LA
LECCIÓN DE LOS SAPOS:
POR
QUÉ, JUSTO YO?
Lejos
de sus familias, se encontraba un grupo de jóvenes
provenientes de la tierra de Israel. Entre ellos se encontraban Jananiá, Mishael y
Azariá, tres muy
apuestos y sabios muchachos de Israel, a quienes el rey caldeo Nevujadnetzar había exiliado para
educarlos de acuerdo a su cosmovisión, la cual sin duda, difería mucho de lo
que habían
aprendido en casa. Desde el primer momento, los tres habían
determinado que no iban a consumir ningún
alimento que estuviese prohibido por la Torá.
En aquella época
aún no se publicaba el ahora famoso "HaMadrij LeCashrut", y por lo
tanto, se les haría
un tanto difícil comer casher sin despertar sospechas. Gracias a la colaboración
de un supervisor que les acercaba legumbres frescas diariamente, pudieron evitar
transgredir las leyes de la Torá
- y el enojo del rey.
Pasaron
unos años, y el rey Nevujadnetzar, nada perezoso ni modesto, decidió
construir un monumento en honor... a si mismo. Mano de obra no le faltaba , ni
tampoco presupuesto. Un monumento de estas características, no se coloca sin una adecuada inauguración con hermosos himnos, interminables discursos y mucha pompa, y... que todos
los presentes le rindan homenaje posternándose. Del mismo modo en que Jananiá,
Mishael y Azariá
representaban a los habitantes de Israel, habían jóvenes
de todos los otros países que Nevujadnetzar había conquistado.
Nevujadnetzar fue uno de aquellos emperadores que dominaron todo el mundo.
Corría cerca del año
3338 (aprox. -342). Los tres estaban ahora en un dilema. ¿Qué
hacer? Posternarse a la imagen?. Los judíos no nos posternamos ante nada ni nadie, salvo a D"s! Sin embargo,
esta estructura no representaba realmente un ídolo ni una deidad pagana (ver Tosafot Talmud Pesajim 53:, primera opinión).
Su homenaje no sería una afrenta a la Torá. A su vez, podrían ausentarse
disimuladamente (segunda opinión - ibid), y sin
que nadie percibiera su falta entre la multitud de personas presentes (malestar
en la panza, se pinchó
la rueda, se cayó
el sistema, etc.). Fueron en busca de asesoramiento, pero ni el profeta
Iejezquel ni Daniel quisieron opinar. Otra vez: ¿Qué
hacer?
Jananiá,
Mishael y Azariá
no eludieron el desafío.
Fueron, no más, a la inauguración y, cuando llegó
el momento de homenajear al rey, los tres se quedaron parados en sus lugares. No
hubo manera de intimidarlos, y el rey, encolerizado los mandó
arrojar a las llamas. Tampoco se asustaron de eso. Pero, inesperadamente ocurrió
un milagro. El fuego no los consumió.
El
Talmud se pregunta: ¿De dónde sacaron la fuerza y la convicción para semejante acto de bravura? Y el Talmud contesta: "De los sapos
(de Egipto)". Antes de continuar, debemos ubicarnos en el tema. Después
que el Faraón se negó
a dejar ir a los judíos
a pesar de la destrucción
que hubo porque el Nilo se tornó
en sangre, D"s avisó
que vendría
una plaga de sapos en todo Egipto: "en tu palacio, en tu dormitorio, en tu
cama, en las casas de tus sirvientes, en la población,
en los hornos y en los recipientes de amasado". El Faraón se mostró
terco y no liberó
al pueblo. Comenzó
la plaga y los sapos invadieron Egipto. "Bueno"- pensaron los sapos
(obviamente en idioma "sapezco") - "adónde vamos?"
Algunos optaron por la cama monárquica del Faraón.
Allí
estarían cómodos,
se sentirían "como en su propia casa" (aparte de poder presenciar la cara
del Faraón
con un enojo "real"). Otros fueron a comer los restos de masa cruda en
las ollas de la cocina, otros a conocer los tesoros escondidos en las pirámides y otros, buenos turistas, a sacarse fotos al lado de la Geopsis (la
represa de Assuán
aún no existía).
Otros, sin embargo, fueron... al horno caliente. ¿Por qué?
Bien. Si D"s dijo que los sapos entrarían al horno caliente, pues, alguno tiene que ir. Por qué
yo? Esa es la pregunta eterna. Todos pueden preguntarse lo mismo. En última instancia va... el que asume la responsabilidad.
Alguna
vez leí
un escrito que decía
que, ante un problema determinado del cual estaban todos (everybody) enterados,
alguien (somebody) se tendría
que hacer cargo. Nadie (nobody) lo hizo, a pesar que cualquiera (anybody) lo podía haber hecho...
y así
quedaron las cosas...
Jananiá,
Mishael y Azariá
razonaron: "Si los sapos, que no tienen obligación de ceder sus
vidas para santificar el nombre de D"s se arrojaron a los hornos, tanto más
nosotros" (Talmud, ibid). En fin, si bien podían
haber evitado su presencia, con lo cual técnicamente
no hubiesen rendido homenaje a Nevujadnetzar y nadie se hubiera percatado, de
todos modos, habría
quedado la impresión que todos se posternaron y que nadie objetó.
Moshé recibió la orden de
reunir a los ancianos de Israel para ir a solicitarle al Faraón
la libertad del pueblo de Israel. Los 70 ancianos de Israel efectívamente los
acompañaron
- al comienzo. Pero en el camino al palacio, a cada uno se le ocurrió que tenía otro
compromiso (llevar a la nena al dentista, comprar verdura para la cena, pagar la
tarjeta de crédito...),
de modo que Moshé
y Aharón
fueron solos al rey. La pregunta obvia: "¿Por qué
justo yo?" Más
tarde, sin embargo, frente al Monte Sinaí,
D"s le dijo a Moshé
que sólo
él subiera - pero los ancianos quedarían en su lugar.
"¿Por
qué
justo yo?" - es la pregunta que se puede formular todo aquel que se molesta
por una causa de bien, aun cuando no hay ni reconocimiento, ni honor, ni paga
(por lo contrario, suele suceder que uno termina recibiendo "palos"
por parte de otros que no hacen o que, al menos, no saben reconocer todo el
esfuerzo que uno puso en la tarea).
¿La
recomendación? No deje de ocuparse de todas las causas nobles en las que Ud. sabe que
puede colaborar. Nunca se arrepienta de las cosas buenas que hizo o que sigue
haciendo. Aunque sea el único que las
hace. Aunque no se lo reconozca nadie (terrenal). Recuerde a Jananiá,
Mishael y Azariá.
Recuerde a los sapos.
Daniel Oppenheimer