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Hablando
Bien del Muerto El
Éxito de Oslo Por
Ezequiel Finkelberg El
proceso de paz de Oslo había sido planteado como una fórmula perfecta.
Por eso mostró que tenía razón. En
primer lugar su nombre: “proceso de paz”. En vez de hablar de la paz
realizada a partir de un acuerdo nos referimos constantemente a un
“proceso”. En él nada puede salirse de cause. Por ejemplo, mientras
el gobierno Laborista todavía no se sacaba los bonetes luego de festejar
en la Casa Blanca, Jamas ponía bombas en lugares públicos dentro de las
fronteras de Israel. ¿Acaso esto decía que la paz no era posible? ¿Acaso
esto demostraba que Arafat no cumplía con su parte del acuerdo? De
ninguna manera. Se trataba sólo de una etapa que debía ser superada. Al
final nos daríamos cuenta que el sendero emprendido era correcto. Los
muertos se convertían en “víctimas de la paz” y el mensaje era
luchar contra “los extremistas de ambos lados”. La oposición democrática
al gobierno israelí era, por supuesto, los “extremistas del nuestro”. Por eso el laborismo le perdonaba todas las transgresiones al jefe de la Autonomía Palestina. Tener más armas y policía de las que habían sido acordados, mantener la incitación a la violencia en los medios de comunicación y escuelas, nunca llamar a la paz con Israel en idioma árabe, etc. Así se le permitía periódicamente arrestar y liberar a los fundamentalistas en momentos que ya debía haberse deshecho de ellos. Oslo sobrevivió a todo. El gobierno que lo fundó no tuvo mayoría para mantenerse en el poder sino gracias al apoyo de los partidos árabes. La mayoría judía israelí nunca sostuvo el proceso de paz, salvo por un pequeño período posterior al asesinato de Rabin. Con su incapacidad de convertirse en estadista incluso el proceso de paz sobrevivió al mismo Arafat, lo que no es decir poco. Oslo
sobrevivió incluso a la centroderecha israelí. Contra todos los pronósticos
–incluyendo los gritos desesperados de la prensa- Netaniahu no destruyó
el proceso. ¿Ingenuamente? exigía a Arafat que cumpla con su parte. El
resultado: un enlentecimiento
del proceso de paz que... no lo detuvo. El “conservador” primer
ministro firmó el acuerdo de Wye Plantation y entregó la mitad de Jebrón
a los palestinos. “Bibi” había claudicado. Era la primera vez que el
Likud aceptaba entregar parte de la tierra histórica del pueblo judío.
Otro punto para Oslo. El
único problema con el proceso de paz es que su perfección hace que...
nadie pueda concluirlo. Esto sería aceptar que arribamos a la paz. Los
palestinos no aceptarían un final porque sería renunciar a Haifa, Tiberíades,
Jerusalem Occidental, Tel Aviv, etc. No importa que tan buena oferta
reciban los palestinos, mientras esta no incluya la destrucción del
estado judío será todo una trampa del “imperialismo sionista”. Pero
¿por qué los laboristas no llegaron a un acuerdo y por qué “Bibi”
no lo destruyó? El Likud encontró en la situación actual la fórmula más
parecida a la que presentó en la conferencia de Madrid a principios de la
década pasada: Autonomía para las personas pero el territorio en manos
israelíes. Es
cierto que en la actualidad cerca del 40% de la tierra de Judea, Samaria y
Gaza se encuentra en manos de
la Autonomía Palestina. Lo mismo sucede con el 97% de los palestinos. Esa
es la razón por la cual Bibi entonces y Sharon hora no quiere volver a
Ramallah, Shjem o Gaza. Los
proyectos sobre separación unilateral de los palestinos se basan también
en esto. Quien decida primero dónde se encuentran las fronteras podrá
ganará terreno. Los proyectos siguen presentándose pero nadie los pone
en práctica. Ningún político quiere ser recordado como el que disolvió
la esperanza de paz. El proceso de paz iniciado por Rabin, Peres y Arafat en 1993 depende del empeño que las potencias dediquen en controlar a Arafat. Es más que obvio que él mismo no puede o quiere. Pareciera algo natural luego de dos años de Intifada Terrorista de Al Aqsa que el tema se trata de cómo presionar a Arafat para hacerle entender que la fórmula “paz por territorios” le favorece. Esto, claro está, 8 años luego de comenzado... ¡El proceso! Durmiendo con el enemigoLa población judía del estado de Israel representa el 81% del total. Nunca fue mayor. En los últimos diez años arribaron al país 1.000.000 de inmigrantes de la ex unión soviética y decenas de miles de Etiopía y sin embargo la relación de población judía - no judía sigue siendo la misma. ¿Cómo es esto posible? El trabajo del Prof. Arnon Soffer (ex Director del Centro de Estudios de Seguridad nacional de la Universidad de la Universidad de Haifa) ha demostrado que en los últimos 10 años han entrado ilegalmente a Israel 100.000 árabes, donde permanecen ilegalmente. El
análisis de Soffer indica que para el año 2020 la población árabe
israelí pasará de 1.3 millones –incluyendo Jerusalem- a 2 millones...
sin contar otro millón entre inmigrantes no judíos de la ex URSS y
trabajadores extranjeros residentes en el país. Según el investigador la
población judía para ese entonces no alcanzará los 6.5 millones. ¿Qué
pasaría más adelante cuando no hubiese una aliá masiva de algún país
que pueda equilibrar la balanza demográfica? La organización sionista
tiene una respuesta: aumentar la inmigración de países como Argentina o
Francia. El
gobierno Rabin Peres ya era consciente de esto y se había propuesto como
meta encontrar una solución urgente al tema. Israel ya no estaba sólo
amenazado por el crecimiento poblacional árabe en los territorios
administrados sino por los propios árabes israelíes. La
estrategia –entonces- era clara: los palestinos recibirían un estado y
los millones árabes que dicen ser palestinos procedentes de los países
árabes e Israel tendrían un lugar para desarrollarse. Poco
importaba dentro de qué fronteras se desarrollaría. Un kilómetro más o
menos no hacía la diferencia cuando de salvarse a Israel del colapso
demográfico se trataba. ¿Pero
dónde estaría la frontera? Ben Gurion se había planteado la pregunta 50
años antes y respondió afirmativamente a la creación del mismo aún si
el costo era perder Jerusalem. Dentro de 20 años también a Peres le
agradecerían su visión de futuro. Había que completar la tarea de Ben
Gurion. Una
vez entendido esto, resulta claro que la paz con la O.L.P. era tanto una
excusa como un mal menor frente al peligro que se cernía sobre Israel. El
único problema de Oslo fue la mala comunicación de las partes. Cada vez
que Israel entregaba un territorio se ponía contento haciendo cálculos
de cuántos palestinos quedaban fuera de su jurisdicción o cuanto espacio
se les daba a la AP para que instalase a los nuevos inmigrantes. Eso fue
lo que sucedió en Camp David 2. Pero la AP se festejaba exáctamente por
lo opuesto. Si durante 60 años los árabes fallaron en echar a los judíos
al mar la estrategia ahora sería llenar palestina de árabes. Eso
se logra de dos maneras a) achicando el estado de Israel b) Colocando más
árabes dentro de su jurisdicción. Si durante décadas los árabes de
palestina intentaron frenar la inmigración judía, ahora, alentarían la
inmigración árabe. Así
la AP no tiene inconvenientes en aceptar que los poblados judíos de los
territorios queden dentro de su soberanía. Después de todo, así sacarían
a 250.000 judíos de Israel. Así
también se entiende por qué había divisiones entre los distintos
partidos políticos israelíes en la cantidad de concesiones que darle a
los palestinos, mientras todos acuerdan decirle no a Arafat en el tema de
los refugiados. Todos
los parámetros se trastocaron. La centroderecha pactaba con Arafat, la
izquierda parecía dominada por Paz Ahora y la derecha... la derecha
estaba atónita como todos negociaban con quien aún decía en árabe
“Jihad... Jihad... Jihad”. Si
el problema sobre los límites del estado era saber de qué lado de la
frontera quedarían los árabes y no tanto dónde estaría la frontera se
comprende la caída de Ehud Barak al traicionar tanto ala derecha como a
la izquierda ofreciendo partes del Neguev para instalar a los
“refugiados” en el marco de un acuerdo final. La
“diferencia” de opinión entre la AP e Israel era sobre la cantidad de
personas a quedar bajo la jurisdicción Israelí. La estrategia palestina
no era quedarse con sus palestinos sino exportarlos a Israel. Una
vez más nadie quería a los palestinos, y tampoco esta vez era una
excepción Arafat. El objetivo palestinos no había cambiado: destrucción
física bajo cualquier forma del estado de Israel. Un Extraño Entre NosotrosLo
estrategia israelí era colocar a Arafat en una posición en la que se
viera obligado a acepta un territorio y que con el tiempo los árabes
israelíes vayan moviéndose al otro lado de la línea verde. El
“proceso” era palestinizar progresivamente a la población árabe. Esto
fue otro de los éxitos de Oslo. Durante los años de oro de Oslo se
empezaron a observar cambios de comportamiento como estudiantes árabes en
las universidades de Haifa y Jerusalem enarbolando banderas de la O.L.P. y
una progresiva identificación con sus “hermanos”. Eso
no importaba ya que todo indicaba que Oslo funcionaba según lo planeado.
Pero algo inesperado sucedió: Arafat dijo no... ... e Israel se quedó con sus árabes, ahora nacionalizados, dentro de sus fronteras. De se esto tomó consciencia con el comienzo de la intifada en la cual miles de árabes israelíes salieron a las calles para manifestar su apoyo a la AP quemando sinagogas y atacando a los judío que se les cruzaban. Luego llegó la competencia entre los diputados árabes de la Kneset para saber quién era más extremista en sus críticas a Israel. Israel quedó así, con una población que el 32.8% decía en 1999 se identificaban como Israelíes pero que en 1995 ya eran el 63.2% y quienes se sientes más cómodos entre los judíos israelíes que entre los árabes de los territorios cayó desde el 49.6% al 35.5% entre los años 1995 y 2001 Los últimos datos indican que la teoría de Peres era correcta. Los árabes israelíes se nacionalizarían y se pondrían del lado de sus “hermanos” palestinos. Sólo que la segunda parte de la ecuación no salió tan bien. Los árabes israelíes no desean mudarse a la autonomía sino que quieren trae la autonomía a sus casas. Sólo el 4.7% en la última encuesta expresó su deseo de cambiar de hogar con la creación de estado palestinos comparado con el 14.4% de 1976. Peor aún, el 29.5% estaría de acuerdo con que sus pueblos -ubicadas dentro del estado de Israel- sean anexados al un nuevo país árabe. Arafat, claro, se opone a esto. Pero no por sionismo. Prefiere que los palestinos se queden dentro de un estado al que desde adentro pretende carcomer. Mientras
tanto, los políticos hacen sus jugadas y tratan de cobrarse el mayor
publico posible ante la desconfianza frente a “halcones” que llaman a
la contención y a políticos de izquierda como Peres
que retornó al tradicional discurso: “Israel
tiene la obligación de proteger la vida de sus ciudadanos y hará todo lo
necesario, actuará por todos los caminos posibles para lograrlo…Gandhi
dijo una vez que cuando un gato persigue a un ratón, no tiene sentido que
el ratón declare un alto de fuego”.
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