"Mentir para preservar el Shalom"

 

En la Perasha Lej Leja está escrito: "Y fue cuando se acercó (Abraham) para ir a Egipto, le dijo a Sara, su mujer: "He aquí que sé que eres una mujer de hermosa apariencia" (Bereshit 12). Rashi comenta en nombre del Midrash que, debido al recato que ambos tenían, Abraham no se había dado cuenta hasta ese momento de la belleza de su esposa a pesar de todos los años que habían convivido. Al ver durante el camino el rostro de su mujer reflejado en un arroyo de agua, tomó conciencia de su hermosura. Evidentemente, estos conceptos muestran el grado de espiritualidad alcanzado por ambos, siendo prácticamente ángeles más que seres humanos.

 

Sin embargo, cuando los tres ángeles en forma de personas visitaron a Abraham Abinu, le preguntaron: "¿Dónde está Sara, tu mujer?". El Talmud en Babá Mesiá 87 explica que los ángeles sabían dónde estaba, pero querían hacerle saber a Abraham que su esposa era recatada, para que así la quisiera y valorara aún más. A pesar de que -como explicamos- el nivel de ambos era espiritual completamente y que se trataba de ancianos (100 y 90 años respectivamente), los ángeles se preocuparon porque el Shalom entre ellos se reforzara. Podemos deducir entonces la importancia del Shalom en un hogar, cualquiera sean las características del mismo.

 

El Talmud en Iebamot 65 nos enseña que está permitido mentir para preservar el Shalom. Lo deduce del suceso en donde Hashem le dijo a Abraham Abinu que Sara se había sorprendido al escuchar que tendría un hijo y había dicho: "Yo soy anciana". En realidad, la expresión de Sara Imenu había sido: "Y mi marido es anciano", pero Hashem cambió las palabras para mantener el Shalom. ¿Por qué Abraham se iba a ofender con su mujer por su frase: "Y mi marido es anciano"? ¡Era la realidad! El propio Abraham había dicho sobre sí mismo: "¿Una persona de cien años puede ser padre?". De todas formas, Hashem evitó -al cambiar la expresión de Sara- la más mínima posibilidad de enojo o distanciamiento entre la pareja, a pesar de lo ancianos que eran y de la condición espiritual especial que ambos poseían.

 

El Talmud en Iebamot 63 comenta que Rab tenía una mujer que lo hacía sufrir y le cocinaba lo contrario de lo que él deseaba en ese momento. Cuando su hijo llamado Ribí Jiá creció, le mentía a su madre diciéndole lo contrario de lo que su padre deseaba realmente, para que así comiera lo que sí esperaba. Cuando Rab se dio cuenta de la picardía de su hijo lo corrigió y le dijo: "tú no actúes así, ya que estás mintiendo y el Profeta Irmeiá reprocha a Israel por acostumbrarse a mentir". Nuestros Sabios preguntan: "¿Por qué Rab le dijo a su hijo: tú no actúes así?". De esto se deduce que otra persona sí podría mentir. La respuesta es que se puede mentir para lograr el Shalom Bait, pero esto es sólo para una persona mayor que en su vida se destacó siempre por decir la verdad. En algún caso excepcional, se le permite mentir para preservar el Shalom. En cambio, un joven como Ribí Jiá corre el peligro de acostumbrarse a mentir. Por eso Rab mencionó la referencia del versículo de Irmeiá que habla de acostumbrarse a mentir y no la de Vaikrá 19 en la que claramente la Torá menciona: "No mientas". De todas formas, el Shalom es tan importante que como vimos, en determinados casos está permitido faltar a la verdad con tal de preservarlo.

 

Es tal la importancia del Shalom en el matrimonio, que los Jajamim resaltan la labor de Aharon Hacohen para reconciliar a quienes se encontraban distanciados. Aharon tenía el cargo de Sumo Sacerdote, lo que implicaba ocupar varias horas del día para el trabajo del Mishkan. Por otra parte, junto a Moshe era el encargado de enseñar día y noche la Torá al pueblo de Israel. Cada instante de su vida era aprovechado al máximo. No había segundos de desperdicio. A pesar de todo, se preocupaba de ayudar a miles de familias a superar las desavenencias que se presentaban, acercando los corazones de la pareja.

 

Como una demostración de agradecimiento a su tarea, muchos niños que nacían luego que el matrimonio superara sus conflictos, eran llamados con el nombre de Aharon. Por eso, cuando ocurrió su fallecimiento, el duelo no fue sólo para sus familiares o para quienes estaban cerca suyo, sino como lo indica la Torá: "Y lloraron a Aharon treinta días todo el pueblo de Israel"(Bamidbar 20). ¿Cuál era la fórmula que utilizaba Aharon para hacer el Shalom? En Abot de Ribí Natan 12 está detallado cuál era su proceder: "Cuando dos personas estaban enemistadas, Aharon se dirigía a una de ellas y le decía: "hijo mío, tu compañero está arrepentido, rasga sus ropas de dolor por lo sucedido, se avergüenza de observar tu rostro por haber faltado a tu honra". Aharon no cesaba de hablar hasta que lo convencía de llegar a una reconciliación. Luego Aharon se dirigía a la otra persona y le expresaba las mismas palabras que le había dicho a su compañero. El resultado era que cuando ambos se encontraban se abrazaban uno al otro, perdonando cualquier actitud anterior".

 

Los Jajamim nos relatan este detalle del proceder de Aharon para que nosotros sepamos aplicarlo en la vida diaria. Se trataba de toda una profesión: escuchar al otro con atención y expresarle lo que él deseaba escuchar. Todo es válido si el objetivo es alcanzar el Shalom. Para utilizar este proceder, no es necesario esperar el momento en que debamos ser intermediarios en alguna discusión. No hay que esperar mucho tiempo para tener el Zejut de realizar esta Mizvá tan importante. Podemos empezar por nosotros mismos. En nuestro hogar, podemos seguir la indicación de Aharon: decir lo que el otro quiere escuchar. Quizás no sea la verdad estricta. De todas formas, alcanzar el Shalom como objetivo lo justifica.

 

Normalmente, se cree que la verdad implica decir las cosas como realmente son y la mentira es precisamente lo contrario. Sin embargo, esta regla contiene muchas excepciones. En algunos casos, estará prohibido decir una verdad si ésta sólo traerá consecuencias negativas. Si contar los sucesos tal como fueron realmente provocará un daño, esa "verdad" se convertirá en una terrible mentira. Si el objetivo que se busca es verdadero, aunque se modifiquen los sucesos de cómo realmente fueron se estará llegando a la verdad. En resumen, la verdad y la mentira dependen del objetivo buscado.

 

Esta base aplicada con un criterio certero, es utilizada por el Rab Dessler Z"L en su libro Mijtab Meeliahu para explicar el comportamiento de Iaacob Abinu cuando se hizo pasar por Esav para recibir la bendición de su padre Izjak. ¿Cómo es posible? Iaacob Abinu se distingue entre los Patriarcas por su cualidad del Emet. ¡Sin embargo, en las apariencias engañó a su padre!

 

El Ialkut Toledot nos da la respuesta, al comentar el versículo de Bereshit 27 posterior al momento en que Izjak se dio cuenta de que había sido engañado por Iaacob: "Y se estremeció Izjak de sobremanera y dijo: "¿Quién es?". Su pregunta real fue que se había dado cuenta de que hubo un engaño de Iaacob y quería saber quién era el responsable del mismo: si Iaacob por haberlo llevado a la práctica o él mismo por haberse dejado engañar. Hashem le contestó como continúa el versículo: "Él se dedicó a cazar". O sea, Hashem le dijo que ambos no eran responsables por lo sucedido, ya que habían puesto las cosas en su lugar como realmente correspondía: Izjak debía bendecir a Iaacob. Sólo Esav, quien "cazaba con su boca" al engañar a su padre, era el responsable y no merecía la bendición de Izjak. Iaacob había actuado forzado por su madre, sin intereses personales, sólo para lograr el objetivo que Hashem había determinado: que él obtuviera la bendición de su padre. Por eso, debió utilizar lo que aparentó ser una mentira. Pero la mentira en nombre de la verdad, se convierte en la verdad más estricta.

 

Iaacob Abinu es el símbolo del Emet. Para alcanzar ese título debió pasar una prueba muy difícil. Para el que analiza sólo superficialmente lo acontecido, puede parecerle equivocadamente que Iaacob mintió. No fue así. Él nos enseñó que la verdad está íntimamente relacionada con hacer Jesed, como bien lo menciona el rey David en el Tehilim 85: "El favor y la verdad se encontraron, la rectitud y el Shalom se besaron". Uno depende del otro. No existía mayor Jesed para Iaacob Abinu que impedir que Esav el perverso recibiera por medio de la bendición de su padre Izjak la herencia espiritual de Abraham Abinu. Iaacob tenía ese desafío y debía cumplirlo. Así lo hizo y recibió el título de Ish Emet: el hombre de la verdad.

 

Que en nuestra vida diaria recibamos su enseñanza. Que tomemos el ejemplo de aquel Rab que en la noche del Seder al derramar uno de sus huéspedes el vino sobre la mesa, procedió a hacer caer también él su copa de vino en forma intencional y decirle a su esposa: "¿Qué sucede? ¡Parece que alguna de las patas de la mesa está floja!". El huésped respiró aliviado, la vergüenza desapareció de su rostro. ¿El Rab mintió? De ninguna manera, no existe una verdad superior a esa pequeña mentira. Bienaventurados quienes apliquen a los actos de la vida las enseñanzas que nuestros Sabios nos legaron. Tendrán el Zejut de vivir con alegría en este mundo y recibir el verdadero pago en el mundo venidero.

 

"El llanto de la mujer"

El Shela Hakadosh comenta en Perasha Vaiese: "El hombre debe comportarse con humildad y tranquilidad en su hogar. No debe obligar a su esposa a realizar cosas que ella no desea, sino que debe hablarle siempre de buena manera. Así dijeron los Jajamim: Quien tiene Shalom en su hogar, es considerado como si estuviera en Shalom con todo el mundo. El Zohar Hakadosh comenta al respecto: "El hombre debe comportarse en su hogar con tranquilidad y alegría sin que teman de él". El hombre es el que dirige su hogar y por lo tanto la responsabilidad del Shalom recae sobre sus hombros. Esta obligación se manifiesta de dos formas: 1) sus expresiones deben ser dulces y suaves, llenas de tranquilidad y comprensión. No deben ser con tensión, nerviosismo ni ofensivas. 2) su comportamiento y actitudes deben ser con gracia y serenidad, a pesar de las situaciones que se puedan presentar.

 

El Talmud, en Babá Mesiá 59 comenta al respecto: "Siempre el hombre debe cuidar de no hacer sufrir con sus expresiones a su mujer". El mismo Talmud explica el motivo especial que existe en este caso: la mujer es por naturaleza muy sensible. La prueba contundente de ello es que su llanto es más frecuente y espontáneo que el del hombre. Por lo tanto, es obligación de cada marido alegrar a su esposa y no hacerla sufrir con sus actitudes o expresiones, ya que su dolor es mucho más profundo que el del hombre. Se debe tener presente en cada circunstancia de la vida el precepto de la Torá: "No hará sufrir el hombre a su compañero" (Vaikrá 25).

Hasta tal punto llega este concepto, que incluso quien hace sufrir a su señora sin haber tenido esa intención puede recibir un castigo, como podemos observar en el siguiente suceso que relata la Guemará en Ketubot 62: "Rab Rejumi regresaba a su hogar todos los años en la víspera de Iom Kipur, luego de permanecer durante mucho tiempo estudiando en un Bet Hamidrash, ubicado lejos de su casa. En una oportunidad, se concentró tanto en su estudio que se retrasó del horario normal en el que solía regresar. Su esposa esperaba ansiosa y preocupada: ‘¿Cuándo llegará mi esposo?’. A cada instante decía: ‘¡Ya llegará, ya llegará!’. Su dolor hizo que en un momento determinado se derramaran unas lágrimas de sus ojos. Su marido seguía estudiando profundamente en el altillo de la Ieshibá y en forma imprevista, se derrumbó el techo sobre él y falleció instantáneamente".

 

Este terrible suceso es explicado por el Rab Jaim Shmulevich Z"L en su libro "Sijot Musar" de la siguiente forma: "El castigo que recibe quien hizo sufrir a su compañero no es simplemente para tranquilizar al perjudicado, puesto que, como vemos en este caso, la muerte de Rab Rejumi habrá provocado muchas más lágrimas a su señora que las que había derramado anteriormente. El concepto real es que la ofensa o el daño al prójimo es como un fuego que consume: todo el que pone su mano en él se quema. No se trata sólo de un castigo por su actitud, sino que es una ley natural y real".

 

Sucedió en una oportunidad con Ribí Zalman Malsu Z"L, que estaba viviendo en la casa de una familia, y fue a visitarlo un alumno suyo con quien se puso a conversar palabras de Torá. En un momento, el alumno vio que su maestro se levantó y rápidamente salió fuera de la casa. El alumno siguió al Rab y le preguntó el motivo de su actitud. La respuesta fue: "La mujer que trabaja en la limpieza de la casa comenzó a cantar y está prohibido escuchar cantar a una mujer; por eso me retiré". El alumno le sugirió al dueño de la casa que le pidiera a la mujer que dejara de cantar para que el Rab pudiera ingresar. El Rab instantáneamente respondió: "¡Déjenla, ella está ocupada con su trabajo! Está feliz con lo que hace y soy yo el que no puede escucharla. ¿Por mí debe sufrir? Yo debo salir para que ella siga cantando".

 

Aprendemos de este suceso hasta qué punto debemos cuidarnos de no hacer sufrir al otro, a pesar de que la intención sea cumplir con algún precepto. Con mucha más razón, que el hombre no debe hacer sufrir a su mujer, ni provocarle un dolor o avergonzarla, ya que se provoca de esa forma un daño a sí mismo.

 

 

Nuestros Sabios nos enseñan que los primeros días del matrimonio marcan una senda para toda la vida. Los primeros siete días del matrimonio son días de celebraciones y banquetes, en los cuales se alegran los novios y sus parientes. Y esos banquetes no son sólo para saborear ricas comidas, sino principalmente para agradecer a Hashem por la boda, y para aprovechar la ocasión invitando a los parientes y amigos a participar de la alegría. Se cumple una gran Mizvá al asociarse en ella.

 

La Simjá de los Siete Días de Banquetes (Sheba Berajot-Siete Bendiciones), tiene su antecedente en la Torá. En el libro Pirke Deribi Eliezer figura que lo aprendemos de lo que está escrito en la Perasha de esta semana, cuando Iaacob contrajo matrimonio con Lea, luego de lo cual se celebraron siete días de banquetes. En esa oportunidad, se congregaron todos los habitantes del pueblo a celebrar. Dijo entonces Hashem: "Ustedes le hicieron un favor a mi siervo Iaacob (de acompañarlo en su alegría). ¡Yo les daré a ustedes una recompensa eterna a través de vuestros hijos!".

 

También hemos visto una celebración de "Sheba Berajot" en el Libro de los Profetas, cuando Shimshon se casó y le organizaron siete días seguidos de banquetes, y lo trataron como a un verdadero rey.

 

Esto nos enseña que el novio y la novia son considerados como reyes en los días de Sheba Berajot. Así como todos alaban a un rey, también a los novios (dentro de los primeros siete días) los alaban y les rinden honores de reyes. Así como un rey se viste con ropas majestuosas, del mismo modo los novios se visten con ropas de fiesta todos esos días. Así como a un rey se lo recibe con banquetes, a los novios se los recibe con los mejores manjares. Así como el rey no trabaja, los novios no trabajan. Así como a un rey siempre se lo ve radiante, a los novios se los ve resplandecientes como el sol. Como está escrito: "(El sol) es como un novio que acaba de salir de su Jupá" (Tehilim 19).

 

Los días de Sheba Berajot son como una expresión de deseos: así como los primeros días del matrimonio son de fiesta y celebraciones, que todos los demás días de matrimonio de la nueva pareja sean igualmente de fiesta y alegría.

 

Analicemos para finalizar algunos consejos escritos en el libro "Una vida de felicidad" del Rab Shelomo Dob Cohen Shelita, que sirven para alcanzar el éxito en el matrimonio:

 

1) Aprovechar la fuerza interna que cada uno posee y sacarla a la luz en la vida matrimonial.

 

2) Comportarse con paciencia. Saber que no es posible esperar resultados maravillosos de un instante al otro. Se debe mejorar paso a paso para así llegar a la verdadera felicidad en el matrimonio.

 

3) Asumir las responsabilidades: cada uno debe tratar las situaciones que se presenten con el máximo de seriedad para obtener así los mejores resultados.

 

4) El buen trato: hay que recordar que todos tenemos faltas y la solución se encontrará sólo si la otra parte toma el problema como si fuera suyo propiamente y no se limita a marcárselo a su pareja sin ayudarla a superarlo.

 

5) Medicina preventiva: no esperar a que los problemas aparezcan para ver cómo solucionarlos, sino que se deben estrechar las relaciones en los momentos buenos para formar así un escudo que impedirá que se deterioren en los momentos más críticos.

 

6) No desesperarse por los tropiezos: cuando un niño comienza a caminar es normal que tropiece y se golpee. En forma similar, un matrimonio que intenta mejorar su relación, se encontrará con situaciones que aparentemente son retrocesos o caídas. No solamente que no hay que desesperar, sino que se deben aprovechar para levantarse con más fuerza y superarse continuamente.

 

7) Reconocer el esfuerzo del otro: cuando un integrante de la pareja intenta superarse, el otro debe alentarlo para seguir adelante y no debe criticarlo por los errores que pueda cometer.

 

La felicidad en el matrimonio no depende de que no se presenten pruebas en la vida, sino de la buena relación y de la unión de la pareja en todas las situaciones que se deban atravesar. Todos los comienzos son difíciles. No es sencillo intentar mejorar nuestras actitudes, pero si no lo hacemos la vida matrimonial estará llena de tensión y amargura. Pongamos en práctica los consejos de nuestros Jajamim y con seguridad, nuestra vida será otra completamente.

 

¡Qué Hashem bendiga nuestros hogares con el Shalom!

 

"Las pequeñeces de todos los días"

 

En la Perasha Vaishlaj, la Torá menciona el encuentro entre Iaacob Abinu y el ángel que representa al instinto del mal. Iaacob Abinu estaba solo. Nadie lo acompañaba cuando fue atacado por el ángel del mal. Su familia había cruzado un río y él había regresado a buscar unas pequeñas vasijas que había olvidado. El Talmud en Julin 91 comenta que los Sadikim valoran sus pertenencias más que su propio cuerpo, ya que todo lo que obtienen es en forma legítima y se alejan del robo. De todas formas, hay un mensaje muy claro que el comportamiento de Iaacob Abinu nos enseña: nunca se deben despreciar las pequeñas cosas.

 

Este concepto adquiere una importancia fundamental en el hogar judío. Las pequeñeces cotidianas, las cosas que en principio parecen intrascendentes, en caso de que no se conversen y aclaren, terminan destruyendo el hogar. En muchos hogares en donde la mujer trabaja -por ejemplo- se llevan distintas cuentas: "Esta plata es mía", dice la mujer como si fuera que son dos personas que no tienen nada en común y que los gastos de uno no son del otro. En otros casos en donde la mujer no trabaja, el hombre es extremadamente exagerado en llevar una cuenta minuciosa del dinero que dejó a su mujer, para ver en qué gastó hasta el último centavo. "Soy yo el que traigo el dinero a casa", es el argumento equivocado del marido como si fuese que la mujer no hace nada por el mantenimiento del hogar. ¿Qué sucedió? ¿Por qué sospecha que su esposa malgasta el dinero? Y si es así realmente, ¿no será el hombre el responsable de lo que sucede por no tener una buena comunicación con su esposa? Si no se solucionan, las pequeñeces de todos los días pueden destruir el hogar.

 

Hay mujeres -por ejemplo- que sólo piensan en la limpieza de la casa. La Torá está de acuerdo con ellas por la importancia del orden, la pulcritud y la higiene. Sólo hay un pequeño inconveniente. La exageración de la limpieza provoca otro tipo de suciedad: la mujer pierde la paciencia con sus hijos, se olvida de conversar con su esposo o reacciona violentamente cuando alguien ensucia lo que ella tanto limpió. Pequeños hechos cotidianos, pero que pueden transformarse en una montaña gigante, si no sabemos encontrar el equilibrio necesario.

 

Recordemos que lamentablemente en la vida hay en muchos casos motivos reales de problemas. No exageremos las dificultades provocando situaciones que sólo nuestras malas cualidades originan. ¿O acaso no sucede muchas veces que después de pelear ni siquiera recordamos por qué empezó la discusión?

 

"Alegrar se alegrarán compañeros queridos, como te alegró el Creador en el Gan Eden". En esta Tefilá que se realiza en el momento de la Jupá y durante los primeros siete días del matrimonio, se le pide a Hashem que ayude a la pareja a llegar a la misma alegría que tuvieron Adam y Javá antes del pecado. Todo el mundo era para ellos, los ángeles los servían y se deleitaban en el Paraíso. Si pedimos a Hashem algo que a simple vista parece tan difícil, es porque está en las manos de la pareja conseguirlo.

 

Sin embargo, la triste realidad demuestra que son pocos quienes alcanzan esta felicidad que excede a nuestra imaginación. ¿Por qué? Son varios los motivos que se pueden mencionar. En principio, son pocos quienes comprenden que para recibir este beneficio se debe invertir. Piensan equivocadamente que todo se recibirá en forma natural. Olvidan que depende exclusivamente del trabajo, dedicación y esfuerzo de los integrantes de la pareja. ¿Acaso en lo material no es necesario preocuparse y hacer lo que se encuentra al alcance de la persona? Para alcanzar la felicidad del matrimonio es exactamente igual: sin superarse en la vida no se logrará. Esto sucede en todos los órdenes de la vida. Incluso para cumplir Mizvot, es necesario hacer una inversión. Para comprar un Tefilin -por ejemplo- o para celebrar una festividad o para tener deleite del Shabat. La relación entre la pareja es el punto máximo de la Mizvá tan importante de "amarás a tu prójimo como a ti mismo". ¿Acaso tan fácilmente se podrá cumplir? Sin el esfuerzo de la pareja, no caerá como un regalo del cielo. Para que cualquier comercio prospere, se realizan distintas iniciativas para captar la atención del cliente. Con mucha más razón, cada integrante de la pareja debe buscar todos los medios de su parte para encontrar el éxito tan anhelado.

 

Recordemos el versículo de Iob 11: "Un pequeño asno salvaje es el ser humano que nace". Se refiere a que toda persona nace con falencias que, en muchos casos, son el motivo de los desaciertos en el hogar. Cuando existe el deseo y el trabajo para superarlas, el entendimiento mutuo hará el resto y se podrán pasar las pruebas que se presenten. "Hashem no acusa a sus criaturas" (Abodá Zará 3). Nadie deberá enfrentar una prueba si no dispone de la fuerza necesaria para superarla. Pueden haber pasado muchos años de discordia y sufrimiento, pero en la gran mayoría de los casos, las puertas de la felicidad aún están abiertas. "Los que siembran con lágrimas, recogerán con alegría" (Tehilim 126). De acuerdo con la inversión, todos pueden deleitarse con los frutos.

 

Se cuenta sobre aquel rey que tenía un mantel muy especial, donde estaban marcadas todas las ciudades vecinas con sus respectivos puentes y caminos. El mantel le servía al rey para poder controlarlas con facilidad. Por eso, siempre cuidaba que no se arruinara. En una oportunidad, su hijo rebelde lo cortó en pedazos y mezcló los trozos uno con el otro. Al ver la desesperación de su padre, le aseguró que lo recompondría sin que faltara absolutamente nada. Con mucho esfuerzo, terminó la reconstrucción. Ante la pregunta del rey de cómo lo había logrado, el hijo le contestó que del otro lado del mantel había la figura de una persona. Uniendo las partes y preocupándose por que esa persona estuviera completa, el resultado sería que del otro lado del mantel las ciudades y caminos también estarían íntegros.

 

Esto es exactamente lo que sucede con el mapa de una familia. En determinadas ocasiones, está cortado y destruido. Unir esas partes y comenzar una vida nueva nos parece una tarea imposible. La solución consiste en curarnos a nosotros mismos, trabajando sobre las cualidades y formando una persona completa. De esa forma, el mapa de la familia se arreglará automáticamente. Los cortes y heridas desaparecerán del horizonte. Que Hashem ilumine los hogares de Israel con el Shalom.

 

"La casa judía"

 

Es muy común escuchar el concepto de "la casa judía", siendo el único hogar que tiene su nombre de acuerdo con su origen. Se escucha, por ejemplo, que hay distintos tipos de comida: china, japonesa, etc. Pero un hogar que se lo identifique de acuerdo con su procedencia es sólo el nuestro. ¿Por qué? ¿De dónde proviene el nombre "judío"? La raíz de la palabra "Iehudi" es de Iehudá, que fue uno de los hijos de Iaakob Abinu. ¿Por qué su nombre sirvió para identificarnos más que el de cualquiera de sus once hermanos?

 

Para entenderlo, es necesario estudiar el capítulo 38 de Bereshit en donde Iehudá debió pasar una prueba muy difícil con su nuera Tamar. En el momento en que él podía haber negado lo sucedido, eligió la otra alternativa: con altura y nobleza reconoció la verdad. La palabra Iehudá puede significar reconocimiento o agradecimiento. En este caso, por el mérito de haber reconocido, por haber tenido esa fuerza interna de poder controlarse en el momento de la dificultad, Hashem hizo que todos nosotros llevemos su nombre porque ésa debe ser nuestra base y la de nuestros hogares: sobreponerse a todas las situaciones que se presenten.

 

La clave de cualquier hogar es que cada integrante de la pareja trabaje sobre sus propias cualidades para mejorarlas y corregirlas. Lo que sucede en muchos casos es que lamentablemente cada uno está atento a lo que el otro debe corregir, en lugar de pensar lo que él mismo debe hacer.

Es común escuchar -por ejemplo- que una mujer se queja porque su marido es muy nervioso. Ella menciona todos los conceptos con que la Torá critica a quien cae en ira y enojo. ¡Tiene razón! Sólo que en este caso es ella misma quien es presa de la furia y derrama todos sus nervios. ¿Y sus argumentos con los que acusaba a su esposo? Los olvidó, para ella no existen. Sólo para su marido.

 

Cada uno se considera a sí mismo como una persona excelente que no tiene necesidad de corregir absolutamente nada. En cambio, a la otra parte sabe criticarla y buscarle sus defectos. O lo que es peor aún, se puede decir: "Yo sé que no soy perfecto/a". Pero sólo se trata de un reconocimiento falso para poder acusar con más facilidad a la otra parte. En realidad, no se está dispuesto a cambiar ninguna actitud en la práctica.

 

Cuando el Rambam se refiere al matrimonio, nos habla de obligaciones y no de derechos. Podríamos creer que las obligaciones de uno son los derechos del otro, pero es un error. Por ejemplo, la obligación del marido de querer a su esposa y respetarla más que a su propio cuerpo, es una obligación del hombre con Di-s y no un derecho de la mujer. Igualmente, cuando el Rambam comenta que la mujer correcta es la que hace la voluntad de su esposo, no se trata de un derecho del hombre, sino de una obligación de la mujer para con Hashem. Todos estamos "tocados" en este tema, ya que fuimos educados para siempre recibir y reclamar nuestra parte. No estamos acostumbrados a brindarnos por el otro. Todos reconocemos, por ejemplo, a Hashem como Rey del mundo, pero nos olvidamos de hacerlo Rey de nosotros mismos. Debemos preocuparnos por conseguir nuestro propio Olam Habá (mundo venidero) con más espiritualidad y que nuestra pareja adquiera el Olam Hazé (este mundo). El problema es que nuestro egoísmo nos lleva por el camino contrario: buscamos nuestro Olam Hazé y el Olam Habá para nuestra pareja.

 

El problema real radica en que desde pequeños fuimos educados creyendo que todo nos pertenece. El bebé llora más de la cuenta una noche y consigue que su madre lo retire de la cuna y lo acueste a su lado. Cuando crece un poco y pretende algún caramelo de más -por ejemplo- que la madre no está dispuesta a darle, con unas lágrimas o sollozos consigue lo que, según él, le pertenecía. Así crece y sabe que de una manera u otra consigue todo lo que desea. Cuando llega el casamiento cree que la historia se repetirá. Sólo que olvida que del otro lado hay alguien que también fue educado creyendo que todo le pertenece. Lo que sucede cuando ambos se encuentran es imaginado por todos y no es necesario aclararlo.

 

Debemos aprender a dar y no a reclamar, a conceder y no a exigir, a tolerar y no a reprochar. De esta forma, la convivencia en todos los casos será posible y encontraremos la felicidad que otorga seguir la palabra de la Torá.

 

"Este es el libro de la genealogía de Adam. En el día que creó Di-s al hombre, a la imagen de Di-s lo hizo.... Varón y mujer los creó, los bendijo y llamó su nombre Adam en el día que los creó" (Bereshit 5).

 

¿Por qué el ser humano recibe el nombre de Adam? La respuesta de nuestros Sabios es que Hashem lo creó de la tierra (Adamá). Podríamos preguntar ¡El animal también debería llamarse así ya que también fue hecho de la tierra! Lo que sucede es que olvidamos un detalle fundamental: la tierra tiene la particularidad de arreglar y transformar todo lo que es puesto en ella. Por eso el hombre recibe el título de Adam, al estar en sus manos la posibilidad de cambiar, mejorar y superarse. En cambio, el animal nace animal y muere animal con el mismo instinto sin haberse modificado en absoluto. El animal -por lo tanto- no tiene relación con la tierra. La persona sí y es por eso que recibe el nombre de Adam, porque progresa y mejora en su vida superando sus cualidades. Quien no se comporta de esta forma, no es digno de llamarse Adam.

 

El rey Shelomo escribió el libro de "Kohelet" que para quien se limite a leerlo superficialmente y sin profundizar, quizás le parecerá pesimista y oscuro. ¿Todo es negativo? ¿Nada sirve? ¡Vanidad de vanidades! Lo que sucede es que el rey Shelomo -la persona más inteligente del mundo- analizó con profundidad y llegó a la conclusión: "Teme a Di-s y cumple sus mandamientos, porque en eso está el hombre íntegro".

 

Ésa es la clave de la vida y lo único que no es vano: la posibilidad de superarse, temer a Di-s y mejorar el comportamiento. Quien no lo hace será toda la vida como un bebé, a pesar de los años que tenga realmente. La única diferencia será que cuando nació jugaba con su sonajero, luego con cochecitos, después con una pelota, con una computadora, con su negocio, con la bolsa o con acciones y empresas. Pero siguió siendo un bebé: se fue del mundo como llegó, no modificó en nada su conducta. Crecer físicamente es simultáneo con el trabajo de las Midot. Sólo quien se sobrepone y mejora es el que crece de verdad.

 

La persona es tal sólo cuando "varón y mujer fueron creados". Ése es el momento en que debe demostrar si tiene buenas cualidades o no. En el matrimonio es en donde aparecen las pruebas de la vida: las dificultades para encontrar un buen sustento; los problemas que se presentan que motivan la ira y la pérdida del control; el egoísmo de pensar sólo en nuestro propio interés. Si cada integrante de la pareja se preocupa por sí mismo y observa sólo lo que le conviene, no hay alternativa para esa familia. Podrán estar unidos en matrimonio, pero no se llamarán Adam. Ese título lo reciben sólo los que se superan y progresan.

 

El único camino es trabajar sobre sí mismo para corregirse y superarse. En muchos casos, los novios deciden permanecer años y años de noviazgo con la idea de "conocerse mejor". No se dan cuenta de que sólo se conocerán de verdad cuando contraigan enlace, porque sólo en ese momento aparecerán las pruebas de la vida. Nadie sabe cuál será su reacción hasta que llegue ese momento. De nada ayudarán los años de noviazgo. Más aún, hay parejas -alejadas de la Torá- que deciden convivir "a prueba", para luego casarse si es que todo funciona. Luego de un período donde todo fue bien, se casan y ahí surgen los problemas. ¿Qué sucedió? El anillo del casamiento creó el problema, porque ahí aparecen las obligaciones y los compromisos que son superados sólo por los que se deciden a corregirse a sí mismos. Tengamos el Zejut de pertenecer al grupo selecto de aquellos que intentan superarse continuamente en la vida.