NO SOY
EL ÚNICO
En los
ocasiones anteriores nos concentramos en aclarar conceptos relacionados con la
prohibición
de avergonzar a otro y lo pernicioso de enorgullecerse con lo que no es auténtico o no le corresponde a uno. El deber del judío es exactamente lo opuesto. No sólo que no se debe vanagloriar uno mismo, ni "creérsela" que por haber hecho algo meritorio, uno ya ha cumplido con toda
su tarea en términos
de la estima que se le debe a los demás,
sino que, por lo contrario, uno debe procurar permanentemente lograr reconocer
el valor positivo en la tarea que desarrollan las otras personas y respetarlas
por ello.
En
hebreo el término
para describir esta actitud es "kavod" y la obligación es: darle
"kavod" a los seres humanos. ¿Cómo se traduce "kavod"? Puede ser "honor",
"dignidad" o "respeto". Nosotros vamos a utilizar estos términos
en forma indistinta, a pesar que, posiblemente, ninguno de ellos sea la traducción acabada del concepto. Importante será
no equivocar la actitud fundamental de honrar a otra persona, con la grave
prohibición
de adular, es decir: decirle loas con el objetivo de "quedar bien" con
aquella persona o para pedirle favores. El lisonjero, no honra a las personas,
sino que busca, en su egoísmo,
encontrar el beneficio que puede obtener de cada persona y de cada situación.
Lamentablemente es más
común toparse con la segunda modalidad que con la primera. Dada la similitud en
la manera de manifestarse del adulón y del que genuinamente honra a las personas, podemos decir, quizás,
que la diferencia la hemos de descubrir en cuanto analicemos la intención por la cual se
le está
dando honor al prójimo,
y el calibre de la manera de dirigirnos a ella , en comparación
al trato que le damos a los demás.
Este, como otros temas similares, dependen totalmente de la voluntad de
auto-conocimiento que tenga la persona.
Pero,
volviendo al tema: ¿De dónde
nace la dificultad en reconocer lo bueno en el otro? ¿Por qué nos cuesta
tanto?
En la Mishná de Pirkéi Avot (Cap4:1) se cuestiona: "¿quién es respetado?" Y responde: "Quien respeta a los creados". No está claro cómo la respuesta satisface a la pregunta. ¿Qué relación existe, acaso, entre el respeto que se le brinda a otros, con el respeto que se recibe de terceros?
Aparentemente,
la Mishná
nos quiere enseñar
algo importante. Las personas que buscan que los demás
los honren, actúan con altanería
pensando que eso les traerá
más
reconocimiento de la gente. Sin embargo, el renombre es un obsequio Di-vino, y
una persona que hoy cae en gracia a la gente, puede perder esa estima
repentinamente de un día al otro. La estima tiene su manera de llegar a las personas que menos la
buscan. Aquel que no desprecia a nadie, sino que respeta a las personas de
manera universal por el solo hecho de ser "creados" por D"s, esa
persona está,
en realidad, rindiendo homenaje a D"s Quien creó
a los seres humanos. D"s, en devolución, Lo respeta a él.
(Sidur de R.Sh.R. Hirsch sz"l)
Para
ponerlo de modo figurativo: Quien mira a los demás subido sobre una escalera (es decir, desde una estatura que no es la
propia), ve a todos chiquitos... Quien los mira parado en el suelo, los ve
"normales" y humanos. La modestia, entonces, nos permite aproximarnos
al aprecio debido a terceros. Consecuentemente, surge lo siguiente: el respeto
que se le brinda a otros, trae aparejada, en correspondencia, una visión
objetiva de si mismo. Esto, a su vez, quita el deseo desmedido de ser respetado
por otros y permite a la persona crecer auténticamente.
Al alcanzar este punto, la persona es, merece ser y demuesra ser realmente digna
y respetable.
De la
lectura superficial de la Mishná, surge, sin
embargo, una pregunta más: ¿Acaso es importante ser respetado? La respuesta es: No. Uno no debe
buscar el reconocimiento de los demás. "Quien busca el honor, el honor huye de él; quien le escapa, el honor lo persigue". Le preguntaron al Jafetz Jaím:
Si quien lo busca, no lo logra, y a quien le corresponde, le escapa... ¿quién recibe,
entonces, verdadera honra? A lo cual respondió:
"En algún
momento todos dejamos de correr. Al fallecer, el reconocimiento auténtico
sobrepasa al que lo merece". (Etica del Sinaí
4:1de Irving M. Bunim, de
Ed. Iehuda)
En Bereshit
capitulos 44 a 47 encontramos a Iosef, virrey de Egipto, que recibió
a sus hermanos con sus familias en época
de hambruna y luego aplicó
una ley compleja y de gran envergadura en su puesta en práctica: Mudó
a todos los habitantes de Egipto de una ciudad a otra (teniendo en cuenta la
importancia de mantener el equilibrio de las distintas profesiones y oficios en
la sociedad de cada pueblo). Y todo esto, ¿para qué?
A simple vista, dado que todos vendieron sus campos a Par’ó (Faraón) a cambio de
pan, ésto
era una señal visible y contundente que se habían convertido todos en arrendatarios de Par’ó,
y no en dueños
de sus campos.
Sin embargo,
Rash"í
(47:21( nos hace saber que
existía otra razón
para todo esto. Iosef no quería
que a alguno se le ocurriera despreciar a sus hermanos y sus familias llamándolos
"extranjeros", pues desde ese momento todos los ciudadanos se habían
convertido en "extranjeros" en su propio país
natal. Hasta tal punto, cuidó
Iosef el honor de sus hermanos.
La siguiente
historia ocurrió
en Ierushalaim hace unos cuantos años. R. Zalman, un experto en Etroguim solía ser molestado por cientos de personas anualmente en los días
previos a Sucot para que examinara sus respectivos Etroguim y les diera una
opinión acerca de su Cashrut (no cualquier Etrog es casher, pues debe reunir
muchos requisitos halájicos). El pequeño
Aharon Katzenellenbogen había recibido, a su vez, un Etrog de su papá
y quería, "como los grandes", que R. Zalman, quien estaba corriendo en
aquel momento a la Mikve, observara también su Etrog. R. Zalman no podía. "Es
tarde" - le dijo al niño,
"y estoy seguro que tu padre, quien es un gran sabio, eligió lo mejor para
vos" - agregó
mientras seguía
corriendo. Aharon, un poco decepcionado, volvió
a casa.
Temprano a la
mañana
siguiente, se escuchó
un golpe en la puerta de R. Avraham Moshé, papá
de Aharón,
quien estaba estudiando en la Sucá
antes de ir a Shajarit. Muy asombrado vio al anciano R. Zalman: ¿A qué
se debe esta visita tan temprano? - preguntó sorprendido. ¿Está tu hijo Aharón?- preguntó
R. Zalman. Inmediatamente el papá despertó a su hijo:
"Aharón, Aharón,
levántate, tenés
una visita especial!" Cuando Aharón
vio al huésped, se ruborizó:
"Pero Ud. Había
dicho ayer que el Etrog estaba bien!". "Correcto" - respondió
R. Zalman - "pero no lo debiera haber afirmado sin mirar. El problema fue
que estaba muy apurado... ¿Puedo verlo ahora?" Aharón se mostró
orgulloso. "Hermoso" - contestó R. Zalman -
"es mucho mejor de lo que yo hubiera imaginado! ¿Quizás
estás dispuesto a canjearlo por el mío?" Aharón
sonrió:
"No gracias! Quiero usar el que me compró
mi papá.
De todos modos, no era lo mismo para mí,
sin su aprobación"
Mientras el niño
volvía satisfecho a su habitación, el papá
no terminaba de maravillarse por la sensibilidad que mostró
R. Zalman a su hijo. Mientras éste
se retiraba, le comentó
al papá:
"Un niño
también es una persona". (Around the Maggid’s table - Rabbi Paysach Krohn)
Respetar al prójimo
no es algo abstracto, ni tampoco significa adularlo. Es simplemente (o no tan
simple...) apreciar lo bueno en él, valorarlo tal como es y ponerse en su lugar a pesar de las posibles
diferencias entre los dos, empezando por los que están más
cerca de uno. A partir de esa actitud, luego vendrá
el amor y preocupación
por su bienestar, pero a nada se llega si no existe la estima en primer término.
Daniel
Oppenheimer