifiesta a través de la luz divina que aparece en el mundo y que está guardada en la Torá y en el pueblo judío.
Debemos, por lo tanto, distanciarnos de las expresiones acerca de D’s, parte de las cuales contienen herejía y paganismo. Debemos estudiar la Torá, estudios de ética y de fe, y en particular el libro Mesilat Yesharim el que organiza el mundo interno del hombre en forma directa y sencilla, permitiéndole avanzar hacia el Señor del Universo en forma gradual, sin peligrosos saltos ni imaginaciones confusas.