PERASHA KORAJ:

Agradecemos a Alberto Sueke por darnos autorización de publicar esta sección.

"La Torá y el feminismo"

 

En esta Perasha la Torá nos relata la rebelión que Koraj encabezó contra Moshe y Aharon. No se trataba de una pelea circunstancial, sino de una disputa provocada por una de las personas más importantes del pueblo de Israel en esa época. Koraj sabía perfectamente que todo lo que Moshe hacía era por la orden de Di-s. Sin embargo, en su interior se encendió el fuego de la pelea a pesar de que sabía que todos sus argumentos eran falsos e ilógicos. No tomó la enseñanza de lo sucedido con los espías, que al hablar mal de la tierra de Israel provocaron que toda esa generación deambulara por el desierto durante cuarenta años. Su insolencia y ambición de poder lo llevarón a difamar a la persona más humilde del mundo como lo era Moshe Rabenu y a acusarlo de vanagloriarse sobre el pueblo.

 

Si bien es cierto que nuetros Sabios explican que la raíz que engendró esta rebelión fue la envidia de Koraj cuando Moshe designó a Elisafan ben Uziel como príncipe de los hijos de Kehat, es lógico pensar que hubo otros factores que la motivarón. Entre éstos, nuestros Sabios mencionan a la esposa de Koraj. En la vida diaria, somos testigos de muchas actitudes negativas que hombres carentes de personalidad realizan sólo porque son incitados por sus mujeres y a veces las consecuencias -como en este caso- son trágicas. El Talmud en Sanhedrin 110 comenta que la señora de Koraj le dijo a su esposo: "Mira lo que hizo Moshe, se nombró a sí mismo como rey, designó a su hermano Aharon como Sumo Sacerdote, nombró a sus sobrinos como vicesacerdotes; determinó que los diezmos le correspondieran a los Cohanim, rapó vuestras cabezas burlándose de ustedes... les dijo que cumplieran con la Mizva del Tejelet y si realmente ésta es tan importante debería haberles dicho que toda vuestra ropa fuera de Tejelet y no solamente un hilo: ¡Tomen ropas de Tejelet y cúbranse completamente!". Luego de esta inyección venenosa de su mujer, la respuesta de Koraj fue automática y burlona hacia Moshe y hacia la Torá que él representaba. No pudo soportar la presión que su esposa había ejercido sobre él.

 

En contraposición a esta mujer, el Talmud continúa relatando la conducta de la esposa de On ben Pelet, uno de los que habían iniciado la rebelión, pero que se salvó del triste final de Koraj y su gente -fueron tragados por la tierra en forma milagrosa- gracias a la inteligencia de su mujer. Ella lo convenció de que no tendría beneficio de esta discusión, ya que tanto que triunfara Koraj o Moshe, él seguiría siendo un discípulo del vencedor, cualquiera que éste fuera. Ante el argumento de su esposo de que había juramentado participar de la rebelión, ella lo emborrachó hasta que On Ben Pelet se quedó dormido en su carpa. Luego la mujer se sentó en la entrada de la carpa descubriendo su cabello. Cuando los hombres de Koraj vinieron a buscar a On ben Pelet y vieron que su mujer tenía la cabeza descubierta, consideraron que no era digno de participar de la rebelión. De esta forma On ben Pelet se salvó de hundirse en la tierra. No es el único caso que escuchamos sobre mujeres que salvan a sus maridos de caer en pozos profundos de destrucción total. Conocemos otras situaciones en las que la sabiduría que grandes Jajamim del Talmud alcanzaron, fue gracias al sacrificio de sus esposas.

 

Podemos recordar el caso de Rajel -la señora de Ribi Akiba- que permitió que su esposo faltara del hogar durante veinticuatro años, para que así pudiera estudiar Torá con grandes maestros en forma ininterrumpida y transformarse en una luminaria para todas las generaciones. No fue la única. El Talmud en Ketubot 62 comenta que Ribi Janania ben Jajinai fue a estudiar a la Ieshiba de Rab durante doce años. Al regresar, habían cambiado los caminos de la ciudad y no sabía cómo encontrar su hogar. Se paró a un costado del río y escuchó cómo le gritaban a una joven: "Hija de Jajinai, llena tu cantimplora y ven"; se dio cuenta de que la joven era su propia hija a la que no había visto durante tantos años. Fue detrás de ella para así poder encontrar su hogar. Su esposa estaba sentada en la puerta de la casa tamizando harina y al ver repentinamente a su esposo falleció de la emoción. Ribi Janania hizo Tefilá por ella y dijo: "¡Señor del mundo! ¿Éste es el pago de esta pobre mujer?". Enseguida revivió milagrosamente. No es el único caso del Talmud en donde un muerto resucitó. Leemos, por ejemplo, en Melajim 2-4, cómo el profeta Elisha revivió al hijo de una mujer llamada Shunamit luego de todo un proceso que llevó un tiempo determinado. Sin embargo, en nuestro caso la mujer rápidamente revivió. ¿Por qué? El mérito para que así sucediera fue de ambos: marido y mujer. Cuando Ribi Janania se dirigía para estudiar Torá durante doce años, Ribi Shimhon bar Iojai estaba concluyendo los siete días de fiesta por su casamiento y le pidió que lo esperara para ir juntos a estudiar. Ribi Janania no lo esperó, porque sabía que no podía perder un instante de su estudio, por más que luego podría estudiar con un sabio de la talla de Ribi Shimhon. Así como él no esperó, del Shamaim le retribuyeron de la misma forma, reviviendo a su esposa inmediatamente. El mérito de la mujer fue que no sólo envió a su marido a estudiar, sino que lo esperaba cada instante de esos doce años. No toda mujer que permite que su marido estudie Torá, lo espera y extraña. En algún caso, puede suceder que ella prefiera que su esposo se encuentre lejos. La categoría de la señora de Ribi Janania fue que sufría y ansiaba que su marido regresara; pero por otro lado, estaba dispuesta a dejar de lado su deseo para que su esposo fuera un gran sabio.

Lo mismo sucedió con Ribi Shimhon bar Iojai, a quien su esposa le permitió -después de la primera semana del casamiento- permanecer durante doce años fuera de su hogar estudiando Torá. Quizás ahora no nos sorprendamos tanto al escuchar cómo Ribi Shimhon pudo estar escondido de los romanos durante trece años en una cueva sólo con agua y algarrobo como alimento.

 

Estas Sadikot nos enseñan la función de la mujer judía. Es muy común escuchar a movimientos feministas que buscan igualar el derecho de la mujer con el del hombre. También la Torá reconoce los derechos de la mujer, pero se diferencia en algo básico: la naturaleza de la mujer nunca podrá ser cambiada como pretende el feminismo. Esta sociedad del matrimonio que Hashem programó, consta de un ministro externo -el hombre- que dirige y programa lo relativo a la pareja y de un ministro interno -la mujer- que por su condición natural de sentimiento, delicadeza, recato y cariño debe ocuparse de temas que son fundamentales, como la educación de los hijos y el apoyo moral a su esposo pese a la situación que deba vivir. No se pueden invertir los roles. No significa que la mujer no pueda trabajar o que el esposo no pueda colaborar en la cocina, sino que nos referimos a los sentimientos de cada uno en donde están arraigados.

 

Cuando el rey Shelomo nos enseña: "Toda la honra de la hija del rey (la mujer) es interna" (Tehilim 45), no se refiere a que debe permanecer encerrada en su hogar continuamente, sino a que su belleza precisamente es su sentimiento interior y ésa es toda su honra. Los ángeles que en forma de personas fueron a visitar la casa de Abraham Abinu, luego de ser atendidos le preguntaron a Abraham: "¿dónde está Sará tu esposa?" (Bereshit 18). La respuesta que recibieron fue: "he aquí que se encuentra en la carpa". En ese momento le aseguraron a Abraham: "en el año próximo para esta fecha tendrás un hijo". ¿Por qué preguntaron por Sará? ¿Qué importaba si estaba o no en la carpa para que le aseguraran que pronto tendría un hijo? Debemos comprender que los ángeles no preguntaron por el lugar geográfico en donde Sará se encontraba, sino que se referían a dónde ella depositaba su fuerza. La respuesta de Abraham fue: "en la carpa", en su interior puro, obteniendo con su proceder la armonía del hogar. El resultado no podía ser otro: rápidamente tendrían un hijo.

 

El Talmud en Ioma 47 comenta sobre una mujer llamada Kimjit que tuvo el mérito de que sus siete hijos fueran Sumo Sacerdotes. Los Sabios le preguntaron: "¿Cuál fue tu Zejut?". La respuesta de ella fue: "Las paredes de mi casa no me vieron nunca sin recato y quizás ése haya sido el mérito". ¿Por qué los Sabios no le preguntaron a su esposo cuál había sido su mérito? Podemos explicar que la educación comienza desde adentro y es la mujer la que permanece en el hogar dando el ejemplo a sus hijos.

 

Existe un concepto equivocado para aquellos que están alejados de conocer el pensamiento de la Torá y creen que la mujer es discriminada por ella. No comprenden que Hashem repartió las funciones del hombre y de la mujer para que de esta forma uno complete al otro. Aquellos que hoy tanto pregonan por los derechos de la mujer, sólo la han convertido en un objeto de placer, provocando que no pueda salir con tranquilidad a la calle. Esa falta de conocimiento lleva a afirmar -por ejemplo- que la Torá desvaloriza a la mujer, ya que una de las bendiciones matutinas que los hombres dicen es: "Bendito tú Hashem, Rey del mundo que no me has hecho mujer". La falta de estudio o de conocimiento lleva a creer que el sentido de esa Berajá es despreciativo hacia la mujer. Nada más equivocado. No significa que el hombre sea más inteligente que la mujer, ya que por el contrario el Talmud en Nida 45 comenta que la mujer posee más entendimiento que el hombre. Lo que sucede es que la mujer está exceptuada de aquellos preceptos positivos que dependen de un tiempo fijo -como el Sisit, Tefilin, Shofar, Lulab, etc. Lo que hacemos al decir esa Berajá es recordar y valorar nuestras obligaciones como hombres. De ninguna manera se trata de despreciar a la mujer.

 

Cuando leemos el Talmud, encontramos que la mujer no es apta para ser testigo en casos económicos o en donde se pudiera aplicar al acusado la pena de muerte. ¿Discriminación? De ninguna manera. Para eso, basta recordar que la mujer es confiable y se le cree en casos de prohibiciones. Por ejemplo, si ella dice que la carne que compró es Kasher o que concurrió al Mikve no se duda de su palabra. Pero en los casos anteriores relacionados con temas económicos o de vida y muerte, la mujer no puede ser testigo. Quizás porque su sentimiento interno a pesar de ser muy positivo en la vida, juega en su contra en situaciones en donde es necesario actuar con frialdad dejando de lado cualquier otra característica. En una oportunidad se hizo una encuesta en Nueva York que consistía en mostrar una foto por un instante y luego cada uno de los encuestados debía decir lo que había visto. En la foto, se observaba cómo un negro leía un diario en un subte y era amenazado por un blanco con un cuchillo en su mano. En el caso de los hombres encuestados, el 90% testimonió exactamente lo que la foto representaba; el 10% restante acusó al negro de ser el que atacaba con un cuchillo al blanco que leía el diario. Por el contrario, la mayoría de las mujeres encuestadas se equivocaron acusando al negro de ser el agresor. Quizás este ejemplo nos ayude a comprender que no se trata de discriminación, sino que en un juicio debemos encontrar un veredicto claro y, a la mujer, su sentimiento le juega en contra.

 

Para la Torá, la mujer es el eje de la casa. No se puede igualar a la mujer con el hombre, ya que cada uno posee una función distinta. ¿Qué sucedería si una silla reclamara igualdad de derechos con la mesa que se encuentra a su lado? Si aceptáramos el reclamo nos encontraríamos con dos mesas, pero no tendríamos dónde sentarnos. La integridad se alcanza con una mesa y una silla que la acompañe. De la misma forma, la pareja que desee llegar al éxito verdadero, deberá complementarse mutuamente fijando los límites de cada uno. A eso se refirió la Torá cuando determinó las funciones de marido y mujer para así poder recibir el título de Adam: "Toda persona que no se casa no se llama persona, como está escrito en Bereshit 5: "Varón y mujer fueron creados y llamó a su nombre Adam" (Iebamot 63). La obligación del hombre es respetar a su mujer. Quien se comporta de esta forma, recibirá en su hogar la bendición de Di-s, como Rabá les enseñaba a sus alumnos: "respeten a vuestras mujeres que así se enriquecerán" (Babá Mesiá 59). No se trata de una simple frase, sino que se debe comprender que todo el destino del hombre depende de su mujer.

 

Analicemos finalmente qué es lo que sucede en nuestros días. En muchos hogares, la mujer se ha dejado arrastrar por el concepto de la calle y ocupa lugares que le provocan abandonar la función elemental que le correspondía. Se consuela a sí misma diciendo que la mucama es excelente y se preocupa por todo, como si realmente pudiera suplantar a la mujer como base del hogar. Los adelantos técnicos favorecen este concepto equivocado y permiten que se desentienda de temas elementales. La microonda, el lavadero automático, el jardín de infantes que cada vez comienza en edades más tempranas, "liberan" a la mujer de sus obligaciones. Así el hogar se transforma en un hotel o lugar de encuentro pasajero. Nos sorprendemos cuando escuchamos que los hijos se alejan del hogar y deambulan por la calle. Si no hay un contenido en el hogar, la calle seduce al pecado. O lo que es peor aún, se trae toda la suciedad de la calle al hogar. No se puede compartir una mesa familiar hablando de las situaciones que cada uno atraviesa, porque todos están atrapados observando el televisor o leyendo el diario. Si comprendemos el valor del hogar, debemos retornar a las bases que nuestros Sabios nos enseñaron. La vida bajo las reglas de la Torá está llena de un contenido espiritual en el ámbito familiar: Mizvot, Tefilá, Berajot, comentarios de Torá en la mesa de Shabat, etc. La mujer es quien debe supervisar que todo se realice como corresponde y en caso de no ser así, hará las correcciones necesarias.

 

Para concluir, recordemos el Midrash que nos enseña que durante la vida de Sará Imenu, sucedían en su carpa milagros que se interrumpieron cuando falleció, pero que se reanudaron cuando Izjak su hijo trajo a su esposa Ribka Imenu al hogar. ¿Cuáles eran esos milagros? Una nube se posaba sobre la carpa reflejando la presencia Divina cuando el hogar posee un contenido espiritual y hay un complemento entre marido y mujer. Sus puertas estaban abiertas con amplitud, como símbolo de todo el favor que esa casa representaba: ayuda al prójimo, recibir invitados, etc. La masa tenía Berajá, enseñando así la importancia de un buen manejo económico indispensable para la tranquilidad del hogar. La última señal era que la vela que se encendía en la víspera de Shabat no se apagaba hasta el viernes siguiente, simbolizando la luz de la Torá que debe guiar las actitudes del hogar. Todos estos puntos fundamentales están en manos de la mujer. Dos ángeles acompañan al hombre en la noche de Shabat cuando regresa del Bet Hakeneset a su hogar. Si encuentran la mesa preparada, la cama extendida y la vela encendida, el ángel bueno bendice para que siempre sea así y el ángel malo debe contestar Amén aunque no lo desee. En caso de que la casa no se encuentre ordenada en esos lineamientos, es el ángel malo el que maldice para que siempre sea así y el ángel bueno debe contestar Amén forzado. Esos ángeles revisan si en cada hogar judío las enseñanzas de Sará y Ribka fueron recibidas o no. La mesa servida se refiere a los actos de favor, comida Kasher, recibir invitados y muchas cosas más relacionadas con temas materiales. El "Ner" encendido es el símbolo de la Torá, las Mizvot, la espiritualidad y la presencia Divina. La cama extendida transmite el mensaje de la pureza del hogar, la educación de los hijos y la continuidad del hogar judío. Si nos dedicamos a mantener estas bases sólidas, con seguridad que nuestro hogar estará lleno de felicidad, tranquilidad y prosperidad. La mujer de Israel es la base para que podamos alcanzarlo.