La Tshuvá, no es algo fácil….

Rav Shlomo Aviner

 

Pregunta: Al confesar mis faltas - vidui, en hebreo - cuando sé que me será imposible mantener mi promesa y que nuevamente volveré a cometer cierto pecado, ¿cómo puedo hacer frente al Señor del mundo y expresar mi arrepentimiento y la verdadera aceptación del futuro?

Respuesta: Este vidui constituye un arrepentimiento verdadero, mas no es suficientemente fuerte para hacer frente a eventuales irrupciones instintivas que puedan aparecer. Constituye una verdadera Tshuvá, y a pesar de no ser completa, no debemos menospreciarla.

La Tshuvá es inmensa, tan enorme, tan grandiosa, tan extraordinaria, que incluso una parte mínima de ella es considerada como algo grandioso. Una vez iniciada, ilumina el espíritu y le da fuerza al individuo para seguir ascendiendo por los peldaños de la Tshuvá.

Así como la redención es lenta, la Tshuvá avanza progresivamente, una etapa tras otra, un esfuerzo tras otro. Todas esas gotas se suman hasta formar un gran océano.

¡Dichoso quien hace de una vez una Tshuvá grande y completa! ¡ Dichoso quien logra transformarse en otra persona en un instante! Rabí Elazar Ben Dordai que estaba sumido terriblemente en las profundidades del pecado, con un esfuerzo extraordinario y sobrehumano logró salvarse de su personalidad, se despedazó, hasta que se desvaneció. Surgió entonces una voz que declaró: “Rabí Elazar Ben Dordai está invitado a la vida en el mundo venidero”. Rabí lloró y dijo: “Hay quien compra su mundo en varios años y hay quien lo hace en una sola hora” (Avoda Zará, 17a).

La mayoría de nosotros es incapaz de alcanzar ese nivel de Tshuvá repentina, en el cual el fulgor de espiritualidad expulsa a la fealdad del pecado en un instante. Sin embargo, nosotros somos capaces de una Tshuvá progresiva, gradual: de subir y conquistar lentamente los caminos de la rectitud, corrigiendo nuestras virtudes, mejorando nuestros actos y aprendiendo de qué modo depurarnos hasta llegar al alto nivel de pureza (Orot Hatshuvá, Capítulo 2).

Cuando el individuo piensa en la Tshuvá, quiere hacer Tshuvá, decide hacer Tshuvá, mismo si no es capaz aún de arrepentirse realmente, con tan sólo el deseo logra encender en su espíritu una gran luz.  Esta situación es similar a un estado corrupto, pero en el cual los intelectuales protestan enérgicamente en su contra. En cambio, puede haber otro estado corrupto en el cual sus intelectuales reclinan su cabeza frente al mal. En el primer estado, existe aún la esperanza de una salvación. En el segundo, en cambio, se ha perdido toda esperanza. Asimismo, cuando el individuo se confiesa, reconoce sus faltas, protesta contra la maldad que está en él. De este modo, se expone a la luz reconfortante.

Nuestro maestro el Rav Kook escribió: “El hombre debe revelar sus pecados…. Cuando realiza un examen de consciencia, inicia entonces un proceso de purificación, día tras día, a través de la plegaria y el reconocimiento de sus faltas. A partir de entonces, logra liberarse lentamente de la maldad, antes que ésta haya logrado constituirse en un montón que no le permita alzar su cabeza” (Orot Hakodesh, III, 302).

Por consiguiente, la Tshuvá es por un lado una de las Mitzvot más fáciles, porque por la simple evocación constituye  la Tshuvá misma. Pero, por otra parte, es también la más difícil de todas las Mitzvot, porque no se llega a ella sino después de un gran esfuerzo (Orot Hatshuvá, Introducción).

El individuo no debe desesperarse al ver que al levantarse vuelve a caer. El tzadik, el justo, “se levanta y vuelve a caer siete veces”, hasta que no cae más. En cambio, el malvado yace caído y desesperado. A veces, el tzadik también cae en la lucha y se repone. Pero hay algo que es peor que caer en la lucha: caer sin lucha alguna.

Por lo tanto, el hombre debe tener coraje, hacer frente con integridad a la luz, fortalecerse con la Tshuvá y finalmente llegará el bien. Porque D’s no lo abandonará sino que le ayudará, hasta que llegue a las alturas y a la santidad.