4. ISAÍAS Y EL PROFETISMO

 

La Biblia es el máximo best-seller de todos los tiempos. Ya se han publicado casi dos mil millones de ejemplares, y anualmente continúan publicándose unos cinco millones por año y vendiéndose unos seiscientos mil. Fue el libro más traducido, a mil cuatrocientos idiomas.

El primer libro en imprimirse fue la llamada Biblia de Gutenberg, en Maguncia  en 1455. Ningún texto ha inspirado tanto ni ha sido tan citado. Sin la musa bíblica, no se habrían creado los mejores lienzos de Rembrandt, la liturgia, el Moisés de Miguel Ángel, El Paraíso Perdido de Milton, la trilogía de José y sus hermanos de Thomas Mann, Moisés y Arón de Schoenberg, partes de la música de Bach, de los oratorios de Haendel, de la operística de Verdi, o de la obra sinfónica de Stravinsky.

Expresiones habituales como “el sudor de la frente”, “becerro de oro”, “poner la casa en orden”, “ojo por ojo”, “espadas en arados”, “nada nuevo bajo el sol”, “polvo de la tierra”, proceden del hebreo bíblico. 

Es cierto: hubo en Israel antiguo proyectos industriales ambiciosos, como la fundición de cobre construida a orillas del Mar Rojo bajo el reinado de Salomón, o el túnel que el rey Ezequías hiciera cortar a través de roca sólida para transportar agua entre el estanque de Siloé y Jerusalén, que hasta hoy fluye.  Sin embargo, las realizaciones materiales de Israel estuvieron por debajo de las de sus vecinos imperiales, Egipto y Babilonia.

Es otro el aspecto en el que Israel superó los logros de estos imperios esclavistas: el cúmulo de enseñanzas éticas, religiosas, y humanistas de la Biblia. No brillaron por aptitudes técnicas, comerciales, marítimas, militares o artísticas, pero los antiguos israelitas produjeron una literatura única por su nivel intelectual y la belleza de su exposición.

Más aun: la Biblia es el primer documento de la autocrítica. A diferencia de los demás textos antiguos, toma en consideración la verdad desagradable y embarazosa. En vez de la autoglorificación, tan común en las literaturas nacionales, los cronistas bíblicos tratan a su propia nación con mayor severidad que a cualquiera de las otras.

En el terreno moral, cabe detenernos a examinar el tema de la esclavitud, ya  que por tres leyes sorprende en un libro tan antiguo, y testimonia lo que podría denominarse el “descubrimiento de la humanidad”. Se prescribe: que el Shabat es también para el esclavo; que está prohibido reintegrar los esclavos fugitivos a sus amos  (Deuteronomio 23:16), y que cuando el amo lastima a su cautivo, debe liberarlo en compensación (Éxodo 21:26). En contraste, el Código de Hammurabi (16,16) castiga con la muerte a quien ayudara a huir a un esclavo.

Hay un día mencionado en las fuentes babilónicas que por su etimología (Shapatum) podría confundirse con el Shabat. Pero se trataba de una jornada  de mal augurio en la cual las actividades de ciertos personajes oficiales estaban restringidas. El Shabat bíblico es único. La idea de un día de descanso semanal para todos, iluminó a la humanidad a partir de la Biblia hebrea.

Sus páginas son por un lado la literatura nacional de los israelitas, pero por el otro son el puente entre el mundo antiguo y el moderno. Allí se ponen de manifiesto los logros intelectuales de Israel, su proclividad a las letras, su profundidad religiosa, y sus normas de ética, tanto individual como social.

El Libro de los Libros es precisamente uno de los motivos por los que los judíos, que representan menos del dos por mil de la humanidad, son frecuentemente sobrepercibidos en el mundo. Porque cuando el texto nacional se transformó en sagrado para una buena parte de la humanidad, resultó inevitable que los judíos penetraran con fuerza protagónica en la conciencia de una civilización que ve en sus Escrituras la gran fuente inspiradora.

Caben algunas especificaciones acerca de esta colección de veinticuatro libros escritos a lo largo de mil años, y que abarcan la vida de Israel por espacio de dos milenios. Sus principales géneros son cinco:

 

Narrativo. Tanto el relato histórico, como se ve en los libros de Éxodo o Crónicas, como el legendario, que ya aparece en muchas partes del Génesis.

Poético. Abarca tanto la poesía sacra, especialmente en el libro de los Salmos, como la secular, verbigracia en el Cantar de los Cantares.

Legislativo. Destacado en normas sublimes y generales como los Diez Mandamientos, y en detalles reglamentarios como los del libro del Levítico.

Sapiencial. Expresado tanto por medio de máximas, al modo del libro de Proverbios, como por un estilo más filosófico que se da cabalmente en Eclesiastés. La tradición presenta a ambos como obra de Salomón.

Profético. Los ocho libros de los profetas también se subdividen en dos estilos, la profecía mántica o sibilina en los primeros cuatro libros, y la clásica, sublime, en los cuatro últimos, con los tres profetas majestuosos Isaías, Jeremías y Ezequiel.

 

 

La nueva fe, en Abraham fue individual y con Moisés fue nacional, y en ambos casos fue creando en torno de ella un nuevo universo conceptual. A la cumbre del ámbito pagano de la mitología divina, eleva el ambiente del devenir humano. Se enaltece la historia de la humanidad reformulada en tres etapas desde sus comienzos: la primera desde el origen del hombre hasta la confusión de las lenguas, el segundo coincidente con el período patriarcal, y el tercero con la epopeya israelita hasta la entrada en Canaán.

 

La invasión de Canaán fue intentada un tiempo después del Pacto en Sinaí, cuando las tribus establecieron su base provisional en Kadesh. El fracaso del intento espoleó contra la autoridad de Moisés una revuelta que fue vencida. Permanecieron cerca de Kadesh toda una generación hasta que se trasladaron a la Transjordania para preparar desde una nueva base la conquista del país. Derrotaron a los reyes amoritas Sijón y Og  y se aprestaron a conquistar Canaán.

La misión de Moisés es modelo de la profecía privativa de Israel. Era la voz concurrente de la sabiduría hebrea y de la moral; voz que coronaron los profetas clásicos medio milenio después de Moisés.

Estos se manifestaron casi simultáneamente en los dos reinos. Desde los primeros Amós en Judá y Oseas en el Norte, hasta el último de ellos, Malaquías, la profecía perseveró por trescientos años (750-430 a.e.c.) durante los que sucedieron los eventos más decisivos de la monarquía.

Los profetas clásicos vaticinan la caída de los dos reinos, consuelan a los exilados en Babilonia, y animan la empresa de la Restauración. Surgieron como respuesta a un siglo de guerras contra Aram al Norte y la consecuente ruina político-social. Sequía, hambre, muertes, cautiverio, y la desintegración debido a los que medraban por la guerra. La profecía fue portavoz de la indignación moral por la decadencia social. Desde Moisés a Malaquías los profetas son apostólicos, vienen a cumplir una misión ética.

Así, Amós llevaba la idea única de Israel a un nuevo auge: el de la primacía de la moralidad por sobre el culto, elevándose desde la religión popular. En ella tiene sus raíces la idea monoteísta del Dios creador y justo. La idea monoteísta no fue, por lo tanto, invento de los profetas clásicos; lo que éstos hicieron fue ampliar la idea para sostener que Dios no culpa a las naciones paganas por su idolatría, sino que las juzga fundamentalmente por sus bajezas morales. Esta elevación, la de la primacía de la moralidad, extiende la línea de la idea religiosa revolucionaria.

Hay algún paralelo de la sapiencia bíblica en la antigua literatura egipcia, en el sentido de reflexionar cómo la buena acción del hombre justo es más agradable a Dios que los sacrificios del malvado, pero los profetas dan un paso más: condenan el culto de todo el pueblo, sus festividades, sacrificios, templos, cantos, etc. El repudio profético del culto de Israel implica que éste, como tal, no tiene valor para Dios. Tal idea no habría podido concebirse en un ambiente pagano, en el que la vida de los dioses dependía del culto. El culto para Israel no tiene validez inherente y absoluta.

La Torá le había quitado todo valor trascendente, transformándo el culto en una mera expresión de la gracia divina. No de la necesidad divina. Más todavía: la depuración de los profetas, expresada por primera vez por Amós, encumbra la moralidad a un nivel de valor religioso absoluto, ya que la considera como divina en su esencia. A través de este lente se entiende la máxima talmúdica: “Así como Él es bueno y compasivo, sed buenos y compasivos…” (Shabat 133b). El hombre moral, participa en cierto modo de la divinidad.

Con todo, faltaba aún el último elemento revolucionario de la profecía clásica, el que vendrá de  la mano de Isaías.

 

EL SENTIDO DE LA HISTORIA

 

La historia humana debe ser vista con una nueva luz, convirtiendo la ética en un factor decisivo de la historia nacional. La historia de Israel se determina por dos factores: el religioso y el moral, ambos igualmente decisivos.

Hasta esa etapa, nunca se había dicho en el libro de los Reyes que la corrupción moral de la nación produjera su decadencia. El pecado históricamente terminante era el de la idolatría.

La profecía clásica dio un nuevo contenido a la escatología israelita. Las guerras con Aram generaron una búsqueda espiritual: Dios castigaba a Israel para purificarlo y permitir la supervivencia del “remanente de Israel” (Amós 5:5). Los profetas surgieron para anunciar los desastres, eran amonestadores que exigían el doble arrepentimiento, religioso y moral. Todos los sucesores de Amós repetían la fórmula: anuncio del desastre y llamado al arrepentimiento. El pathos profético es un fenómeno único en la historia universal.

Isaías, hijo de Amotz, inaugura una visión más optimista aun: todas las naciones serán objeto de la salvación divina.

Isaías fue el más importante de los profetas desde Moisés. Integra la terna mencionada, en la que Jeremías es el profeta de las caídas y ascensos en la historia judía, anuncia la caída de Jerusalén y la servidumbre a Babilonia; Ezequiel es por su parte el profeta del consuelo y la responsabilidad individual, y profetiza desde el cautiverio. Isaías los precede a ambos: anuncia el comienzo y el final.

Apenas precedido por Oseas y Amós, Isaías fue contemporáneo de Miqueas. Profetizó a los veinticinco años de edad, durante el reinado de varios monarcas. De acuerdo con el Talmud (Meguilá 10b) provenía de una familia aristocrática, ya que su padre Amotz era hermano del rey Amatziá. Su libro informa que contrajo matrimonio (8:3) y que tuvo dos hijos (7:3, 8:4).

Cabe recordar que la pionera de la novelística hebrea, Ahavat Zion (El amor de Sión, 1853) de Abraham Mapu, es también la primera novela del mundo que se sitúa en un contexto bíblico; fue traducida a una decena de idiomas. Una versión inglesa se titula precisamente En los días de Isaías.

Profeta arquetípico, su palabra apasionada, emocionante, predica en contra del establishment político y religioso de su era. Por ello el Talmud narra su muerte a manos del rey Manasés, quien lo acusó de ser falso profeta (Yevamot 49a).

Hoy aceptamos que en rigor se trata de dos libros: uno de Jerusalén a partir del 740 a.e.c., que abarca los primeros treinta y nueve capítulos, y otro de Babilonia en el 540 a.e.c., que abarca los veintisiete últimos.

Su contenido doctrinal es que Dios es el único Creador y rector de la historia, y que se sirve de egipcios y asirios (5:26, 7:18) para castigar a Su pueblo. Dios exige justicia social (1:17, 3:14-15, 10:1, 5:8) y otorgará Su Salvación por intermedio de Su Mesías. En el maravilloso segundo capítulo Isaías anuncia la época en la que los pueblos "convertirán sus espadas en arados... y no aprenderán más a hacer la guerra". Así deja inaugurado el ideal de la paz, y lo reitera en términos de armonía de la naturaleza, cuando "el lobo morará con el cordero”.

Nuevamente es excelso en el énfasis clásico en la moral por sobre el culto: "¿Para qué los sacrificios, si vuestras manos están llenas de sangre?” (1:11-16).

Por todo ello, en la liturgia sinagogal, de las secciones de los profetas que se leen anualmente, unas veinte, es decir una cuarta parte del total, son tomadas del libro de Isaías. Incluyen las siete denominadas “Haftarot de consuelo” así como la del Día de la Independencia de Israel, que menciona al “retoño del tronco de Ishai que florecerá nuevamente”.

Durante la época de Isaías, el enemigo de Israel desde el reino de Aram decayó, y surgió a la escena otro reino, Asiria, que bajo Tiglat-Pileser III llegó a ser una potencia mundial, y en el 734 conquistó el reino del Norte, Israel. Al  deportar a sus habitantes, dio origen a “las diez tribus perdidas de Israel”. Dos años después conquistó Damasco y así aniquiló el reino de Aram.

El rey Ajaz de Judea protagoniza intrigas palaciegas y la plena sumisión a los asirios. En esta época irrumpe Isaías.

El hijo y heredero de ese rey, Ezequías, decide rebelarse contra los asirios, para lo que busca la alianza con Egipto. Durante su regencia, el rey asirio Senajerib redujo todas las ciudades fortificadas de Judea salvo Jerusalén (701), que fuera sitiada.  Isaías se pasea tres años desnudo en señal de advertencia: no se debe salir a la guerra. A un tiempo, alentó al rey Ezequías para que no se dejara abatir: Senajerib nunca podría conquistar la ciudad de Jerusalén. Cuando una plaga en el ejército asirio lo obligó a replegarse, la profecía de Isaías parecía haberse cumplido.

Senajerib encabeza sus tropas para reprimir a Ezequías, y éste envía un tributo al asirio, quien no se contenta con nada menos que la rendición incondicional de Jerusalén. Aquí se produce el cambio histórico. Otra vez irrumpe Isaías, pero ahora para pedir que la lucha continúe.

En pocas palabras, su mensaje fue que la historia tiene sentido, y que debe tenerse en cuenta para el hoy. Que debe intentarse evitar la guerra, pero cuando ésta ha estallado, hay que aspirar a la victoria. Isaías transmite que Dios salvaría a Jerusalén, y así fue.

El escenario diplomático y político es tenso, pero las palabras de Isaías reclaman principalmente por la decadencia moral. Para el profeta, Asiria era “el báculo del furor de Dios” y los disturbios de esos días eran el preludio de una revolución cósmica que transformaría a toda la humanidad. La certeza del retorno judío a Israel, Shear Iashuv, es parte del plan. Sí, Asiria domina el mundo, pero será quebrada cuando se levante contra Jerusalén, y de ese modo se abriría una nueva época en la historia (14:26).

Isaías es el primer profeta que prevé el final del paganismo, al que equipara precisamente con el derrumbe de Asiria. El advenimiento de Dios para salvar a Jerusalén y derrotar a los asirios, es percibido como una nueva teofanía de alcance mundial. Llegará el fin del exilio de Israel, la gloria de la dinastía de David será restaurada y el nuevo reino será justo y pacífico. El mesianismo judío ha arribado a su punto más elevado.

El fin del paganismo trae paz universal, porque la idolatría es el fruto de la arrogancia humana. La divinización de las cosas que el hombre produce es, en el fondo, una divinización del hombre mismo. La avidez pagana por el poder y la riqueza enfrenta a los hombres unos contra otros. Por ello, la monarquía asiria es la encarnación de la idolatría; se ensoberbece. La derrota de la idolatría es la del mal moral, de la violencia y de la guerra.

Debido a este anunciado final, su mensaje es de gran optimismo. El universalismo de la religión de Israel alcanzaba una nueva altura. El motor de la profecía temprana había sido histórico, el de la profecía clásica, era escatológico. La etapa inicial consideraba que el monoteísmo era herencia común de todos los hombres en un pasado remoto. El nuevo mensaje decía que el monoteísmo volverá a ser la religión de toda la humanidad. La historia se mueve hacia el fin del paganismo, hacia el triunfo de la ley moral divina.

También la elección de Israel cobra así un nuevo sentido. El pueblo hebreo había sido elegido como instrumento de la redención universal. Aquí surge la idea de que la religión de Israel podía convertirse en una religión universal, que acabaría con la idolatría de otras naciones. Ese era el largo camino, que había sido intuido individualmente por Abraham, y que Moisés transformara en el sendero colectivo del pueblo hebreo. Un camino que inspiró la marcha de Occidente.