PERASHA LEJ LEJA:
"La importancia del Shalom"
Agradecemos a Alberto Sueke por darnos autorización
de publicar esta sección
El Shalom no sólo es una base esencial para la convivencia humana,
sino también la bendición por excelencia que Hashem otorgó
al pueblo de Israel: "Hashem dará fuerza a su pueblo; Hashem
bendecirá a su pueblo con paz" (Tehilim 29). Leemos en esta Perasha:
"Y fue cuando se acercó (Abraham) para ir a Egipto, le dijo a Sarai,
su mujer: he aquí que sé que eres una mujer de hermosa
apariencia" (Bereshit 12). Rashi comenta en nombre del Midrash que, debido
al recato que ambos tenían, Abraham no se había dado cuenta hasta
ese momento de la belleza de su esposa -a pesar de todos los años que habían
convivido- y al ver en el camino el rostro de su mujer reflejado en un arroyo de
agua, tomó conciencia de su hermosura. Evidentemente, estos conceptos
muestran el grado de espiritualidad alcanzado por ambos, siendo prácticamente
ángeles más que seres humanos.
Sin embargo, cuando los tres ángeles en forma de personas
visitaron a Abraham Abinu, le preguntaron: "¿Dónde está Sará,
tu mujer?". El Talmud en Babá Mesiá 87 explica que los
ángeles sabían dónde estaba, pero querían hacerle
saber a Abraham que su esposa era recatada, para que así la quisiera y
valorara aún más. A pesar de que -como explicamos- el nivel de
ambos era espiritual completamente y que se trataba de ancianos (100 y 90 años
respectivamente), los ángeles se preocuparon porque el Shalom entre ellos
se reforzara. Podemos deducir entonces la importancia del Shalom en un hogar,
cualquiera sean las características del mismo.
El Talmud en Iebamot 65 nos enseña que está permitido
mentir para preservar el Shalom. Lo deduce del suceso en donde Hashem le dijo a
Abraham Abinu que Sará se había sorprendido al escuchar que tendría
un hijo y había dicho: "Yo soy anciana". En realidad, la
expresión de Sará Imenu había sido: "Y mi marido es
anciano", pero Hashem cambió las palabras para mantener el Shalom.
¿Por qué Abraham se iba a ofender con su mujer por su frase: "Y mi
marido es anciano"? ¡Era la realidad! El propio Abraham había dicho
sobre sí mismo: "¿Una persona de cien años puede ser
padre?". De todas formas, Hashem evitó -al cambiar la expresión
de Sará- la más mínima posibilidad de enojo o
distanciamiento entre la pareja, a pesar de lo ancianos que eran y de la condición
espiritual especial que ambos poseían.
Encontramos en Bereshit 30 un suceso que nos enseña el mismo
concepto. Cuando Rajel Imenu tuvo a su hijo Iosef después de muchos años
de esterilidad, su expresión fue: "retiró Hashem mi vergüenza".
Rashi, también en nombre del Midrash, comenta: "cuando la mujer no
tiene hijos, no tiene a quien echar la culpa de sus errores, pero cuando sí
pudo tenerlos y el marido le pregunta ¿quién rompió este objeto?,
ella responde: tu hijo; ¿quién comió los dátiles?, tu
hijo". Nos encontramos con una actitud realmente sorprendente. ¿Es posible
que Rajel Imenu tuviera ese pensamiento de su esposo Iaacob que había
entregado su alma trabajando catorce años para poder casarse con ella? ¿Acaso
Iaacob Abinu se enojaría si se rompiera un objeto o si alguien comiera
los dátiles? No olvidemos que la frase de Rajel Imenu fue dicha en el día
del nacimiento de Iosef, o sea después de muchos años en los
cuales no había podido tener hijos. En un día tan importante, ¿no
hay nada más trascendente para decir? ¿Sólo que a partir de ese
momento tendrá a quien cargar las culpas por lo que pueda suceder? El Rab
Jaim Shmulevish Z"L nos da la respuesta: "Nuestros Patriarcas sabían
el valor del Shalom". Por eso, Rajel se dio cuenta de que, a partir de ese
instante, ni la más mínima posibilidad de enojo de su marido hacia
ella existiría. Y por eso su reflexión de alegría.
La base del Shalom es el respeto mutuo. En Pirke Abot está
escrito: "Ben Zomá preguntó: ¿Quién es el
respetado?", su respuesta fue: "El que respeta al prójimo".
Dos grandes escuelas Talmúdicas discutían sobre muchos puntos de
la jurisprudencia: Bet Shamai y Bet Hilel. En Masejet Erubim 13, el Talmud
concluye: "Dijo Ribi Abá en nombre de Shemuel, tres años
discutieron Bet Shamai y Bet Hilel para determinar la jurisprudencia, hasta que
un eco celestial proclamó: "Las palabras de ambos son las de Hashem,
pero la jurisprudencia es como Bet Hilel". Si ambos opinaban correctamente,
¿por qué Bet Hilel tuvo el mérito de que la jurisprudencia
coincidiera con su teoría? Una de las respuestas del Talmud es que:
"Eran tranquilos y pacientes, adelantaban en explicar la teoría de
Bet Shamai antes que la de ellos propiamente". Deducimos por lo tanto que
el que respeta al prójimo no sólo que será respetado, sino
que tendrá el mérito de fijar y determinar la jurisprudencia.
La prueba de mantener el Shalom no es con aquellos con los que no
mantenemos ningún tipo de relación. ¿Por qué pelearíamos
con ellos? La prueba verdadera es con nuestra familia y con la sociedad con la
que convivimos. Ahí surgen las distintas ideas y opiniones sobre temas
comunes que pueden provocar la separación. En muchos casos, luego de la
pelea no se recuerda ni siquiera cómo comenzó, y se demuestra así
la falta de importancia del tema en cuestión. Todas las peleas tienen un
común denominador: la falta de humildad de sus protagonistas, que se
consideran superiores e intentan justificar el motivo de la discordia. En muchos
casos, la verdad es que la inclinación a pelear del ser humano es la que
encuentra los motivos para hacerlo.
El único modo para evitar una pelea es trabajar sobre uno mismo
para reforzar la fe y aprender a vivir con alegría. El profeta Zejariá
8 nos dice que "la verdad y la paz serán amadas".
Aparentemente, se trata de dos conceptos que se contradicen ya que, si
observamos al prójimo bajo la óptica de la verdad, encontraremos
errores y falencias que provocarán la discordia. Lo que sucede es que
buscamos la verdad en el otro y olvidamos analizar nuestro propio proceder. Si
lo hiciéramos, tomaríamos conciencia de nuestros defectos y la paz
con el prójimo sería fácil de ser encontrada. A eso se
refirió el profeta Zejariá. Es cierto que a veces se requiere de
un control especial para no reaccionar, pero precisamente por eso es que el rey
David nos enseña: "Busca el Shalom y persíguelo". No se
trata de esperar que el Shalom nos encuentre evitando la pelea, sino que debemos
buscarlo y perseguirlo anulando nuestra propia honra o sentimiento para poder
encontrarlo.
Se cuenta sobre Napoleón que al pelear con Rusia llegó a
una ciudad muy fortificada y no podía derrumbar sus murallas. La sitió
aguardando que sus habitantes se rindieran con el correr del tiempo. Sin
embargo, como éstos disponían de una gran cantidad de alimentos,
fueron los soldados de Napoleón quienes se impacientaron sugiriendo
regresar a sus hogares. Napoleón decidió disfrazarse en compañía
de un general e ingresar como espía en la ciudad para ver la situación
real: si aún disponían de alimentos regresarían, pero de lo
contrario, el sitio continuaría hasta que se rindieran. Pudieron ingresar
a la ciudad en forma oculta y llegaron a un bar que estaba repleto de soldados
quienes intentaban emborracharse para olvidar el hambre que padecían. Los
comentarios eran que no había alternativa: caerían en las manos de
Napoleón y su ejército. Cuando los dos espías -Napoleón
y su general- escucharon y entendieron la situación, intentaron
retirarse: la misión estaba cumplida. De repente, uno de los soldados
rusos exclamó: "Observen a ese campesino: ¡juraría que es
Napoleón!". Los espías comenzaron a temblar, pero la suerte
estuvo de su lado porque todos sus compañeros se burlaron del soldado.
"¿Cómo es posible que el propio Napoleón llegue hasta acá
y con ese aspecto tan despreciable?", le dijeron. El general que acompañaba
a Napoleón decidió eliminar cualquier tipo de sospechas y le pidió
a Napoleón que le sirviera un poco de vino. Habiendo comprendido la idea
del general, Napoleón comenzó a servirle pero lo hizo en una forma
bastante brusca, hecho que provocó que el vaso cayera sobre el piso y se
derramara el vino. El general golpeó indignado a Napoleón quien
cayó al piso a la vista de todos. Cuando intentó levantarse,
recibió un puntapié del general que lo insultó y ofendió
por su necio comportamiento. Los soldados rusos se rieron de lo que había
sucedido y confirmaron "el error" del soldado: nadie se atrevería
a golpear de esa forma a Napoleón. El general pagó la botella de
vino y se retiró junto a Napoleón sin que nadie sospechara sobre
la verdadera identidad de ambos. Cuando llegaron a un lugar oculto, el general
se posternó delante de Napoleón llorando y pidiéndole perdón
por los golpes que le había dado. Napoleón lo abrazó, lo
besó y le dijo: "Te demostraré mi agradecimiento elevándote
al cargo más importante de nuestro país y te llenaré de
regalos".
Debemos aprender el mensaje. En algunas circunstancias la persona debe
recibir por sus malas actitudes un castigo celestial. Pero la piedad de Di-s lo
rescata del mismo enviándole una persona que lo insulte y lo ofenda. Si
el ofendido tomase conciencia de que la vergüenza que recibe es sólo
por su bien, lo aceptaría con la misma alegría que Napoleón
en el momento en que recibió los golpes. ¿Qué habría
sucedido si Napoleón hubiese reaccionado y le hubiese gritado al general
que debía mantenerle el respeto que merecía? Los soldados rusos
habrían descubierto la identidad de los espías.
Para concluir el tema, mencionemos el siguiente ejemplo: dos personas que
trabajaban en un mismo lugar durante veinte años, recibían un
sueldo que apenas les alcanzaba para sobrevivir. Uno de ellos le dijo a su compañero:
"¡Qué felicidad que tendría si este mes cobrara un sueldo
que fuera el doble de lo normal!". El otro, que guardaba odio a su compañero
por tantas cosas que habían sucedido a lo largo de los veinte años,
le propuso: "Si me permites que te golpee treinta y nueve latigazos en tu
espalda, estoy dispuesto a entregarte mi sueldo". Llegaron rápidamente
a un acuerdo y así uno pudo descargar el odio acumulado y el otro obtener
un sueldo doble a pesar de las heridas que había recibido. Cuando el que
había golpeado a su compañero de trabajo llegó a su casa
sin el sueldo y le contó a su señora lo que había sucedido,
ésta lo increpó por su necedad y le advirtió que debía
recuperar el sueldo o de lo contrario no le permitiría el acceso a su
hogar. Sin más remedio, se presentó de su compañero y le
preguntó: "¿Qué me pides para devolverme mi sueldo?".
El compañero -que estaba aún sufriendo por las heridas que había
recibido- le replicó: "Si me permites en este caso golpearte treinta
y nueve latigazos, te lo devolveré". Así hicieron y
concluyeron el episodio cada uno con el mismo sueldo en sus manos, sólo
que con las espaldas destrozadas. En algún momento creyeron que prevalecía
uno sobre el otro, pero al final ambos resultaron perjudicados. La verdadera
ganancia habría sido no participar de la discusión. Que el
Todopoderoso bendiga a todos nuestros hogares y comunidades con la bendición
más importante que podemos recibir: el Shalom.
PERASHA VAIERA:
"El sacrificio de Izjak"
La prueba que debió afrontar Abraham Abinu a los 137 años
fue superior a todas las que había afrontado anteriormente, como lo
explican nuestros Jajamim sobre el versículo: "Toma por favor a tu
hijo, a tu único, que amas, a Izjak y ve a la tierra de Moriá y
ofrécelo allí para holocausto, sobre una de las montañas
que te diré" (Bereshit 22). Ribi Shimhon ben Abá lo
ejemplificó con un rey que tenía un soldado muy poderoso que vencía
en todas las guerras y cuando se presentó una contienda más difícil
le dijo: "por favor, debes vencer en esta ocasión para que nadie
diga que las anteriores no fueron importantes". En forma similar, Hashem le
dijo a Abraham Abinu: "Te probé con muchas pruebas y las superaste,
ahora debes mantenerte en ésta para que nadie diga que las anteriores no
eran válidas" (Sanhedrín 89).
A pesar de vivir en un mundo lleno de idolatrías, Abraham Abinu
desde los tres años había descubierto a su Creador. A los
cuarenta, su nombre ya era conocido por todos, por ser quien expresaba la
creencia en un Ser Supremo bondadoso que exigía del ser humano imitar las
cualidades del Todopoderoso. El propio Abraham lo demostraba en la práctica
al recibir huéspedes en su hogar, ayudando materialmente a los
necesitados y por sobre todo acercándolos a la fe en Hashem, ya que el
favor espiritual es lo más importante que pueda existir. Mientras que en
el mundo cruel en el que se vivía entonces, algunos padres sacrificaban a
sus hijos en nombre de distintas idolatrías, Abraham pregonaba que el
verdadero Di-s valoraba la vida humana y no aceptaba ese tipo de sacrificios. Muchas
pruebas debió superar Abraham Abinu. Entre
ellas, haber sido arrojado por el rey Nimrod al fuego de Ur Kazdim (Hashem lo
salvó en forma milagrosa); abandonar su hogar y tierra natal para ir a
una tierra desconocida; soportar el hambre que existía en Erez Kenaan que
lo obligó a ir a Egipto; la prueba de circuncidarse a los noventa y nueve
años de edad, etc. Cada prueba lo elevó espiritualmente para ser
el Patriarca del pueblo judío.
En la prueba de la Akedá, nuevamente se le presentó Hashem
y le dijo: "¡Abraham!". La respuesta fue con absoluta entrega, tal
como lo hace un sirviente con su amo: "Heme aquí", es decir,
estoy dispuesto y preparado para hacer lo que me ordenes. Pero en este caso, la
prueba que se le presentó a Abraham fue totalmente distinta a las
anteriores. Hashem en ese momento no le pidió renunciar a algo material,
como por ejemplo, vivir en su tierra natal, ni tampoco soportar un sufrimiento
en su cuerpo como el precepto de la circuncisión, sino que el pedido era
aún más difícil: debía ofrecer en un instante todo
lo que había conseguido en su vida. Ciertamente, al ofrecer como
holocausto a su hijo no sólo perdía físicamente al hijo que
había tenido en su ancianidad, sino que junto a ello contradecía
su trabajo de toda la vida de enseñar al mundo a amar el favor y evitar
la crueldad. ¿Qué dirían todos los conversos que él había
educado con el concepto de que Hashem es bondadoso? ¿Qué dirían
quienes ofrecían sacrificios humanos y que siempre habían sido
reprochados por Abraham? ¿Quién guiaría a todos los conversos
después de la muerte de Abraham sin dejar un hijo que continuara con su
misión? ¿Cómo se formaría esa gran nación que
Hashem le había prometido que saldría de su hijo Izjak? Muchos
eran entonces los sacrificios que debía ofrecer Abraham junto al
sacrificio corpóreo de su hijo Izjak: su pasado con todo el esfuerzo
realizado, su presente en el que comenzaba a ver los frutos de su obra y el
futuro promisorio del pueblo judío.
¿Cuál fue la respuesta de Abraham Abinu? No tuvo dudas, su
actitud fue clara y contundente. Otra persona hubiese pensado que había
habido un error o que quizás había entendido mal la orden de
Hashem. Sin embargo, Abraham no dudó: "Y madrugó Abraham por
la mañana y cinchó su asno" (Bereshit 22). A pesar de todos
los sirvientes que tenía Abraham, él personalmente se ocupó
de preparar su burro y demostró su iniciativa para cumplir el pedido de
Hashem. "Al tercer día alzó Abraham sus ojos y vio el lugar
de lejos" (Bereshit 22). Para cualquier otra persona tres días de
camino hubiesen estado llenos de pensamientos y dudas, pero para Abraham sólo
fueron de preparación espiritual para cumplir con exactitud la orden de
Hashem. Nuestros Jajamim nos dicen que el Satán se le presentó en
forma de un río para impedirle el paso. Abraham no se detuvo, se
introdujo en él hasta que las aguas llegaron a su cuello. Entonces clamó:
"Señor del Mundo, han llegado las aguas hasta mi alma. ¿Quién
cumplirá Tu orden y quién hará único Tu nombre en el
mundo?". Instantáneamente, las aguas se secaron (Midrash Tanjumá).
Analicemos también el comportamiento de su hijo Izjak. ¿Qué
opinaba Izjak Abinu de lo que sucedía? No olvidemos que tenía 37 años
y no se trataba de un pequeño que no comprendía lo que ocurría.
Veamos la explicación que Rashi nos comenta sobre el versículo 6:
"Y tomó Abraham leñas para el holocausto y las puso sobre
Izjak su hijo, tomó en su mano el fuego y el cuchillo y marcharon ambos
juntos" (Bereshit 22). Rashi explica que Izjak en principio no sabía
el sentido verdadero del viaje. La expresión "marcharon ambos
juntos" se refería a que Abraham -a pesar que sabía que iba a
sacrificar a su hijo- iba con la misma alegría que Izjak quien hasta ese
instante no sabía lo que le sucedería. Cuando Izjak le preguntó
a su padre: "He aquí el fuego y las leñas, ¿y dónde
está el carnero para el holocausto?", la respuesta de Abraham se
encuentra en el versículo 8: "Di-s proveerá como carnero para
el holocausto a mi hijo. Y marcharon ambos juntos". Rashi comenta que, a
pesar de que en ese momento Izjak se enteró de que sería
sacrificado, fue al lado de su padre con alegría y tranquilidad. A pesar
de encontrarse en la plenitud de su vida, lo hizo sin temor ni tristeza porque
había sido educado sabiendo que el objetivo de la vida es cumplir con la
voluntad de Hashem. Si para ello debía entregar su propia vida, estaba
dispuesto a hacerlo con la misma alegría con la que su padre estaba
preparado para sacrificarlo.
Ambos construyeron el altar y prepararon las maderas. A pedido de Izjak,
su padre lo ató para asegurarse de que el sacrificio sería
perfecto sin provocar ningún defecto. Llegado el momento, Abraham extendió
su mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo. Entonces, nuevamente
se escuchó la voz de Hashem: "¡Abraham, Abraham!" y otra vez
la misma respuesta: "¡Heme aquí!". En este caso, la orden fue
terminante: "No extiendas tu mano al joven y no le hagas nada, pues ahora sé
que temeroso de Di-s eres tú y no escatimaste de mí a tu hijo, a
tu único". La misión estaba cumplida, porque hay algo más
importante aún que ofrecer un sacrificio físico a Hashem:
entregarle el alma demostrándole con cariño que estamos dispuestos
a todo con tal de cumplir con su voluntad. Abraham había pasado la prueba
junto a su hijo Izjak. Ambos regresaron felices no sólo porque Izjak se
había salvado de la muerte, sino con la alegría verdadera que
otorga la aclaración de las dudas: el camino de Abraham durante toda su
vida había sido el correcto; Hashem no acepta la crueldad de sacrificios
humanos; Izjak guiará a los conversos después de la muerte de
Abraham, de él saldrá el pueblo judío que seguirá
sus enseñanzas y el mérito de la Akedá de Izjak perdurará
por siempre para proteger al pueblo de Israel. El Ierushalmi en Taanit cap. 2
comenta que dijo Abraham a Hashem: "Señor del mundo, tú sabes
que en el momento en que me dijiste que debía ofrecer como holocausto a
mi hijo, podría haberte preguntado cómo se cumpliría lo que
anteriormente me habías dicho: que de Izjak saldría mi
decendencia. Controlé mi instinto e hice Tu Voluntad. Que Tu Voluntad sea
que en el momento en que los hijos de Izjak tengan algún sufrimiento sin
que nadie pueda argumentar por ellos una defensa, Tú serás el
defensor de ellos".
¿Por qué fue tan importante la prueba de la Akedá? A lo
largo de la historia del Pueblo de Israel muchos Iehudim entregaron sus vidas
santificando el nombre de Hashem a pesar de tratarse de gente común y de
no haber recibido una orden concreta de Di-s. Podemos recordar como ejemplo lo
que el Talmud en Guitin 57 comenta sobre una mujer llamada Janá y sus
siete hijos que fueron llevados delante del César que intentó
obligarlos a arrodillarse frente a un ídolo. El primero de los hijos le
respondió: "Está escrito en la Torá: Yo soy tu Di-s
(Shemot 20)"; rápidamente lo asesinaron. El segundo le dijo al César:
"Está escrito en la Torá: No habrá para ti otros
dioses", siguiendo así el camino de su hermano. Así
sucesivamente los siete hijos de Janá fueron asesinados sin que ninguno
de ellos renegara su fe. El más pequeño le dijo al César
antes de morir: "Juramos a nuestro Di-s que nunca lo cambiaríamos
por otro y El nos juró que no nos cambiaría por otro pueblo".
"Por lo menos sólo muestra que te posternas delante de este anillo
que tiene grabada mi figura sin que lo hagas realmente", le sugirió
el César. Pero el niño prefirió morir antes que vivir
renegando su creencia en el único Di-s y le contestó: "Pobre
de ti César, si por tu honra estás preocupado (para no
avergonzarte ante el pueblo), por la honra de Di-s mucho más (que debo
entregar mi vida por Él)". Janá -la madre- se despidió
de su hijo y al besarlo le dijo: "Ve ante Abraham Abinu y dile que él
ofreció un sacrificio y yo preparé siete altares". También
murió Janá -la madre- y un eco celestial proclamó: "La
madre de los hijos está contenta" (Tehilim 113). Se trata de un solo
episodio de los -lamentablemente- tan numerosos donde judíos entregaron
sus vidas por su fe, como también sucedió en la Inquisición
y en la segunda guerra mundial. ¿Qué tuvo entonces la Akedá para
convertirse en el gran mérito del pueblo de Israel? Debemos comprender
que la grandeza de Abraham Abinu -además de todo lo que implicaba el
sacrificio de Izjak como explicamos anteriormente- fue la de haber sido el
primero. Toda la fuerza que el pueblo judío heredó a lo largo de
todas las generaciones nació en esa entrega de Abraham Abinu. Por eso, el
Har Hamoriá fue elegido como lugar donde posteriormente se construyó
el Bet Hamikdash, ya que en él surgió el primer Iehudi dispuesto a
sacrificar su vida por el nombre de Hashem. Abraham Abinu engendró en el
corazón del Iehudi más simple la semilla de la fe, que puede
florecer en cualquier instante y que no será destruida por ningún
opresor o tirano.
Muchos sacrificios entregó el pueblo judío a lo largo de la
historia, pero ellos han creado la base de la Gueulá que tanto ansiamos.
El Ialkut Shimoni en Tehilim 20 comenta el siguiente ejemplo: "Un padre y
un hijo iban en el camino y el hijo cansado le preguntó a su padre: ¿Cuándo
llegamos a la ciudad?". El padre le respondió: "Cuando veas el
cementerio, que normalmente está fuera de la ciudad, significará
que estamos cerca de ella". Así dijo Hashem a Israel: si observan
tantas dificultades y problemas, uno detrás de otro, es la señal
que la salvación está cercana y a esto se refiere el versículo:
"Hashem te contestará en el día de tu sufrimiento".
Quiera el Creador permitirnos ver la llegada del Mashiaj. Amén.