Se debe tener en cuenta que el
viernes es un día especial por la preparación para el Shabat; especialmente en
invierno, ya que el tiempo es corto y esto trae tensión y nerviosismo para la
mujer. Es por ello que el marido debe colaborar dentro de sus posibilidades,
ayudando a su esposa en los quehaceres del hogar. Si ella levanta la voz, el
hombre no debe darle trascendencia, puesto que es propio del momento por todo el
trabajo pendiente. Deberá, por el contrario, hablarle en tono tranquilo y suave
lo cual anulará su ira y enojo. Así dijeron nuestros Sabios: "Tres cosas
debe decir la persona dentro de su hogar los viernes a la tarde: ¿sacaron el
diezmo?, ¿hicieron el Erub?, enciendan el Ner". Agregó Rabá bar Rab Huná:
"Debe decirlo con tranquilidad, para que sus palabras sean aceptadas"
(Shabat 34).
O
sea que incluso en los temas relacionados con el cumplimiento de Mizvot, la
persona debe expresarse en su hogar en forma suave.
Con más razón, ésa debe ser su actitud en otro tipo de temas no tan
trascendentes. Si el marido observa que hay tensión en la víspera de Shabat,
es bueno que haga algún comentario gracioso, o con una sonrisa traiga alegría
a la casa. Así logrará que su esposa lo acompañe en lo que debe ser un
ambiente cálido y de felicidad.
No debe pensar el hombre que no es
de su honra limpiar o ayudar en la víspera de Shabat, ya que la Guemará cuenta
sobre grandes Sabios que preparaban el pescado, las Nerot, etc. A pesar de que
tenían sirvientes que lo podían hacer, preferían realizarlo ellos mismos
cumpliendo con lo que está dicho: "La Mizvá tiene más valor cuando la
hace uno propiamente, y no por medio de otra persona".
Se
debe tener cuidado también, de no ponerse nervioso si los invitados ensucian la
casa.
Se debe tener paciencia para poder recibir así el pago del Shamaim. Se cuenta
sobre aquel millonario que mantenía su casa con extrema pulcritud y limpieza.
En una oportunidad, lo visitó una persona menesterosa que, con los zapatos
llenos de barro, ensució el piso tan brillante. El millonario le gritó y ordenó
a sus sirvientes que lo sacaran de la casa. El pobre sólo pidió decir lo
siguiente: "Todos los días decimos en la Tefilá: ‘Bendito Di-s que
tienes piedad de la Tierra y de tus creaciones’, o sea que alabamos a Di-s con
estas dos alabanzas, y debemos copiar sus cualidades. He aquí, tú (le dijo el
pobre al dueño de la casa) copias de Di-s el tener piedad de la tierra -al
ponerte nervioso porque ensucié el piso-, pero debes tener piedad también de
sus creaciones: ‘¡Dame una Sedaká!". El rico entendió la señal y con
una sonrisa lo ayudó con lo que necesitaba.
Debemos
aprender a superar las dificultades que se presentan en cualquier momento de la
vida.
En una oportunidad, una pareja observó con asombro cómo de uno de los caños
de la cocina comenzaba a salir agua. Primero eran pequeñas gotas, pero cada vez
más el agua se desparramaba por toda la cocina. Sin saber cómo actuar,
llamaron a un plomero vecino quien no se dejó llevar por el desastre que veía
y puso manos a la obra. Analicemos los sentimientos de todos: la pareja se
sumergió en el problema, la angustia fue terrible y perdió toda la
tranquilidad. El plomero no se inmutó. Supo cómo actuar y se concentró en la
solución del problema.
Este suceso nos puede haber sucedido
a muchos de nosotros, pero tomemos de él las enseñanzas debidas para todos los
ámbitos de la vida. Quien frente a un problema se enreda en el mismo y no
tiene la claridad de buscar la solución, hará que su situación empeore. Sus
nervios le jugarán en contra. Quien por el contrario, se amolda a lo que le
sucede y poco a poco intenta encontrar la salida, alcanzará la felicidad. No se
olvida del problema, pero tampoco se desespera y permanece atento para encontrar
la solución.
"Alégrense, amados compañeros,
como se alegró tu Creador en el Gan Eden". En esta Berajá que se dice en
el momento de la Jupá, nuestros Sabios nos enseñan que cada pareja puede
alcanzar la felicidad que tuvieron Adam y Javá antes del pecado. Todo el mundo
era de ellos, los ángeles los servían y se deleitaban en el Gan Eden. ¿Por qué
son pocos los que pueden alcanzar esta felicidad? Quizás porque no sabemos
que debemos esforzarnos para lograrlo. Creemos que todo el bienestar viene
servido "en bandeja" y no es así. Debemos superar las dificultades lógicas
que se presentan en cualquier hogar, mantener la calma y superar con
inteligencia el problema, sin ahogarnos ni desesperarnos.
Las
pruebas que se presentan en la vida deben aumentar el amor y el agradecimiento
mutuo de la pareja. En muchos casos las dificultades provienen por falta
de cualidades o de entendimiento y valoración de uno hacia el otro. En otros
casos, factores externos provocan que "el caño" se rompa, pero
debemos recordar siempre que Hashem no prueba a la persona con algo que excede a
sus fuerzas. Siempre las puertas de la solución están abiertas. Debemos
mantener la calma y la tranquilidad, sabiendo que aquellos que siembran con lágrimas
cosecharán con alegría. De acuerdo al esfuerzo e inversión, más serán
los frutos.
La Guemará en Kidushin 41 comenta:
"Se le prohibe al hombre casarse con una mujer sin antes haberla visto,
porque es probable que después de casarse la vea y no le agrade y la llegue a
despreciar o a odiar". La Torá nos ordenó: "Amarás a tu prójimo
como a ti mismo". De aquí se aprende que la primera persona a quien se
refiere el versículo es a la esposa. ¡El hombre no cumple con esta Mizvá
si no ama, honra y respeta a su esposa como se merece!
Cuando una pareja se casa, se la
bendice con las palabras: "Sean alegrados, amigos amados...". ¿Cómo
se fomenta el amor en el hogar? Nuestros Jajamim nos enseñan: "El hombre
debe ser humilde y modesto siempre, pero dentro de su casa aún más. No debe
pretender imponerse por la fuerza ni querer establecer un gobierno de terror.
Eso sólo provoca tragedias. Hay que tratar siempre de satisfacer a la mujer y
escuchar sus consejos y requerimientos" (Tana Debe Eliahu Zutá 4).
Es
sabido que la mujer es mucho más sensible que el hombre.
Ella se siente ofendida por cualquier actitud de falta de respeto o de atención
por parte de su marido. Por lo tanto, nuestros Jajamim advierten al hombre
seriamente para que no se olvide de su responsabilidad al casarse. Debe saber
que su esposa lo necesita y cuáles son las cosas que le disgustan. No puede
distraerse de ello ni un instante.
La Mizvá de "Amarás a tu prójimo
como a ti mismo" empieza por la casa: con su esposa e hijos. Quien actúa
en forma contraria, quien se preocupa por quedar bien con la gente y no con
quienes conviven con él, está actuando en contra de la voluntad de Hashem. El
que sabe que su esposa es la primera persona de su vida (antes que él mismo),
cumple con el más esencial mandato Divino. Hashem coronará su hogar con
armonía y felicidad eternamente.
Sin lugar a dudas, la comunicación
es la base fundamental para el éxito de un matrimonio. Se trata de la característica
que distingue al ser humano del resto de las creaciones. En el momento de la
creación de la persona, la Torá en Bereshit 2 comenta: "E insufló en sus
narices el espíritu de vida y fue la persona un alma viviente". Sobre
estas dos últimas palabras, el Targum (arameo) las traduce diciendo: "un
espíritu que habla", resaltando así que si bien el valor de la persona
es por su poder de raciocinio e inteligencia, la manera en que expresa esa
virtud es por intermedio del habla. Todo lo que pasa por su interior, todo
su sentimiento, se conoce por lo que su boca dice. Por eso el ser humano es
conocido con el nombre de "Medaber", o sea "que habla", ya
que esa virtud lo define como persona.
Todo el progreso humano alcanzado a
lo largo de los siglos, se consiguió gracias a esta posibilidad de poder
transmitir por intermedio de la comunicación los resultados que se fueron
alcanzando. Debemos comprender que si bien la comunicación es la llave del éxito
en la sociedad y en la familia, también es la clave del fracaso en matrimonios,
en la educación de los hijos o en el desarrollo de algunas comunidades.
Hay quienes creen -por ejemplo- que
la verdad debe ser dicha en todo momento y circunstancia. No interesa -según
esa versión- los resultados que ocasione ese proceder. "¡Se lo digo en la
cara! ¡Es la verdad!", es el argumento que utilizan quienes no comprenden
que la inteligencia del ser humano radica en saber utilizar el poder de
expresión que Hashem le otorgó. Se debe saber cómo hablar y en qué
momento decir esa verdad. Para la Torá, el significado de la verdad está íntimamente
relacionado con el del favor. Si la verdad cruda daña a la persona, la Mizvá
del Jesed determina que hay que privarse de decir algo que en ese momento no será
escuchado y que sólo dañará.
Cuando Hashem se presentó a Iaacob
Abinu luego de que éste trabajara veinte años para su suegro Laban, le ordenó
que regresara a su tierra natal. Iaacob se dirigió a sus esposas Lea y Rajel
haciendo un resumen de lo que había sucedido en ese tiempo. No les dijo: "¡Hablemos
directo, de frente! ¡Vuestro padre es un falso!". Tampoco les dijo: "¡Preparen
todo, mañana nos vamos, después les explico!". Cuando leemos los versículos
nos damos cuenta de que Iaacob dejó en las manos de Lea y Rajel la decisión de
partir, a pesar de que había recibido la orden de Hashem. De todas formas, el
resultado fue el mismo: "¿Acaso aún tenemos parte y heredad en la casa de
nuestro padre?", fue la respuesta al unísono de Lea y Rajel y concluyeron:
"Todo lo que Hashem te diga haremos". Sólo con una buena
comunicación se podrá alcanzar la dicha de poseer un hogar feliz.
Iaacob nos enseña cómo hablar. A
pesar de que tenía toda la razón no presionó. Habló con prudencia hasta
llegar al punto central. Demostró que no buscaba su interés personal, sino
que estaba preocupado por Rajel y por Lea. Con sabiduría, paciencia y claridad
nos dejó el mensaje que nos enseña a hablar con altura, respeto y moderación
sin importar la circunstancia que se atraviese.
El rey Shelomo escribió en Kohelet
9: "Dibre Jajamim Benajat Nishmaim" (Las palabras de los Sabios dichas
con tranquilidad, son escuchadas). Nos enseña que se pueden decir las mismas
palabras, pero de acuerdo con el tono que se emplee se encontrará el éxito si
se utilizó un lenguaje suave y delicado; o el caos y la pelea, si fue con
prepotencia y gritos.
El Ramban escribe en su famosa carta
donde aconseja a su hijo: "Acostúmbrate a hablar con tranquilidad a toda
persona y en todo momento. Con esto te salvarás de la furia, que es una mala
cualidad que hace pecar a la persona, y nunca levantes tu voz...". El
que se guía por este consejo maravilloso seguramente que no se perjudicará,
sino que recibirá un pago eterno de paz y bienestar.
Observemos la realidad de la vida.
Un comerciante en su negocio, o un empleado en su trabajo, o un maestro en su
aula tiene más éxito al bajar el tono de voz y actuar con educación, ya que
al ser querido y respetado por los demás sus palabras son escuchadas. Con más
razón, éste es el proceder correcto en una familia, donde hay tantos temas
importantes como la unión de los corazones y la educación de nuestros hijos. No
existe peor daño que los gritos que destruyen la paz del hogar y que no tienen
justificación alguna. ¡Bienaventurada la pareja que vive de esta forma y
hace de su casa la morada de Di-s!
En algunos casos, es la mujer quien
se queja a su marido por situaciones especiales que le toca vivir. Quizás se
trate especialmente de problemas económicos o de peleas de los niños, hasta
que ella descarga sus nervios con su marido. ¿Cuál debe ser la respuesta del
esposo?
Veamos el siguiente Maasé de un Rab
de Ierushalaim que escuchó las quejas de su mujer por la situación apremiante
que vivían y le respondió: "Cuando tú vayas al Olam Habá, te preguntarán
a qué te dedicaste en este mundo y seguramente que contestarás que fuiste la
esposa de un Rab. Pero si te dicen -continuó el Rab- que te engañaron y que tu
marido no era lo que creías, seguramente contestarás que escuchaste como la
gente lo llamaba y tu argumento será aceptado. Pero yo -siguió diciéndole el
Rab- no tendré argumento para defenderme y mi salvación sólo vendrá por tu
intermedio". "¿Cómo es eso?", preguntó la señora. El marido
respondió: "Tú dirás: ‘¿Qué provecho tengo de mi esfuerzo si mi
marido va al infierno?’. ¡Con ese argumento salvarás mi alma!".
Aprendemos de este Maasé, cómo el
Rab supo con inteligencia convencer a su mujer y hacerle olvidar las
dificultades de la vida. Lo hizo con gracia y dulzura, no con gritos ni peleas.
Le demostró el bienestar que le aguarda en el mundo verdadero.
Sólo con una buena comunicación se
podrá alcanzar la dicha de poseer un hogar feliz.
Leamos atentamente los consejos a la
mujer escritos en el libro "Meam Loes" (Perashá Ki Tese):
1.-
Debe
la mujer tener sus ropas limpias sin ningún tipo de manchas para no ser
despreciada por su esposo. A pesar de ser pobre, sus ropas sencillas deben ser
bien lavadas para estar presentable frente a él.
2.-
Sus palabras con su esposo deben ser con tranquilidad, gracia y en voz baja. No
debe enfurecerse, para que su marido no se enfurezca aún más y provocar la
pelea. Si tropieza en este punto, se acostumbrará a vivir así, lo que traerá
angustia y dolor. Los hijos al ver esas actitudes de sus padres, se acostumbrarán
a vivir con esos errores también. Por eso, la mujer debe comportarse con calma.
A pesar de que su marido grite, que trate de tranquilizarlo y no de enfurecerlo
aún más, ya que es normal que el hombre enseguida se calma. Por eso que actúe
con inteligencia para preservar el Shalom de su hogar.
3.-
Si
ve que su marido está con dificultades económicas, que limite sus pedidos,
tratando de reducirse a lo mínimo. Si hace lo contrario, él recordará esto en
forma constante y guardará rencor en su corazón. Que la mujer haga Tefilá
a Hashem en forma continua para el éxito de su esposo. Al ver éste el amor
de su mujer y su buen sentimiento, a pesar de que no pueda satisfacerla como
ella merece, su corazón se llenará de alegría y con esto cambiará el Mazal
de la casa.
4.-
Si la mujer ve que su marido pasa por algún problema de cualquier tipo, que lo
aliente con palabras de fe y consuelo, y con una sonrisa en su rostro que le
saque la tristeza de su corazón.
5.-
No debe ser abandonada en el mantenimiento de su hogar, debe estar siempre
ordenado y limpio. De lo contrario, al regresar el hombre a su casa y ver que
está todo dado vuelta, codicia el hogar de su compañero en el que no sucede
esto, provocando de esta forma peleas y discusiones. Debe tener limpia y
planchada las ropas de su marido y de sus hijos, para que éstos no pasen
vergüenza delante de la gente.
6.-
Debe considerar a su marido como si fuera un ministro importante, por más
que se trate de una persona común, provocando así un ambiente de amor y compañerismo.
7.-
Debe tratar de no hablar en vano o cosas fuera de lugar, para que su marido no
sienta rechazo hacia ella.
8.-
No debe alabar a otro hombre delante de su marido, para no despertar en él
malos pensamientos.
Tampoco debe hablarle sobre la belleza de alguna mujer. Mientras más controle
sus palabras, más gracia encontrará a los ojos de su esposo.
9.-
Debe estar siempre arreglada delante de él. No debe exagerar en los momentos
en que tiene algún dolor o molestia física. Debe insistir a su esposo para que
fije un tiempo de estudio de Torá.
10.-
Debe ser piadosa con los integrantes de su hogar y con los pobres. No debe
investigar lo que sucede en otras casas, ni ser peleadora ni chismosa.
Lo que terminamos de transcribir no
debe ser tomado como derechos del hombre para ir a reclamar a su mujer. El
que procede de esta forma se equivoca, porque las obligaciones que
escribimos son de la mujer hacia Hashem, para formar su hogar en forma feliz. No
son privilegios del hombre.
La Guemará comenta en Nedarím 66,
sobre un Iehudi de Babel que fue a Israel y allí se casó. Un día le pidió a
su señora: "Cocíname dos lentejas". Su intención era solicitarle
una pequeña cantidad, pero ella con toda inocencia entendió que se refería
exactamente a dos lentejas y así lo hizo, lo que provocó el enojo de su
marido. Al otro día, le pidió: "Cocíname muchas lentejas", y ella
tomó al pie de la letra sus palabras, cocinando una cantidad exorbitante. El
marido le dijo: "Tráeme dos Bosiné", refiriéndose a dos sandías,
pero ella interpretó que eran dos velas, ya que ambas cosas tienen el mismo
nombre en arameo. El marido se puso furioso y le dijo: "Ve y rómpelas
Beroshó Shel Babá". Se refería a la cabecera de la puerta, que es el
significado de la palabra Babá en arameo. La mujer, con toda inocencia, entendió
que debía romperlas en la cabeza de Babá Ben Butá, que era el Sadik de esa
generación que estaba sentado a la puerta del Bet Din. La mujer fue y cumplió
lo que ella creyó que era la orden de su marido. El Rab, después de recibir el
golpe, le preguntó por qué había hecho esto. Ella le respondió con
sencillez: "Mi marido me ordenó", a lo que el Rab le dijo: "Tú
hiciste la voluntad de tu marido, que Di-s te dé dos hijos como Babá Ben Butá"
(como él mismo).
A pesar de que la actitud de la
mujer fue grave al pegarle al Rab, como su intención era la de hacer caso a la
voluntad de su esposo, y su inocencia no le permitió detenerse a pensar si era
correcto lo que hacía o no, tuvo el mérito de tener dos hijos Sadikim. Podemos
deducir de este hecho, la gran recompensa que aguarda a la mujer que hace la
voluntad de su marido tratándose de actos correctos y positivos. Seguramente
que sus hijos serán bendecidos por Di-s.
La Guemará en Berajot 28 comenta
que, cuando se enfermó Ribí Eliezer, sus alumnos fueron a visitarlo y le
pidieron que les enseñara cuál es el camino de la vida para adquirir el mundo
venidero. Ribí Eliezer les contestó: "Cuiden el respeto de vuestros
compañeros". El Rab Iejeskel Levinstein Z"L, Mashguiaj de la
Ieshibá de Ponevich, preguntó: "¿Acaso los alumnos de Ribí Eliezer no
sabían este concepto? ¡El más pequeño de ellos podía revivir muertos y
conocía todos los detalles de la Torá! ¿Qué secreto hay detrás de este
consejo?". El Rab Levinstein respondió: "Sabía Ribí Eliezer cómo
es la naturaleza del ser humano: sólo piensa en sí mismo, más allá de la
inteligencia que posea. Si no presta una atención especial al respeto hacia el
prójimo, terminará despreciándolo. Por eso su advertencia".
Ahora podemos entender el Maasé que
comenta el Ierushalmi Demai Perek 1: "Ribí Pinjas Ben Iair iba con sus
alumnos a estudiar a la Ieshibá y debían pasar por un puente que cruzaba a un
río. Como las aguas habían crecido e inundado el puente, Ribí Pinjas le habló
a la corriente de agua y le dijo: "¿Acaso quieres privarnos de estudiar
Torá?". En ese instante, las aguas volvieron a su cauce normal. Los
alumnos tenían miedo de cruzar el puente, porque temían que las aguas
volvieran a crecer. Ribí Pinjas les dijo: "aquel que sabe que nunca
despreció a su compañero que cruce. De lo contrario que no lo haga, ya que es
probable que se ahogue en las aguas".
La verdadera prueba del ser humano
consiste en respetar al prójimo como realmente corresponde. Se debe empezar
por respetar a quienes se encuentran en el propio hogar. No se debe actuar
como aquellos que poseen dos personalidades: desde el umbral hacia afuera tratan
bien a todo el mundo, pero en su casa siempre están furiosos y malhumorados.
Si cerramos los ojos y no observamos
las virtudes del otro, nunca llegaremos a dar la honra que la Torá reclama para
todo Iehudi. Sólo si nos detenemos a analizar y valorar las virtudes de quienes
se encuentran a nuestro alrededor, alcanzaremos el verdadero respeto hacia el prójimo.
Será un respeto sincero, por convencimiento y desde el fondo del corazón.
Hashem creó a la mujer con una
naturaleza implícita en ella: necesita que su marido la dirija y estar
subyugada a él. Pero solo exige algo elemental: debe ser realizado con honra y
respeto. ¿Por qué cuando Hashem creó al hombre y a la mujer no lo hizo en
forma similar a las demás criaturas? El Rabad Z"L (Ribí Abraham ben
David, Sabio contemporáneo del Rambam) da su explicación al respecto: los
animales no están unidos de por vida uno al otro, la hembra no acepta órdenes
del macho y, por ende, no se dedica a atenderlo. Por eso, fueron creados desde
el principio en dos cuerpos independientes uno del otro. La creación del ser
humano fue distinta. La mujer fue creada de la costilla del hombre, para que él
la considere por siempre como parte de sí mismo. Precisamente, su nombre
"Ishá" significa "porque del ‘Ish’ (hombre) fue extraída"
(Bereshit 2).
Los Sabios comparan al novio en su
primera semana de casamiento con un rey. Podríamos preguntar: ¿por qué no
comparan a la novia con la reina? Lo que sucede es que si ella será o no una
reina dependerá exclusivamente de su propio comportamiento. Si lo trata como a
un rey, su marido la honrará y la atenderá como a una reina. Pero ella por sí
misma no recibe ese título, ya que es un miembro más del cuerpo de su esposo.
Así está escrito en el Midrash
sobre aquella mujer correcta que aconsejó a su hija en las puertas de su
casamiento de la siguiente manera: "Párate delante de él como lo harías
delante de un rey y sírvelo. De esta manera, él será tu sirviente y te honrará
como a una gran mujer. Pero si te enalteces sobre él, serás despreciada y te
tratará como a una sirvienta". El hombre debe honrar y enaltecer a su
esposa, pero ella no debe buscar ese respeto por sus propios medios, sino que lo
obtendrá sólo con el buen trato y atención a su esposo.
El Maguid Midubna comenta la
siguiente parábola: "Un millonario que había quedado viudo, decidió
casarse con una de sus sirvientas. Para que ella no se sintiera con orgullo por
su nueva situación, le dijo: ‘debes saber que hasta ahora has sido una de mis
sirvientas. A partir de este instante, asumes una enorme responsabilidad. Las
otras sirvientas sólo son responsables por los trabajos que les tocan a cada
una de ellas: la comida, la limpieza, etc. Pero tú eres responsable de
supervisar absolutamente todo. Cualquier error de alguna de ellas, será
responsabilidad tuya. Si preguntaras: ‘¿por qué debo asumir la culpa de los
errores que ellas cometan?’. La respuesta es que yo te enalteceré a ti
delante de todos, pero en el momento en que te sientas con orgullo y te creas
dueña de todo, cambiaré tu vanidad por el desprecio". Precisamente ése
fue el consejo de esa sabia madre a su hija: no creerse superior a su marido. De
esa manera, siempre lo tendrá a sus pies.
El Talmud Ierushalmi Sotá, capítulo
1, comenta el siguiente Maasé: Ribí Meir acostumbraba a dar una disertación
en su Bet Hakeneset los viernes por la noche. En cierta oportunidad, el Rab
prolongó su disertación y una mujer que había concurrido a escucharlo regresó
muy tarde a su casa cuando la vela de Shabat ya se había apagado. El marido
enfurecido la expulsó del hogar y le prohibió la entrada al lugar hasta que no
salivara a Ribí Meir en su cara. Cuando el Rab supo lo sucedido, aparentó que
su ojo le molestaba y pidió al público si había alguna mujer que supiera
curarlo. Las vecinas le dijeron a la pobre mujer: "¡Es tu
oportunidad!". Ella fue con mucho temor, y ante la pregunta del Rab sobre
si sabía curarlo, respondió con inocencia que no sabía hacerlo. Ribí Meir le
dijo: "Entonces saliva en mi ojo siete veces y con eso me curaré".
Cuando terminó, le dijo el Rab: "Ve y dile a tu esposo que hiciste lo que
él te había pedido no sólo una vez, sino siete veces". Los alumnos del
Rab sorprendidos le preguntaron: "Ribí, ¿así se desprecia la Torá?, ¡nosotros
hubiésemos golpeado a ese perverso hasta que se arreglara con su mujer!".
El Rab contestó: "¿Acaso la honra de Meir es mayor que la honra de Di-s?,
¡si el nombre sagrado del Creador se borra en las aguas para traer la paz entre
marido y mujer (en caso de la mujer Sotá), la honra de Meir no será
mayor!".
El Rab Eliahu Lapian Z"L
explica que ni siquiera la honra de la Torá debe ser tenida en cuenta si se
trata del Shalom entre una pareja, como observamos en el comportamiento de Ribí
Meir. Si analizamos más profundamente, nos daremos cuenta de que, cuando la Torá
permite que el nombre de Di-s se borre en las aguas, se trata de un caso en el
que, si bien la mujer no llega a cometer infidelidad, se reúne a solas con un
hombre al que su marido le había prohibido hacerlo. No se trata de una mujer
correcta y temerosa de Di-s. Sin embargo, con tal de que el Shalom reine en
ese hogar, el Creador prefirió que Su nombre se borrara en las aguas.
Imitemos nosotros el camino de Di-s,
como está escrito en Debarim 28: "Te encaminarás en Su senda". Dejemos
de lado nuestra honra personal, sobre todo cuando se trata de temas
insignificantes que hacen peligrar la paz de nuestro hogar. Sepamos perdonar
para que Di-s nos perdone a nosotros.
"La
muerte y la vida en manos de la boca" (Mishlé 18) nos enseña el rey
Shelomo, ya que ella es la que determinará si el matrimonio es una unión digna
de vivir por ella o si la muerte es preferible a la vida de casados. En la mayoría
de los casos, no se piensa antes de hablar. Esto ocasiona dificultades,
al quedar atada la persona a lo que salió de su boca, ya que la palabra es como
una flecha: es nuestra mientras no la lancemos, después ya está fuera de
nuestro alcance. Más aún, nos convertimos en sus esclavos, puesto que muchas
veces intentamos defender posiciones que sabemos que no son correctas, pero lo
hacemos sólo por el hecho de que ya lo dijimos y nos cuesta reconocer nuestro
error.
El
Gaón de Vilna solía decir que todos los preceptos que se cumplen no alcanzan
en la mayoría de los casos a cubrir todos los pecados que se cometen con la
boca: hablar mal del prójimo, insultar, ofender, discutir, etc.
Esto no significa que no se pueda mantener una posición. Todo lo contrario, la
Torá no pretende que el ser humano sea un trapo que es llevado de un lugar a
otro. El problema consiste en cómo se mantiene esa posición, con altura y
dignidad respetando al otro o por el contrario, perdiendo los estribos y la
calma.
La Mishná en Pirke Abot 1 nos dice:
"No aumentes conversación con tu mujer, y con más razón con la mujer del
prójimo". La mujer debe cuidarse de hablar cosas innecesarias tanto sea
con vecinos o con personas que concurren a su casa por distintos motivos propios
del hogar. Debe tratar de disminuir su conversación al mínimo posible. Por
supuesto que también el hombre debe cuidarse en su trabajo de no hablar con
mujeres cuando no es imperioso por su profesión. En caso de no ser necesario,
deberá hablar sólo lo indispensable.
El Talmud en Erubín 53 cuenta que
Ribí Iosé Hagalilí iba en el camino y se encontró con Beruria, la esposa de
Ribí Meir y le preguntó: "¿Por qué camino se va a Lud?",
recibiendo como respuesta de Beruria: "¡No dijeron los Jajamim ‘No
aumentes conversación con la mujer!’ ¡Deberías haber dicho: ‘¿Por cuál
a Lud?".
Veamos a partir de este suceso cuánto
hay que cuidarse de no hablar palabras de más con la mujer, ya que Beruria
consideró necesario corregir a Ribí Iosé Hagalilí por dos palabras que dijo
de más, a pesar de la grandeza y la pureza del Rab.
Corresponde
recordar que la persona no debe alabar a su esposa delante de sus amigos, ya que
esto trae envidia y celos. Tampoco se debe menospreciar a la
esposa del compañero delante de él, ya que esto trae odio y separación con el
amigo y entre la propia pareja. Por el contrario, si escucha que su amigo se
queja del comportamiento de su mujer, debe buscar elementos que la justifiquen
para sacar así el odio de su esposo y encontrar el Shalom de ese hogar.
Preguntaron en una oportunidad: ¿por
qué decimos entre las Berajot del casamiento: "Que sean alegres como
cuando el Creador los alegró en el Gan Eden Mikedem"? ¿Acaso tanta
felicidad había entre Adan y Javá? ¡Sí, esa es la respuesta! Bendecimos a la
nueva pareja diciéndole: Así como Adam Harishon estaba contento con su mujer,
y no tenía los ojos en otra, ya que Javá era la única mujer del mundo, les
deseamos al novio y a la novia que cada uno vea y considere al otro como si
fueran únicos en el mundo.
¿Cómo
actúa una mujer cuyo marido le hace un obsequio en su aniversario de casados? La
mujer necia le contesta: "por lo menos te acordaste". Otra esposa más
inteligente le dice: "¡gracias!", "¡qué lindo!"; en
cambio, la mujer sabia llega al corazón de su esposo diciendo: "¿cómo
sabías que era eso lo que esperaba?". Así se une la pareja creciendo el
amor entre ellos.
Muchas mujeres no saben recibir a
sus maridos que regresan a la casa después de un día agotador con problemas en
el trabajo y con el tránsito atascado hasta llegar al hogar. Apenas entran los
hombres, escuchan todas las dificultades del día: los chicos se pelearon, la
mucama no vino, se tapó la pileta, se descompuso el lavarropas, etc., y el
pobre marido que pensó encontrar la tranquilidad al llegar a su casa, lamenta
no haberse quedado en su trabajo haciendo horas extras. ¡Qué distinto sería
si la mujer lo recibiera con una sonrisa, lo dejara descansar un poco, le
sirviera un plato de comida y después sí le planteara las situaciones que le
tocaron vivir! Seguro que encontrará una palabra de comprensión, de apoyo o de
solución al problema que existió.
Tampoco se debe intentar hablar con
el otro cuando éste recién se levanta de dormir. Es normal que el ser humano
en ese momento no tenga la serenidad necesaria para responder adecuadamente. En
casos particulares, deberá tomar un café para poder tranquilizarse antes de
hablar.
Hay una diferencia básica entre el
hombre y la mujer respecto a la necesidad de hablar. Mientras que el hombre
utiliza a la conversación como un medio para unirse -por ejemplo a un compañero-
para la mujer es necesario tener -en el mismo caso- una amiga para poder hablar.
O sea, el hombre habla para conseguir lo que necesita, mientras que para la
mujer hablar es el propio objetivo. Es normal escuchar que la esposa le
dice, por ejemplo, a su marido: "¿Por qué no hablas conmigo?", el
hombre responde: "¿Cómo dices que no hablo?. ¿Acaso no te pregunté recién
si llevaste al niño al dentista y dónde estaban mis sandalias?". La
mujer, desilusionada le responde: "Tú mismo has dicho que no hablas
conmigo, sólo lo haces cuando necesitas algo". Quizás Di-s puso en la
mujer esa inclinación a hablar, ya que es la que está en contacto con sus
hijos y para ellos es fundamental la conversación con su madre para poder
desarrollarse. Pero no es suficiente para ella mantener un diálogo con su
esposo, sino que necesita que él la escuche interesado, ya que para ella
conversar forma parte de su propio ser.
El Talmud comenta en Kidushim 49:
"diez medidas de conversación cayeron al mundo, nueve de ellas fueron
llevadas por las mujeres". Con esta frase, los Jajamim nos dan a conocer
una característica natural de la mujer: su necesidad de hablar. Resulta muy
difícil para ella guardar cosas en su interior. No nos referimos solamente a
preocupaciones o a dificultades que se les presenten en la vida, ya que ésa es
una característica natural también del hombre, como bien lo menciona el rey
Shelomo en Mishle 12: "si existe preocupación en el corazón del hombre,
que la comente". Una de las explicaciones del Talmud (Iomá 75) es
precisamente que al descargar el problema en otra persona, la presión
disminuye. En el caso de la mujer, ella necesita contar a su marido
absolutamente todo, sus experiencias del día, sus ilusiones y todo lo que si
bien para el marido puede ser intrascendente, para ella forma parte esencial de
su vida.
El Jazón Ish explica que la Mishná
de Pirke Abot 1 que dice: "No aumentes conversación con tu mujer", se
refiere a las situaciones que no son necesarias de ser habladas por la pareja.
Tampoco se refiere a las conversaciones que se desarrollan en el primer año del
matrimonio, ya que es fundamental en esa etapa que la mujer comprenda que su
marido la ama y está pendiente de ella. El Jazón Ish comenta que como
normalmente el hombre no logra ese objetivo en el primer año, esa obligación
le queda latente para toda la vida.
De acuerdo con el concepto de
nuestros Sabios, todo el que espera recibir del otro algo que le corresponde y
éste no se lo brinda, es considerado no sólo como una falta de un favor que se
podía haber hecho, sino como un acto de robo. La naturaleza de la mujer,
por sobre todo en su primer año de matrimonio, es que necesita palabras
de acercamiento y cariño por parte de su esposo, para construir así la base de
la armonía del hogar. Por eso, no se aceptan los argumentos de algunos hombres:
"¡Soy así!". "¡Soy de poco hablar!", ya que no se trata
de brindar un placer o lujo determinado, sino de algo básico y elemental para
ella, que no puede suplantar por ninguna otra cosa, ni siquiera por otra
conversación con su madre, amiga o vecina. No seamos extremistas en deducir de
esto, que se debe hablar con la esposa en todo momento y situación, sino que lo
lógico es encontrar el equilibrio necesario existente en todas las
obligaciones del matrimonio.
La mujer que argumenta que su marido
no habla con ella, debe analizar si no será ella la culpable de lo que
sucede. Quizás sus acotaciones o consejos cuando su esposo comienza a
hablar: "debes actuar de esta forma"; "¡yo hubiese contestado así!",
le quitan a él las motivaciones para entablar una conversación. Quizás sus críticas,
sus correcciones a la forma en que su marido se expresa, sus gestos, su mala
cara, su manera de ver todo negativamente, su actitud nerviosa o el levantar la
voz hacen que el esposo prefiera el silencio antes que escuchar los gritos de su
mujer.
Es muy importante también, no sólo
intentar llevar una conversación coherente, sino la manera en que ésta se
desarrolla. Estar uno frente al otro y mirarse a los ojos facilita
el diálogo mutuo, no hacer otras cosas en el momento de la conversación,
escuchar con atención las palabras del otro para facilitarle así que
pueda expresar lo que tiene en su corazón, hablar en un tono mediano, ni
elevado que ocasione tensión, ni tan bajo que dificulte la concentración, decir
conceptos concretos y no cortados o por la mitad, son algunos de los
consejos que nuestros Jajamim nos dan para poder unir a la pareja cada vez más,
por medio de una adecuada comunicación.
Se debe fijar un tiempo diario
inamovible de entre veinte a treinta minutos como mínimo, preferentemente
en el momento que los niños duermen. Incluso es preferible no atender el teléfono
para no interrumpir. Si es posible, acompañarlo con algo para comer o beber a
fin de crear un ambiente más cálido y poder desarrollar así una conversación
más amena sobre todo lo sucedido en el día.
Lamentablemente, se ha perdido la
conciencia del daño que nuestras expresiones pueden hacer. Seguramente que la
influencia de los diarios y televisión, con ejemplos continuos de ofensas y
desprecio al prójimo, han hecho que no nos demos cuenta y nos parezca normal
expresarnos con frases que para la visión de la Torá son prohibidas
terminantemente.
Terminemos este comentario con el
ejemplo de una mujer que nos enseña cómo debemos hablar. El Talmud cuenta
sobre Rajel, la hija de un millonario llamado Kalba Sabua, que decidió casarse
con el pastor de las ovejas de su padre, llamado Akiba, a pesar de que tenía
cuarenta años y aún no sabía nada de Torá. Ella vio en él condiciones para
aprender y llegar a ser un gran Sabio de Israel. Su padre no pudo comprender el
comportamiento de su hija que tenía tantos pretendientes mucho mejor preparados
y la desheredó. Luego del casamiento y al llegar el momento en que Akiba debía
aprender Torá, éste se negó ya que le daba vergüenza a su edad compartir un
aula con chicos de cinco o seis años que aprendían el abecedario que él
tampoco conocía. Rajel, con su inteligencia, no lo atacó ni le recordó que ésa
había sido la condición del casamiento, sino que tomó un burro que tenía una
hendidura en su cuerpo, la llenó de tierra y puso una planta sobre él y le
pidió a Akiba que lo llevara a recorrer la ciudad para ver cuál era la reacción
de la gente. Así lo hizo y todos se rieron del espectáculo de ver a un burro
con una planta sobre su cuerpo. Al otro día se repitió la situación, sólo
que la gente ya no se reía tanto; al tercer día ya todos se habían
acostumbrado a ver un burro en esas condiciones y ya era lo más normal. Le dijo
Rajel a su esposo: "el primer día se reirán de tu presencia en el aula
con los niños, pero luego se acostumbrarán y nadie se reirá. Se convenció
Akiba y se despidió para ir a estudiar. Al regresar después de 24 años, llegó
Ribí Akiba con 24.000 alumnos e iluminó al mundo con su Torá. Todo el pueblo
salió a su encuentro y cuando Rajel quiso acercarse, los alumnos que no sabían
que era su esposa, se lo impidieron. Cuando Ribí Akiba se dio cuenta dijo:
"¡Déjenla acercar! ¡Lo mío y lo de ustedes es gracias a ella!",
refiriéndose no sólo al esfuerzo de soportar tantos años de separación para
que su marido pudiera estudiar Torá con grandes Sabios, ni tampoco a que no le
importó vivir con pobreza para alcanzar la elevación espiritual de su esposo,
sino por sobre todo a su sabiduría para hablar en el momento en que él se
avergonzaba de ir a estudiar con niños, convenciéndolo con inteligencia y no
con gritos ni ofensas por más razón que tuviera.
Que
el ejemplo de Rajel cunda en nosotros, que aprendamos a hablar con tranquilidad,
que dominemos nuestros nervios que nos hacen tropezar y recordemos siempre que
para ser respetados, debemos respetar a los demás.
El Talmud en Guitin 45 comenta que
Rab Ilish en una oportunidad fue llevado cautivo. A su lado se encontraba también
cautiva una persona que conocía el idioma de las aves. Se presentó un cuervo y
ante el ruido que emitía con su boca, Rab Ilish le preguntó a esa persona:
"¿Qué es lo que dijo el cuervo?". El hombre le contestó: "Dijo
así: ‘Ilish escapa, Ilish escapa’". El Rab dijo que el cuervo era
mentiroso y no podía apoyarse en él para intentar escapar. Mientras tanto,
apareció una paloma y se repitió el mismo diálogo, sólo que el Rab en este
caso dijo: "El pueblo de Israel es comparado a la paloma, seguramente me
sucederá un milagro". Así ocurrió y en forma milagrosa, Rab Ilish pudo
escapar de su cautiverio.
El Meharsha pregunta: ¿Por qué Rab
Ilish creyó que su compañero -aparentemente un gentil- le decía la verdad
cuando le tradujo el idioma de la paloma? ¡Así como no creyó al cuervo,
tampoco tenía que haber creído a esa persona! Una respuesta posible de
nuestros Jajamim es que en verdad Rab Ilish también conocía el idioma de las
aves. Cuando había escuchado y entendido lo que el cuervo había dicho, no
quiso hacerle caso porque "el cuervo es mentiroso y no puedo apoyarme en él".
Cuando escuchó a la paloma, no se conformó con haber escuchado claramente a la
paloma que le decía que se escapara, porque temió estar escuchando lo que quería
escuchar. Por eso le preguntó a su compañero de cautiverio, que le corroboró
que era cierto lo que había escuchado. Sólo en ese momento decidió escapar.
De este Maasé, debemos aprender
esta base fundamental que debe ser la guía de cualquier matrimonio. Cada uno
escucha lo que quiere escuchar, observa sólo lo que le conviene, está
sobornado por su propio interés y pensamiento. Por lo tanto, en cualquier
discusión que se presente su visión es parcial y está apoyada en su egoísmo
y conveniencia. Aprendamos a analizar con objetividad y sinceridad cualquier
situación que se presente. Si no se comparten las ideas y se discute, es porque
hay una posibilidad de error de cualquiera de las dos partes. Si se tratara de
algo que no entra en discusión no estaríamos ni siquiera hablando. Entonces
corresponde que cada uno se pregunte: "¿No seré yo el que se equivoca? ¿No
estaré sobornado por mi propia conveniencia?".
Nuestros Jajamim nos enseñan que no
existe la persona que siempre tenga razón ni tampoco quien siempre se
equivoque. Hay situaciones -por ejemplo- en las que el marido se queja: "Mi
señora me pide lo que no puedo darle, malgasta el dinero, no atiende a las
visitas como corresponde, pierde el tiempo con el teléfono o con las vecinas,
me acusa de cosas que no son reales, enfrenta a mis hijos conmigo, etc.,
etc.".
Cuántos argumentos muchas veces
-lamentablemente- se escuchan. ¿Cuál debe ser el comportamiento en cualquiera
de estos casos? La base de la inteligencia y el principio del Shalom es saber
escuchar: "¿Qué sucede que todos están en mi contra?, ¿No seré yo el
culpable de lo que pasa?". Ésa es la actitud adecuada, incluso que se
trate del marido más sabio del mundo. El propio rey David en el Tehilim 92, nos
enseña: "Cuando mis enemigos se levantan sobre mí, mis oídos
escuchan". O sea, que por más que sean mis enemigos, es imposible que
entre las acusaciones que me formulan no exista algo de verdad que debe ser
escuchado y analizado. Con más razón, en el caso de la esposa y de los hijos
-el propio cuerpo del hombre- ¿acaso es posible que toda la verdad se encuentre
de un sólo lado? ¿Acaso no corresponde escuchar con atención los argumentos?
Por supuesto, no alcanza con
escuchar. Quien no quiere reconocer la verdad y decir: "Es cierto, me
equivoqué", no le servirá para nada escuchar. Quien crea que reconocer
la verdad es desvalorizarse frente al otro se confunde, porque no existe mayor
honra y respeto que la que se otorga al que reconoce sus fallas. ¿Por qué
cuesta tanto reconocer los errores? La respuesta es simple: es mucho más
sencillo mantener la posición equivocada, porque lo contrario nos obliga a
modificar actitudes y comportamientos y creemos que no tenemos la fuerza para
hacerlo.
Todos los días en la Tefilá
decimos: "Que siempre sea la persona temerosa de Di-s tanto en público
como en privado y que reconozca la verdad", igualando así estas dos
virtudes fundamentales de nuestra vida.
Es
normal equivocarse, pero lo peor que puede pasar es no saber reconocer el error
y persistir en una actitud necia de defender lo indefendible con tal de no dar
un paso atrás. Por eso es que recordamos en la Tefilá de la mañana
esta base fundamental para que nos oriente en todas las situaciones de la vida.
Tropezamos frecuentemente con peleas
acompañadas de Lashon Hará, chismes, mentiras, ofensas, insultos, odio, rencor
y todas las malas cualidades sobre las que nuestros Jajamim nos previenen. Es
muy posible encontrar que el fuego que alimenta esa discusión está encendido
con una sola brasa muy sencilla: que alguien no quiere reconocer la verdad.
Que el Todopoderoso nos haga
reflexionar sobre este error tan grave que destruye hogares y Kehilot, sólo por
querer escuchar lo que nos conviene y por no saber reconocer la verdad.
Muchas veces, pequeñas
observaciones que el marido le hace a su esposa derivan en grandes conflictos.
Al final de la pelea, la pareja se pregunta: "¿Cómo peleamos por algo tan
intrascendente?". No toman conciencia de que si las observaciones son
dichas en forma de agresión, provocan una respuesta más dura aún, con las
consecuencias a las que nos referimos.
Veamos algunos ejemplos escritos en
el libro "Una vida de felicidad" del Rab Shemuel Dob Cohen Shelita
sobre cómo no hay que corregir y cuál es la manera adecuada de hacerlo:
1º)
El marido le dice a su esposa: "En el último tiempo, nuestro pequeño Jaim
se está comportando de una forma terrible. Te dije muchas veces cómo debes
tratarlo. No cometas más locuras. ¿Qué podemos hacer? ¡Jaim es una copia de
tu familia!". La respuesta de su esposa no se hace esperar: "¡Seguro!
Tú eres el que todo lo sabe y yo la que siempre se equivoca! Yo me ocupo de los
niños todo el día y tú lo único que sabes es llegar tarde a casa y dar
consejos "sabios" sobre cómo actuar. ¿Te acuerdas lo que pasó ayer
que te hice caso de cómo tratarlo?". El final de esta discusión es
imaginable por todos y no hace falta escribirlo.
¡Qué distinto habría sido si el
marido hubiera hablado de otra forma! Por ejemplo: "Debemos encontrar la
forma de tratar a Jaim. Me gustaría que siguieras mi consejo, sé muy bien que
te ocupas de los niños durante todo el día, pero algo debemos hacer para
solucionar el problema". Sin duda, la respuesta de la mujer será distinta:
"Yo tampoco sé bien cómo actuar. Quizás podamos intentar de acuerdo con
tu consejo".
2º)
Marido: "¿Por qué no ayudas a los vecinos? ¿No te das cuenta de que
necesitan que alguien les dé una mano? ¿No tienes un poco de sentimiento? ¡Evidentemente
no eres capaz de mover un dedo por el prójimo!". La mujer le responde:
"¡Y tú! ¿Acaso eres un Sadik? ¡Cuando tienes un problema, nada te
importa, ni siquiera tus propios hijos!".
Qué distinto habría sido si el
hombre le hubiese dicho: "Sé que tienes mucho trabajo en casa, pero
observa qué momento difícil pasan los vecinos. Si tú pudieras hacer algo por
ellos... Quizás yo pueda ayudarte en las tareas del hogar". Con seguridad
que su mujer le responderá: "No te preocupes, intentaré ayudarlos".
3º)
Marido: "¡Hay que tratarte con guantes de seda! Sólo te dije una palabra
y lloras como una bebita. ¡No se puede hablar ni corregirte nada!". La
mujer le responde: "¿Qué? ¿Sólo una palabra? ¡Todo el día estás
criticando! Cuando quiero decirte algo ni me dejas hablar!".
Qué distinto habría sido si el
marido hubiera dicho: "Lo siento, no fue mi intención herirte ni
ofenderte. ¿Tienes alguna idea de cómo debía haberte dicho para que no te
ofendieras?".
4º)
Un mediodía en el que el marido llega a su hogar después de una difícil mañana:
"¡Estuve corriendo todo el día por ti, para darte todo servido y no eres
capaz de tener el almuerzo preparado!". Esposa: "¿Por mí? Tú corres
por ti y por los niños, no lo haces por mí. ¿Qué crees que hice durante todo
el día? ¿Crees que miré la luna, no?".
Si el marido hubiese hablado de otra
forma todo habría sido distinto: "¡Qué lástima! Pensé que la comida
estaría preparada y de esa forma me habrías demostrado que valoras todo mi
esfuerzo y que te preocupas por mí!". Con seguridad habría recibido una
respuesta de este tipo: "Lo siento, se me complicó toda la mañana. En un
segundo preparo todo y espero para mañana tenerte todo preparado a
tiempo".
5º)
El marido escucha llorar al bebé mientras su esposa habla por teléfono: "¡Claro!
¡Cuando hablas una hora por teléfono te olvidas que existe tu casa! ¿No
escuchas que el bebé hace cinco minutos que llora?". La mujer responde:
"¡Seguro! ¿Acaso sólo tengo que trabajar en casa? ¿No tengo derecho a
hablar un poco con mi mamá? Además, ¿tú no eres el padre del bebé? ¡ podías
levantarlo!".
Quizás lo adecuado habría sido
decir: "Estoy terminando de preparar el trabajo para mañana, ¿me ocupo
del bebé o ya terminas de hablar?". La mujer le responde: "¡Ay! ¡No
me di cuenta! Soy un desastre, cuando me pongo a hablar por teléfono me olvido
de la hora. ¡Mamá! Te dejo porque tengo que ocuparme del bebé!
Chau....."
6º)
Marido: "¡Esto es un desastre! ¡Todo desordenado! ¿Cuándo arreglarás
la casa?". Esposa: "Hay cosas que tú dejaste tiradas. No mueves un
dedo y tienes el coraje de decirme cómo hay que arreglar la casa. ¿Tú qué
sabes? ¿Acaso alguna vez dijiste una palabra buena cuando todo estaba
ordenado?".
Veamos ahora la forma en que se
puede corregir: Marido: "Al ver cómo está la casa, me doy cuenta de que
no has tenido un buen día. ¿No te sientes bien? ¿Quieres que te prepare algo
para tomar?". Esposa: "No, no pasa nada. No pude terminar la tarea,
pero en unos minutos arreglo todo".
7º)
Marido: "Siempre te quejas y pides dinero. ¡Te doy, te doy y te vuelvo a
dar! No hay dinero que te alcance. Me mato trabajando y tú derrochas el dinero
no sé en qué. ¡No es el fin del mundo si no compras todo lo que se te
ocurre!". Esposa: "No soporto tener un marido avaro. La plata que
tienes en el banco no la tocas para nada. ¿Para qué la guardas? Para lo que tú
quieres, derrochas el dinero, ¡pero para mí y para tus hijos dices que no
tienes!".
Cambiemos la versión de los
acontecimientos: Marido: "Estoy preocupado por la situación económica que
debemos vivir. Pensemos juntos qué cosas se necesitan indefectiblemente y cuáles
se pueden postergar hasta que mejore la situación". Esposa: "No te
preocupes, me arreglo con lo que tengo, sólo gastaremos lo estrictamente
indispensable".
8º)
Marido: "¡Todo cerrado! ¿No te ahogas en esta casa? Abre un poco la
ventana. ¿O acaso tienes frío como de costumbre?". Esposa: "¡Sí,
tengo frío! ¿Y qué? ¿No tengo derecho? Si tienes calor, en la calle hay aire
fresco. ¿Por qué no vas a dar una vuelta?".
Segunda versión: Marido: "No sé
qué me pasa. Necesito un poco de aire puro. ¿No te molesta abrir la
ventana?". Esposa: "Por favor, si tengo un poco de frío igual puedo
ponerme el sweater".
Los
ejemplos podrían continuar, pero la base de todos los casos es saber cómo
hablar para evitar conflictos y conseguir lo que anhelamos: la felicidad del
hogar.
Muchos hogares se destruyen con el
argumento de alguna de las partes que dice: "No soy feliz. Los problemas
económicos no me permiten vivir con alegría y destruyen mi matrimonio".
Intentemos analizar brevemente qué es la felicidad.
La humanidad entera corre en busca
de la felicidad. Sin embargo, y a pesar de los adelantos tecnológicos que
constantemente mejoran la calidad de vida, el mundo es cada vez más infeliz. Nuestras
abuelas que no disponían de microondas o lavarropas automáticos, por mencionar
solo algunas de las comodidades que hoy existen, eran mucho más felices que las
amas de casa que disponen de todo el progreso actual, además de tener quizás
dos o tres mucamas que les realizan las tareas del hogar y en algunos casos
-lamentablemente- también educan a sus hijos.
El Talmud en Sanhedrin 98 nos da la
clave del tema, cuando comenta que Ribí Iehoshua ben Levy se encontró con
Eliahu Hanabi en la puerta de la cueva en donde está sepultado Ribí Shimhon
ben Iojai y le preguntó: "¿Cuándo vendrá el Mashiaj?".
Eliahu Hanabi le respondió que fuera él mismo a preguntarle a las puertas de
Roma en qué lugar lo encontraría. Lo podría identificar entre unos pobres que
soportan sufrimientos y tienen el cuerpo lleno de vendas con las que cubren sus
heridas. El Mashiaj se diferencia del resto en que cambia las vendas de a una
por vez, ya que en cualquier momento puede ser llamado por Di-s para traer la
Redención al mundo y en ese caso no desea demorarse ni siquiera un instante de
más. Ribí Iehoshua ben Levy lo encontró y le preguntó cuándo vendría. El
Mashiaj le contestó: "hoy", luego de haberlo saludado diciéndole:
"Shalom para ti, hijo de Levy". Cuando Ribí Iehoshua regresó a lo de
Eliahu Hanabi, éste le dijo que le había asegurado el Olam Habá para él y
para su padre por la manera en que lo había saludado. Para que Ribí Iehoshua
ben Levy no pensara que el Mashiaj lo había engañado al decirle que iría en
ese día, Eliahu Hanabi le explicó que el sentido de esa respuesta era lo que
el rey David dijo en el Tehilim 95: "Hoy, si Mi voz escucharán".
Más allá de intentar analizar este
suceso que narra el Talmud, podríamos preguntarnos: ¿por qué el Mashiaj no
trae aún la Redención al mundo? ¿No podría aguardar en un lugar geográfico
más apropiado tal como el propio Ierushalaim por ejemplo? El Maharal de Praga
explica que "las puertas" reflejan el final, el extremo de la ciudad.
Roma, por su parte, es el símbolo del materialismo a lo largo de todo el
Talmud, es el centro del egoísmo y orgullo, es la que lleva la bandera de la búsqueda
de los placeres contrarios a lo espiritual. Allí, en el final del
materialismo se encuentra el Mashiaj. Cuando el mundo llegue al extremo y
comprenda que esas bases materiales lo llevan a su entera destrucción, ahí
vendrá el Mashiaj. No estamos lejos, basta observar lo que hoy sucede en la
vida.
¿Cómo hará el Mashiaj para traer
la Redención? Lo podemos deducir de lo que comenta el Talmud en esa misma sección
al recordar el versículo de Zejaría 9: "será (el Mashiaj) un pobre
montado sobre un burro". ¿Por qué un pobre? ¿No sería mejor que se
presentara en un tanque de guerra moderno o en un avión supersónico o quizás
en una nave espacial? El significado es mucho más profundo. El término
"Aní" que normalmente significa "pobre", en este caso no
debe ser interpretado en forma literal, sino por la raíz "Anavá" de
la que proviene, que significa "humildad". El rasgo que por
excelencia destacará al Mashiaj será su sencillez y modestia. En forma
similar el término "Jamor" (burro), proviene de la raíz
"Jomer" (materialismo), ya que el Mashiaj vendrá "montado sobre
un burro", o sea que estará por encima de lo material, porque tendrá
un dominio absoluto sobre las necesidades del cuerpo humano. El Mashiaj enseñará
a la clase humana a sobreponerse al materialismo, a que el cuerpo sirva al espíritu
por el propio beneficio de la persona. Como escribe el Rambam en la carta de
Musar a su hijo: "el mundo se compara a una persona que se encuentra
sentada al lado de un horno en un día de pleno invierno. Si se sienta sobre el
horno se quemará, si se aleja demasiado no tendrá provecho del calor. Sólo
estar a una distancia media le provocará la mejor satisfacción". Ese
equilibrio maravilloso es la base de los preceptos de la Torá. Quien se
conduce con ellos encontrará la felicidad en la vida, será dichoso en este
mundo y disfrutará en el venidero.
Una de las bases no sólo del
matrimonio sino también de la vida es sentirse satisfecho internamente consigo
mismo. La pregunta clave es cómo alcanzar esa categoría. Los placeres mundanos
no otorgan el sentimiento al que nos referimos. Por el contrario, son la fuente
de un deseo mayor aún que nunca concluirá. El Gaón de Vilna lo compara con
una persona que decide saciar su sed bebiendo agua salada. Por un instante, le
parece que está satisfecho, pero inmediatamente se dará cuenta de que está más
sediento aún.
Si creemos que se trata de una
novedad de nuestra época, veamos lo que escribió el rey Shelomo al comienzo de
su libro Kohelet en el que resumió su experiencia de la vida: "¿Qué
beneficio obtiene el hombre de toda su labor bajo el sol? Todas las cosas agotan
a la persona (y no las alcanza), no se satisface el ojo con ver y no se llena el
oído de escuchar. Yo, Kohelet, he sido rey sobre Israel en Ierushalaim. Dediqué
mi corazón a buscar y a averiguar por medio de la sabiduría lo concerniente a
todas las cosas que se hacen bajo el cielo... He visto todas las obras que se
hacen bajo el sol y he aquí que todo es vanidad y destroza el espíritu"
(Kohelet 1).
El rey Shelomo continúa a lo largo
de doce capítulos analizando la vida humana en todos sus aspectos: obtención
de bienes materiales, placeres y deleites de la vida. Su conclusión la adelantó
al principio del libro: "Vanidad de vanidades, dijo Kohelet, vanidad de
vanidades, todo es vano". Lo único valedero en la vida es la frase con la
que concluye su libro: "Teme a Di-s y cumple Sus mandamientos, porque en
eso está el hombre íntegro" (Kohelet 12).
Por lo tanto, podemos observar que
el mundo es el mismo desde siempre: "No hay nada nuevo bajo el sol".
Los errores de toda la historia se reiteran en nuestros días, quizás en una
forma más sofisticada o desarrollada, pero con la misma raíz equivocada de
siempre: creer que los placeres y lo material llenarán el deseo del corazón.
¿Cómo alcanzar la satisfacción verdadera? El mismo rey Shelomo en Mishlé 12
nos responde: "El hombre bueno obtiene el favor del Eterno". Existe un
deseo interno en toda persona de ser bondadosa. ¡Qué satisfacción recibe en
su corazón alguien que hizo un acto de ayuda al prójimo o luego de haber
alegrado a un necesitado! Brindar y dar al otro es la base de la vida y del
matrimonio. Ser bondadoso, abrir los tesoros que se encuentran en nuestros
corazones. Seremos así los primeros beneficiados al encontrar la verdadera
satisfacción de la vida.
Para tomar conciencia del valor de
esta cualidad, recordemos el suceso que está escrito en Shemuel 1-1: Un hombre
llamado Elkaná iba todos los años con sus dos esposas a Shiló (lugar donde
estaba el Mishkan) para posternarse y ofrecer sacrificios a Hashem. Repartía la
carne de esos Korbanot entre su esposa Penina y sus siete hijos y con su otra
mujer estéril llamada Jana. Penina se burlaba de Jana quien no podía tener
hijos. Su intención era que su hermana se esforzara en su Tefilá para que
así Hashem la escuchara. Sin embargo, los años transcurrieron y Jana ni
siquiera podía probar la carne que su marido le ofrecía por tanta amargura que
tenía. Un año se produjo un cambio. Su marido quiso consolarla: "¿Por qué
lloras? ¿Por qué no comes y por qué tu corazón está triste? Yo soy mejor
para ti que diez hijos".
En ese momento, Jana fue sola al
Mishkan y comenzó a rezar delante de Hashem. De su oración aprendieron los
Sabios cómo debemos rezar todos los días. Su oración fue escuchada por Hashem
y tuvo un hijo que llamó Shemuel, quien fue uno de los más grandes profetas
del pueblo de Israel, equivalente a Moshe y a Aharon. ¿Qué sucedió? ¿Por qué
reaccionó en ese momento? Su esposo le había dicho que él la quería como podían
quererla diez hijos juntos. Ella comprendió que tenía todo lo necesario para
vivir y un marido que la amaba. Pero había algo que no tenía: la
posibilidad de brindar y dar a un hijo todo el cariño que una madre posee.
Derramó sus lágrimas delante de Hashem porque comprendió que sin la
posibilidad de dar todo lo que su corazón podía, la vida no tenía sentido.
El Talmud en Berajot 31 comenta su Tefilá: "Señor del Mundo, todo lo que
creaste en la mujer es necesario: los ojos para ver, oídos para escuchar ... ¿para
qué me has dado senos en mi corazón? ¿Acaso no son para amamantar a un hijo?
Dame un hijo y lo amamantaré". Ese deseo fue la clave para que Hashem le
otorgara lo que tanto necesitaba.
La reflexión nuestra es que debemos
corregir nuestra manera de actuar mecánicamente. Sentimiento, corazón, amor
verdadero, pensar en nuestra pareja, son las claves para poner en práctica la
fuerza interna que a veces está adormecida en nuestro interior. Que Hashem nos
ayude a poder concretarlo.