Rabino Yosef D. Soloveitchik Z"L
Dijeron nuestros sabios: "Asם como sus caras no son iguales, tampoco lo
son sus ideas". Cada hombre es "uno" en nתmero, pero es tambiיn "תnico".
Es distinto de los demבs, hay en יl algo especial, propio, original.
Algo que no existe en los demבs de esa misma forma. Esa unicidad, esa
especificidad que le es propia, el hecho de que cada hombre es el mismo
y por ende distinto de todos los demבs hombres, es el reflejo de lo
divino que existe en el hombre.
¿Por quי observamos el duelo? Por aquello que "perdimos y no olvidamos",
por algo que se ha perdido y que es imposible de recuperar. Esta actitud
resulta clara cuando se trata de la muerte de un gran lםder, de un genio
sorprendente, de un ser extremadamente caritativo. Es difםcil entonces
llenar el hueco que ellos dejan con su partida. Pero la nociףn de duelo
se aplica a todos los hombres, y no sףlo a estos individuos selectos.
Observamos duelo por el lםder y por el hombre del pueblo, por el sabio y
el ignorante, por el misericordioso y por el que se aprovecha de su
prףjimo.
Asם lo hemos aprendido: "El que se halla junto a un muerto en el momento
en que el alma abandona al cuerpo, debe rasgar sus ropas. ¿A quי se
parece esto? A un libro de Torב que se quema...". De esto se deduce que
es imposible reemplazar a un hombre, a cualquier hombre que ha muerto.
No decimos entonces: "Se ha ido un zapatero — vendrב otro en su lugar,
vendrב otro empleado en lugar del que se fue; otro vendedor reemplazarב
al que se ha ido.... Porque un hombre — cualquier hombre — no tiene
precio, no es "uno" que se puede reemplazar por otro, sino el "תnico",
el dueסo de aquello especial y propio que ningתn otro hombre posee....