5. FILÓN Y EL HELENISMO

 

 Una colección de ensayos de Matthew Arnold llamada Cultura y Anarquía (1867) defiende la cultura contra el materialismo científico. Allí Arnold ubica al helenismo y al hebraísmo como las dos grandes columnas de la civilización occidental. El primero nos da el lente para ver las cosas como son; el segundo nos facilita ver las cosas como deberían ser, como las anunciaban los profetas, con el énfasis en la conducta que se espera de nosotros.

Lev Chestov, judeorruso existencialista, trabajó veinte años en su libro Atenas y Jerusalén (1937), una visión general y crítica de la historia de la filosofía occidental la cual, para Chestov, consistía en una batalla monumental entre razón y fe, Atenas y Jerusalén, secularismo y religión.

El título de su libro une a las dos ciudades arquetípicas por la conjunción y. Atenas y Jerusalén no se excluyen, ambas son indispensables.

También la obra de Saúl Tchernijovsky, gran poeta del iluminismo hebreo, se inspira en el cruce entre las dos culturas para uno de sus poemas más recordados: Frente a la estatua de Apolo.

Varios pensadores intentaron dirimir cuál es exactamente la diferencia cultural primordial que separó en la antigüedad a griegos de judíos.

El autor noruego Jostein Gaarder, en El mundo de Sofía (1991), atribuye a una civilización hacer prevalecer el sentido de la vista, y a la otra, el del oído. Estos dos son los sentidos superiores, los que dan origen a las artes: las visuales uno, las auditivas, el otro. Las diferencias entre ambas culturas pueden entenderse desde esa perspectiva.

El hebraísmo ha puesto el énfasis en el oído anunciado en el Shemá Israel (Oye, Israel) y ha legado una creación eminentemente literaria, mientras el mundo griego se ha distinguido por la perfección de su obra escultórica y escénica. Uno, puso de relieve lo ético; el otro, lo estético. El mundo estaba allí para que los hebreos lo hicieran bueno y humano, y para que los griegos lo hicieran bello y útil.

Pero la divergencia tiene una raíz más profunda: la vista se relaciona con el espacio, capta en él. En cambio, la audición reside en el tiempo. Las dos culturas enfrentadas diferían también en su esencia. Mientras una es la construcción del espacio, la otra es una arquitectura en el tiempo.

Así lo explica Moisés Hess en un apéndice de Roma y Jerusalén (1860): las civilizaciones indoeuropea y semítica se dedican respectivamente una al espacio y otra al tiempo, una al Ser y otra al Devenir. 

Dijimos que la Septuaginta es el libro que representa el encuentro entre los dos mundos, y agreguemos ahora que hay un hombre que lo epitomiza.

Filón de Alejandría es frecuentemente considerado el primer filósofo judío, primordialmente por aquéllos que ven en la filosofía judía un fruto del helenismo, o más precisamente el corolario del primer gran contacto entre filosofía y judaísmo. Hay otras posibles respuestas acerca de cuándo nació la filosofía judía.

No faltan quienes opinan que hablar de filosofía judía es de por sí un despropósito, tanto como sería discurrir sobre matemática judía o psicología judía. Entre los descalificadores brilla con luz propia Leo Strauss, de la Universidad de Chicago y fallecido en 1973. Su interés académico se dirigió al proceso de recepción y adaptación de los textos filosóficos griegos por parte de eruditos medievales judíos e islámicos. Para Strauss hay una contradicción insalvable entre Atenas y Jerusalén, entre la duda filosófica y la certeza religiosa. Ergo la filosofía judía es una imposibilidad por definición.

En rigor, grandes sabios del judaísmo habrían coincidido con esta irreconciabilidad. El máximo fue probablemente Shadal (acrónimo de Shmuel David Luzzatto), profesor del  colegio rabínico de Padua por casi cuatro décadas hasta su muerte en 1865. En su obra póstuma Iesodei Torá (Bases de la Torá) Shadal se opone a la explicación racional de la Biblia, y opina que no se pueden compatibilizar fe y sapiencia. Una no es pasible del conocimiento, la otra no es pasible de creencia. Es duro crítico de Maimónides, quien a su juicio emprendió la insensatez de fusionar a Moisés con Aristóteles.

Para Shadal judaísmo y helenismo son antagónicos. Uno significa justicia, fervor, sacrificio; el otro, belleza, sensualidad y lógica. Sólo el primero, según Shadal, puede proporcionar felicidad al hombre. La misión de los judíos sería defender ese camino propio frente a la modernidad de Europa que los acecha.

Obviamente, hay quienes no concuerdan con este abordaje y encuentran filosofía en las mismísimas fuentes judías. Así, para el libro del israelí Israel Efros Filosofía Judía Antigua (1976) ésta puede encontrarse desde el primer versículo del Génesis. Hay Dios, hay un mundo creado, y los dos son entes separados. En el Talmud también hay reflexiones metafísicas, pero tampoco podríamos hablar de verdadera filosofía.

Los dos extremos son, entonces, por un lado, rechazar la posibilidad de filosofía judía, y por el otro considerar que ésta comienza en la Biblia. Para quienes se hallan en una línea intermedia, Filón es pivote en la historia del pensamiento.

La filosofía judía habría comenzado precisamente en la diáspora helenística durante el siglo II a.e.c. y perduró allí por dos siglos. Su objetivo era la interpretación apologética del judaísmo frente al mundo helenista. Se proponía mostrar que el judaísmo es una especie de filosofía, cuya concepción es que Dios es espiritual y Su ética es racional.

Un filósofo judío pionero habría sido Aristóbulo de Paneas (150 a.e.c.) cuyos comentarios al Pentateuco fueron preservados por los Padres de la Iglesia. Aristóbulo sostenía que los filósofos y poetas griegos habían derivado sus conocimientos de las enseñanzas de Moisés.

Pero el más grande fue Filón, el único filósofo judío de la era helenista de quien su amplia obra ha sobrevivido. Aunque ésta no fue muy difundida, ni Filón muy citado, personifica el gran encuentro entre los dos mundos.

Hasta 1947 Filón era considerado un simple predicador ecléctico de importancia menor; pero ese año el profesor de Harvard Harry Austryn Wolfson publicó una obra ya clásica que transformó a Filón en el fundador de la filosofía religiosa, lo que Wolfson llamó la “filosofía filónica”. Se trata de Filón: Fundamentos de la Filosofía Religiosa en el Judaísmo, el Cristianismo y el Islam, en la que se muestra que detrás de las aseveraciones filosóficas diseminadas a lo largo de la obra de Filón, existe un sistema. Más aun: ese sistema es el que dominó el pensamiento europeo por dieciséis siglos. Toda la filosofía durante ese período habría sido, de algún modo, “judía”.

Filón era un heleno, ciudadano de una de las colonias que nació de la expansión del imperio. Su cultura es griega; cita a poetas griegos con frecuencia. Con todo, su ascendencia judía plenamente asumida, hace de él un judío sui generis.

Nació en el 20 a.e.c., y murió en el 40 e.c., y un solo evento histórico fue registrado cabalmente en su biografía, poco antes de su deceso, que tuvo que ver con desmanes judeofóbicos.

Apión había sido el ideólogo de la agitación antijudía en Alejandría, ciudad a la sazón regida por el gobernador Flaccus. En el año 38 el barrio judío fue sitiado por revoltosos liderados por Isidoro y Lampón, y muchos judíos fueron asesinados. La comunidad israelita envió una delegación al emperador Calígula en Roma para que éste pusiera fin a la violencia y protegiera a los judíos alejandrinos. Filón lideraba esa delegación, que cuando arribó a Roma se enteró  de que Calígula había sido asesinado; su sucesor, Claudio, cumplió con el pedido.

Lo fundamental de Filón es su obra escrita, también preservada por los Padres de la Iglesia, y nunca citada en las fuentes rabínicas. Mayormente, se trata de una exégesis bíblica que intenta armonizar las enseñanzas de Moisés con las de Platón. Sus tratados pueden clasificarse en tres grupos: la exposición del Pentateuco como un código legal; la interpretación alegórica del Génesis, y tratados sobre temas específicos.

En la primera parte se incluye Sobre la Creación, obra en la que explica que aunque el Pentateuco es eminentemente un código legal, comienza con el relato de la creación de la naturaleza para dejar constancia de que las leyes bíblicas están en armonía con las leyes naturales. Esta parte también abarca la biografía de  Moisés, y el famoso Sobre el Decálogo.

En la segunda parte, que también incluye un tratado Sobre Sueños, Filón desecha el contenido narrativo del Génesis y explica los versículos por medio de  alegorías. En el relato bíblico no hay personas que interactúan, sino conceptos místico-filosóficos, que se conectan por medio de un juego de libres asociaciones.

Así, Filón se aparta de la interpretación bíblica del término Israel como “quien pelea con Dios” y pasa a entenderlo como Roé-El, quien ve a Dios: el hombre místico.

En el relato de Adán, Eva y la serpiente, Filón explica que la lascivia simbolizada en la serpiente, conquista a la razón (Adán) por medio de los sentidos (Eva). Cuando el Génesis anuncia que “el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer” (2:24), para Filón está enseñando que “el hombre deja a Dios y a la sabiduría para someterse a la sensualidad”.

Caín y Abel representan el contraste entre el hombre ególatra y el que ama a Dios.  Abraham no deja “su tierra, su familia y su patria” (12:1) sino “su cuerpo, sus sentidos y su facultad de hablar”.

Abraham parte de la erudición (Hagar) y llega a la virtud (Sara). Sus tres huéspedes (Génesis 18:2) simbolizan a Dios y los poderes divinos de misericordia y justicia. Moisés también pasa a ser alegorizable: es el alma colocada en el cuerpo, la cuna, que flota en el agua, que es la vida.

Todo es símbolo e interpretación alegórica, un método que no fue aceptado en el judaísmo y que en rigor fue abandonado desde la misma época de Filón. Platón había sido encajado en la Torá, pero no muy exitosamente.

La tercera parte de su obra consiste en tratados específicos que abarcan entre otros Sobre la Eternidad del Mundo, Sobre la providencia, Sobre la vida contemplativa, y también una crónica histórica sobre el episodio de La embajada a Gayo (Calígula).

 

 

LA PUGNA HEBRAICO-HELÉNICA

 

Filón introduce las doctrinas de Platón para explicar las fuentes judías, pero lo hace desde el punto de vista de un judío convencido de que en la Torá se encuentra toda la verdad, y por ende que las instrucciones de Platón no habían aportado ninguna novedad, sino que reiteraban lo que la Torá ya había enseñado. La Biblia Hebrea (que Filón leyó en griego) es la fuente de toda verdad, si se la busca adecuadamente entrelíneas por medio del método alegórico.

Los alcances de sus conocimientos de hebreo han sido motivo de debate. Hay quienes niegan que Filón supiera hebreo y hay quienes lo consideran un erudito.  La verdad se halla probablemente en un término medio, ya que cita raíces hebreas sólo entendibles para un conocedor del idioma.

Con todo, Filón es platónico en sus ideas. Su relato de la Creación, por ejemplo, es como el que Platón esboza en Timeo, el de un mundo sin comienzo ni fin. Es un platónico que usa a Platón para justificar y defender las verdades religiosas del judaísmo.

 

En eso precisamente puede consistir la filosofía judía. La explicación de creencias y prácticas judías por medio de conceptos filosóficos generales. Por ello puede entenderse, simultáneamente, como el producto de las tradiciones bíblicas y rabínicas en las que descansa el judaísmo, y el de la historia de la filosofía en general. Como parte de ese diálogo entre el judaísmo y su medio circundante, el judaísmo fue dos veces desafiado por la filosofía griega, una en la Edad Antigua y una en la Edad Media.

La primera vez, durante la época helenista, el fruto eminente fue Filón. Su doctrina se focalizó en la armonización de la Torá con la naturaleza, y en el método de la alegoría.

Filón habita dos mundos conceptuales que están en tensión entre ellos. Hubo dos pensadores, uno judío y uno cristiano, que han dedicado valiosas páginas al tema que permea una buena parte de este libro: qué separa y qué une a las dos columnas vertebrales de la civilización Occidental. Fueron Franz Rosenzweig en La Estrella de la Redención (1921) y Thorlief Boman en El pensamiento hebreo comparado con el griego (1954).

Rosenzweig es el gran existencialista judío del siglo XX, quien consideró que el temor a la muerte es el motor fundamental del pensamiento. Su obra magna, fruto de un retorno emocional al judaísmo, comienza con una crítica general de la filosofía occidental, especialmente Hegel, y propone un “nuevo pensamiento” que reinaugure la filosofía desde el judaísmo, desde la estrella de David redentora.

Sobre nuestro tema, Rosenzweig plantea que para el griego la realidad era un conjunto de fragmentos, mientras que para el judío hay una unidad fundamental en lo existente. Los dioses griegos tienen su asiento en el Olimpo y sólo accidentalmente descienden de él para entrar en contacto con los humanos.

La relación del hombre con el mundo se ve en el héroe griego, que cumple un destino o se debate frente a la fatalidad, encerrado en sí mismo. El mundo es, para el griego, algo aislado del hombre y de Dios. En contraste, para el judaísmo, Dios, el hombre y el mundo no se hallan aislados el uno del otro. 

Boman, por su parte, fue un teólogo noruego, iniciador del movimiento de Teología Bíblica que fue muy activo hasta mediados del siglo XX. Boman revisó el modo de pensar hebraico, halló sus similitudes con el griego, y contrastó ambos con la negación del pensamiento que considera típicamente budista. A partir del significado de diversas palabras en la Biblia hebrea, Boman pone de relieve la vitalidad del modo de pensar hebreo, que se ve verbigracia en que los verbos hebreos son dinámicos mientras los griegos son estáticos. El mundo occidental, heredó de la cultura greco-romana el carácter estático de los verbos griegos.

Por ejemplo, el ser es expresado en hebreo por medio de la yuxtaposición de dos sustantivos. AB significaría A es B, y la raíz del verbo ser significa más devenir. Según Boman, en hebreo, uno no es, sino que deviene. Aún el descanso de Dios el séptimo día es una forma dinámica. El reposo divino no es la detención de su actividad, sino el resultado de ésta.

Cuando Dios “pone” al hombre en el Edén o al pueblo de Israel en su tierra, el descanso de uno y otro consiste en una especie de llegar a destino para cumplir con una tarea, y no descansar de ella.

Esta virtud del idioma hebreo se suma a muchas singularidades de esta lengua que llevaron a grandes pensadores y literatos a admirarla.

Dos eximios exponentes de las letras alemanas, Goethe y Schiller, se iniciaron en el movimiento literario romántico Sturm und Drang, cuyo precursor fue Johann Gottfried Herder, impulsor de los estudios hebraicos, traductor del Cantar de los Cantares, y amigo personal de Moisés Mendelssohn, a quien dedicaremos el décimo capítulo.

Herder opinó que valía la pena dedicar diez años al estudio del idioma hebreo, aunque más no fuera para leer en su original el esplendor del salmo 104, que hemos mencionado en el segundo capítulo. Se trata de un himno ecológico denominado Barji Nafshi (“que mi alma bendiga”), representante de lo que Herder calificaba de “la poesía más antigua, simple y sincera del mundo”.

Más aun, el romanticismo inglés engendró grandes admiradores del hebraísmo, como los llamados “poetas del lago”, Samuel Coleridge y Robert Southey. Coleridge confiesa que nunca pudo descubrir lo sublime en la literatura griega clásica: “La sublimidad es hebrea de nacimiento".

Caben algunas reflexiones acerca del posible contacto greco-judaico durante la antigüedad. Del sueño es una obra que se ha perdido, cuyo autor fue Clearco de Soli, discípulo de Aristóteles. Allí se narra el encuentro entre éste y un judío, que habría tenido lugar en el año 346 a.e.c. La sabiduría del judío habría impresionado tanto a Aristóteles, que acuñó una sinonimia entre las palabras “judío” y “filósofo”. Ulteriormente, tanto Josefo Flavio como Eusebio de Cesárea se hicieron eco de ese relato. Megástenes también valoró a los judíos, y Teofrastro de Eresos los llamó “raza de filósofos”, descripción que no era infrecuente por entonces.

De acuerdo con el Talmud (Iomá 69a) Alejandro Magno se encontró con Shimon el Justo. Esta referencia dio lugar a distintas leyendas, desde que Aristóteles era un judío de la tribu de Benjamín (Abraham Bibago, Derej Emuná 46b, del año 1521) hasta que Aristóteles se convirtió al judaísmo (Guedalia Ibn Yahya, Shalshelet Hakabalá, 241-243). Las ficciones en torno del conquistador fueron rechazadas por Azaria de Rossi, el historiador judío del Renacimiento.

En el Talmud hay un solo filósofo mencionado propiamente: Oinomeo, un cínico del siglo II, de la aldea de Gadera en la costa oriental del Lago Tiberíades, quien se opuso al paganismo y habría dialogado con el rabí Meir (Jaguigá 15b). El  rabí Abbahu (amoraíta de Israel, muerto en 320) alentaba el estudio del griego por parte de los judíos.

Cyrus Gordon ha sostenido que la Biblia e idioma hebreos tuvieron vínculos con la temprana civilización griega y sus obras clásicas, la Ilíada y la Odisea. A mediados de siglo, Gordon, de la Universidad Brandeis, rastreó en ambas culturas un legado común originado en el Mediterráneo oriental. Según su libro El trasfondo común de las civilizaciones griega y hebrea (1965), de los grupos étnicos que emergieron en el Mediterráneo oriental durante el segundo milenio antes de la era cristiana, sólo dos tuvieron una consciente continuidad histórica: los griegos y los hebreos. Habrían existido entre ellos numerosos contactos culturales, que fueron ignorados mucho tiempo porque pocos investigadores eran expertos en ambas lenguas a la vez.

Un examen de las grandes obras de las civilizaciones hebraica y helénica arroja luz sobre estrategia militar, tecnología, música y la actitud ante el mal y el sufrimiento humano. 

Sin embargo, a pesar de algunos intereses similares, las diferencias terminaron por prevalecer. Cuando uno de los reyes de la dinastía seléucida, Antíoco IV Epifanes, prohibió la práctica del judaísmo y profanó el Templo de Jerusalén, estalló la célebre rebelión de los macabeos (año 165 a.e.c.) que se celebra anualmente en la Fiesta de las Luminarias o Jánuca.

Israel sobresalió en su tenaz rebelión contra los grandes imperios de la antigüedad; Cartago también se rebeló, pero su derrota, a diferencia de la de Israel, anunció su desaparición de la historia.

El proceso por el cual Roma sometió a Grecia fue pacífico, y terminó por absorber gran parte del legado helenista, en mitología, filosofía y leyes. Pero los otros dos rivales, Israel y Cartago, fueron aplastados en una serie de violentas guerras. Estos dos pueblos compartían gran parte de la tradición en su lenguaje, de la familia de las lenguas semíticas, y no aceptaron la imposición de Roma como civilización superior.

La ciudad de Cartago había sido fundada en el 814 a.e.c. por fenicios de Tiro y Sidón, que como vimos habían sido ciudades aliadas del reino salomónico. Los fenicios habían migrado al otro lado del Mediterráneo, donce preservaron por un milenio su lenguaje (originalmente llamado fenicio y más tarde púnico) el cual era similar al hebreo. El hebreo hablado en Judea recordaba a los romanos al enemigo cartaginés y su antigua lengua púnica.

El profesor William Chomsky, en su interesante libro acerca de la historia del hebreo, refiere que el mismo nombre de Aníbal, el valiente cartaginés que hizo temblar a Roma, deriva de una raíz hebraica que significa “Jen Baal” o “la gracia del dios Baal”, que correspondería al hebreo Jananel.

El alfabeto hebreo-fenicio fue matriz de casi todos los alfabetos utilizados hoy en el mundo, porque cuando los marinos fenicios navegaron hacia el oeste, probablemente la primera nación con la que se encontraron fueron los griegos. Impresionados por los grandes logros de éstos, los habrá sorprendido que los helenos no leyeran ni escribieran. Por ello les enseñaron las veintidós letras de su alef-bet a los griegos, quienes transmutaron el orden de la grafía de izquierda a derecha (propia de un lenguaje antiquísimo que se esculpe en piedra) a una más apropiada para escribir con tinta.

Además, como el alef-bet hebreo no tenía vocales, los griegos utilizaron algunas de sus consonates como tales, y así nacieron la alfa, beta, gama, delta, paralelas a las alef, bet, guimel, dalet hebraicas. Este alfabeto fue finalmente absorbido por el latín y se transformó así en piedra basal de todas las lenguas europeas.