Rav Shlomo Aviner

El arrepentimiento por la tierra de Israel -  

“¡Vean lo que nos está sucediendo hoy! Lo que nos está haciendo D’s al entregar partes de la tierra de Israel al enemigo! ¿Qué pecado hemos hecho por el cual recibimos este castigo?” - muchos plantean esta interrogante y realmente es una cuestión profunda que merece ser tratada.

La respuesta es que el castigo y el pecado son uno. Es decir, nuestro pecado es entregar partes de nuestra tierra. Lo estamos haciendo por nuestra libre elección. Este es un problema que nos traemos nosotros mismos, un pecado que cometemos. Es un pecado nacional cuando el estado abandona partes de la tierra.

Es un pecado moral porque esta tierra no es propiedad privada del gobierno e incluso no lo es del pueblo que se encuentra en Sión, sino de todo el pueblo judío que se encuentra en todos los extremos del mundo y a lo largo de todas las generaciones. Pertenece al abuelo que ya falleció y al nieto que aún no ha nacido. No es moral comercializar algo que no te pertenece, sacar algo que no te pertenece y dárselo a otro.

Es un pecado religioso y halájico. Después de todo, es una mitzvá de la Torá conquistar la tierra y transformarla en estado. Al entregar partes de la misma, no sólo no se cumple la Mitzvá sino que se la debilita.

Este es de por sí el pecado. No es necesario buscar otro motivo para comprender cuál es el pecado que corresponde al castigo.

A veces, el hombre tiene problemas, se arrepiente y se pregunta cuál es el pecado que le ha traído el sufrimiento, para saber de qué debe arrepentirse. Muchas veces es claro como, por ejemplo, en el caso del ladrón que se trepó al techo, cayó y se rompió el pie. En nuestro caso, en cambio, el castigo es el pecado mismo.

Pero ¿qué podemos hacer si tales cosas suceden? “Ciertamente no hay en la tierra hombre justo que haga bien y no peque” (Kohelet, 7:20). Tampoco existe un gobierno en la tierra que no peque. En nuestra generación, la generación de la redención, debemos alegrarnos y agradecer a D’s por tener un gobierno judío, mismo si en él se encuentran entremezcladas la luz y la oscuridad.

Al mismo tiempo, evidentemente, estamos felices de tener un gobierno propio. Festejamos Janucá como dice Maimónides (el Rambam): “porque un reinado judío fue establecido por más de doscientos años” (Introducción a Hiljot Janucá). ¿Qué reyes fueron esos? La mayoría fueron malvados. Se dice que Herodes hizo más villanías en un día que uno de nuestros gobiernos durante todo su mandato. Entonces, ¿de qué tenemos para regocijarnos tanto con Herodes? Sin embargo, debemos compararlo con el gobierno de Tito o de Nabucodonosor. A nuestro gobierno, lo comparamos con la dominación de los turcos, los ingleses, los árabes. Esta comparación nos lleva a agradecer a D’s día y noche por lo que tenemos.

La luz y la oscuridad están entremezcladas. A veces, ocurren cosas buenas; otras, menos. A veces pecamos, incluso pecados terribles. Esa es la naturaleza de la realidad. No hay que sorprenderse. Hay que saberlo de antemano y, por lo tanto, es necesario arrepentirse. Agregar coraje y fe, adherencia a D’s, a la Torá y a Eretz Israel, y con la ayuda de D’s “lo torcido será enderezado y lo áspero allanado” (Ishayahu, 40:4).