Rav Shlomo Aviner

El gran día de las elecciones

 

Cuentan que una vez le preguntaron al famoso sabio “Jazón Ish”:  “¿Es una Mitzvá ir a votar?” Respondió: “Por supuesto”. Nuevamente le preguntaron: “¿Es realmente una Mitzvá, como comer Matzá en Pesaj?” Respondió: “¡Es como comer Maror, las hierbas amargas!”.

Nosotros nos comportamos como lo hacía Hillel, el anciano, que solía combinar la Matzá con el Maror. En nuestro nuevo estado judío, la luz y la oscuridad están mezcladas en el desarrollo de los acontecimientos, pero también sabemos que la luz es más grande que la oscuridad y que finalmente triunfará.

De todos modos, votar constituye una Mitzvá. ¿A qué categoría de preceptos pertenece? Del Beit Midrash de nuestro gran maestro Najmánides (el Rambán) hemos aprendido que existe una Mitzvá que se aplica en relación al estado. Najmánides explica: “Nos fue ordenado no abandonarla (la Tierra de Israel) en manos de ningún otro pueblo”. Esta tierra debe permanecer en manos del pueblo judío. Lo que actualmente es llamado el “estado judío” cumple una gran Mitzvá y para completarla debemos dedicarnos a la Aliá, a la colonización y al ejército.

Pero no alcanza con establecer un estado, hay que también consolidarlo. Para este objetivo, el liderazgo nacional debe merecer la confianza de la nación. Cuando el profeta Shmuel quiso coronar a Shaul, nuestro primer rey, lo presentó ante el pueblo para recibir su aprobación. El procedimiento fue el mismo en casi todas las ocasiones en que fue nombrado un rey para Israel. El pueblo fue reunido en una gran asamblea y aclamó: “¡Viva el rey!”.

El rey de Israel no debe ser un dictador déspota, sino un padre que sirva con fidelidad a su pueblo. Efectivamente, los consejeros ancianos de Shlomó le recomendaron al joven rey Rejabam: “Si tu el día de hoy te hicieres siervo de este pueblo y le sirvieres… ellos serán siervos tuyos para siempre” (Reyes I, 12:7). La fidelidad del pueblo constituye la clave de todo. El rey (melej) es coronado (nimlaj) por el pueblo, por lo tanto, está escrito: “Y dijeres: ‘Yo quiero poner sobre mí un rey, como todas las naciones que están en mis alrededores ” (Dvarim, 17:14).

El Rav Naftali Tzvi Yehuda Berlin, HaNatziv, director de la Yeshivá de Volojin, explica que la expresión de la voluntad de la nación es una condición esencial para el establecimiento de una monarquía. Sin embargo, debido a los pecados de reyes corruptos, se creó una situación en la que el espíritu del pueblo abandonó a la monarquía y estaba únicamente dispuesto a confiar en gobernantes elegidos democráticamente. En esas circunstancias, dijo HaNatziv, la supervivencia de la nación depende de que haya un liderazgo representativo elegido (Haamek Davar, comentario de la Torá).

El Rav Kook explicó que cuando no hay un profeta para nombrar a un rey, su autoridad vuelve al pueblo. Entonces, los dirigentes elegidos por el pueblo tienen, en cierta medida, la autoridad de un rey. Los jueces de Israel posteriores a Yehoshua Bin Nun legalmente eran como reyes; y el Rambam (Maimónides) escribió que incluso el jefe de la Golá en Babilonia ocupaba el lugar de un rey” (Rav Kook, Responsa Mishpat Cohen, página 336).

En cierta medida, también la Knesset y el Gobierno en nuestros días poseen la autoridad legal de un rey.

¡Qué suerte hemos tenido de que no sean los turcos ni los ingleses quienes nos gobiernan sino nosotros mismos! Nosotros determinamos nuestra propia agenda pública y nacional. Si nuestras bocas estuvieran llenas de poesía como el mar, no dejaríamos de agradecer. Durante dos mil años hemos añorado a un estado judío y ahora lo tenemos. Gracias a la benevolencia de D’s, ese estado es fuerte y rico, lleno de ética y de Torá.

Evidentemente, en la Matzá de la libertad hay un poco de Maror, pero no olvidemos que la redención tiene lugar lentamente y la purificación es gradual.

Es cierto que muchos fenómenos negativos y vergonzosos acompañan a las elecciones. Pero no olvidemos que junto al vino se forma también fermento. Aún más, debemos alegrarnos de estar unidos, que no hay más el odio al prójimo que imperaba en tiempos de la destrucción del Segundo Templo, tal como lo describieron nuestros sabios (Jazal) y Flavio Josefo (Yosef Ben Matitiahu). A pesar de todos los conflictos y discusiones, seguimos siendo amigos. Cuando un judío se encuentra en peligro, un millón de soldados es llamado de inmediato a salvarlo. Debemos elevarnos y observar más allá de las dificultades la profundidad inconsciente de la nación que permanece sagrada. Esta santidad finalmente conduce a la revelación. Como dice la Mishná: “Se construye en el “jol”, la materia secular, y sólo después se santifica” (Meguilá, 14). “Incluso de lo profano se revelará la santidad” (Orot Hatshuvá, Cap. 17). “Lo antiguo será renovado y lo nuevo será santificado” (Igrot Hareaiá, Igueret 164). Y entonces, se revelará ante todos que el estado es sagrado.

Por lo tanto, vayamos a votar con felicidad, para profundizar el lazo que une lo Santo, fuente de bendición, con su pueblo, Israel. Sigamos construyendo nuestro país y construyéndonos en él, a través de las maravillas que D’s le brinda a su pueblo y a su heredad.