PERASHA KI TABO:
"El tesoro de los preceptos"
Uno de los preceptos que leemos en esta Perasha y que tenía
vigencia sólo en la época en la que el Bet Hamikdash se encontraba
construido, es el que se conoce con el nombre de "Vidui Maazer".
Consistía en terminar de separar los diezmos correspondientes a los
cereales y frutas al finalizar los años tercero y sexto de la cuenta de
la Shemitá y expresar certificando con un texto que la propia Torá
precisa, que no permanecía en nuestro poder nada que no nos perteneciera.
En el capítulo 26 de Debarim la Torá nos enseña:
"Cuando termines de diezmar todo el diezmo de tu fruto en el tercer año,
el año del diezmo, darás al Levita, al forastero, al huérfano
y a la viuda y comerán en tus ciudades y se saciarán...y dirás
delante del Eterno, tu Di-s: Retiré lo sagrado de la casa y también
le di al Levita, al forastero, al huérfano y a la viuda como tus
mandamientos que nos ordenaste; no he transgredido ninguno de tus mandamientos y
no los olvidé". ¿Cuál es el sentido de esta última
frase: "Y no los olvidé"? Si la persona testimonia que
separó los diezmos que correspondían, resulta innecesario que
reitere que "no los olvidé". Rashi nos da la respuesta:
"la persona testimonia que no sólo retiró los diezmos, sino
que no se olvidó de recitar las bendiciones correspondientes". De
esta forma, certifica que ni siquiera el detalle de la Berajá fue
dejado de lado, sino que el precepto se cumplió en su totalidad.
Esta explicación de Rashi contradice alguna de las bases que
normalmente conocemos. En principio, las bendiciones que recitamos antes de
cumplir algún precepto son obligaciones que nuestros Jajamim nos
impusieron. ¿Acaso es posible en este caso que la Torá mencione una
Berajá que se fundamenta en un decreto de los Jajamim? Por otra parte, ¿por
qué la Torá utiliza el término "no lo olvidé"
para referirse a que recordó recitar la Berajá?
Para encontrar la respuesta correcta a estas preguntas, debemos
profundizar en principio sobre cuál es el sentido de las bendiciones que
recitamos antes de cumplir algún precepto. Es claro que la única
Berajá que la Torá obliga a recitar es el Bircat Hamazon, o sea,
la bendición posterior a ingerir una cantidad determinada de pan. "Y
comerás y te hartarás y bendecirás a Hashem tu Di-s...Cuídate
de olvidarte de Di-s... por si comerás y te hartarás y construirás
casas lindas y te olvidarás de Hashem... y dirás en tu corazón:
Mi fuerza y el poder de mi mano me dio esta victoria" (Debarim 8).
Deducimos de estos versículos que recitar el Bircat Hamazon es la
receta más clara para evitar el orgullo de creer que somos los dueños
de lo que consumimos. Todo lo que poseemos es por gracia de Di-s y para no
olvidar esta base fundamental, recitamos las Berajot antes de ingerir cualquier
tipo de alimento. Pero esta sospecha no existe en el caso del cumplimiento de
los preceptos. ¿Por qué fue necesario que nuestros Sabios decretaran
Berajot antes de cumplir cada Mizva?
La respuesta la encontramos en el Talmud en Berajot 48: "dijo Ribi
Ishmael: es un razonamiento lógico, si por un provecho momentáneo
debe bendecir, ¿por un provecho de la vida eterna no deberá
hacerlo?". El sentido elemental de cualquier Berajá que decimos
es ser agradecidos a Di-s por el bienestar que nos otorga. Los Sabios sabían
que el ser humano se olvida fácilmente del bien que recibe y estipularon
las Berajot de los alimentos para que por medio de ellas siempre reconozca a
Quien lo mantiene. En forma similar, la persona no puede olvidarse de
enaltecer y agradecer a Di-s por los preceptos que le encomendó y que le
beneficiarán en la vida eterna. Ése es el sentido de las
Berajot de las Mizvot. Si la persona no siente la necesidad de agradecerle a
Di-s por el bienestar que le dio al entregarle la Torá y las Mizvot,
demuestra que no valora el regalo que recibió. Puede cumplir preceptos,
pero los hará con una sensación equivocada de sentir un yugo del
que no se puede liberar. Todo Iehudi debe sentir la enorme dicha y felicidad
de tener el mérito de poder cumplir los preceptos Divinos y de estudiar
la Torá. Por lo tanto, una Mizva que no es acompañada con el
agradecimiento a Di-s por la oportunidad de poder materializarla, es una Mizva a
la que le falta nivel y categoría. Por eso, cuando un Iehudi debía
certificar que había separado los diezmos que correspondían, no
podía omitir de bendecir al respecto, testimoneando así su
agradecimiento a Di-s por haber cumplido con ese precepto.
El Talmud en Nedarim 81 comenta que en la época de la destrucción
del Bet Hamikdash ni los Sabios ni los Profetas sabían cuál era la
causa de lo que sucedía. Hashem debió explicarlo: "Porque
abandonaron mi Torá". En concreto, el Talmud se refiere a que
"no bendicieron a la Torá previamente", como corresponde
hacerlo antes de estudiarla. Rabenu Nisim comenta al aclarar este párrafo
del Talmud que a pesar de que la Torá era estudiada, el Bet Hamikdash se
destruyó. ¿Por qué? Debido a que no bendecían a la Torá,
o sea, que no la consideraban como algo importante digno de ser bendecido.
Ésa fue la raíz de la destrucción. El desprecio y la no
valoración de la Torá los llevó a cometer los peores
pecados como la idolatría, el asesinato y el incesto. Quien no valora
a la Torá y no se siente dichoso de poder cumplirla, terminará
transgrediéndola.
Con esta base podemos comprender las preguntas que anteriormente
formulamos: si las Berajot son impuestas por los Sabios ¿cómo es posible
que la Torá misma se haya referido a bendecir la separación de los
diezmos? Lo que sucede es que las primeras generaciones sentían en su
interior el deber de alabar y bendecir a Di-s al cumplir los preceptos y a eso
se refiere el versículo "no los olvidé", de acuerdo con
la explicación de Rashi. Pero las generaciones fueron decayendo y surgió
la necesidad de fijar un texto específico para bendecir antes de la
concreción de cualquier Mizva. De esta manera, no se perdería el
sentido verdadero de la felicidad de poder cumplir con una Mizva. Por otra
parte, la Torá se refirió a la Berajá con el término
"no las olvidé", ya que la bendición es lo contrario
del olvido. Por medio de ella, nos concentramos en el precepto que
realizamos y no lo hacemos en forma automática o por costumbre, sino con
el sentimiento de un agradecimiento continuo a Di-s. Las Mizvot nos unen a
Hashem, pero para que así sea realmente debemos desear esa unión y
concentrarnos para alcanzarla. El Baal Shem Tob Z"L explicaba sobre el párrafo
del Talmud Erubim 54: "Este mundo es como un casamiento", que
realmente todo el esfuerzo y preparación de una gran fiesta está
basado en una pequeña frase que el novio le dirá a la novia:
"eres consagrada ser mi esposa". Si este "pequeño"
detalle faltara o no fuera dicho correctamente, todo el esfuerzo y la alegría
perdería valor. Así sucede en este mundo: si perdemos el
objetivo de unirnos a Hashem por medio de las Mizvot, habremos despreciado el
sentido de la vida. Para alcanzar ese objetivo debemos recitar las bendiciones
correspondientes.
Podríamos pensar que ya encontramos la solución perfecta:
los Jajamim nos ordenaron bendecir antes de cualquier Mizva e incluso fijaron
los textos correspondientes a cada Berajá. ¡No podemos perder la
concentración debida de cada Mizva! Nos equivocamos. El instinto del mal
encuentra la fórmula para hacernos caer en su red. En este caso, el
sistema que utiliza es muy sencillo: en muchos casos transformó a la
Berajá en un precepto más entre los que existen. A ella también
se la puede recitar en forma automática y sin pensar en lo que se
realiza. De esta manera, la clave de recitar la Berajá para así
concentrarse en la importancia del precepto que se cumplirá uniéndose
por el mismo a Di-s, se pierde completamente. No
siempre las recetas funcionan. En una oportunidad, una persona muy olvidadiza y cuyo
comportamiento provocaba la burla de sus compañeros decidió poner
un orden en su vida. ¿Qué hizo? A partir de ese momento, anotaría
absolutamente todo lo que debía hacer y así no se avergonzaría.
Antes de acostarse a dormir, anotó en su libreta que el saco estaba
colgado en el perchero, las ropas en el armario, los zapatos al lado de la cama
y su cabeza sobre la almohada. Así se retiró a dormir. Al
levantarse al otro día encontró su libreta y siguió
fielmente las instrucciones: encontró los zapatos, la ropa y el saco en
su lugar. Realmente se encontraba muy feliz. La desilusión llegó
cuando buscó su cabeza arriba de la almohada. Por más que revisó
no pudo encontrarla y terminó preguntándose: "¿donde está
mi cabeza?". Es lo que sucede con el remedio de la Berajá. Si la
cabeza no está en su lugar, no habrá receta mágica posible.
Debemos valorar los preceptos que la Torá nos ordena.
"Y el Eterno te escogió hoy para ser el pueblo de Su posesión
como te ha dicho y para observar todos Sus mandamientos" (Debarim 26). Todo
nuestro valor como pueblo es debido a los preceptos que recibimos. La equivocación trágica de
nuestra historia fue creer que asemejarnos a las naciones con las que debimos
convivir en el destierro, nos llevaría a alcanzar la honra y respeto de
quienes nos rodeaban. Muchos creyeron que así se terminarían las
persecuciones y los sufrimientos. Algunos llegaron a decir que había
que comportarse como un judío en el hogar y como una "persona"
en la calle. Esta frase antisemita que pretendía demostrar que hay
una contradicción entre ser judío y ser persona, fue el prólogo
del holocausto en donde murieron seis millones de hermanos. Aún hoy hay
quienes piensan que asimilarse entre las naciones es la única salida
contra el antisemitismo. La historia vuelve sobre sí misma. Se
cumple así una de las maldiciones que la Torá advirtió si
nos alejaríamos del cumplimiento de los preceptos: "el peregrino que
estuviera entre ti se elevará sobre ti muy alto y tú descenderás
más y más bajo" (Debarim 28). Más allá del
significado literal, nuestros Sabios nos enseñan que en este versículo
hay una señal muy profunda: "lo que es peregrino y extraño a
tu identidad y a la raíz de tu alma y que recibiste por influencias
externas a tus bases, estará en un alto nivel para ti". Pero "tú
descenderás más y más bajo", o sea que tu raíz
y sentimiento judío permanecerá oculto en tu interior. Se trata de
una de las maldiciones más graves de todas las que leemos en esa porción
de la Torá.
No sólo que esta actitud equivocada no nos eleva frente a las
naciones del mundo, sino que despierta aún más el antisemitismo
latente en ellas. La Torá advirtió hace miles de años
atrás que sólo cumplir con los preceptos Divinos es lo que asegura
nuestro bienestar y nuestra existencia como pueblo: "Y verán
todos los pueblos del mundo que el nombre de Di-s es llamado sobre ti y te temerán"
(Debarim 28). Los Sabios lo ejemplifican con un príncipe que caminaba
siempre detrás de su padre, el rey .Este comportamiento infundía
temor en el público que lo observaba. Pero un día el príncipe
abandonó a su padre y comenzó a caminar sólo. El pueblo comenzó a despreciarlo. Se
presentó el hijo delante de su padre y le dijo: "¿Así me has
hecho?". La respuesta del rey fue: "Tú eres el responsable por
haberme abandonado". Es lo que sucede con el pueblo de Israel: si nos
encaminamos en la senda de la Torá, recibiremos el respeto de las
naciones. De lo contrario, sucederá lo que lamentablemente está a
la vista.
¿Cuál es el secreto que nos mantuvo a lo largo de las
generaciones? La respuesta la encontramos en el versículo: "En este
día te formaste como pueblo" (Debarim 27). En el momento en que el
pueblo judío aceptó cumplir la Torá se formó como
pueblo. La entrega de la Torá en el desierto de Sinai fue el nacimiento
del pueblo de Israel. Es por eso que mientras otras naciones al ser expulsadas
de su tierra pierden su identidad y desaparecen del mapa mundial, el pueblo de
Israel a pesar de soportar el destierro a lo largo de miles de años
continúa vivo y presente, porque no nació como pueblo en una
tierra, sino con la entrega de la Torá. Mientras ella sea nuestra guía,
la continuidad estará asegurada.
Nuestro pueblo es pueblo sólo por su Torá. Si existe
alguien que no está convencido de ello, que analice lo que sucedió
en aquellos lugares donde vivieron judíos y no hubo escuelas, templos o
Ieshibot. Se asimilaron por completo en la mayoría de los casos.
Debemos agradecer a Di-s por la Torá y sus Mizvot. Para no olvidarnos de
ello, debemos bendecir previamente al cumplimiento de ellas y así nos
uniremos a Di-s, fuente de todas las bendiciones. Entonces seremos dignos de
recibir lo que quien certificaba que había retirado sus diezmos
expresaba: "Observa desde la morada de Tu santidad, desde los cielos y
bendice a tu pueblo de Israel y al suelo que nos entregaste como prometiste a
nuestros padres, tierra que mana leche y miel" (Debarim 26).