La afirmación de que el pueblo judío fue elegido por el Creador
para cumplir con Su Torá y transmitirla, ha obrado históricamente
como una barrera contra los más diversos imperialismos, que bregaron
en cada siglo por someter a todos los pueblos a una misma norma. Así
es que precisamente los judíos debieron enfrentar a imperios
poderosos y totalitarios. En la temprana antigüedad, el egipcio, el
asirio y el babilonio; más tarde, el griego y el romano; en la época
moderna, el alemán, el ruso y el panárabe.
En la visión bíblica, la culpa en la que cae todo imperio es
justamente el intento de homogeneizar a los seres humanos. A partir de
este intento se termina o bien en un mundo de opresión que imponen
los poderosos (el arquetípico resultado fue el Diluvio), o bien en
una civilización tecnológica que se arroga poderes divinos (la torre
de Babel).
El estandarte de Israel, ergo, se levantó y se levanta en contra
de la opresión que consiste en igualar a la gente por la fuerza, de
poner a todos los seres humanos en una misma categoría, sea ésta la
raza, el corte de pelo o el partido político.
La elección del pueblo judío es el inevitable corolario de ese
estandarte monoteísta. Dios es la realidad para cada persona
particular, ama a las personas individualmente, por sus diferencias, y
no nos ordena que todos creamos lo mismo y obremos de igual modo. Cada
persona (y cada pueblo) encontrará ergo su forma de diálogo con el
Eterno, y entenderá su rol en la historia de una manera que le es única
y singular. En ese contexto, Israel fue elegido para conservar la Torá.
Los relatos del Génesis son una concatenación de elecciones: Abel
y no Caín, Abraham y no Nimrod, Isaac y no Ismael, Jacob y no Esaú.
El Exodo lo lleva a términos nacionales: los esclavos israelitas y no
la realeza egipcia.
Con todo, la elección de uno no implicaba necesariamente el
rechazo del otro. Se trataba de otorgarle al elegido un papel central
para que con él pudiera hacer su contribución a todos. "Por ti
serán bendecidas todas las familias de la Tierra", promete Dios
a Abraham. No excluye, no rechaza. Abraham se siente elegido, pero
para llevar a cabo una labor ética que traiga bendición a todos, no
a él exclusivamente.
El Pacto con Israel, su Elección, señala el rechazo de dos
excesos en los que cayó la humanidad. En un extremo, el tribalismo,
que supone que cada nación tiene su dios, como dicta la cosmovisión
pagana. En el otro extremo, el universalismo, que, aunque parece
fraterno cuando plantea un solo Dios para todos los hombres, concluye
implacable cuando establece un solo camino para servir a ese Dios (sea
el Dios de la revelación o el de la razón).
En la Biblia, la Unidad es privativa de la divinidad. Por eso es única
y esencial. Pero el hombre, él es plural. Tiene muchos caminos a su
disposición, y formará muchas naciones que contribuyen con su color
específico a la policromía humana, y conocerá muchas religiones que
forjan un mosaico teológico que debería ser de mutuo respeto y
enriquecimiento espiritual, y no de "salvación" por la
espada o guerras "santas".
La Torá nos ordena amar al prójimo una vez (dicho sea de paso, no
faltan quienes suponen erróneamente que ese precepto está en el
Nuevo Testamento y no en la Biblia hebrea). Pero frente a ese
mandamiento único de amar a nuestros congéneres, hay una categoría
especial del prójimo, el extranjero, para quienes la Torá nos
advierte acerca del buen trato que le debemos, no ya una vez, sino
cincuenta y ocho. Así lo establecieron nuestros rabinos en el Midrash
Tanjuma. (Rabí Eliezer Hagadol especifica en el Talmud que son unas
cuarenta veces). Este cariño hacia el extranjero tan reiterado en la
tradición de Israel, también puede derivarse de la responsabilidad
que acarrea la Elección.
Mientras a los judíos la Torá nos prescribe 613 preceptos, para
los no-judíos establece siete. En efecto, el tratado talmúdico de
Sanhedrín cierra una de sus páginas enumerando los preceptos que están
destinados a toda la humanidad y no sólo al pueblo judío. Siete
mandamientos les dieron a los hijos de Noé, el primero es la única
obligación, los otros seis son las prohibiciones de: 1) blasfemia 2)
idolatría 3) incesto 4) asesinato 5) robo 6) ingestión de animal
vivo.
El rabí Iojanán explica que los siete preceptos derivan de un único
versículo bíblico: "Y mandó el Eterno Dios al hombre diciendo
de todo árbol del huerto podrás comer" y otros rabíes proponen
otras variantes de cuáles son los siete preceptos noaicos.
La última de las prohibiciones (la ingestión de partes de un
animal vivo) intenta obviamente lograr que las formas de comer de la
humanidad respondan a un mínimo de civilización que nos haga más
sensibles ante la depredación de la naturaleza que perpretamos
constantemente, y ante el sufrimiento del mundo animal que provocamos.
De por sí esto debería insuflar en nosotros, con mayor fuerza, la
intención de evitar en especial el dolor humano.
Las prohibiciones del robo y del asesinato son parte del derecho
natural que no requiere mayor explicación. La del incesto, es una
norma universalmente aceptada y que pretende separar el amor familar
del erótico a fin de poder destacar cada uno de ellos por separado.
En cuanto a la blasfemia, podría ser considerada como el desprecio de
los ideales máximos de la raza humana, o bien la justificación del
mal por medio de ese desprecio. Una de las más originales exégetas bíblicas
contemporáneas, Nejama Leibowitz, ha sabido descubrir en la Biblia
misma cómo la justificación del mal es un peldaño moral más bajo
que el mal espontáneo. Lémej es considerado peor que Caín porque,
además de asesinar como éste, se jacta de su asesinato. Por allí
también pasa la blasfemia.
Y finalmente, en lo que concierne a la idolatría, diremos que es
el sometimiento del ser humano a fuerzas que él debería dominar,
tales como las que él mismo construye o las que son parte de la
naturaleza que se ha puesto bajo su dominio. La idolatría es vista
como la peor esclavitud.
Las guerras mitológicas de los dioses en el mundo pagano, las
fuerzas obscuras y arbitrarias que dominan en la naturaleza, son
reemplazadas en la religión israelita por la lucha histórica del
hombre frente a la palabra de Dios. En lugar de la pugna entre dioses
buenos y malvados hay otra clase de contienda cósmica, un diferente
acontecer del drama divino. Este drama se desarrolla en la dimensión
de la historia y de la moralidad, ya que Dios mismo implantó la
libertad para rebelarse, como concomitante necesario del libre albedrío
que le otorgó a Adán para hacer de él una criatura moral.
Aún no hemos mencionado la primera de todas las leyes que, de
acuerdo con el judaísmo, deberá cumplir la humanidad en pleno y no
solamente los judíos. Esta es lo que en escueto lenguaje talmúdico
se denomina dinín, y comprende la administración de la
justicia, la creación de tribunales, el imperio de la ley o, en términos
modernos, del estado de derecho.
La fe judía, durante sus cuatro milenios de presencia activa, no
fue misionera y no pretendió convertir al mundo al judaísmo. Su misión
no fue hacer más judío al mundo, sino hacerlo más humano.
El judaísmo se entiende a sí mismo como la verdad para los judíos,
pero junto con ello respeta la verdad de otros pueblos y grupos y sus
distintas idiosincrasias para alabar al Creador. Los justos de todas
las naciones tendrán su parte en el mundo venidero, reza la máxima
judaica. Convertirse al judaísmo no depara ningún mérito adicional
sino mayores responsabilidades.
El no-misionerismo judío fue un precio que el judaísmo pagó
adecuadamente para mantener puros sus ideales monoteístas, ya que la
incorporación de masas al seno de la religión judía conllevaba el
riesgo de atraer con ellas también conceptos y prácticas paganas.
Y ese también es un óptimo instrumento para interactuar con el
mundo desde una posición de respeto al ajeno, comprensión por el
extranjero, y amor por la humanidad a partir de asumir nuestra propia
Elección.