Rav Shlomo Aviner  - Verdaderas fuentes de orgullo

Pregunta: ¿Podemos definir cuál es el ideal supremo al que una persona tiene que aspirar? Es decir, ¿qué debe llegar a ser?

Respuesta: Es una pregunta compleja que el Rambam (Maimónides) trata en su “Moré Nebujim” (Guía de los Descarriados - 3:54) citando el versículo de Irmiyahu: “Así dice el Eterno: No se gloríe el sabio en su sabiduría, ni se gloríe el poderoso en su poder, ni se gloríe el rico en su riqueza; mas el que se gloria, gloríese en esto: en que Me entiende y Me conoce a Mi, que yo soy el Eterno…” (Irmiyahu. 9:22-23).

El valor de una persona no aumenta por el hecho de ser rico o por su posición socio-económica. Dichas clasificaciones no miden nada ni dicen nada acerca de la personalidad del individuo. Puede ser una buena persona, un verdadero justo y al mismo tiempo pobre. Por otra parte, un rico puede no valer nada. El criterio socio-económico con el cual solemos clasificar a las personas no tiene sentido. La propiedad de una persona no dice nada acerca de él, está conectada con él por cierto tipo de vínculo legal que es temporario, puede cambiar ya sea por una quiebra o por un decreto real.

El versículo habla también de ‘gvurá’, fuerza, poder. La fuerza en este sentido es mejor que la riqueza porque no es una propiedad sino que caracteriza a la persona. La persona es poderosa. Pero tampoco esto es una fuente de orgullo, puesto que si hablamos de fuerza física, no es una virtud del hombre como tal sino más bien del hombre como ser vivo. Los animales también son poderosos, y no importa cuán poderosa sea una persona, no podrá alcanzar la fuerza de una mula, de un león ni de un elefante; y mismo si la alcanzase esa fuerza no lo beneficiaría mucho. El poder físico es tan sólo una ventaja biológica en el contexto del lado animal del hombre. No desmerecemos el valor de esa fuerza, pero no es motivo de orgullo. No tiene sentido vanagloriarse de la fuerza física.  Sin embargo, cuando alguien se dedica a un deporte para fortalecer el cuerpo o la salud, es un acto positivo. Pero cuanto veintidós hombres corren detrás de una sola pelota, ante 200.000 espectadores, es ridículo. Y cuando uno de los veintidós logra dar un fuerte golpe con su pie en la pelota y ésta entra en un arco y entonces los 200.000 es levantan como una persona con un corazón y rugen excitados, nada sería más loco que eso. Es sorprendente que los hombres, que son seres inteligentes, puedan dedicarse a eso. Esta es una locura masculina; y obviamente las mujeres también tienen las suyas. Y cuando un héroe olímpico logra en una carrera superar a su oponente en un décimo de segundo y vuelve a su casa envuelto en medallas, esas son futilidades.

Cuando una persona hace un acto de bondad para su prójimo - hay que envolverlo con medallas.

El versículo también dice: “‘No se gloríe el sabio en su sabiduría...” Esto confunde puesto que, en principio, la sabiduría es algo bueno. El Rambam explica que todo depende de qué sabiduría. Al comienzo de Moré Nebujim afirma que la imagen divina en el interior del hombre es su intelecto, pero la pregunta que se plantea es la siguiente: ¿cómo utiliza ese intelecto? ¿lo hace para hacer el bien y para servir a D’s y para desarrollar talentos científico y otras técnicas? ¿O acaso lo usa para hacer el mal, al igual que Paró, quien dijo: “Vamos, pues, portémonos astutamente con él” (Shemot, 1:10)? ¿O acaso para integrarse en forma armónica en la sociedad? El profeta Irmiyahu hablaba de este cuarto tipo de sabiduría –la sabiduría práctica necesaria para que la persona se integre bien en la sociedad. En los Estados Unidos se publican semanalmente varios libros sobre estos temas: “Cómo hacer amigos y tener éxito” y otros.

Podríamos preguntar: ¿acaso está mal integrarse en armonía a la sociedad? Evidentemente es algo bueno pero no por eso hay que enorgullecerse, puesto que se trata de un proceso utilitario. Debemos hacer el bien como tal y no para nuestro beneficio. Los filósofos británicos Hobbes, Locke, Hume y Smith fueron quienes consolidaron la moral según la cual: “hay que considerar las leyes y no perjudicar al prójimo, entonces será agradable para todos nosotros.” ¡No! dijo el filósofo Kant a a esto diciendo: debemos hacer el bien porque es tal y no porque facilita la existencia de la sociedad o nuestra integración en la sociedad. Si un empleado de un banco nunca roba por temor a ser sorprendido, ¿puede vanagloriarse de eso? Sino que si alguien no roba porque comprende que es algo malo, entonces puede enorgullecerse. Pero en cuanto a saber cómo adaptarse en la sociedad en forma armónica, cómo tener éxito, cómo hacer amigos e influenciar, como adquirir una posición social y económica, eso no es una fuente de orgullo.

¿De qué hay que estar orgullosos? Por “entender y conocer” a D’s. También en esta parte del versículo se presenta una dificultad. El conocer a D’s parecería ser una especie de ideal elitista y aristocrático. Los pocos selectos pueden encerrarse en una torre de marfil para dedicarse a contemplar teológica y filosóficamente a D’s, mas el portón parece estar cerrado para las masas más amplias - ese argumento fue expresado contra los filósofos griegos y contra el Rambam. Sin embargo, esto no es cierto; puesto que se trata de un versículo de Irmiyahu y evidentemente éste no influyó en los griegos, ni tampoco el Rambam.

Sino que lo que en realidad dice el Rambam es lo siguiente: Si el versículo hubiese concluido con las palabras: “que entiende y Me conoce,” entonces quizás estaría invocando un ideal filosófico de conocimiento de verdades profundas. Pero el versículo prosigue: “que soy el Eterno, que hago misericordia, juicio y justicia en esta tierra; porque en estas cosas Me complazco.” Este versículo no habla de hechos teológicos acerca de D’s, tales como su falta de forma física, su conocimiento de todo desde el comienzo hasta el fin y las demás descripciones; sino que afirma que D’s hace la misericordia, el bien y la justicia en la tierra.

En el capítulo anterior, el Rambam explica que “justicia” se refiere a los deberes que si no los cumple puede ser juzgado. Un ejemplo sería un cheque sin fondos o cualquier otro acto. En el otro extremo, encontramos la misericordia, que hacemos sin remuneración, como acompañar a un desconocido a encontrar la calle que busca y también darle algo de comer. En medio de esto está el “juicio” - la tzdaká, si una persona está hambrienta, hay que alimentarla. Este deber no es legal sino moral, pero una obligación moral es también una obligación!.

¡D’s hace misericordia, juicio y justicia en esta tierra! El mora en las alturas pero ayuda a los necesitados en la tierra. Sin embargo, esto no es todo. El versículo de Irmiyahu concluye: “porque en estas cosas Me complazco.” Por lo tanto, si se conoce a D’s, entonces hará actos de misericordia, juicio y justicia en la tierra. Aquí la cuestión no es el conocimiento de D’s en el sentido de hechos celestiales o abstractos. Eso también es importante, mas el versículo habla del conocimiento de D’s, que hace actos de misericordia, juicio y justicia, y Su camino se encuentra abierto al acceso de todos.

Alcanza con abrir una Biblia y observar la misericordia, el juicio y la justicia del Señor del Universo que rige el mundo.  Para quien no tiene tiempo de estudiar la Torá, como por ejemplo una mujer muy ocupada en las mitzvot relativas a su familia, encontrará todo esto en las plegarias.

El Rambam explica que el objetivo de la plegaria es introducir las verdades profundas dentro de nuestras almas (Moré Nebujim, 3:44; ver Olat Reayá, 1:256). A través del servicio divino del corazón, de las emociones, nuestro conocimiento del camino de D’s se describe y se absorbe profundamente en nuestro ser. En la plegaria mencionamos constantemente la misericordia, el juicio y la justicia de D’s, como lo podemos ver nosotros mismos.  De esto podemos enorgullecernos, de lo que el Rav Kook denominó: “el conocimiento de D’s en la tierra”.